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Memoria de la piel

4  20.06.2004 (15.02.2005)

Ventajas:
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Desventajas:
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Recomendable: Sí 

CHIARA94

Sobre mí: ¡Ya tengo billetes de avión! :-))))

usuario desde:02.06.2004

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Estaba sentada en el sofá, leía una novela y me disponía a preparar café cuando sonaron tres tenues golpes en la aldaba del portón. Hubiera preferido seguir en silencio y en soledad, no estaba del todo decidida a abrir la puerta. Me dirigí hacia el ventanal con paso lento y desganado, preguntándome quién podría ser, retiré un poco las cortinas y miré furtivamente hacia la puerta. A través del cristal vi a un hombre alto cuyo rostro quedaba oculto tras un paraguas desvencijado, seguramente víctima del iracundo viento que soplaba ese día. Un abrigo oscuro, empapado por la lluvia, cubría sus anchos hombros y bajo éste asomaba un traje gris.
Permanecí pensativa intentando averiguar qué me resultaba tan familiar en aquella figura; sonaron de nuevo tres golpes, esta vez más enérgicos, y algo me impulsó a abrir. Tras la puerta aparecieron, calados hasta los huesos, su rostro amable y su recio cuerpo. Quedé paralizada unos instantes, no esperaba aquella visita, no después de tanto tiempo. Balbuceé torpemente un ¡Hola!, él respondió sonriendo con otro y una mirada expectante. Su voz sonó de nuevo sacándome del ensimismamiento, devolviéndome a la entrada de mi casa desde el lugar al que me había transportado sólo con su presencia.

- ¿Puedo pasar? - sonrió otra vez.
- Sí, sí, claro, perdona.- dije visiblemente turbada.

Le indiqué dónde podía dejar el abrigo y el paraguas, lo hizo y se volvió hacia mí mirándome fijamente, me preguntó por Luis.

- ¿Has venido a ver a Luis? - dije con cierta sorna.
- No, claro que no, apenas lo conozco, ya lo sabes - dijo acusando la ironía -, pasaba por aquí y decidí saludarte.
- Luis está de viaje, negocios - mentí -. ¿Te apetece un café?
- Sí, gracias, me vendría muy bien después del aguacero que me ha caído encima ahí fuera.

Se sentó en un sillón lo más cerca que pudo de la chimenea. Observé su ropa empapada y su pelo oscuro, mojado y desordenado por la lluvia y el viento, y le ofrecí una toalla para secarse, pero no la posibilidad de cambiarse de ropa aunque Luis había dejado alguna en el armario. Luis no termina nunca de irse ni de quedarse; a veces discutimos y se marcha, y siempre vuelve para acabar largándose otra vez. Nuestra relación transcurre monótona entre maletas que van y vienen dependiendo de nuestras continuas discusiones y reconciliaciones. A veces pienso que nunca he estado enamorada de él.

Mientras preparaba el café lo observé atentamente a través del cristal de la puerta de la cocina. No había cambiado casi nada, a pesar de que había transcurrido tanto tiempo desde la última vez que nos vimos. Su pelo negro, ligeramente ondulado, era el mismo salvo algunas canas, conservaba intactas sus pequeñas entradas. También sus grandes e inquietantes ojos gris oscuro tenían el mismo brillo. Su boca perfecta dibujaba una sonrisa casi permanente. No le habían abandonado su voz aterciopelada, su tono suave, casi susurrante, ni sus buenos modales. Su tez era, tal vez, algo más morena. A su cuerpo fuerte y esbelto continuaban sentándole bien los trajes. No pude evitar desearle.

Coloqué los cafés en la mesita y me senté en le sofá. Bebió del café y yo encendí otro cigarrillo.

- Has dicho antes, si mal no recuerdo, que pasabas por aquí. Esta ciudad sólo tiene una entrada, no es de paso a ningún sitio a menos que pretendas coger algún barco.

Captó de nuevo la ironía en mis palabras y se apresuró a explicarse.

- Cuando dije que pasaba por aquí no quise decir por esta ciudad sino cerca de tu casa. He venido por motivos de trabajo. - dijo secamente, sin dar a entender en ningún momento que el propósito de su visita fuera más allá de lo meramente cortés. No observé ninguna intención en su mirada, quizá por eso su respuesta se me clavó como una daga. Resonaba en mi cabeza amargamente: "He venido por motivos de trabajo". Quizá sólo lo trajo hasta mi casa un aciago día de lluvia en una ciudad extraña para él, la necesidad de refugiarse del temporal. Tal vez su piel no guardaba la memoria de nuestro último encuentro con la misma intensidad que la mía. Me sumí en mis pensamientos y se apoderó de la estancia un silencio absoluto que me hizo sentir incómoda. Creo que a él también.

- ¿Cómo está Lola? - pregunté para romper el silencio y, a decir verdad, también porque sentía una necesidad acuciante de saber sobre su vida, sobre todo si seguía con ella. Deseé con todas mis fuerzas que ya no estuvieran juntos.

- Bien, mañana se va a París también por asuntos de trabajo - contuve un suspiro de alivio, sabía que Carlos podía permitirse el lujo de elegir entre el trabajo y el placer, por tanto había elegido libremente no acompañarla, como aquella vez en Sevilla. Al menos ahora, como entonces, estaba conmigo en vez de estar con Lola.

- ¡ Vaya ! Has vuelto a perderte otro viaje a París con ella. Yo nunca rechazaría un viaje como ese en buena compañía. ¿Es que no escuchaste los consejos que te di hace tiempo? - aguardé su respuesta con la esperanza de ver en sus ojos ese fulgor que años atrás me había dicho que, aunque viviera con ella, me prefería a mí. Una esperanza absurda, pensé, no podemos esperar después de transcurrido el tiempo que las cosas sigan siendo como antes, es injusto pensar que la gente a la que amamos, o hemos amado alguna vez, no cambia. Este pensamiento me entristeció, pero me reconfortó la idea de que mis sentimientos hacia él, cada vez lo veía más claro, no habían cambiado. Si a mí me había ocurrido, a Carlos podía haberle sucedido lo mismo.

- Mucho tiempo - recalcó lentamente - casi ocho años. ¿Recuerdas la última vez que nos vimos? -. Acarició mi rostro. Su mirada se iluminó.

No contesté. El silencio se hizo de nuevo. Acabé el café y apagué el cigarrillo. Me apresuré a retirar las tazas. Le indiqué donde estaba la leñera y le pedí que trajera algo de leña. Tardó un rato en volver.
Repetí mentalmente su pregunta "¿Recuerdas la última vez que nos vimos?". ¿Cómo olvidar?, pensé. Cómo olvidar lo que hubiera dado la vida por volver a vivir. Cómo relegar al olvido sus labios besando mi nuca, bajando por mi espalda mientras sus manos deslizaban el vestido desde mis hombros hasta el suelo, sus dedos endureciendo mis pechos, resbalando por mi vientre y acercándose a mi sexo. Cómo olvidar la tensión que producía la proximidad de su boca, su desnudez rozando la mía. ¿Cómo olvidaría la piel unos labios cuando ha sentido estar hecha únicamente para saciar la sed de éstos? ¿Cómo podría el cuerpo olvidar a otro sabiéndose creado meramente para el goce de éste? No olvida fácilmente la piel.

Sentía bullir la sangre en mis venas, cuando se ha bebido tanto placer de un cuerpo la sangre se condiciona reaccionando por cuenta propia ante la más nimia insinuación de éste, ante cualquier recuerdo. Traté de tranquilizarme inútilmente, temí que cuando Carlos llegara fuera más que evidente mi azoramiento. Intenté en vano pensar en otra cosa, sólo afloró el paseo que, aquella noche, siguió al goce . Dos cuerpos abrazados recorriendo la orilla del río por el Paseo de las Delicias, curioso nombre, hasta el Paseo de Colón. Su voz sabia desmenuzando la historia de la Torre del Oro: "...prisión de la edad media..." y su leyenda: "...refugio de amantes de un rey cruel...", resonó con un tono especial en su voz la palabra "amantes". Vivir el arte a través de sus ojos tampoco se olvida, Carlos siempre ha sido un enamorado del arte.

Carlos volvió con la leña momentos antes de que nos perdiéramos en el barrio de Triana, justo en el instante en que yo me encontraba mentalmente en el Puente de Isabel II, ligada a él por sus fuertes brazos, ante mí siglos de historia y arte reflejados en el agua oscura del río. Echó los troncos al fuego y se sentó a mi lado.

- ¿De qué hablábamos?
- De la última vez que nos vimos, en Sevilla - debió apreciar la tensión en mi voz.

Tras otro momento interminable de silencio, sonrió, clavó sus ojos grises en los míos, se acercó lentamente y me besó. Me besó y se desvanecieron las dudas y la angustia. Me atravesó un escalofrío, intenso como el que provoca en la piel del adolescente el primer beso. Tendidos sobre los cojines que poblaban la alfombra desabrochó mi blusa. Nos desnudamos con urgencia mientras la sangre corría cálida y frenética por las venas. Se me escapó un te quiero casi susurrado que iluminó su rostro, sin decir una palabra continuó su peregrinaje por mi cuerpo marcando a fuego con sus dedos y labios cada recodo de mi piel sedienta y erizada. Me recorrió como una brisa cálida de norte a sur y de este a oeste. Sus caricias me colmaban más que de placer de dicha. No, ya no había dudas, ni temores, ni inseguridades, pues ya no existía cabeza donde albergarlas, yo sólo era piel, carne temblorosa y feliz. Él sonreía maliciosamente ante el seísmo que producía su cuerpo desnudo apretado contra el mío. Bebí de sus labios con deleite, inhalé su olor, me empapé de su sudor. Me dejé atravesar por sensaciones no igualadas por nada hasta entonces, a pesar de mi dilatada experiencia, que sólo él podía proporcionarme de forma tan intensa. Me regocijé en el deseo y en su desnudez como no lo había hecho en la de ningún otro hombre. Cuando me encontraba sobre él, asomaron sus ojos destellos de luz y escaparon de su boca quejidos de placer que avivaban más aún el mío. Comencé a percibir esa deliciosa sensación sin nombre, cada vez más viva, preludio del placer en estado puro. Me contuve y noté que él también, todo lo que pudimos para no estallar. No quería separame de él, todavía no, intenté recobrar la razón para pensar en otra cosa, un esfuerzo inane, se escapó mi alma por todos los poros, mi sexo abrazó más fuerte al suyo con cada latido, instantes después noté como él se desbordaba, se vaciaba dentro de mí y se inundaba su cara de alegría. Me sentía radiante y dichosa.

Supe entonces que mi errática vida entre sábanas de extraños no me había dado ni un atisbo del auténtico fuego, que no había amado nunca , que mi relación con Luis no era ni una sombra del amor verdadero. Supe también que amaba a Carlos, que el sexo sin él, no pasaría nunca de ser un cúmulo de sensaciones placenteras, sería siempre una siembra en terreno baldío. También conocí el miedo, otra clase de miedo, miedo a no volver a sentir sus ojos desnudándome.

Afuera continuaba lloviendo, como tantos días en esa época del año, cielo y mar estaban más bellos que nunca, o al menos así lo percibía yo. Qué importaba, así era en realidad para mí. Me incorporé y encendí un cigarrillo, recogí su camisa del suelo y me la puse sin abrocharla, olía a él, me envolvía como él. Me acerqué a la cristalera por la que resbalaban gotas de lluvia, teñidas de color miel por la luz tenue del fuego de la chimenea. Pegué la nariz al cristal, como solía hacer de niña, y escuche absorta el repiqueteo de la lluvia en la ventana y el crepitar de la madera consumiéndose en la llama, como lo había hecho todo mi ser hacía unos instantes. Me volví para mirarlo, dormía, se movió como si mi mirada lo hubiera despertado de su sueño con una suave caricia, sentí celos de sus sueños. Sé que los celos son inseguros y egoístas, no me gustan los celos, pero no pude evitar sentirme excluida de lo que pasaba por su mente en aquellos momentos. Anhelaba tener su alma para siempre, igual que aquella tarde había tenido su cuerpo. Acababa de terminar y ya quería comenzar de nuevo.

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Comentarios sobre esta opinión
DannyFlynn

DannyFlynn

08.09.2011 16:43

Mmmmmm...soñando...=) Muy concentrado ese sexo, veo que preferiste no contarnos detalles jumm ;) Un beso

La_cara_oculta

La_cara_oculta

07.06.2010 19:11

Oh, qué maravilla de relato, me parece muy bien escrito, con una prosa elegante y la historia en sí es sencilla pero preciosa, detallista Personalmente no creo en los reencuentros, no creo que traigan nada bueno pero esperemos que para tu protagonista ese reencuentro signifique un nuevo comienzo, una nueva oportunidad... Besos.

solraC_J

solraC_J

06.04.2009 10:58

Me ha gustado mucho la forma en que creas un relato de este tipo, con una historia de reencuentro salpicada por multitud de detalles y situaciones muy bien descritas. Por cierto es una gran casualidad que el nombre del protagonista y la ciudad del citado encuentro son muy comunes a mi. Muy bonitos los sitios que citas, ideales para un paseo de amantes o enamorados. Un besote.

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