Ocho, que son setenta mil ochenta horas...
El sol brilla más, se que así será, no importa que este nublado o llueva... el sol brilla. Das luz, igual que lo llevas haciendo durante tanto tiempo. A veces me visita el miedo con la idea de que sería si parpadearas más de lo necesario, pero al instante se evapora porque ahora mismo no merece la pena imaginarlo.
Rememoro tu imagen, la misma postura que tienes en cada momento para después ver la película que se crea en mi cabeza añadiendo cada vez más momentos inolvidables, pequeños detalles, gestos... No importa el tono, da igual si es en color o en blanco y negro, está intacta cada imagen, como si las hubiera congelado. El tiempo no pesa, pasa a nuestro lado de manera fluida, aunque en realidad corra más de lo que avanza a imaginar nuestro pensamiento.
Ocho, que son dos mil novecientos veinte... días...
Vuelan los patos sobre nuestras cabezas, los de tonos austeros en marrón y los que adornan su cuello con una pequeña cinta negra que rompe la unión del verde de la cabeza lo oscuro del resto del cuerpo. La vista de las lagunas tiene que ser maravillosa desde esa altura, ya lo es desde la caseta con aspecto de palomar que tiene una especie de mirador en el tejado... esta vez no hay tantas cigüeñas como la pasada... nunca conseguimos encontrar la fecha exacta de máxima audiencia de aves.
Se me enfrían las ideas, no sale el vaho que acompañaba los paseos de invierno ni el crujir de las hojas otoñales bajo los saltos que las aplastaban... Me sigue costando explicar lo mucho que significas para mí porque hay palabras que aun sintiéndolas esconden la cabeza como las avestruces. Me acerco despacio para rozarte con la nariz... me encanta oler a ti, respirarte...
Ocho, que son trescientas ochenta y cuatro... semanas...
Volando sobre el firmamento anaranjado que ciega a los transeúntes de la autovía... El colorido celeste, que se sale de lo usual, llega a su culminación con la pureza de la pluma que descansa pendiendo del espejo... La misma que se balancea con cada curva o juguetea con cada soplido atrapando sueños hasta cuando estamos despiertos.
Fui la princesa del castillo más alto, allá en la meseta, mientras nos reíamos del niño que miraba el rebaño de ovejas que se divisaba diminuto como si fuera una maravilla, seguro que en su vida había visto una, uno de esos niños de ciudad que piensan que los pollos casi nacen asados. Rodeado del pincel multicolor de los campos de Castilla que tanto admiraba Machado. Fantaseando con la fortaleza defensiva sobre la que apoyábamos nuestros pies, cada agujero por el que otear al enemigo o por el que caerían chorros de lluvia, todo de piedra sobre lo alto de la meseta y mi vértigo.
Ocho, que son noventa y seis... meses...
He subido montañas, bajado a valles, me he visto reflejada en las aguas gélidas del lago, las mismas que erizan la piel cuando te sumerges o amoratan los labios, te he mirado a través de un rayo de sol, grabé tu silueta... Paisajes de nieve, de frío, de hielo... contrastes de espacios congelados con la manga corta que nada más los valientes saben lucir y el reflejo sobre dicha capa nos coloreó los mofletes. Igual que en San Lorenzo solo que en distinto espacio temporal.
Sesión fotográfica a orilla de playa... Portugal. La humedad de la niebla que se abrió paso con la llegada de la tarde no impidió que jugueteara con las olas mientras tu sonreías con los pantalones arremangados sin perderme de vista. Las gaviotas picoteaban en un pequeño canal que se comunicaba con el inmenso mar de aguas azul verdosas... quizá buscando desechos orgánicos, quizá esperando encontrar alguno de los muchos mejillones diminutos que cubrían la superficie de las rocas...
Ocho, que son ocho... años...
Es un día "de nada" pero para mí puede ser el día "de todo". Te vuelvo a mirar, como hago tantas veces cuando no me apetece hablar porque mi mente sigue enredando letras aun cuando se queda casi en blanco... Desprendes tanta paz como cuando duermes... Contigo encuentro el equilibrio.
A la orilla del río de mis/tus silencios nos sentamos perdiendo la mirada en el infinito pero con la sensación de que no estamos solos, de que nunca lo estaremos…
Ocho, que son un todo...
Sensaciones diferentes cuando me dejo caer entre tus brazos. Así no me importa saltar al vacío, el nexo de unión con el mundo real es más fuerte que cualquier peligro que esté al acecho. La fortaleza aumenta y si no se reconstruye, como con los muros medievales... también los que están en ruinas pueden volver a ser lo que en su día ocupó lo más alto del paraje que se extiende ante nuestros ojos. Compartimos un crêpe de chocolate que nunca supo tan rico, hasta nos pringamos los dedos... entre puestecillos medievales de diversos colores, el fuego que se utilizaba para tallar el cristal eclipsó un momento, también los ojos enormes de las aves rapaces de una exhibición, lo artesanal, la mezcla de aromas a incienso, infusiones, jabones o comida...
También cristalicé lágrimas, otras las dejé correr hasta que el cansancio me sumió en el sueño, un sueño leve, demasiado breve que no terminó con el agotamiento de las horas en que no me lo podía creer. Pero siempre encontraba tu mano cuando aquella noche de septiembre parecía que el mundo abría una gran brecha bajo mis pies. Aun duele el recuerdo...
Ocho, que simplemente son ocho y ya están sumando más tiempo...
03-03-09 Para ti : )
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25.05.2009 19:50
Para 1nisay.procutis7 Claramente se trata de una valoración vengativa, por lo que creo que sabes perfectamente que estás actuando mal y obraré en consecuencia ^_^
04.04.2009 12:43
El amor también nos vuelve más inteligentes...ya me lo has demostrado. Que te dure, niña y que sea recíproco. bsos
26.03.2009 14:32
Dicen por aquí que es original, y qué duda cabe que lo es, pero, sinceramente, me parece poco. Es uno de los textos más bellos y mejor narrados que he leído. Ha sido un auténtico placer. Si todo lo tuyo es así, he encotrado un filón de buena lectura. Saludos.