UNA LUZ SOBRE EL PROBLEMA
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Durante millones de años, la historia humana estuvo marcada por un hecho cotidiano que hoy casi pasamos por alto: la alternancia diaria de un período de sol y otro de noche. Y es que durante la mitad del dia, nuestros antepasados, como la mayoría de especies animales, no tenían más remedio que suspender de manera casi total cualquier actividad. Para los que vivimos en el campo, es una realidad fácil de percibir: si sales de noche a la calle, la verdad es que no se ve un pijo. En estas condiciones, hacer cualquier cosa, por sencilla que sea, genera tantas dificultades que es mejor no hacer nada. Esto ha quedado fijado en nuestros genes de manera que la mitad del dia la empleamos en dormir, un proceso que esconde la necesidad perentoria de permanecer ocultos y abrigados en silencio (salvo lo que roncan, claro) durante esa parte del dia en que no hay posibilidad alguna de hacer frente a los depredadores.
No hace falta decir que desde los inicios de la civilización, se hicieron todos los esfuerzos posibles encaminados a paliar esta desventaja del ser humano durante las horas nocturnas. El fuego brindó la posibilidad de iluminar la oscuridad, de manera muy limitada, y muchas fueron las aplicaciones que se inventaron para aprovechar sus propiedades: lámparas de aceite o de gas, antorchas, etc. Todos estos inventos tenían en común varias cosas: eran sucios, peligrosos, de escasa duración y bastante precarios (mejor que no soplara mucho el viento...), además de brindar una iluminación muy pobre. Es así que hasta bien entrado el siglo XX, la vida nocturna era casi imposible, sobre todo fuera del ámbito urbano, por la cantidad de peligros y dificultades que entrañaba. Todo cambió con la llegada de la electricidad, una energía barata, limpia y fácil de canalizar.
HÍZOSE LA LUZ
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Uno de los mayores inventos de la humanidad y que ocasionó un cambio de hábitos radical fue la bombilla de incandescencia. Básicamente, se trata de un globo de cristal montado sobre un casquillo metálico, en cuyo interior hay un filamento de tungsteno y una pequeña cantidad de argón (un gas inerte). La corriente que circula por dicho filamento provoca que este se caliente hasta ponerse incandescente, momento en el que pasa a emitir una luz intensa. Esta luz es de muy buena calidad, con una longitud de onda similar a la de la luz solar (después de todo, el sol es también un objeto incandescente). La lámpara de incandescencia inventada por Thomas Edison es barata de producir, fácil de reemplazar y tiene muchas ventajas, tantas que han hecho que aún en la actualidad sea el medio más popular de iluminación. Sin embargo, tiene sus limitaciones, muchas de las cuales empezaron a apreciarse sobre todo cuando hubieron de iluminarse grandes superficies destinadas a usos industriales o comerciales. Para empezar, su vida útil es corta; el filamento en espiral de tungsteno (que, entre otras cosas, tiene una longitud de casi dos metros) se degrada después apenas mil horas de uso, además de ser bastante frágil. Y, claro, no es lo mismo cambiar un bombilla en casa de vez en cuando, que hacerlo contínuamente en una nave industrial... Pero esto no es lo peor. La lámpara de incandescencia es, además, muy poco eficiente en términos de consumo energético. Sencillamente, gran parte de la energía se disipa en calor, algo que es fácil apreciar si tocamos una bombilla encendida. Al principio esto no era ningún problema, pero cuando la demanda de electricidad aumentó a mediados del siglo XX, tuvieron que buscarse formas de iluminación más económicas.
HÍZOSE LA LUZ DE NUEVO, PERO MÁS BARATA
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La respuesta llegó con las lámpara fluorescentes. Básicamente, todo este tipo de lámparas funcionan según un mismo principio: dentro de un tubo de cristal, una corriente eléctrica estimula unos átomos de mercurio, los cuales emiten fotones ultravioleta. Estos impactan sobre el revestimiento de fósforo del interior de la lámpara, el cual a su vez emite una gran cantidad de fotones. El proceso no es tan sencillo como el de la lámpara de incandescencia, pero las ventajas sobre esta son evidentes. Mientras que una bombilla clásica produce aproximadamente 15 lumens por watio, una lámpara fluorescente convencional llega a producir de 50 a 100 lumens por la misma cantidad de energía. El ahorro energético es evidente...
Por este motivo, la lámpara de incandescencia quedó relegada de inmediato al ámbito doméstico. Los fluorescentes son ideales para iluminar superficies extensas que deben permanecer iluminadas durante muchas horas, pero nunca hasta hace unos pocos años habían penetrado en nuestros hogares, salvo en lugares como la cocina. Esto nos lleva a la pregunta lógica ¿y porqué no si son más eficientes y su vida útil es mucho más larga (varios miles de horas)?
Hay varias razones. Para empezar, la luz que emiten los fluorescentes no tiene la misma calidad que la bombilla de incandescencia. Es una luz fría y azulada que cansa la vista y distorsiona los colores. Aunque el fenómeno del parpadeo fue eliminado hace años, lo cierto es que hay un ciclo de exitación-reposo de los átomos de mercurio, que hace que no sea un flujo luminoso constante, lo que repercute en la calidad de la luz, pese a que el parpadeo ya no resulte perceptible. De hecho, los primeros fluorescentes tenían muchos inconvenientes: necesitaban un tiempo para alcanzar su capacidad plena de iluminación, parpadeaban, emitían interferencias electromagnéticas (en mi casa, durante años, la televisión perdía señal cuando prendíamos los fluorescentes de la cocina) y hacían ruidos (un zumbido característico). Algunos de estos fenómenos todavía pueden apreciarse cuando la lámpara está a punto de agotarse. La tecnología moderna ha obviado estos problemas, pero lo cierto es que la calidad de la luz de una lámpara fluorescente sigue siendo inferior a la de una bombilla convencional o un foco halógeno.
Otro motivo por el cual su uso no está tan extendido en el ámbito doméstico, es que, si bien su consumo energético es reducido, el mecanismo de calentamiento que se necesita para hacer vibrar los átomos de mercurio sí consume mucha electricidad. Esto se traduce en términos prácticos en que si se utiliza este tipo de iluminación en lugares donde la luz se enciende y apaga con cierta frecuencia, la relación coste/ahorro energético acaba siendo desfavorable. Por esto, en la mayoría de hogares, el único lugar en el que se utilizan fluorescentes (y cada vez menos) es en la cocina o en el garaje.
Finalmente, el diseño tradicional de los fluorescentes, impuesto por necesidades técnicas, era el de un tubo alargado, de mayores o menores dimensiones, que emite una luz poco focalizada. En los hogares, se necesitan puntos de luz muy localizados que emitan una luz cálida y acogedora, aunque dejen espacios de la habitación en sombras. Esto, desde luego, nunca lo han podido hacer los fluorescentes, al menos hasta la aparición de los fluorescentes compactos.
BOMBILLAS DE BAJO CONSUMO: VENTAJAS
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A principios de los años 80 aparecieron los primeros fluorescentes compactos, también llamados lámparas de bajo consumo. Se trata de fluorescentes en los cuales el tubo ha sido doblado sobre sí mismo, de forma que la longitud total de la lámpara es mucho más reducida. Además, la lámpara está montada sobre un casquillo convencional, de manera que se adapta a cualquier tipo de lámpara que admita bombillas de incandescencia. Se acabó el bricolage a la hora de montar y desmontar un fluorescente...
La mayoría de estas lámparas montan de dos a seis tubos y se ofrecen en potencias que varían de 5 a 40 watios. Su duración varía, según la marca y la calidad de los materiales empleados, entre 7.500 y 20.000 horas y el consumo eléctrico suele ser cuatro veces menor que el de una bombilla convencional. Por ejemplo, una lámpara de bajo consumo de 15 w equivale al de una bombilla de 60 w. El ahorro energético es evidente...
FLUORESCENTES COMPACTOS: INCONVENIENTES
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Aunque prácticas y versátiles (se ofrecen en muchos tamaños y formas, incluso redondas), este tipo de lámparas tiene multitud de inconvenientes que hacen que hay que pensárselo dos veces antes de adquirirlas.
•••• PRECIO ••••
Aunque muchos más caras que una bombilla de filamento, su elevado precio no es necesariamente un inconveniente, ya que a la larga se amortiza. Sin embargo, hay que tener presente que en caso de rotura fortuita no es lo mismo reponer una bombilla convencional, cuyo precio es inferior a 1 euro, que una de estas lámparas, que no suelen bajar de 10 euros. Por descontado, hay que evitar ponerlas en lugares al alcance de los niños de la casa...
•••• COLOR ••••
Aunque se ha mejorado mucho en este aspecto, su luz sigue sin tener la calidad de las bombillas de incandescencia. Esto es muy perceptible cuando en una misma habitación se mezclan los dos tipos de iluminación: la luz de la lámpara de bajo consumo parece fría y mortecina.
•••• TAMAÑO ••••
Pese a su tamaño relativamente reducido, no son todavía lo suficientemente compactas para caber en cualquier lámpara. Además, a diferencia de las lámparas de filamento y de las halógenas, no se puede utilizar un reostato para amortiguar o incrementar la luz ya que trabajan a un voltaje fijo.
•••• TIEMPO DE ENCENDIDO ••••
Estas lámparas suelen tardar uno o dos minutos en alcanzar su temperatura óptima de funcionamiento, tiempo durante el cual pueden llegar a producir apenas un 25% de su potencia lumínica, produciendo un efecto bastante poco estético...
•••• TEMPERATURA ••••
Todos los fluorescentes trabajan mal a bajas temperaturas, mostrando una merma importante de su rendimiento. Además, los compactos pueden sufrir por un exceso de temperatura en espacios cerrados, reduciendo considerablemente su ciclo vital. Hay que tener en cuenta que el rendimiento lumínico que ponen las especificaciones de la lámpara es a una temperatura óptima y puede variar bastante según el lugar y la posición en la que se la coloque.
•••• RECICLAJE ••••
Aunque suponen un considerable ahorro de energía (y esto es bueno, por supuesto), contienen pequeñas cantidades de mercurio que, invariablemente, acaban dispersándose por la naturaleza. Por nuestra seguridad, hay que evitar romperlas. El medio ambiente siempre acaba pagando el pato...
En suma, y teniendo en cuenta estas salvedades, este tipo de lámpara es una buena opción a la hora de iluminar nuestro hogar, aunque hay que estudiar muy bien donde la situamos. Una mala elección de emplazamiento puede hacer que la torta nos salga por el precio de un pan... Siempre hay que tener en cuenta que si las ponemos en lugares donde el encendido y apagado es muy frecuente, todas las supuestas ventajas se esfuman. Yo tengo tres instaladas en el jardín y no me dan ningún problema. Lo recomendable es no dejarse obnubilar por la propaganda y pensárselo muy bien antes de adquirirlas, ya que tampoco son el chollo que prometen. Lo que es la vieja bombilla de incandescencia, todavía le queda cuerda para rato...
28.02.2005 23:24
Hay que ver.... claro que para eso hay que tener luz. Vaya opi!!!!!.... besos
15.02.2005 06:29
se te encendio el bombillito, ... de alto consumo de neuronas, ja ja ja TQM
12.02.2005 10:57
Aun somos algo reacios a pagar el precio que nos piden por estas bombillas y eso que al menos yo, soy consciente de que supone un gran ahorro a la larga. saludos