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Descomponiendo fragmentos de sur

5  04.06.2009

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Recomendable: Sí 

tarrou

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POR LA RUTA DE LA PLATA

A nuestras espaldas cientos de kilómetros de asfalto, tantos como paisajes existen en esta ruta milenaria que une dos caras de un mismo océano, entre el Cantábrico y la mítica Atlántida: las cumbres calizas de Asturias; la estepa dorada de Castilla, campos de trigo y viñedos del Duero; la sierra de Béjar y la dehesa extremeña; toros de lidia que pastan entre las encinas, cigüeñas que vuelan sobre los campanarios de Cáceres; tierras de pinares y bandoleros al norte de Andalucía; los suburbios de Sevilla, arrabales junto al puente del Guadalquivir; olivos, vides y motos en la campiña de Jerez. Y al final del camino el mar, siempre el mar.

LA COSTA DE LA LUZ

El mar de Cádiz tiene una de esas luces que las palabras no alcanzan a describir, quizás sea Europa que se diluye al despedirse (a semejanza de lo que ocurre en Lisboa o en las rías gallegas), el caso es que su horizonte inunda el alma con promesas de viaje y misterio. Uno puede sentarse en las terrazas de cualquiera de sus pueblos, Chipiona, Conil, Barbate… y ver pasar las horas a la sombra de un pescadito frito y un vino de la tierra, dejar que algún lugareño te cuente la primera anécdota que le venga en gana, sonreír con sincero desenfado y quizás observar a los pescadores utilizando las mismas artes y aperos que Alberti añoraba desde su destierro.

Una ola lánguida nos mece sobre un espejo de intenso mar azul, en el horizonte los barcos atuneros preparan la almadraba, y a cierta hora de la tarde la superficie se tiñe de añil para luego ir tornándose en púrpura… la brisa sopla sobre nuestros cabellos mojados mientras la tierra y el cielo se funden en un atardecer pausado.

ENTRE DOS MUNDOS

La carretera roza Trafalgar, con su faro y ecos de batalla, y al llegar a Tarifa el levante ruge con fuerza sobre grandes ejércitos de gigantes y molinos de viento. Más allá, donde la bruma de un cielo que amenaza tormenta se une con un mar escamado y brillante, surge África, como un sueño o un espejismo, tierra incógnita que despierta en mi imaginario un torrente de épica y leyendas.

Al dejar atrás Gibraltar se cierran las puertas de Cádiz y surge ante los ojos un paisaje distinto e inhóspito, árido y sobrecargado de asfalto y ladrillo, urbanizaciones que se reproducen apiñadas a ambos lados de la autopista, y al este el mar, brillante y hermoso como un oasis en medio del desierto.

LAS ALPUJARRAS

Al sur de Granada existe una tierra angosta donde el tiempo parece haberse detenido. Entre verdes valles que bajan de Sierra Nevada, decenas de pequeños pueblos blancos se esconden y cuelgan sobre una estrecha franja de terreno que discurre de este a oeste, separados del mar por la Sierra de La Contraviesa.

Dejamos atrás Lanjarón, con su balneario y sus famosos manantiales, y nos instalamos en Órgiva, punto de entrada a la Alpujarra Occidental. Bastan unas horas allí para olvidarse de uno mismo a la sombra de los naranjos y los olivos, oír a los grillos en la noche oscura y despertarse con el grotesco rebuzno de un asno. Desayunamos en el porche y me siento como Gerald Brenan, cautivado por una forma de vida tan sencilla que todo parece más fácil y verdadero.

Entre curva y curva nuestro coche trepa por valles y barrancos, rodeados de frutales, viñedos, álamos y castaños, surgen los pueblos en cada giro del camino: Pampeneira, Bubión, Capileira, Busquístar, Trevélez, Cádiar, Yegen… y en el cielo las blancas cumbres del pico Veleta. Comemos conejo a la brasa y compramos unas jarapas, visitamos el mercadillo de los hippies y descubrimos un ritmo distinto de afrontar la existencia, sin fronteras ni prisas.

ACEITUNEROS DE JAÉN

Jaén es una tierra de un solo color, donde el horizonte se confunde con un manto de olivos que inunda la vista de verde aceituna. Entre ese mar ondulante surgen como dos faros Úbeda y Baeza, que se tiñen de una luz dorada cuando el sol del atardecer incide sobre su piedras renacentistas. Son dos ciudades que invitan a ser paseadas tranquilamente, pausadas, con esa languidez que desprenden al caer la noche, casi castellanas, austeras y un poco taciturnas, tan alejadas de la gracia vital que desprende Cádiz o de la sangre gitana que se respira en Granada.

EL LEGADO NAZARÍ

Visitar la Alhambra supone cierta discordancia entre el embrujo que nos brinda el legado de una cultura fascinante, y la irremediable sensación de ser arrastrado por la corriente, absorbido por una sucesión de largas colas, disparos de flashes y venta de souvenirs. Ventajas e inconvenientes de un turismo accesible y popular. De todas formas siempre es posible encontrar un rincón en el Generalife desde el que observar las rojas torres de la ciudad-fortaleza, dejarse mecer por el sonido del agua y los pájaros, o hacerse con un hueco desde los balcones de los palacios nazaríes y contemplar el Albaycin al atardecer, esa mezcla de casas blancas y patios verdes, casi olerlo y escucharlo, y sentirse por unos instantes como el más privilegiado de entre los seres humanos.

LUNA LLENA Y AZAHAR

En el mirador de San Nicolás el turista de mezcla con el viajero, el gitano con el payo, el trotamundos con el burgués, ancianos y también niños, guitarras, calimochos y también algún porro, la policía vigila y el carterista acecha, los idiomas se revuelven y entremezclan, la noche cae y los flashes se disparan, la Alhambra se funde de rojo y cielo mientras la luna asoma sobre Sierra Nevada. Un lugar único en el mundo.

Callejuelas oscuras y flores en los balcones, terrazas y teterías, en cada rincón un misterio. Mientras paseamos por el Albaycin un gitano hace llorar a su guitarra; a la sombra de una esquina yo te beso y mi sangre se espesa de luna llena y azahar.

LA JUDERÍA

En el interior de la mezquita se respira un silencio admirativo, un regalo para los sentidos que recibimos como recompensa un puñado de madrugadores. El espacio adquiere un significado nuevo entre sus bosques de columnas, el tiempo se detiene, se descompone, y el equilibrio y la proporcionalidad de sus formas penetran de una forma extraña en nuestro pensamiento. Desprende una espiritualidad contemplativa, uniforme, muy diferente de la luminosidad vertical y un tanto afectada que reclama la catedral cristiana implantada en su corazón. Por los altavoces comienza a sonar la misa de las nueve; qué bien tan escaso es el silencio.

‘Café largo y tostadas, ¡ea! Y un poquillo de aceite, ¡ea!’ Y regresa de vuelta a la barra con un redoble en sus caderas de mujer de cincuenta años. Siento entonces que no está el embrujo de Córdoba en sus tablaos flamencos ni en sus patios decorados para los turistas, sino más bien aquí, en un pequeño café de la judería donde una mujer nos sirve el desayuno como si de una celebración se tratara, como si la alegría de vivir creciera cada día entre los geranios y las buganvillas que cuelgan de los balcones.

TARDES DE SUDOR Y SIESTA

Entre las sábanas aún percibo tu esencia de piel desnuda. Sudor y siesta. Desde la ventana abierta, al otro lado de las persianas, llega el rumor pausado de los patios y las plazas. Respiro hondo y pienso en Lorca, en Machado, pienso en esas mujeres de Julio Romero Torres… y por primera vez tras muchos años se me ocurre que tal vez debería escribir poesía. ¡Qué sentimiento extraño! Quizás toda esta tierra, esa mezcla de años y credos, de olores y pasiones, se condensen en este instante: Andalucía.

Y DE REPENTE LA ÚLTIMA NOCHE

A la orilla del río la primavera aún exhala de frescor la noche cordobesa. La brisa remueve los juncos y sube hacia el puente romano hasta erizar el vello de nuestros brazos desnudos. Ya se han encendido las primeras farolas y entre la penumbra surge el perfil iluminado de la mezquita. Sentada en el suelo una chica rasga el ocaso con su melodía: toca otra vez, viejo perdedor, haces que me sienta bien, es tan triste la noche que tu canción sabe a derrota y a miel. Una moneda vuela unos instantes hasta recorrer los centímetros que separan la mano del tintineo en la funda de su guitarra. Es guapa; es joven; es libre. Y su canción hace que la noche sepa a derrota y miel.

Mañana estaremos de nuevo en la carretera, cientos de kilómetros de asfalto que nos traerán de regreso a una rutina previsible y cómoda. Mañana. Pero ahora, esta noche, creo que soy feliz.

Tarrou.


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Comentarios sobre esta opinión
MPazos

MPazos

14.09.2009 23:04

Una bonita mirada sobre el paisaje interior.

Desen

Desen

31.08.2009 19:51

"tan bien" quería decir, con la emoción se me han ido los dedos.

Desen

Desen

31.08.2009 19:50

Qué maravilla de opinión !!! Cuando vuelvo a Ciao, después de esta ausencia y encuentro textos como éste descubro porque sigo estando aquí, porque no termino de irme. Soy andaluza y conozco casi cada lugar que has descrito, sevillana y completamente enamorada de Híspalis, desde hace unos meses vivo en el exilio granadino, con gran placer y mejor compañía, pero no habría sido capaz de describir también los lugares, los aromas, los sabores (sí hasta los sabores) como tú los has hecho, quizás sea la mirada distinta y limpia (de prejuicios) del viajero. Un abrazo.

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