Esto es el lápiz

5  17.01.2004 (18.01.2004)

Ventajas:
Evitaremos muchas sorpresas

Desventajas:
Nos llamarán pesados

Recomendable: Sí 

pglez

Sobre mí: Hoy es siempre todavía.

usuario desde:17.12.2003

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Voy a contaros una vieja anécdota que, según me cuentan, es absolutamente real y que, tras su apariencia intrascendente, esconde una filosofía práctica de la vida que nos puede ayudar a evitar muchos problemas.
Sucedió hace décadas, pero me la han contado tantas veces que permanece intacta en mi memoria, como si la hubiera vivido yo misma, en primera persona.
Espero que os guste.

Fue en el examen de ingreso a la Escuela Oficial de Publicidad cuando sucedió.
El profesor responsable de conducir el ejercicio estaba de pie, en lo alto de un pequeño estrado, frente a un nutrido y variopinto grupo de aspirantes a alumnos de publicidad. Tal vez lo decidió tras una cuidada observación de quienes llenaban a rebosar el aula del Instituto Nacional de Publicidad, aunque bien pudiera ser que su conducta fuera lógica consecuencia de sus muchos años de experiencia en la enseñanza o, simplemente, falta de confianza en la raza humana, arropada con buenas dosis de cinismo.
Es igual, el caso es que se dirigió al colectivo de examinandos con voz segura y tono grave y monocorde:
- Buenas tardes. Soy el encargado de dirigir estas pruebas de ingreso. El examen va a ser muy sencillo, así que no se preocupen; pero les ruego que no dejen de rellenar sus datos personales con precisión y exactitud. Para que nadie tenga problemas, les explicaré cómo hacerlo con todo detalle, paso a paso. Por favor, presten su máxima atención a lo que les voy a decir.
Su audiencia guardó un escrupuloso silencio y todas las miradas se concentraron en él.
- Esto es el lápiz - dijo con solemnidad, mientras levantaba un lápiz normal y corriente a la altura de su cabeza -. Y esto es la mano - continuó, sin inmutarse, alzando su mano abierta.
En la sala se produjo un levísimo murmullo de expectación.
- Pues bien, el lápiz se coge con la mano - siguió, llevando a cabo la acción, a medida que ésta era descrita por sus palabras -. ¿Todo claro hasta aquí? ¿Alguna pregunta?
El murmullo se elevó de tono. Las sonrisas se generalizaron en los rostros de los presentes. Uno de los aspirantes levantó el brazo desde las últimas filas.
- ¿Sí? - inquirió el examinador.
- Por favor, yo tengo una pregunta. ¿Hay que cogerlo con la mano derecha o con la izquierda?
Las risas fueron ya abiertas, no exentas de cierto nerviosismo por lo inusitado de la situación. Pero el profesor no movió un solo músculo de la cara y, en contra de lo que muchos esperaban, no sólo no se enfadó, sino que dio la impresión de que apreciaba la pregunta.
- ¡Ajá! He aquí una pregunta de interés. Mucha atención, por favor. Éste es un detalle muy importante y no deben equivocarse.
Algunos se removieron, algo intranquilos, en sus asientos. Otros quedaron inmóviles, desconcertados por la parsimoniosa reacción del hierático examinador, quien prosiguió:
- El lápiz deberán cogerlo todos con la mano derecha. Eso sí, con excepción de aquellos de ustedes que sean zurdos, quienes habrán de cogerlo con la mano izquierda. ¿Lo han comprendido todos?

No creo necesario alargar el relato de cómo continuó el examen. Baste decir que aquel singular profesor (cuyo nombre no me fue transmitido o no soy capaz de recordar) siguió desarrollando su técnica hasta el final; sin perder la compostura en ningún momento y consiguiendo mantener un excelente orden burocrático, tarea siempre compleja en ese tipo de convocatorias, multitudinarias y heterogéneas.
Durante mucho tiempo, quien vivió esta historia en directo, le consideró un guasón recalcitrante, sin otro objetivo que el de tomar colectivamente el pelo a un montón de estudiantes bisoños. Pero, con el paso de los años, se convenció de que su apreciación era de todo punto errónea: aquel indivíduo era un sabio. Un sabio que, con consciencia de ello o no, había llegado a la trascendental conclusión de que lo más seguro y económico es dirigirse siempre a los demás (y muy especialmente cuando “los demás” son un colectivo amplio y desconocido) con exagerada precisión y sin dar nada, nada en lo absoluto, por supuesto o sabido de antemano.

Quien me contó la anécdota, una persona cuya vida personal y profesional ha sido larga, feliz y llena de éxitos, siempre acababa diciendo, cuando relataba su historia:
- Desde que me he dado cuenta de ello, he seguido esta doctrina con fervor. Y puedo asegurar que nunca me ha fallado. El método es muy simple: hay que empezar siempre explicando que “esto es el lápiz”.
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Comentarios sobre esta opinión
morexosa

morexosa

09.10.2006 13:44

La anécdota es peculiar, desde luego, pero no puedo estar de acuerdo, porque yo más bien sigo una teoría de "economía del lenguaje" y no porque yo sea una persona callada o sucinta, sinoporque considero que hay tantas cosas por decir que lo mejor es sintetizar, para hablar mucho y decir mucho más, y el que no sepa algo, preguntará, porque es un don que nos ha sido otorgado, y de ese modo no se darán explicaciones innecesarias.

bedizu

bedizu

19.05.2006 03:29

No existían los excepcionales cuando escribiste esto. Tengo esta opinión entre las favoritas, y alguna que otra vez la releo. Es todo un dechado de sabiduría y, sin pagarte copyright, uso la historia (y procuro aplicarla) en la vida diaria. Besos.

Mari-Carmen

Mari-Carmen

22.03.2006 23:59

Gracias por la anécdota!

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