Un paseo por Provenza
08.02.2004
Ventajas:
Infinitas
Desventajas:
¡Agosto !
Recomendable:
Sí
 pglez
Sobre mí:
Hoy es siempre todavía.
usuario desde:17.12.2003
Opiniones:38
Confianza conseguida:53
Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 29 miembros de Ciao
Tras intentar, sin éxito, que Ciao me permitiese escribir una opinión sobre Provenza, en general, me veo en la obligación de hacerlo alrededor de una ciudad que, si bien es parte fundamental de la Provenza (como su nombre, inequívocamente, indica), no es más que eso: una parte. Pero ¡qué se le va a hacer! Tendremos que doblegarnos a las exigencias del guión, así que ahí van unos cuantos consejos para todo aquél que esté considerando la posibilidad de un viaje a Provenza. No vamos a discutir aquí nada de lo que dicen las guías turísticas. Prácticamente todo lo que dicen que merece la pena, es verdad que la merece, así que me voy a limitar a una pequeña serie de recomendaciones personales que, desde mi punto de vista tienen algo especial. Empecemos por decir que en el viaje hacia Provenza, desde España, son imprescindibles dos paradas: Montpellier y Nimes (que están de camino y no requieren desvío). Y son más que recomendables otras dos: Carcassonne y Aigues-Mortes (cuya visita justifica el necesario desvío). Dicho esto (y sin entrar en comentarios sobre estas cuatro ciudades, que ya no parece sensato incluir en un comentario sobre Aix), pasemos a hablar de Provenza, propiamente dicha. No me cansaré de repetir que estos consejos no sustituyen a los que aparecen en las guías, ni quieren decir que los sitios de los que hablamos aquí sean más valiosos que los que en ellas se destacan (y puede que, algunas veces, hasta coincidamos en nuestras apreciaciones).
Cuando se llega a Provenza en coche, conviene acercarse a ella escuchando la música de “La Traviata”, en especial la romanza de Germont “Di Provenza il mar…” (una buena grabación es la de EMI con Riccardo Muti dirigiendo a la Orquesta Philarmonia – con Kraus como Alfredo y Bruson como Germont – y otra interesante es la de Deutsche Grammophon con James Levine dirigiendo a la Metropolitan Opera Orchestra y Pavarotti y Pons como Alfredo y Germont, respectivamente). Pero, una vez allí, destaquemos sus dos puntos clave del interior: · El Triángulo · Aix-en-Provence
El Triángulo. Es inútil buscar esta denominación en ninguna guía. Me la he inventado yo. Sus tres vértices son: Arles, Aviñón y Saint-Rémy. Habría que dedicar un viaje entero a disfrutar, sin prisas, del territorio comprendido entre estas tres localidades. Pero, como ya sabemos que no es posible, vamos a destacar lo que no podemos dejar de hacer. Supongamos que empezamos por Aviñón. Es un decir, porque es muy difícil empezar por allí, ya que si venimos de Nimes, llegamos primero a Arles y, si lo hacemos desde Aix, será más fácil empezar por Saint-Rémy. Pero, según nuestro gusto particular (que no es otro que el del viajero utópico), es mejor empezar por Aviñón. De Aviñón no hay mucho que decir, aparte de lo que dicen las guías, porque es un centro turístico e histórico fundamental en el sur de Francia. Conviene evitar, eso sí, los fines de semana, porque hay avalanchas de turistas. Por lo demás, suele haber actuaciones en vivo de grupos artísticos de inspiración medieval, con espectáculos muy originales (tienen lugar al atardecer, junto al Palacio de los Papas, que conviene haber visitado antes y está abierto de 9 a 20 horas). Normalmente, estas actuaciones suelen estar precedidas por desfiles a través de las principales calles. Son espectáculos llenos de colorido, que transportan al viajero unos cuantos siglos hacia atrás. Hay que pasear arriba y abajo por sus viejas calles y plazas, tomarse un refresco en una de sus múltiples terrazas y, después de comer en el Café des Artistes, dar un vistazo (los más valientes pueden hasta comprar algo en ellas) a sus cientos de tiendas… No es necesario bailar sobre su célebre puente, como dice la canción, pero es impresionante ver como sus arcos llegan tan sólo hasta el centro del río, contradiciendo el concepto natural que todos tenemos de lo que es un puente… Bajando desde Aviñón hacia Arles, siguiendo (más o menos) la dirección del curso del Ródano, nos encontramos con Tarascón, la ciudad de Tartarín. La visita de Tarascón debe ser rápida, porque, aunque la ciudad es bonita, tiene la curiosa característica de que cuesta trabajo encontrar un simple café o terraza en los que tomar algo. Sin embargo, su impresionante castillo al borde del río merece la visita. En Tarascón deberíamos dejar la orilla del Ródano y tomar la carretera que va hasta Saint-Rémy. El camino es, en apariencia, sencillo, pero esconde una belleza profunda, difícil de apreciar si vamos distraídos, creyendo que viajamos en coche por una carretera cualquiera. En realidad, estamos en plenos Alpilles, unos montes llenos de historia, literatura, silencio y sencilla naturaleza, por los que convendría dar un larguísimo paseo, bien equipados con botas y bastones. No es probable que lo haga el siempre apresurado viajero, así que lo más seguro es que se lo pierda. Es una pena, pero no hay tiempo para estar en todas partes… Cuando nos vamos acercando a Saint-Rémy, nos adentramos en una de esas fantásticas carreteras que discurren entre dos interminables hileras de árboles frondosos, altos y, desde luego, centenarios, que sólo parecen existir en las películas. Casi sin darnos cuenta, ya hemos llegado a Saint-Rémy. En Saint-Rémy sí es obligatorio parar un buen rato. Como hemos entrado por la parte más sencilla del pueblo, al principio no nos parece nada del otro mundo. Es lógico, porque aquí lo bueno es quedarse unos cuantos días. Y si no se puede, conviene llegar a la hora del desayuno, sentarse en una de las terrazas de la calle principal y tomarse un buen chocolate con un bollo (que podría sustituirse por un aperitivo provenzal en el menos aconsejable caso de haber llegado demasiado tarde para los usos locales y ya sólo quede pan con mantequilla para desayunar, lo que sucede con más frecuencia de la que desearíamos). Un buen sitio para hacerlo podría ser la Brasserie Les Varietes, en pleno centro. El pueblo es pequeño, y no tiene muchas tiendas, pero es preciso comprar alguna figurita de barro (un “santon”). Las hay por toda Provenza, pero el hecho de comprarla en Saint-Rémy le da un sabor especial. Por supuesto hay que comprarla en un bazar de una calle secundaria y que los tenga expuestos en su escaparate sin muchas pretensiones, como si no tuvieran mucho interés en venderlos. Hay que elegir bien la pieza (lo decimos en singular porque son sorprendentemente caros). Las más bonitas son las figuras de campesinos provenzales. No es fácil cansarse de estar en Saint-Rémy, sobre todo por esa atmósfera tan singular que tiene y que no sabríamos describir, pero, tarde o temprano (por desgracia, será, más bien, temprano) tendremos que marcharnos. Entonces lo haremos por una carretera diferente. Y debemos estar preparados para algunas sorpresas. Así que, una vez que hayamos paseado lo suficiente y visto la casa natal de Nostradamus, tomaremos la carretera que, atravesando el pueblo, va en dirección a Les Baux. Enseguida aparece la primera sorpresa: de pronto, justo a la salida de Saint-Rémy, nos encontramos con unos asombrosos monumentos romanos que nos producen el efecto automático de parar el coche y bajarnos inmediatamente. El arco de triunfo nos impresiona por la naturalidad con la que está ahí, a pocos metros de la carretera, como si fuera lo más normal del mundo irnos encontrando con este tipo de restos arqueológicos a la salida de cada pueblo. Al otro lado de la carretera se visitan las excavaciones de las termas romanas, pero al viajero le llaman menos la atención que los otros monumentos, que le han sorprendido tanto, pese a saber (todas las guías nos avisan) que se iba a encontrar con ellos. Seguimos nuestro camino y muy pronto subimos y bajamos por unos montes solitarios, que se convierten en nuestra segunda sorpresa. No nos esperábamos este paisaje tan agreste, presagio de lo que se avecina. Si tenemos la suerte de recorrerlo a mediodía, con mucho calor, todavía nos impresionará más. Por la noche puede llegar a darnos un poco de miedo. La tercera sorpresa surge de pronto, impresionante a la vista: las ruinas de Les Baux-de-Provence dominando un risco inaccesible (pero al que, luego, accederemos). Hay que subir y pasear, sin prisas, entre las ruinas. Sólo veremos eso: ruinas. Y tendremos una vista excepcional si subimos hasta lo alto de la torre y recorremos la explanada al otro lado del viejo castillo (los muy afortunados pueden encontrar algún fósil entre las polvorientas piedras). Frente a Les Baux hay una pequeña carretera, la del Valle del Infierno, que no podemos dejar de recorrer: las vistas son espectaculares y más de uno creerá ver demonios, brujas y duendes cuando recorra sus revueltas y gargantas al anochecer… Uno de los mejores restaurantes del mundo (por la combinación única de su situación, decoración elegante y magnífica comida) se encuentra a los pies de Les Baux-de-Provence: L’Oustau de Baumanière. El viaje perfecto incluye una cena en él, para reponernos de las emociones (y el cansancio) de la jornada, antes de pasar la noche en el vecino hotel de La Cabro d’Or. Si tenemos la suerte de amanecer en este hotel y, tras un buen desayuno, disfrutar un rato de su jardín y piscina (mientras los ancestros del príncipe Rainiero nos observan desde lo alto de Les Baux), pronto será hora de partir hacia el tercer vértice del triángulo: Arles. Es posible que durante el camino nos apetezca escribir cartas desde un molino (lo que, la verdad, no suele ser frecuente entre los que viajan por otros sitios). En tal caso, estaremos pasando por el lugar más adecuado del mundo para hacerlo: el Molino de Daudet. Pero, como no es probable que, precisamente en ese momento nos invada tan poco habitual apetito, continuaremos hasta la joya de Provenza: Arles. Según vamos entrando en la ciudad, nos parece reconocer los paisajes que pintó Van Gogh por estas latitudes y, una vez en su interior, entendemos por qué la eligió para pintar algunos de sus mejores cuadros. Tras dar una vuelta en coche por toda la ciudad, para familiarizarnos con ella, hay que buscar un buen estacionamiento y recorrerla, despacio, a pie. Por supuesto debemos hacer todo lo que las guías nos indican, porque la ciudad es extraordinaria, con esa mezcla asombrosa de ruinas romanas y recuerdos impresionistas. Pero que no se nos olvide parar a comer y descansar de las visitas de la ajetreada mañana en la Place du Forum, donde está, restaurado, el famosísimo café que pintó Van Gogh (Café de la Nuit o Café Van Gogh). Ahora bien, no nos dejemos seducir por la tentación del nombre, porque el sitio perfecto para comer en su terraza o, al menos, tomarnos una refrescante cerveza es la vecina Brasserie L’Arlésienne, mucho menos “decorada”, pero de una autenticidad imposible de superar para el que sabe ver más allá de lo que lo hacen los masificados turistas. Una vez que hayamos visitado todo lo que nos mandan las guías, es necesario volver a coger el coche y acercarnos al viejo cementerio romano: Les Alyscamps. Si tenemos la suerte de pasear entre las tumbas sin que nos molesten (no me refiero a los dignos espíritus de la vieja necrópolis, que jamás han molestado a nadie - más bien al contrario -, sino a esos grupos de inoportunos visitantes que, ridículamente ataviados, suelen tener la dudosa virtud de coincidir con nosotros en todos aquellos lugares en los que nos gustaría estar solos), viviremos una experiencia difícil de olvidar y nuestra imaginación nos transportará a otras lejanas ciudades en las que también se paralizó el tiempo, como Éfeso, Pompeya o Cartago… Aix-en-Provence. Camino de Aix, sólo es necesario detenerse en Salon (salvo que tengamos ganas de comprar melones en Cavaillon), aunque no debemos esperar de esta histórica ciudad, tirando a grande y un tanto modernizada, las mismas exquisiteces de las que hemos disfrutado en el “Triángulo”. Eso sí, si nos apetece una hamburguesa (puede apetecernos, aunque estemos en Provenza), tenemos hasta un McDonald’s en una de sus plazas más céntricas. El interés de Salon reside en Nostradamus (parece que, si bien nació en Saint-Rémy, es aquí donde pasó sus últimos años y mejor exhibió sus premonitorias actividades) y podemos visitar su casa-museo y otros lugares relacionados con él. En su viejo centro histórico (es una de las ciudades más antiguas de Provenza), merecen la pena su famosa Fuente Moussue y la Puerta del Reloj. La iglesia y el castillo se pueden ver, pero son menos interesantes. A unos cinco kilómetros de Salon hay un bonito hotel (hay que subir por una carretera llena de revueltas), construido sobre una vieja abadía, donde, además, se come muy bien. Es la Abbaye de Sainte-Croix. Las vistas son impresionantes y hay que suponer que el incendio forestal que hace ya unos cuantos años casi destruye la abadía, sea ya sólo un lejano recuerdo y el monte esté totalmente recuperado. Es una buena idea (si el horario lo permite) cenar o comer en su terraza y disfrutar de una buena comida provenzal en un ambiente medieval. La entrada en Aix-en-Provence nos impresionará, con sus grandes avenidas pobladas de inmensos árboles y una fuente en cada rotonda digna de quedar grabada en nuestra memoria (si venimos de Salon, nos parecerá que su vieja fuente se ha multiplicado durante el viaje). Muy pronto nos damos cuenta de que la ciudad es muy bonita y nos va a gustar mucho. El centro, con sus elegantes palacios de estilo italiano, edificios con puertas defendidas por atlantes y cariátides nos seduce inmediatamente y nos anima a quedarnos. Por si esto fuera poco, el ambiente de las calles es animado y agradable, con sus múltiples cafés y tiendas de todo tipo. Hasta acabaremos por comprar unos calissons para llevar de regalo (lo mejor de estos dulces son las tiendas en las que los venden y lo bonitos que son sus envoltorios). Renuncio a hacer recomendaciones sobre Aix. Todo está en las guías y no voy a saber más que ellas, que se dedican a eso, a explicarlo todo con minucioso detalle. Sólo insistiré en una cosa: cada tarde hay que sentarse un rato en la terraza del Café Les Deux Garçons, en el Cours Mirabeau, y tomarse un té (o un citron pressé, si hace calor). Hay muchos otros cafés, pero no caigamos en la vulgar tentación de ir a otros “por variar”: sólo vale Les Deux Garçons. Como sólo vale Cézanne cuando paseamos por los alrededores de Aix-en-Provence.
¡Ah!, se me olvidaba: la mejor época para hacer este recorrido es el final de la primavera o el principio del otoño. Los inviernos en Provenza son suaves, pero la belleza de sus paisajes se resiente con la falta de calor. Julio es caluroso y agosto, sencillamente insoportable a causa de las masas de turistas que, apretados en enormes autobuses o alineados en interminables filas de coches particulares, destruyen, con pasmosa facilidad el encanto que tantos siglos tardaron en crear Historia y Naturaleza.
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28.05.2006 00:15
Me parece excepcional el detalle y la atención con que el autor de esta opinión ha tratado el tema de las posibilidades turísticas en Provence, abarcando un amplio abanico de temas desde la música, la historia, pasando por el paisaje... y todo con un estilo narrativo muy atractivo. Gracias por dedicarte tanto.
24.11.2004 17:12
No conozco esta parte de Francia que tú has descrito tan bien. Tu opinión parece una especie de diario con tantísimos detalles, lo que resulta sumamente útil para el futuro viajero. Un saludo.
14.09.2004 22:03
Me resistía a leer esta opinión tan fantastica, te explicaré porqué, hace unos años estuve en esos bellos lugares, me hospede en Saint-Remy, compré los santones, tengo 3, comí en los fantasticos Chateaux Relays de la zona en fín todo, ibamos dos parejas en mi coche, fué tan grato que aun ahora se me humedecen los ojos al recordarlo, ya que una viajera no está con nosotros, y lo mismo me pasó despues de viajar a Carcassonne y Toulousse, otro amigo también falleció, de ahí que esta opinión la sienta muy dentro de mi. Un abrazo!