La Ratonera - Agatha Christie

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Agatha Christie: de "TRES RATONES CIEGOS" a "LA RATONERA"

5  14.02.2011 (24.06.2014)

Ventajas:
Se trata de una obra magnífica que no acusa el paso del tiempo

Desventajas:
Que, por desgracia, su trágica temática siga estando vigente

Derviche

Sobre mí: En junio de 2014 estreno blog: www.elrincondesinuhe.com.

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ADVERTENCIA PREVIA


Inspirándose en una tétrica canción infantil, “Tres ratones ciegos”, Agatha Christie escribió en 1950 un breve relato de misterio al que bautizó con el nombre de la misma.

Un par de años más tarde, en 1952, escribió también una obra teatral que desarrollaba dicho relato y que hábilmente convirtió en “La ratonera”.

Existen, no obstante, algunas otras obras que comparten el nombre de “Tres ratones ciegos” y que se inspiran de igual modo en la canción pero no en el relato de Agatha Christie.

Ello ocurre especialmente en el cine, donde podemos encontrar varios films que responden a dicho título aunque ninguno guarda relación con la obra literaria de la que ahora hablaremos y que, por el momento, nunca ha sido llevada al celuloide.

Resulta interesante destacar el hecho de que, pese a que su obra novelada goza de mayor celebridad (hasta 81 novelas escribió la Dama del Misterio, sin contar algunos relatos breves publicados junto a ellas), la autora británica también escribió una veintena larga de obras teatrales, lo cual la convierten en una estimable dramaturga.

TRES RATONES CIEGOS, canción popular


Tres ratones ciegos
Tres ratones ciegos
Ved cómo corren
Ved cómo corren
Van tras la mujer del granjero
Les cortó el rabo con un trinchante
¿Vistéis nunca algo semejante?

TRES RATONES CIEGOS, de AGATHA CHRISTIE


Los Davies, Giles y Molly (o Mollie), son un matrimonio que inaugura una casa de huéspedes –Monkswell Manor- en la mansión recientemente heredada de la tía de ella.

Giles es un hombre ya maduro, comandante retirado del ejército británico, en tanto que Molly es una muchacha joven y entusiasta.

La víspera de la llegada de su primer huésped, la radio arroja dos noticias, ambas desagradables.

Por un lado, se ha producido un asesinato en el número 74 de la londinense calle Culver, siendo la víctima una mujer llamada Maureen Lyon.

Por otro, se esperan fuertes nevadas que pueden llegar a aislar algunos núcleos dispersos de población, especialmente en el norte de Inglaterra. Justo donde su ubica la mansión de los Davies.

El primero en llegar es Cristóbal Wren, un estudiante de Arquitectura al que sus padres bautizaron así presuntamente para estimular a su vástago con el ejemplo del homónimo autor de la catedral de San Pablo.

Afectado e infantil, el joven despierta la antipatía automática de Giles aunque no así de su esposa, a quien también cansa un tanto la efusividad de Cristóbal pero que advierte en él otros valores compensatorios como su altruista colaboración en la cocina o su buen humor.

Al día siguiente, con la primera nevada, llega el resto de los huéspedes. Se trata de la señora Boyle y, más tarde, del mayor Metcalf.

Ella resulta ser una solterona insufrible, de las que únicamente parecen disfrutar mortificando al prójimo, lo que se dedica a hacer desde su llegada, restregando a los Davies su condición de novatos y acusándoles de forma reiterada de no estar a la altura de las expectativas creadas. Pese a ello, declinará la oferta un tanto desabrida que le hace Giles de llamar de nuevo al taxi que la trajo para que se la lleve de allí.

Por el contrario, el mayor resulta ser un hombre agradable, sereno y afable en su marcialidad y nada proclive a los enfrentamientos.

Un cuarto e inesperado visitante llegará esa noche en mitad de lo más cruento de la nevada. Así, alegando que su coche ha quedado atrapado en la nevada, hace su aparición el pizpireto Paravicini, cuya avanzada edad parecen desmentir sus vivaces movimientos y su incesante parloteo.

Obligados a aceptarlo como huésped pese a que carezca de reserva anticipada, los Davies asisten con creciente inquietud al efectivo aislamiento en que queda la mansión y a la mengua progresiva tanto de los víveres como del combustible.

La situación adquiere proporciones trágicas cuando reciben una llamada telefónica del inspector Hogben, de la policía de Berkshire, quien les anuncia la inminente llegada de un agente, justo antes de que la llamada se interrumpa de forma abrupta.

Sin tiempo para determinar qué infracción puede haber provocado dicha visita indeseada y a pesar de que parece imposible que alguien pueda llegar hasta allí desafiando a la nieve, el sargento Trotter hace en efecto su aparición haciendo uso de unos esquís.

Su propósito –no demorará mucho el momento de hacerlo público- es evitar que un nuevo asesinato suceda al cometido en Londres pues, en un cuaderno perdido por el criminal, se ha encontrado la dirección de Monkswell Manor junto a la de la infortunada señora Lyon, precedidas ambas de la letra de una inquietante canción infantil llamada “Tres razones ciegos”.

El móvil de dicho asesinato parece ser la venganza pues el verdadero apellido de la víctima era Gregg y tanto ella como su esposo habían sido condenados por causar la muerte, por abandono y malos tratos, al menor de tres hermanos evacuados durante la guerra y dejados a su custodia.

El hecho de que la cancioncilla aluda a tres ratones hace pensar al sargento que ese es el número de víctimas que pretende cobrarse el vengador del niño, por lo que ruega a los presentes le hagan saber si alguno de ellos tuvo alguna relación con el terrible caso acaecido años antes en la granja de los Gregg pues ello les convertiría en principales candidatos a ser asesinados por el criminal.

Dado que ninguno de ellos hace revelación alguna, Trotter les recrimina agriamente su irresponsabilidad.

El asesinato poco después de una segunda víctima -la cual trabajaba en la época del asesinato del niño en la Oficina de Alojamiento de ese distrito y fue por tanto responsable de su asignación a los Gregg-, parece confirmar la teoría del sargento. Éste se dispondrá entonces a evitar que haya un tercer asesinato.

LA RATONERA


La propia Agatha Christie transformó su breve relato en obra teatral, añadiendo algún personaje, desarrollando lógicamente los diálogos de todos ellos y profundizando en los aspectos escénicos de la historia.

No encontraremos en ella, en cualquier caso, minuciosas acotaciones que hagan referencia a la decoración del escenario ni tampoco detalladas descripciones del paisaje circundante sino únicamente una serie de indicaciones, más o menos precisas, al comienzo de la obra.

Ello ofrece una indudable libertad de acción a los directores escénicos que acometen su representación.

En lo que sí se centra la autora es en el desarrollo mucho más elaborado de todos y cada uno de los personajes que toman parte en la trama.

En cuanto a las diferencias más significativas que advierto entre el relato original y la adaptación teatral que hizo su propia autora, destacaría las siguientes:

• El prólogo del relato -en el que se refiere la llegada del asesino a la dirección de la que se convertirá en su primera víctima- pasa a ser una introducción ejecutada por una voz en off en su representación teatral, mientras el escenario permanece a oscuras.

• El personaje de Giles Davies deja de ser un maduro ex militar para convertirse en un apuesto (y estirado) joven apenas mayor que su esposa.

• Los Davies, por cierto, pasan a llamarse los Ralston, en tanto que Cristóbal Wren (así constaba en la versión española del relato breve) pasa a ser el menos chirriante “Christopher” Wren.

• Se suprimen en la adaptación teatral las deliberaciones que, en el despacho de Scotland Yard, mantienen el inspector Parminter y el sargento detective Kane, personajes estos que tampoco sobreviven.

• Aparece un nuevo personaje, el de la señorita Casswell, una joven desenvuelta y de aires andróginos que también se aloja en la casa de huéspedes de los Davies y que viene del extranjero (concretamente, de Mallorca).

• La señora Boyle, que en el relato aparecía sencillamente como funcionaria, es “ascendida” en la adaptación teatral a ex jueza.

• Se concretan algunos detalles, en aras de una mayor verosimilitud: así, Paravicini no ha dejado su anónimo coche abandonado (como en la primera versión) sino que en este caso es su Rolls Royce lo que ha quedado aislado por la nieve aunque convenientemente cerrado con llave.

• Por alguna razón que ignoro pero que me lleva a plantearme si hay en ello algún simbolismo, el número 74 de la calle Culver se convierte en la adaptación en el número 24 de esa misma calle.

• La radio gana gran importancia en la adaptación teatral pues no sólo es la encargada de difundir la noticia del asesinato cometido en Londres y de inquietar a los presentes con las noticias meteorológicas sino que interactúa con los personajes. La señorita Casewell, por ejemplo, la utiliza para alejar a la señora Boyle mientras que ésta acrecienta la inquietud de los espectadores al sintonizar, más adelante, un programa en el que se habla acerca del miedo…

• La resolución del caso se dilata más en la obra teatral, de modo que el personaje de Molly está a punto de perder la vida, a causa además de una circunstancia que en el relato concurría sobre su hermana mientras que en la adaptación teatral le concierne de forma directa.

Un aspecto especialmente interesante de la adaptación teatral es el hecho de que pone sobre el tapete la problemática social que asolaba a Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial.

Dicha problemática giraba, desde el punto de vista de la autora, en torno a estas dos circunstancias:

a) El desplazamiento de muchos niños, que tuvieron que ser evacuados de sus lugares de origen a causa del conflicto bélico o incluso de la pérdida de sus familiares directos y reubicados en familias de adopción. La víctima que dio origen a las dos obras de la Christie era uno de dichos niños.

b) Los matrimonios apresurados que tuvieron lugar recién finalizada la contienda mundial, cuando escaseaban los hombres (a causa de la gran mortandad provocada por la guerra) y en la atmósfera reinaba la necesidad de volver a empezar con las vidas interrumpidas. Los Davies (Ralston en la obra teatral) son una de esas parejas que, apenas unas semanas después de verse por primera vez, contraen matrimonio sin apenas conocerse.

REPRESENTACIÓN TEATRAL EN EL TEATRO OLYMPIA DE VALENCIA


No voy a extenderme demasiado en el análisis porque ya lo hicieron fabulosamente tanto ITACA213 como dextrosa, pedroemilio, Rafagonzalez, nycblue y morexosa.

Únicamente me limitaré a comentar un par de aspectos (aunque ya sabéis que la brevedad no es una de mis virtudes).

Actores y personajes

Conservando de forma íntegra el elenco de actores que lo habían protagonizado durante su larga permanencia en cartel en la capital madrileña –con la única excepción de los intérpretes que hacían las veces de Giles Davies y del sargento Trotter y que fueron sustituidos en las últimas representaciones del Teatro Reina Victoria de Madrid-, la compañía trasladó el espectáculo a la ciudad de Valencia.

María Castro, Manuel Baqueiro, Guillermo Barrientos, Paco Churruca, Aroa Gimeno, Álvaro Roig, Guillermo Muñoz y Maribel Ripoll, bajo la dirección escénica de Víctor Conde, tomaron posesión pues del escenario del Teatro Olympia, ganándose con sus magníficas interpretaciones el respeto y el afecto del público valenciano.

Aunque debo señalar, con cierta resignación, que no nos caracterizamos en general por ser un público especialmente cálido, lo cual no pueden haber dejado de notar los artistas. Y es que, pese a ser mediterráneos, los valencianos constituimos un público un tanto frío, sea en conciertos o representaciones teatrales, sea en acontecimientos deportivos. Qué se le va a hacer.

En cualquier caso, la sustitución de las que hablaba fueron las que supusieron el relevo del “pagafantas” Gorka Otxoa por el no menos popular Manuel Baqueiro (a quien un servidor recordaba de su bonachón papel de Marcelino en “Amar en tiempos revueltos”) y el de Leo Rivera por Guillermo Barrientos.

María Castro da vida a Molly Ralston.- Dado que nunca vi ningún episodio de “Sin tetas no hay paraíso” ni de “Tierra de lobos”, creía no haber visto nunca a esta actriz aunque luego me resultó familiar, por lo que creo que tal vez se deba a su intervención en el film “Días azules”. En cualquier caso, no la considero especialmente guapa (escultural sí) pero de lo que me convenció sobradamente es de sus dotes interpretativas. Su papel es, en mi opinión, el más difícil de la función pues alterna momentos de desenfadada alegría pueril con verdadera angustia e incluso tensión al límite durante el clímax de la función. Y ella sale más que airosa del reto. Le auguro y le deseo un gran futuro sobre los escenarios.

Guillermo Barrientos es, en la obra, Giles Ralston.- He leído la referencia a su intervención en “Caiga quien caiga” pero, puesto que sólo seguí este ingenioso programa en su primera época, no había tenido ocasión de conocerle. Su personaje es bastante envarado y no da mucho juego pues apenas le permite un par de explosiones de malhumor y frustración en medio de una actuación en la que predomina la contención. Su labor resulta correcta y tan pronto ofrece a su personaje las dosis necesarias de apostura elegante y de gallardía como da muestras de ser estirado, celoso o un tanto déspota incluso.

Guillermo Muñoz interpreta a Christopher Wreng.- Su personaje tiene un considerable riesgo pues está teñido de un elocuente afeminamiento y sus chanzas extemporáneas cuando los demás sufren, amén de sus risotadas a lo “Amadeus” no son nada sencillas de lograr. Guillermo, sin embargo, realiza un trabajo impecable hasta el punto de que no me imagino a ningún otro actor en ese personaje (paradójicamente, no fue él quien comenzó encarnándolo en las funciones de Madrid).

Aroa Gimeno, por su parte, da vida a la señorita Casewell.- Esta actriz vasca, que intervino en temporadas posteriores de “Amar en tiempos revueltos” (yo apenas había visto alguno de los primeros capítulos) y también en la ya citada “Sin tetas no hay paraíso” fue una de las agradables sorpresas de la función. No porque su espectacular belleza esté por encima de la androginia de su personaje (como así ocurre) sino más bien porque esto último -su dureza al hablar, la brusquedad de sus modales y sus movimientos masculinos- está ejecutado con gran convicción y espontaneidad a la vez.

Álvaro Roig es el Comandante Metcalf.- El ACTOR por antonomasia. Roig es de esa rara especie en vías de extinción que llena con su presencia un escenario con independencia de lo relevante que sea su papel. Y no por afán de protagonismo sino por su sólida presencia, por lo académicos de su voz y de su dicción y por ese saber estar que no sólo otorga el talento sino también las muchas tablas. Encarna como nadie el personaje del militar retirado tras una larga presencia en la India (estereotipo donde los haya y presente de forma pertinaz en las obras de Agatha Christie): templado, flemático, marcial y a la vez conciliador.

Maribel Ripoll interpreta a la señora Boyle.- Me sonaba un poco la cara de la actriz por su aparición en la breve serie de televisión “Hermanos y detectives” pero lo cierto es que el cambio de registro resulta tremendo, ya que en la obra encarna al personaje más insoportable y odioso de la misma. El resto tienen sus peculiaridades y pueden llegar a hacerse pesados pero la actitud de esta señora Boyle que no hace sino esforzarse en empeorar la vida de los demás, magnificando los errores ajenos y encontrando fallos donde no los hay, dan ganas de pedir a gritos al asesino que se fije en ella. Y lograr ese efecto de forma convincente no es tan fácil como pueda parecer: La señora Ripoll, sin embargo, lo logra con absoluta maestría, dejando la impronta de una sólida formación interpretativa.

Paco Churruca da vida al señor Paravicini.- Dejo para el final a este actor porque considero que su papel es el menos agradecido de cuantos comparecen en esta obra. Más que nada porque parece diseñado expresamente para ser sobreactuado. Se trata de un tipo ambiguo, que se desplaza casi dando saltos en el aire y cuya conversación está teñida siempre de intención y de malicia. Teniendo en cuenta, además, que intenta aparentar mayor edad de la que sus movimientos delatan, nos hallamos ante un tipo de difícil encasillamiento y nada fácil de plasmar. Creo que, por encima de alguna crítica recibida, el actor se limita a dar aquello que el personaje demanda y debo decir que, personalmente, me resultó muy divertido, si bien debo señalar que sus diálogos son sensiblemente más largos que los escritos por la autora, por lo que han de ser atribuidos expresamente a esta adaptación.

Manuel Baqueiro es en la obra el sargento Trotter.- Este personaje (al que interpreta "Marcelino", como ya comentaba) es el encargado de aglutinar la acción e incluso, en algunos momentos de la obra, da la impresión de ir a clausurarla del mismo modo en que solía hacerlo Hercules Poirot, esto es, reuniendo a todos los presentes para dictar su veredicto y dejar a todos con la boca abierta por su sagacidad. Finalmente, no será así y el sorprendente desenlace será a nosotros a quienes deje boquiabiertos. En cualquier caso, desde su aparición él es quien lleva la voz cantante y los acontecimientos se estructuran en base a sus órdenes. El actor asturiano desarrolla su papel con absoluta competencia y su caracterización nada tiene que ver con la campechanía de su papel en la serie, lo cual redunda en su beneficio, ya que le da la oportunidad de demostrar sus dotes dramáticas. Otra grata sorpresa.

Escenografía

La escenografía, magnífica pese a su sobriedad, nos muestra una mansión que acusa el paso de los años pero sigue manteniendo cierto estilo señorial.

Lo que tenemos ante los ojos es el salón principal de la casa de huéspedes; un salón amplio, espacioso y relativamente cálido pese al hostil entorno.

Siguiendo las propias indicaciones de Agatha Christie, el escenario se reparte de este modo, de manera que podamos saber a dónde se dirigen los personajes cuando salen de escena:

Lado izquierdo:

- Una puerta totalmente lateral da acceso a la puerta principal de la mansión y al comedor, permitiendo también descender al sótano.

- Una segunda puerta frontal conduce a la cocina, pasando previamente frente a un perchero del que se cuelgan las prendas largas.

- Una tercera puerta, acristalada, da al patio y es la que nos permite ver la nieve que cae.

- Un sofá de dos plazas domina este lado izquierdo del escenario.

Lado central:

- Un escritorio con silla, lamparita, aparato de radio y todo lo necesario para escribir domina el centro de la sala

Lado derecho:

- Una puerta frontal conduce a la sala del piano.

- Una escalera asciende hacia las habitaciones.

- Un cómodo sillón situado frente a la chimenea domina el lado derecho del escenario.

Ambientación

A través de los ventanales cae la nieve de tanto en tanto, acentuando así las peculiares circunstancias meteorológicas en las que tiene lugar la acción y destacando las sensaciones de frío y aislamiento.

En cuanto al lenguaje y las actitudes, existe una confesa intención de actualizar el texto siempre desde el más estricto respeto al mismo y a fin de aprovechar la notable atemporalidad de la historia.

Ello se advierte en algunas licencias que se otorgan los personajes en su dimensión más coloquial. Por ejemplo, cuando el personaje de Christopher Wreng se extiende en su consideración sobre la mansión y la forma en que ésta se halla amueblada.

Su disertación es notablemente más extensa que en la obra original pero contribuye a describirnos a Wreng de forma definitiva.

Tanto como cuando, instantes después, Molly informa a su esposo de que ha cambiado al propio Wreng de habitación, habida cuenta su ilusión por las “camitas con dosel”.

Esa licencia, junto a otras como el uso que se hace de la radio, contribuye a acercarnos la escena de modo que nos involucremos en ella y no podamos recurrir al distanciamiento que podría permitirnos la datación de la historia.

CONCLUSIONES


Para ser honestos, ni el relato original –'''“Tres ratones ciegos”'''- ni su conversión en pieza teatral –'''“La ratonera”'''- se cuentan, a mi entender, entre lo mejor de la prolija producción literaria de la señora Christie.

De hecho, está muy lejos de algunos logros de la autora como “Diez negritos”, en la que el misterio resulta mucho más atenazante y la sorpresa final más sorprendente.

Personalmente la relaciono con “Asesinato en el Orient Express” pues, aunque en esta ocasión, no todos los personajes están implicados como si acontecía entonces, sí persiste sobre todos ellos un velo de sospecha que no se retirará hasta el final.

El problema, si es que hay alguno, reside en el hecho de poner tan pronto todas las cartas sobre la mesa: quedan claras las motivaciones del asesino (la venganza por la muerte de un niño inocente; un niño del que el criminal es pariente aunque no pueda concretarse por el momento su parentesco) y su objetivo (asesinar a otras dos víctimas que acompañen a la inicial, de modo que sean tres los “ratones”).

La única duda estriba, por tanto, en determinar quién es el asesino y quiénes las dos víctimas restantes. No es poco pero tampoco parece demasiado.

¿Por qué entonces funciona tan magníficamente la obra hasta el punto de ser la que durante más tiempo ininterrumpido ha estado en cartel en Londres? Porque ya son 58 los años en que “La ratonera” permanece en los escenarios londinenses.

Quizás se deba a diversos motivos que confluyen en ella:

• El morbo inherente a toda situación en la que tiene lugar un crimen dentro de un grupo reducido de personas, entre las cuales se encuentran necesariamente tanto la víctima y el verdugo.

• La presencia de unos personajes variopintos entre los que encontramos tipos claramente identificables (en sentido amplio, el militar retirado, el joven alocado, la solterona insoportable).

• La magnífica ambientación creada por la autora y que la escenografía teatral contribuye a potenciar, otorgándole una atmósfera en la que coexisten la tensión con la intriga, los sentimientos humanos con las sensaciones más diversas: enamoramiento, desconfianza, resentimiento, miedo…

• La vigencia de su trasfondo, por desgracia tan presente en nuestros días: el maltrato a los niños indefensos y la venganza entendida como corrupción de una justicia muchas veces corrupta en sí misma.

Por todo ello os exhorto a que vayáis a ver esta obra si tenéis oportunidad, ya que la ocasión lo merece incluso si has de desembolsar los 25 euros que me costó la entrada (primera fila, butaca junto al pasillo y no, no me molestó en absoluto esa ubicación, ya que evitas que ninguna cabeza te robe un pedazo de escenario y además puedes poner las piernas como te apetezca).


Podéis leerme aquí o en mi blog: www.elrincondesinuhe.com

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rosaroja58

rosaroja58

13.05.2013 11:04

Valorada, saludos.

AngelLuis_83

AngelLuis_83

24.04.2011 14:16

Éste libro no lo he leído, pero "Asesinato en el Orient Express" lo disfruté hace ya algunos años. Me encanta la obra de Agatha y el misterio que rodea las historias y sus personajes. Saludos!!

aracil72

aracil72

10.03.2011 12:56

Tras tu opinión, he quedado con ganas de ver la obra. Lo que sí voy a hacer, es comprar el libro para disfrutar de una obra más de esa maestra de novela policiaco-costumbrista. ¡Gracias!

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