Cosas que hacer en Barcelona cuando estás muerto
31.12.2005
Ventajas:
si en el infierno le espera . . .
Desventajas:
como si fuese de cera . . .
Recomendable:
Sí
 Hardin0
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Missing...
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Quizá alguno de vosotros haya visto la interesante "Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto". En ella, un angelical Nicolas Cage debe decidir como vivir, sabiendo que se ha convertido en un (metafórico) cadáver, que su vida tiene una fecha de caducidad muy concreta y cercana. Cuando, hace un tiempo, me propusieron que saliera de mi Ciao-letargo y escribiera algo sobre la ciudad en la que he vivido casi toda mi vida, y a la que amo como a ninguna, creo que tanto quien me hizo la sugerencia como yo sabíamos que, si lo hacía, no iba a ser una "guía turística" convencional. Durante unos días la idea rondó mi cabeza ocasionalmente hasta que, por alguna inexplicada conexión, la asocié con la película mencionada en el párrafo anterior: ¿qué rincones de Barcelona visitarías en un día, si fuera el último de tu vida?
No os asustéis, tampoco hay que tomarlo literalmente ;) Algo dedicado exclusivamente a gente que se sepa condenada y quiera pasar sus últimos momentos en Barcelona no creo que tenga un público excesivamente amplio. Y aunque mi escritura no se defina precisamente por ser pragmática, si supero la pereza y escribo, al menos me gusta que me lea alguien ;) Ese "estar muerto" puede significar simplemente que es el último día que pasarás en Barcelona antes de mudarte a otra ciudad, o a otro país: para la ciudad, estarás muerto, al menos por un tiempo. O que, por alguna razón, has decidido cambiar tu vida y necesitas un último día especial antes de enfrentarte a ese cambio y "matar" tu antigua vida. O quizá es que esa persona que da sentido a las cosas, que te hace sentir el gusanillo de estar vivo tan adentro, te visita desde lejos para pasar un día contigo en la ciudad de los prodigios; y tienes que aprovecharlo, porque cuando acabe las cosas volverán a ser normales, el mundo un poco más gris y tú un poco menos vivo. O sea, un poco más muerto, que es de lo que va la opi, ¿no?
Te despierta, muy pronto, el equipo de música. Suena la introducción de "Via Nocturna", de Therion, y sonríes ante lo apropiado de la canción: aún es noche cerrada. Si hay que aprovechar el día, nada mejor que empezarlo pronto. Sales a la calle y aspiras profundamente, disfrutando del frescor que la noche y la cercanía del mar han sembrado en la ciudad. Tras un sencillo viaje de metro te plantas en lo que fue el recinto del Forum de las Culturas del 2004. Atraviesas la enorme plaza central, zigzagueas por los puentes, y finalmente llegas a la orilla del mar. Allí te sientas en un banco, mirando hacia el agua y dando la espalda al cemento, y esperas, mientras el rumor del Mediterráneo te tararea Oasis ("Today, is gonna be the day…"). Poco a poco, el cielo muda de color, se aclara, y entre las mansas olas aparece el Sol. Pese a ser algo que ocurre cada día, es un espectáculo impresionante.
Una vez disfrutado este momento, y siendo ya por la mañana, te diriges hacia el siguiente destino, mucho más fácil de encontrar: el Park Güell es una de las mayores atracciones de Barcelona, y está siempre lleno de turistas (aunque tan pronto por la mañana sólo debería haber unos cuantos japoneses). Sin embargo, estos no suelen pasar de las escalinatas principales, la sala de las columnas y la explanada que hay encima de esta. Aunque toda esa zona es preciosa, la ves solo de pasada. No te paras en el principio del parque, no te limitas a las vistas que salen a centenares de la ciudad en forma de postal. Subes por los empinados caminos de tierra que salen de las avenidas principales del parque, te pierdes por estrechas veredas rodeado de árboles, llegas a claros desde donde divisas todo el parque, con su impensable arquitectura… y más de media ciudad desde lo alto.
Es, posiblemente, uno de los mejores sitios para sentarse y disfrutar de las vistas de la ciudad reposadamente. Contemplas, respiras, disfrutas. Y sonríes el reconocer "El rocanrol de los idiotas" en los acordes que te trae el viento desde abajo. Para cuando te diriges de nuevo al metro, sólo llevas unas horas de este día especial, pero ya te ha cambiado sensiblemente. Muy pocas paradas de metro te llevan, mágicamente, de la serena tranquilidad al más concurrido centro de Barcelona: las Ramblas, con el Teatre del Liceu frente a ti. Le echas una ojeada, así como a los turistas y demás fauna que pueblan la calle más emblemática de la ciudad, antes de meterte por una calleja del barrio Gótico hacia tu nuevo destino.
La plaza de Sant Felip Neri tiene una configuración peculiar. No es una plaza con una forma clara, planificada, sino una especie de "espacio sobrante" que apareció entre varios edificios según eran construidos estos. De hecho, su historia es bastante más compleja, ya que este espacio pertenecía originalmente al cementerio de la adyacente iglesia homónima, y este aún existe bajo tus pies cuando entras en la plaza. No hay algo "especial" que hacer en este lugar, nada que lo haga un lugar imprescindible o un fijo en las guías turísticas convencionales… pero no podía faltar en este recorrido, y no sólo por su sabor ligeramente macabro, sino por ser simplemente un sitio especial. Sentado en uno de sus bancos, puedes sentir como te habla la propia ciudad, como cada piedra te transmite las historias de su Historia, desde los cimientos romanos (metros bajo tus pies) hasta los boquetes en los muros de la iglesia que causaron los bombardeos de la Guerra Civil.
Sonríes, y empiezas a disfrutar de tu situación. Quizá no te quede mucho tiempo, pero estás empleando el que tienes en algo que mucha gente llamaría "no hacer nada", y sabes que es lo más que has hecho en años. No hay como tener un final cercano para plantearte si, cuando llegue, podrás declarar, como en aquel anuncio, "yo sí puedo decir… que he vivido". Desde allí, callejeas por el Casco Antiguo de la ciudad, con sus callejones medievales y palacios renacentistas. No está de más acercarse a la Plaza Sant Jaume, centro del poder político, y salir de ella por la Calle del Bisbe para admirar la delicada construcción que une, a cinco metros del suelo, los edificios de ambos lados de ella. Además, ésta incluye un peculiar ornamento, un poco en la metafórica línea del título de este texto: buscadlo cuando estéis justo debajo.
Una vez salgáis a la Via Laietana, os quedará muy poco para llegar al Palau de la Música, el centro de la cultura musical de la ciudad desde hace más de un siglo. Desde que lo veáis por primera vez, descubriréis que este auditorio es cualquier cosa menos típico. Encajonado desde siempre, por cuestiones de presupuesto, entre otros edificios más antiguos, hace pocos años que unas largas obras le han liberado un poco de ese corsé, permitiendo apreciar mejor la belleza de su exterior. Aunque la mejor visita a este palacio, una de las más desconocidas perlas del modernismo catalán (la época en que Barcelona fue el centro cultural de Europa), sea asistiendo a un buen concierto, no todo el mundo tiene tanta suerte. Así que, visitante matinal, te conformas con una de las interesantes visitas guiadas, y te prometes a ti mismo que asistirías sin dudarlo a escuchar la "Pasión según San Mateo", de Bach, que se ofrece puntualmente cada Semana Santa en tan incomparable marco… si tu "vida" no acabara hoy.
Inmerso ya en el ambiente de finales del siglo XIX, unos pocos pasos te llevan, de manera prácticamente inevitable, hasta la puerta de "Els Quatre Gats". Si Barcelona fue la punta de lanza de la revolución cultural modernista, este bar-restaurante fue el cuartel general de los revolucionarios. Las paredes transpiran historia, y no sólo por los muchos recuerdos de visitantes ilustres que las adornan, sino por esa sensación de "si las piedras hablaran" que flota en el ambiente. Tomas algo allí, intentando impregnarte de la creatividad acumulada en el aire durante décadas, pero no te quedas a comer. El sitio es demasiado conocido por los turistas, lo que quiere decir que hay que comer rápido y algo caro. Por eso ya tienes una mesa reservada en otro sitio.
Sales del metro en la Plaza Orfila, el corazón de la antigua villa de Sant Andreu de Palomar, y en cuatro pasos te plantas en la puerta de La Llesca, una joya que afortunadamente es poco conocida fuera del barrio, por lo que se mantiene bastante virgen: el precio es muy bajo comparado con la calidad, y esperando un poco suele ser posible encontrar mesa sin reserva, aunque conviene hacerla para asegurarse. Recomendados especialmente la fideuà de primero y el pudin de postre, porque entre los segundos es difícil destacar uno sobre el resto. No sales hasta haber disfrutado de una plácida y alargada sobremesa. Vencido el sopor consiguiente, es el momento de ayudar a la digestión con un paseo… y casualmente estás en el mejor sitio de la ciudad para hacerlo.
Sant Andreu no dejó de ser una villa independiente de la vecina Barcelona hasta el decreto de anexión de 1898. Pero pese a este acto (totalmente unilateral y contra la voluntad de los andreuenses), el barrio conserva en gran parte su carácter, su animada vida social, y un sentimiento de pertenencia a una comunidad mucho más definida que Barcelona. Poco a poco se recuperan muchos de sus iconos, como la Fiesta Mayor del barrio, la cúpula de la Iglesia (la que viste en la Plaza Orfila), o el equipo de fútbol, que en un partido de ascenso de 3ª División a 2ª B, convocó al Estadio Narcís Sala a las 15000 personas que permite su aforo: una entrada al nivel de un equipo humilde de nuestra Primera División. Un paseo por las calles de Sant Andreu te permite perderte por calles con sabor de principios de siglo, flanqueado por casas unifamiliares y caminando sobre empedrado. Puedes doblar una esquina y darte de bruces con la Plaza del Mercado, llena de típicos colmados que rodean el edificio del Mercado en sí. Y si os fijáis, veréis los rastros de algunos de esos "luchadores del ocaso" de los que hablaba una canción: parece que en Sant Andreu haya una concentración mayor de ese tipo de gente que quiere un mundo mejor, y que ha creado un tejido organizado para conseguirlo. Sonríes ante una pintada especialmente ingeniosa como sólo puede hacerlo alguien para quien ya no hay un futuro que mejorar, y oyes que, en una ventana, alguien tararea "The Bard's Song: In The Forest" sobre los arpegios de una guitarra española. Asientes con la cabeza sin dejar de sonreír (muerto quizá, insensible nunca) y sigues con el paseo.
Una vez recorrida la parte más antigua del barrio, puede que sea el momento de enfilar la calle mayor, el Carrer Gran de Sant Andreu. Convertida desde hace poco en semi-peatonal, con sólo un carril para la circulación de coches, es el eje principal de la vida en el barrio: un Paseo de Gracia en miniatura, con sus cafeterías y restaurantes, sus tiendas de ropa, de fotografía, de electrónica… de casi cualquier cosa que necesites. Recorres el Carrer Gran, sin prisas, mientras avanza la tarde y empieza a oscurecer, dejándote llevar, mirando escaparates, observando a la gente que pasa, disfrutando de la soledad o la compañía, dependiendo de tu caso. Te paras en la Plaza Comercio, donde un mercadillo anima a los transeúntes a echar un vistazo a bisutería, o a comprar algo de comer para merendar. Pero tú sabes que tu merienda está a pocos pasos.
Justo en el momento en que el hambre hace su aparición, te plantas en la churrería. Blanca, inconfundible, siempre está llena pese a estar rodeada de otros bares más "glamourosos". Y no es extraño: aquí hacen, posiblemente, el mejor chocolate a la taza de Barcelona. Los churros o porras que van con él tampoco se quedan a la zaga. El sitio es una especie de secreto compartido por mucha gente en Sant Andreu, revelado sólo a quien realmente vale la pena, en una especie de rito iniciático… y cuando pruebas el chocolate sabes por qué no es sólo una churrería más. Dejas pasar el tiempo mucho después de acabada la merienda, sabiendo que anochece sin pausa pero sin prisa, y sabiendo disfrutar del momento, sumergiéndote en él, rodeado de un torbellino de conversaciones, idas y venidas. Quizá la postura más sana (aunque la más difícil) sabiendo que las horas de algo se agotan sea sentarte, cerrar los ojos y verlas pasar, solo o en buena compañía.
Eso es probablemente lo que hace de Poble Nou algo más que una zona de fiesta: la compañía. O sea, la gente. En pocos sitios se puede encontrar tal variedad de fauna nocturna, tantas maneras de vestir, de pensar, de vivir la vida y la fiesta. Heavies equipados hasta las cejas, góticas salidas directamente de algún recodo del infierno, algún Peter Pan canalla de "taytantos" regentando un oasis, jugadores de ajedrez mezclados con bebedores de litros de alcohol, bakalas despistados que no se emborracharon lo suficiente antes de entrar en Razzmatazz, asistentes a algunos de los mejores conciertos que se ofrecen en Barcelona, un caballero a la antigua disfrazado de camarero, adoradores del anís seco si tiene un torero con patillas en la etiqueta, un Spiderman completamente equipado (un día no le dejaron entrar a un local porque no quiso quitarse la máscara y "revelar su identidad"), jugadores fanáticos de juegos de fútbol online, un Mesías disfrazado de churrero vendiendo patatas con ketchup y bollería a las 6 de la mañana… y muchas más cosas que descubriréis si os acercáis hasta allí cualquier noche.
Sin embargo, hoy no tienes tiempo de disfrutar de la fiesta hasta el amanecer de mañana… porque simplemente "there's no tomorrow". Así que te contentas con pasar un rato, a saludar a los habituales, a charlar y estrechar manos y compartir algún abrazo, y citar a Ismael y su Vértigo en aquel "…basta de lamentos, brindemos que es el momento, que estamos todos, y no falta casi nadie…". Le dices a tu camarero favorito que te sirva un Machaquito de despedida (sólo uno, claro) y sales en dirección al objetivo final del día. Por el camino, te llegan desde el Cefes unos versos de "Stand by", de Extremoduro, y no puedes dejar de tararearla. Notas finalmente el tacto de la arena bajo tus botas y el rumor de las olas de nuevo ante ti, con la salada brisa nocturna acariciando tu cara. Aunque la playa de la Mar Bella sea un sitio masificado y horrible para visitar de día, de noche descubre su encanto especial, enmarcada por las luces de los dos espigones y suficientemente alejada del resto de iluminación artificial para proporcionarle la oscuridad suficiente que le de un aire adecuado.
Allí te dejas caer y te reclinas sobre la arena, y más que mirar, escuchas el mar. Y aprovechas esos últimos instantes que te regala esa amante que es Barcelona, y te despides de ella, de Ella… y de todo. No hay mejor sitio para acabar el recorrido por una ciudad que nació y ha vivido siempre de cara a ese Mediterráneo que simboliza las mejores virtudes de la ciudad: intercambio, acogimiento, comunicación, cultura… vida, al fin y al cabo. De algún sitio empieza a brotar "Bohemian Rhapsody", posiblemente la mejor canción de las últimas décadas, y guardas silencio: sabes que nada que dijeras sería más adecuado como despedida que lo que canta la desgarrada voz de Freddie. Y tu día acaba, pero ya has hecho todo lo que debías hacer en Barcelona, estando muerto.
"Goodbye, everybody, I have to go, Gotta leave it all behind and face the truth Mam, ooh, I don't want to die, But sometimes wish I'd never been born at all. (…) Nothing really matters, Anyone can see, Nothing really matters to me…
Anyway the wind blows…"
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12.06.2011 19:11
Yo vivi 5 años en Barcelona del 70 al 75 , en el Prat de Llobregat concretamente, y soy de Madrid y de madrid al cielo, pero , Barcelona siempre e4sw bona.
11.01.2009 02:15
Aqui está el excepcional que merece tu opinión.
10.01.2009 02:49
Creo que tu opiniónes muy buena pero no me quedan excepcionales por lo que tendré que volver a visitarte. ;-))