Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
Y el caballo en la montaña.
Dulce resbalar del aceite más puro, en mi piel, en mis entrañas, en mis recuerdos primeros, los de mi infancia. No podría vivir sin el aceite de oliva. Sin su aroma, su tacto, su sabor y su color. Me evoca a la mujer morena de Torres, el cuadro que colgaba encima de la chimenea de casa, al viento mediterráneo, al pan recién cocido, a mi abuelo. Al secano.
A la piel de mi madre, al aroma de su pecho, al abrazo.
Siempre en casa.
Suelo comprar aceite Carbonell, de toda la vida. La importancia del recuerdo en este caso es vital. La imagen de su etiqueta realiza conexión directa con la alacena de casa de mi abuela, con aquellas latas que guardaba para clasificar los hilos, los ovillos, las agujas del ganchillo. La cocina de mi madre. El hogar.
Cuando paseo por el súper, entre tantas cosas nuevas, entre tanta innovación, me complace ver de nuevo la cara de la esbelta morena que atrapa las hojas de olivo entre las manos.
Me da seguridad, me atrapa, y aunque sacaran un aceite de oliva con la etiqueta más innovadora del mundo, jamás dejaría a mi aceite de oliva, el de toda la vida. El de la yaya.
El dorado, el de la botella de vidrio, con su aroma afrutado y su deslizar inconfundible. Abrazo de arbequina, picuda, hojiblanca y cornicabra.
Ninguna luce como ella encima del blanco mármol. Seguridad de señora bien pintada, lozana, atemporal.
Guarda en sus entrañas el elixir mágico de mis platos, de mis aderezos, del cuidado de mi piel. De mi alegría.
Y compro Carbonell solo por el recuerdo, la nostalgia o la morena de la copla? Estupidez sería. No hay sabor comparable al coupage que Carbonell me brinda.
Me huele a frutado de aceituna verde, me sabe a limpio, a carácter. A pureza.
En crudo, puedes apreciar las diferentes variedades, ronronear el aceite por la boca y notar su calidad, su peso, su inconfundible aroma.
Manos de aquellos que buscan entre la tierra mojada el fruto sagrado. Mujeres, años, ancestros. Cultura. Ya Homero le llamaba el oro líquido.
Un trozo de pan, ajo, aceite y sal. Verdura rociada con Carbonell. Líquido rojizo cuando te mezclas con el marisco. Dorado al encerrarte en el vidrio con el buen queso.
No voy a ponerme a enumerar los mil beneficios que tiene el aceite de oliva para nuestra salud. Lo sabemos. Y para la estética. Un exfoliante a base de sal gorda y aceite de oliva es un regalo para la piel, incomparable.
Además el aceite de oliva es saludable también en frituras, aunque se empeñen en apostar por la ligereza del de semillas. Además el de oliva es reutilizable.
Y en crudo, como aderezo, el sabor de Carbonell es incomparable. No olvides que en aliños, el aceite siempre debe ser el último en caer. Para abrazar la sal, el vinagre, el limón.
Conservado en un lugar fresco, este elixir sagrado es un manantial de salud que no puedes dejar escapar. Y si es Carbonell…simplemente, disfruta.
Besitos Gordos
A todos
& Gracias
Por vuestras lecturas.
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18.11.2002 11:32
Todo sale muy sabroso con este aceite. saluditos
18.11.2002 00:03
Como siempre astin, excelente escritura. Por cierto, llevas razón, que aceite más rico, anda que con pan y tomate... Besos!
17.11.2002 19:41
Hay q ver, con las poquitas lecturas tuyas q tenía atrasadas, parece q te ha llegado una ola de inspiración! Cada día escribes mejor. Mmmmmm, más q un saludo, te hago una reverencia (tú no la devuelvas no vaya a ser q te de el dolor otra vez)