El Origen de los Zánganos
04.02.2005
Ventajas:
Recorrido histórico e interpretaciones muy sugerentes
Desventajas:
Estructura narrativa
Recomendable:
Sí
 zoquete
Sobre mí:
Hace sueño. Es intenso y se cala hasta los huesos. Suena Queen. También se cala hasta la médula. No ...
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Nadie parece tener dudas al considerar una cuestión culturar el darse besitos con la nariz o a lengüetazos, lucir el pezón atravesado por una cadenita de oro blanco o cubrírlo púdicamente. Algunos podrán pensar que es algo más o menos glamouroso, pero sólo unos pocos fundamentalistas lo considerarán de derecho natural o, en su opuesto, una aberración “contranatura”. Más difícil de asimilar resulta la supremacía masculina frente al género femenino, por más que la tradición nos presenta como natural la costilla de Adán. Inadmisible ya es creer que el asesinato, canibalismo y despotismo sean considerados costumbres culturales.
Lean a Harris. En este libro el autor parte de una premisa bastante preocupante: la presión reproductora es la responsable de los más significativos cambios sociales que hemos experimentado desde los orígenes de las civilizaciones. Ante el crecimiento de la población, los pueblos reaccionan buscando formas de intensificación de los recursos (como con el nacimiento de la agricultura o de la ganadería), que suelen preceder a épocas de crisis (como las guerras, los caciquismos o las tiranías), antes de recuperar un cierto bienestar social, no sin previamente penalizar a ciertos colectivos (prisioneros de guerra, esclavos, obreros, inmigrantes) o costumbres (vacas sagradas o cerdos malditos).
Las reacciones de los diferentes individuos ante estas presiones son tan heterogéneas como imaginativas, desde quienes se equipan de armamento y sicarios, hasta quienes se hacen portavoces de fuerzas sobrenaturales que les garantizan ciertos privilegios frente a los demás en el reparto de recursos, especialmente si éstos son escasos. Hay quienes reclaman igualdad para toda la población mundial. ¿Qué harías tú si te dijeran que no hay suficientes árboles en el planeta para producir bastante papel higiénico para todos sus habitantes? ¿decidirías limpiarte sólo con agua, cargarías tus armarios de paquetes industriales de rollos para los próximos diez años o simplemente esperarías a ver lo que hace el resto?
Olvidemos el papel, ¿qué harías si vieras peligrar tu sustento, comida y alojamiento, ya que se duplica la población de tu pueblo en los próximos cinco años? Recuerda que ese crecimiento del 100 % de la población podría producirse simplemente si cada pareja fértil decide tener dos o tres niños en ese tiempo. A escala mundial hablaríamos de pasar de casi 7.000 millones de habitantes a 14.000, ¿qué harías tú? ¿Limitarías el número de hijos por familia? ¿lanzarías campañas intensivas de planificación familiar? ¿promulgarías las ventajas del aborto y de la extensión de la adolescencia hasta los cuarenta años? Ahora imagínate que no es ya tu sustento, sino el de tus seres más queridos, el de tus hijos, tus padres, tus amantes, el que está en peligro, ¿llenarías las habitaciones de tu casa de latas de comida? ¿asaltarías un banco? ¿te darías de baja de tu proveedor de internet? ¿dejarías de ir al cine? Tengo la intuición de que una reflexión tan directa no se la hicieron nuestros ancestros, aunque los brutales efectos de las periódicas carencias de recursos tampoco les dejaban demasiado tiempo a la meditación. Su instinto les mostraba como los hijos podían suponer una carga terrible, cómo los extranjeros podían limitar sus riquezas, cómo la relajación de costumbres podía conducirlos a la miseria. Con estos ingredientes no es difícil imaginarse que se cocinaran descuidos por los que los niños murieran, especialmente las niñas si se trataba de un pueblo guerrero donde el varón era más útil como soldado; que se practicara la hostilidad contra los demás poblados, consiguiendo así más tierras, más alimentos y mano de obra barata en forma de esclavos o prisioneros de guerra; que se dispusieran prohibiciones y obligaciones que aseguraran el racionamiento de la carne, bien escaso y sólo destinado a clases altas, o tributos para el mantenimiento de los popes o grandes hombres de cada tribu, y sus ejércitos.
Similares deducciones establece el señor Harris para describir el origen de los estados prístinos, de las guerras, de los infanticidios, del canibalismo como mecanismo de supervivencia que combina el preciado valor de la carne y del poder atacante o defensivo de los pueblos. El discurso del autor no esconde un claro determinismo histórico, como él mismo confiesa en su introducción, cargado del lógico pesimismo respecto al futuro. No obstante, su pretención es justo la contraria “El hecho de que una forma ciega de determinismo haya gobernado el pasado no significa que deba gobernar el futuro. [...] Estoy convencido de que uno de los más grandes obstáculos que se exponen al ejercicio de la libre elección en pro de objetivos improbables como la paz, la igualdad y el bienestar es la falta de reconocimiento que reciben los procesos evolutivos materiales que explican el predominio de las guerras, la desigualdad y la pobreza. Como consecuencia del deliberado descuido de la ciencia de la cultura, el mundo está plagado de moralistas que insisten en que han deseado libremente aquello que se vieron obligados a desear involuntariamente, mientras al no comprender las probabilidades contrarias a la libre elección millones de seres que serían libres se han entregado a nuevas formas de esclavitud. [...]”
En definitiva, no podemos condenar costumbres como el infanticidio, canibalismo o asesinatos varios si nos dejamos arrastrar por la ignorancia, por las impresiones del momento y, lo que incluso puede ser peor, por la inercia de una vida de formalismos y costumbres preestablecidas. Estamos cargados de responsabilidades, de aparentes decisiones puntuales como cambiar de canal cada noche, escoger la película a ver en el cine el fin de semana o votar un partido político del que conocemos mejor la imagen de sus representantes que las propuestas de gobierno, especialmente si participan de los debates radiofónicos o se dejan ver en la revistas semanales. No podemos quejarnos de tener una abeja reina si nos comportamos como zánganos. Hemos aprendido a administrar ranciamente nuestras dosis de rebeldía en la medida en que mantengan nuestro estatus de propietarios, amos y señores del trinomio sofá, mando y televisión. Quizás no podamos salvarnos del determinismo histórico, pero sí introducir en su dinámica nuestra intervención de forma más lúcida, como fruto de la forja de un futuro realmente planificado. Matar al destino ya escrito radica en saber identificar al menos dos escenarios posibles, saber escoger cuál deseamos y saber actuar para lograrlo. Pero eso, ¡ay! exige cierto esfuerzo y poca recompensa inmediata. Si no deseamos encontrarnos con menos recursos, parece razonable buscar generarlos en la medida en que los consumimos; si no queremos morir ahogados con nuestros propios desechos, deberíamos encontrar fórmulas para reciclarlos; si buscamos erradicar la servidumbre, deberíamos poder definirla con precisión para saber condenarla...
Que ustedes zapeen bien...
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09.05.2006 10:54
Harris es muy discutido, y discutible. Pero tienes más razón que un santo sobre la necesidad de relativizar si queremos aproximarnos realmente al estudio del hombre y sus culturas. Un abrazo
27.02.2006 23:36
ta alucinante tu opinion. tengo la chekera vacia por lacas y champuses pero t debo exc. no hacia falta llamarnos zanganos! ke ke haria? no llenaria el armario de rollos no limpiaria culo con agua kes + escasa kel papel, investigaria innovaria inventaria
31.01.2006 16:47
Interesante manera de describir el libro, que incita a su lectura. He leido varios libros de Marvin Harris, para mi es imprescindible el titulado Nuestra Especie que casi le podría calificar de mi libro de cabecera. Este no lo he leido ya que me interesa más la antropología biológica que la cultural o social, pero intentaré buscarle un hueco. Un saludo.