Brujas

Opinión sobre

Brujas

Impresión Total (59): Evaluación Total Brujas

 

Todas las opiniones sobre Brujas

 Escribir mi propia opinión


 


QUINTO PERIPLO: LA SOLEDAD DE LAS DARSENAS

5  12.02.2004

Ventajas:
El encanto que desprende, su historia, cultura

Desventajas:
Según la época que viajes, encontrarás demasiada gente

Recomendable: Sí 

karenma

Sobre mí:

usuario desde:30.10.2002

Opiniones:94

Confianza conseguida:102

Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 126 miembros de Ciao

Allí, serena, resguardada por la divina virtud del olvido, en los confines de la memoria y del espacio, en confluencia con esa cuarta dimensión euclidea que alumbrara en centurias pasadas el esplendor de lo incierto, las pavesas marchitas de los parajes hanseáticos, de los males que subsisten al margen del paso del tiempo, como preservada del declive y la mediocridad por una urna de encantos prohibidos, encuentras la ciudad de Brujas.

Uno apenas cree concebible que ese auténtico emporio de destrezas humanas y gentilezas naturales, fuera en algún tiempo tierra quemada, sentido despedazado entre los montes quebrados por el clima árido y la lengua básica; todo un asentamiento prerromano ligado a su propio destino de centro comercial y cultural; el mismo que empezaría a despuntar ya durante el siglo IX, aunque conocida entonces como Bryggia, lugar de atraque en noruego.

Brujas, costera y desierta, fortificada por los condes de Flandes ya en el siglo IX fue la médula de un mundo inalcanzablemente pequeño –apenas Europa– y cuya bruma gótica, símbolo del esplendor perdido, permanece hoy en las telarañas del recuerdo permanente, palpitante bajo las tejas del adobe y las techumbres de piedra caliza.

Por aquel entonces se comunicaba al mar a través del río Zwyn, y viviría una bonanza prolongada durante más de cuatro siglos, gracias a su puerto, que la ensalzaría al parangón del comercio y manufactura. Sin saber que le acechaba el desastre de la providencia, y el declive del mundo, entró en un período de decadencia; vería derruida su celebridad por las ingratitudes de las inclemencias del tiempo; que alejarían la costa de la urbe, cuando la acumulación de sedimientos, fango y sílice de los ríos cortara los accesos a los mares y los océanos, inutilizándola para un intercambio comercial en navíos cada vez más adaptados para el tráfico colonial y el intercambio de servicios....

Indigna, ajada y repudiada por las virtudes comerciales del continente, que empezaría a recurrir a la ociosidad de la Amberes que hoy conocemos, Brujas sigue siendo ese excelente centro artesanal, matriz artística y cuna de la orfebrería noroccidental, donde los encajes, las cervezas y los tejidos hacen olvidar que durante muchos años, Brujas sería la reliquia soñada del auge perdido, una vieja gloria relegada a las lágrimas y las ínfulas del recuerdo, al consuelo del pasado, que renegaba del apelativo que le daría Georges Rodembach en Brugges la Morte.

Así, Brujas, la de hoy, la de siempre, se adivina en la llana penumbra árida y plomiza de la latitud belga como vacuo oasis carente de todo raciocinio, sin consciencia y sin sentido, cuya brava resultancia, y cuyos perfiles de cuento de hadas, transitan por entre la memoria como la fatua aparición noctívaga reflejada en las aguas dormidas; diminuta y lapidaria, un espacio cerrado sin apenas resquicios; la Brugge neerlandese, capital de Flandes Occidental, sitiada por los astilleros de Ostende, y apenas trabada con el mundo hostil, tan diferente a la serenidad de sus aguas y sus piedras selladas, por las ingentes ramificaciones de los canales y las ferrovías que llevan a Gante, Ostende, y la dársena de Zeebrugge, levantada por el Leopoldo II, indiscutible soberano meridional, aquel a quien el tiempo juzgara por su colonización postrera de un Congo agotado y lívido y sometido a la disputa perpetua entre potencias por la dominación de su tierra ardiente.

El peregrino arriba allí sin aliento, como quien transita abrumado por la pesadez del tiempo, bajo la intemperie divina de la nada, el mismo tiempo que se apelmaza como ceniza mojada entre las longevas rendijas de los inmuebles medievales; intacto, tan absolutamente indemne como lo fuera algún día la riqueza del mundo entero –un mundo continental– ese epicentro extemporáneo e incorpóreo que vive al margen de la fiebre mundana y la placidez del infierno... todo ello mientras recorre sus más de cincuenta puentes, que bordean los múltiples canales que circundan sus calles, levantándose como baluartes al paso de las embarcaciones que trepan el musgo de las aguas dormidas.

Allí, en el remanso salobre de su fluido, navegan los cisnes, omnipotentes y todopoderosos en los círculos acuáticos de Brujas, arraigados a la leyenda de Maximiliano de Austria, que dicen las malas lenguas que durante el siglo XV sufrió la revuelta de su pueblo tras una subida de impuestos; y durante la cual, enrevados y enfurecidos por la autocrática mano de hierro, los revolucionarios decapitaron a uno de los gobernadores regios de su corte, portador de un escudo de armas con un cisne. Y que ya dominada la insurrección, Maximiliano ordenó a todos los humanos que pervivieran en la urbe, que alimentaran a los cisnes de los canales como a carne de sus entrañas, como forma de expiar y recordar para siempre el crimen.

Lo cierto es que todo periplo por Brujas transcurre abotargado por las obligadas detenciones, rastreando en los costados añejos de las travesías y los nervios centrífugos de sus calles, cada una de las trazas históricas de su esplendor medieval, cuyo olor rancio y hueco sigue resonando en los flancos humanos de la memoria individual y colectiva de una historia que parece revivirse en los opacos recodos de sus calles pálidas y sus piedras dormidas; de sus cuestas retortijadas y sus mansas calzadas, terciadas por el centeno de la nada y la intemperie del universo. Por allí siguen, espléndidos, sin muescas de polvo ni rastro de decrepitud, los Halles, que perviven en la Plaza Mayor, los antiguos mercados, donde la muchedumbre avizora sigue arremolinándose con el mismo ímpetu que debió azorar el silencio perpetuo de siglo XIII, tiempos de peste y dominio papal, aquella ignominiosa época en que los años de obscurantismo feudal e ignorancia supina arrasaron a la Europa ducal, la de los príncipes y los Imperios, cruzada de muertos vivientes y adobada en la sangre de los impíos celestiales.

Allí, en la misma plaza, como vigía privilegiado, guachimán de desastres y venturas, sigue el Campanario, con su carillón, cuyas vistas de pájaro alcanzan las tierras y los cielos, solemne e instigador, como un auténtico obelisco funerario egipcio; y cuyos 300 escalones conducen al sofoco de su propia historia, expuesta como polvo en los vitrales del museo interior.

Frente a ella, los homenajes esculpidos a los héroes locales, Pieter de Connick y Jan Breydel, titanes de la batalla de las Espuelas del oro, una de las tantas huellas indemnes de los horrores de entonces, cuando se imponía la época de atestada convicción católica, antes de que las primeras hordas de la contrarreforma penetraran en los territorios de Flandes, aunando no solo inquietudes religiosas, sino las económicas y sociales que acabarian llevando a la libertad de las Provincias Unidas, a la Unión de Utrech que formara Guillermo de Orange, el libertador del Norte, y de la que más tarde emanaría una Bélgica triunfante, acunando en su lapso matriarcal la inmortal Venecia del Norte, Brujas..

Testigos de tanta historia, donde las guerras de los 30 años y las primaveras de los pueblos, como bautizara la historiografía moderna, apenas son retazos ocultos de una madeja interminable de cuentos sin final, permanecen los edificios de entonces y de siempre, respirando sin fuerza la agonía de tanto reposo postergado. Entre ellos, la Catedral de San Salvador, la más antidiluviana de las iglesias bruguenses, anclada a un ya remoto siglo XI, firme y digna desde la altura de sus torrecillas angulares, y las moles de argamasa maciza; y su sillería y las tumbas medievales donde los restos cárnicos ululan el hedor del tiempo pasado; y donde las maravillas pictóricas de Dirk Bouts y Hugo van der Goes siguen ilustrando lo encomiable del mundo.

Sigue el viajero, fascinado, hasta llegar a la Plaza del Burg, donde aletean con cuerpo y alma y carne las reminiscencias pasadas, que se entremezclan con el cariz revelador de la modernidad más rancia; un cielorraso abstruso, donde se erige la Basílica de la Sagrada Sangre, cuyos primeros ensambles datan de 1150, y veneran todavía las desidias del pasado: la Sangre de Cristo, que según dice la leyenda, la misma que se contaba en época feudal para no dormir a los niños y convertir la consciencia en un pesado tedio lleno de remordimientos paganos, fue traída de Tierra Santa por el Conde de Flandes, durante los años de cruzadas, aquellas que alumbraran a la Orden de los Templarios, cuya fama proverbial se extendió durante siglos hasta caer en el olvidio del escarnio público por sus prácticas sodomitas en la soledad de los tabernáculos paleocristianos...

Impresiona también el Ayuntamiento, l’Hôtel de Ville, el más anciano de Bélgica, y cuya primera piedra, hosca y flamenca, como todas las de la época, se depositó en el XIV, quizá por ello el más curtido –o no– en las durísimas tareas de la función pública; gótico puro, despellejado por el fuego vivo que cae como chorros solares en la prodigiosa inclinación de la plaza, y que apenas puede esquivar la verticalidad de sus murallones caucásicos, ni sus banderas colgadas; un calor ígneo, donde el éter purpúreo todavía vuelve más fantasmagórico el mobiliario urbano del centro: la escribanía renacentista, los museos provinciales, y el antiguo palacio Brugse Vrije, centro administrativo municipal.

Ellos se disputan el punto-aquí del Universo, ese centro mítico donde sobresale la iglesia de Notre Dame, anciana superviviente de la centuria XIII, cuya torre de 122 m. de ladrillo alberga el invaluable patrimonio artístico... respiran los retables pintados por el dedo mágico de la divina providencia que guía a la imaginación; las Madonas de época cargadas de niños sin rostro y súcubas sonrisas de alabastro serpentino, como la Virgen con el niño, obra del Grande entre los grandes, del mayor génio, agriado y resentido del mundo, Miguel Angel Buonaroti; que supo como nadie plasmar la indiferencia de una agonía ventral en aquellos rostros apacibles y sosegados, pero cubiertos por el velo mortuorio del desaliento.

Siguen los lienzos de los inefables Hans Memling y Jan Van Eyck, de la dinastía VanEyck, autores del magnífico Matrimonio Arnoldffini vértice pictórica de la perfección realista del Flandes olvidado. Siguen también los mausoleos de María de Borgoña, la mística abuela paterna de Carlos I, y Carlos el Temerario, entre las muchas sepulturas que convierten el centro en un camposanto tortuoso, como de aquellos utilizados en tiempos pasados –aunque no tan pasados– para infundir el pavor insuperable del fuego eterno.

Así, Brujas es ese espejismo solar y permanente que subyace en la memoria, un cerco de ascuas humeantes que en la oscuridad ilumina el olvido e impregna la retina de lo eterno; porque está preservada por esa misma aura de ancianidad desusada que, a pesar del declive, a pesar de sus puertos perdidos y su comercio arrojado a los fondos marinos, jamás pudieron desastrarla. Su belleza supera toda agonía. Es una de esas beldades prohibidas que para algunos no es más que la reminiscencia que prueba que en algún momento de su historia, como dijo Rousseau, los humanos fueron buenos y nobles, capaces de canalizar el odio estomacal en la envidia urbana de lo cierto.

Brujas sigue allí, protegida para siempre en su receptáculo de necedades mundanas; a salvo de la intemperie y la vanidad, porque guarda ese espíritu culturizado a través del bucle de torbellinos de los siglos, dilatados no por la historia, sino por el ámbito de su existencia... melancólica y despierta, atenta a los cambios deleznables que este mundo engendra en lo más profundo de su intensa rabia secular... allí permanece, muerta pero vivaz, resollante como un jamelgo en la calidez de la noche y el celo, segura de que su oportunidad no pasó, sino que ha de llegar todavía, y que de una vez por todas, tras tanto tiempo de sorna y escarnio, higienizará esa reputación cansina y fúnebre, que jamás volverá a llamarla Brugge, La Morte.

Evaluar esta opinión

¿Cómo de útil te será esta opinión a la hora de tomar tu decisión de compra?

Directrices para las Evaluaciones

Comentarios sobre esta opinión
ropizzella

ropizzella

16.04.2011 05:59

Como demostracioón de habilidades literarias, un 10. Pero para quien necesita una opion de Brujas, un 2.... mucho palabrerío para no decir NADA

Joki82

Joki82

27.06.2006 12:51

Una opinion catalogada de excepcional.Hace poco viaje desde el sur de España hasta Amsterdant y te puedo asegurar que lo más bonito e impresionante es Brujas.

mrcervantes

mrcervantes

08.01.2006 18:57

Una descripción a la altura de una guía de viajes.Brujas es de cuentoooooo!!!!

Escribe tu comentario

máximo 2000 alcanzado

  Publicar el comentario


Evaluaciones
Esta opinión sobre Brujas ha sido leída 2183 veces por los usuarios:

"excepcional" por (30%):
  1. dani136
  2. cocodrilon
  3. Brezo
y de usuarios adicionales 35

"muy útil" por (66%):
  1. Octubre2007
  2. ITACA213
  3. Anaismoon
y de usuarios adicionales 80

"útil" por (3%):
  1. ropizzella
  2. Joki82
  3. mrcervantes
y de un usuario adicional

"nada útil" por (1%):
  1. jabancho

La evaluación total de esta opinión no es únicamente el promedio de las evaluaciones individuales.