Esta película de 1998 me pasó desapercibida en su momento y andaba con ganas de verla desde hace bastante tiempo. Así que, ahora que comparto con Margarita un flamante reproductor de DVDs, me hice con una copia rápidamente. Ya sabía qué me esperaba (la escena del bordillo me la habían contado como veinte veces) y no creía que me sorprendiera demasiado. Pues bien, en efecto, no me sorprendió, pero sí me dejó un grato sabor de boca (perdón por la expresión; después de ver la escena de marras, quizá no sea la más adecuada) ya que enfoca la temática de los grupúsculos de extrema derecha desde un punto de vista nada simplista y, sobre todo, pone el énfasis en uno de los puntos clave de la sociedad norteamericana: la educación (o la falta de ella, según se mire)
Recuerdo una discusión que tuve hace algún tiempo con un amigo venezolano (como todos los sudamericanos de cierto status social, obnubilado por los cantos de sirena del paraíso americano) que viene bastante a cuento con lo que narra la película. Después de soportar el chaparrón de alabanzas hacia el American Way of Life, se me ocurrió sacar a la luz los 35 millones de personas que viven en ese país por debajo del umbral de la pobreza. Mi amigo, como no, se puso como una moto y me espetó: ¡pero si en los Estados Unidos hasta los pobres tienen casa y coche! En ese momento no supe que contestarle: en nuestro país, los pobres no tienen domicilio de propiedad ni van motorizados, desde luego... ¿tendría razón mi amigo?
Lamentablemente, me faltó la presencia de espíritu para darle una respuesta adecuada (las copas de más que llevaba en el cuerpo no ayudaban mucho) y no fue hasta bastantes dias más tarde que logró cuajar en mi mente una contestación a la altura de las circunstancias. ‘Vamos a ver’, me dije, ‘si tan bien les fueran las cosas a esos treinta y pico millones de personas no tendrían los problemas de drogas, alcoholismo y de violencia rampante que vemos cada día en la tele. No serían pasto de sectas religiosas ultraortodoxas ni de grupos neonazis. Algo falla’.
Por supuesto que algo fallaba. ¿es que un coche de segunda mano o una vivienda que muchas veces es poco más que una caravana aparcada en un descampado te libran de la pobreza? Por supuesto que no. Vayamos por partes. El automóvil en Estados Unidos no es un lujo, ni muchísimo menos: es una necesidad. Salvo Nueva York, ninguna de las grandes ciudadanas americanas tiene un sistema de transporte público digno de ese nombre. Si no tienes coche, no puedes ni moverte de casa. No es de extrañar, pues, que la automovilística sea la industria más subvencionada en ese país y que los coches y la gasolina sean ridículamente baratos. De hecho, por unos pocos centenares de euros se consigue un coche de segunda mano.
En cuanto a la vivienda, el precio del terreno es también barato. Y los materiales son de bajo coste. En la poblada Europa, pagamos el metro de terreno a precio de escándalo y construimos nuestras casa para que duren generaciones. En Estados Unidos, tienen todo el espacio que haga falta para meter suburbios y construyen con materiales prefabricados. Salvo la gente pudiente, nadie considera la posibilidad de transmitir su propiedad a los hijos...
Ya véis, ni un coche ni una casa te libran de la precariedad material. ¿Qué es lo que les falta entonces a ese grupo tan numeroso de personas que soportan el peso de la pirámide social norteamericana? Básicamente, dos cosas que nosotros en Europa damos por supuestas (aunque España, como de costumbre, figure aquí también en el pelotón de cola de la Comunidad): la educación y la sanidad. Ambas cosas son prohibitivas en los USA. Y lo que puede ofrecer el estado tiene rasgos de pura beneficiencia: los colegios públicos dan miedo y la sanidad pública es prácticamente sólo para los indigentes.
Todo esto tiene mucho que ver con la película. Como ya hay cerca de doscientas reseñas de la misma en Ciao (algunas de ellas muy buenas), no os afligiré con otra más, sino que me limitaré a comentar aquellos aspectos que me llamaron más la atención.
EL PROTAGONISTA
No hace falta decir que Edward Norton está soberbio en su papel, ya que en su momento la crítica reconoció su mérito con una nominación al Óscar. Derek, su personaje, irradia fanatismo y violencia. Es un resentido que ha conseguido focalizar todo su odio hacia un grupo de personas, pero que bajo su imagen de líder carismático se oculta una personalidad inestable que pierde el control a la menor provocación. Su paulatina transformación en una persona sociable e insegura que cuestiona todo en lo que creía hasta ese momento es el producto de un magnífico trabajo interpretativo, sin abusar de estereotipos ni caer en histerismos gratuitos.
EL USO DEL COLOR
El recurso de filmar algunas escenas en B/N y otras en color está ya muy visto. No obstante, el director Tony Kaye logra con este artificio ilustrar un abismo entre los dos extremos en que se mueve el personaje principal. El blanco y negro no sólo es el signo del pasado, por contraposición a un presente en tecnicolor, sino que le otorga un valor casi documental a las imágenes que me recuerdan a las filmaciones de la época nazi de Lenni Rieffenstahl (bueno, al menos a mí me las recordaron). El monocromo es la expresión de un pensamiento unilateral y cerrado a la pluralidad, un ‘pensamiento único’ como diría el Sr. Aznar (aunque ya me gustaría ver por un agujerito esos pensamientos ‘plurales’ de los que presume...).
LOS FLASH-BACK
No es esta, desde luego, una técnica novedosa; más bien al contrario: los directores actuales tienen cierta propensión a abusar de este recurso. En el caso de esta película, la acción dramática está muy bien dosificada y los flash-back son como pinceladas con las que se ilustra las diversas secuencias en la evolución de la mentalidad del protagonista sin aspavientos ni violencia gratuita y sin caer en tópicos (por ejemplo en las escenas de la cárcel). Todo ello evita que la temática no se quede en lo anecdótico (el racismo, la violencia de las bandas, la vida carcelaria). Muy buen trabajo de un director novel.
LA EXPERIENCIA DE DEREK
El descenso a los infiernos de Derek queda resumido en una frase de su compañero de trena: ‘aquí, tú eres el negro’. Duro ejercicio de humildad para un seguidor de Hitler tener que ser un ‘negro’ entre negros. En la cárcel descubre lo que les pasa a los mismos blancos cuando ocupan el último peldaño de la sociedad, como trafican con droga, como se putean entre ellos. En breves apuntes el director nos muestra como se difumina ante sus ojos la supuesta superioridad de sus congéneres de raza y experimenta en la persona de su compañero (un negrito zumbón la mar de gracioso a quien Derek acabará debiendo la vida) el sentido de la palabra injusticia; la de verdad, no la que espoleaba su resentimiento de pacotilla.
ALLÍ DONDE SE CUECE TODO
Una de las grandes virtudes de la película es enfocar al corazón de problema en lugar de desparramarse en detalles accesorios: el núcleo familiar. La familia de Derek es la clásica familia americana de clase media baja, con un padre que, a falta de estudios, trabaja de bombero y una madre que se hunde en el alcoholismo al fallecer el primero. Típica familia blanca amargada por el éxito de la gente de otras razas (hindúes, hispanos,...) a quienes achacan su propio fracaso. La educación, tan difícil de obtener en esas condiciones en un país como los Estados Unidos, es el único contrapeso y la única salida del atolladero. Deformándola en provecho de sus fantasmas, como hacen Derek y su hermano, o sencillamente desaprovechándola como lo hacen la mayoría de jóvenes de las bandas, dejan escapar la única posibilidad de salir de un círculo vicioso de odio, violencia y miseria.
EL MENSAJE
El odio, el fanatismo y la intransigencia, igual que se aprenden, se pueden desaprender. No estoy seguro de compartir tanto optimismo, sobre todo en los tiempos que corren, pero apostar por la educación siempre es positivo. A la vista de los recortes presupuestarios del Sr. Bush en materia de educación y de sanidad pública no parece que los augurios sean muy buenos.
EL DVD
Bastante parco en extras. Tan sólo incluye imágenes del trailer y una biografía completa (y desfasada) de los actores y del director. Aún así, por 9,95 € vale la pena: la película impacta y su mensaje cala bien hondo.
MI NOTA: 8,5/10
29.01.2007 13:53
me encanta norton, vi la pelicula por que la interpretaba el, y tu has dicho el adjetivo perfecto, soberbio, besotes
09.01.2005 14:59
La he visto ya un par de veces, me gustó bastante, es una buena película. La primera vez que la vi me impactó bastante, tiene imágenes muy fuertes.
20.01.2004 16:31
Una opinión muy completa. Estoy deacuerdo es una gran película