Sobre mí:No puedo ser muso de mí mismo, por eso soy el tuyo
usuario desde:28.12.2004
Opiniones:126
Confianza conseguida:96
Esta opinión ha sido evaluado como excepcional de media por 33 miembros de Ciao
El sueño va sobre el tiempo flotando como un velero, flotando como un velero...
Aunque conozco Castellar de la Frontera desde que era casi un niño, he vuelto a tomar contacto con este especial pueblecito del Campo de Gibraltar recientemente. Un buen amigo me llamó un día con la buena noticia de que le habían hecho un encargo profesional en la finca de La Almoraima, que pertenece a este municipio, y me ofrecía acompañarle en una jornada de trabajo, aprovechando que ahora vivo a no demasiados kilómetros de la zona. Dicho y hecho, el día transcurrió apaciblemente, con un buen tiempo que acompañaba para hacer trabajo de campo y disfrutar a la vez de los bonitos paisajes del entorno. Esto me hizo plantearme que era buena idea aprovechar ahora que estamos a media hora larga del lugar para venir algún día a hacer una escapadita rural y enseñarle Castellar a mi novia, que no lo conocía.
Y si el Sueño finge muros en la llanura del Tiempo, el Tiempo le hace creer que nace en aquel momento...
Castellar es un pueblo que sorprende por muchos motivos. Uno de ellos es que en realidad son dos pueblos, el viejo y el nuevo. El nuevo surgió como un poblado de nueva construcción a lo largo de la década de 1960, promovido por el gobierno de Franco con idea de trasladar allí a los habitantes del municipio y poder ofrecerles mejores servicios y condiciones de vida. Entre 1968 y 1971 la mayoría de los castellarenses se trasladó a Pueblo Nuevo, quedando muy pocos en Castellar Viejo, prácticamente abandonado.
Otro de los motivos para la sorpresa es el propio Castellar VIejo, o Castillo de Castellar. Se trata de un núcleo de origen medieval completamente amurallado o, como mucha gente lo explica, un pueblo metido dentro de un castillo. Sí, porque sus dimensiones son tan reducidas, tan como de juguete, que parece más un pueblecito que se ha colado por algún hueco hasta acomodarse dentro del recinto de un castillo medieval, que otra cosa. El hecho de que hasta la actualidad apenas se hayan hecho construcciones extramuros, a pesar de las estrecheces, contribuye a alimentar esta ilusión que lo convierte en un lugar tan encantador.
Desde la entrada a las oficinas de la finca La Almoraima (que es el mayor latifundio de Europa, y de hecho ocupa la inmensa mayoría del término municipal castellarense), en una rotonda, se accede a la estrecha y sinuosa carretera que nos conducirá hasta el pueblo viejo. Se pasa junto a la entrada del complejo hotelero de La Almoraima, alojamiento lujoso que se instala en lo que fue el Convento del Santo Cristo de la Almoraima, imagen de gran devoción en la comarca campogibraltareña. Un poco más arriba, veremos a la izqujerda la Torre de la Almoraima, antigua torre vigía medieval muy transformada, en la que aún se puede adivinar, entre desconchones, el logotipo de Rumasa, famoso complejo empresarial de Ruíz Mateos que fue propietario de la gigantesca finca durante un tiempo. La carretera seguirá serpenteando entre un bosque de alcornoques cada vez más denso (estamos en el parque natural de Los Alcornocales) y la pendiente, suave al principio, se irá incrementando. Llegaremos a una zona junto a la presa del embalse de Guadarranque, donde a la izquierda de la carretera encontraremos la Venta de las Jarandillas, un lugar magnífico para detenernos a reponer fuerzas y deleitarnos con la gastronomía local, rica en carnes de caza y otros productos de la tierra de elaboración casera.
Desde allí, alzando la vista, ya veremos los viejos muros pardos de Castellar en lo alto de su verde colina. En pocos minutos ya estaremos arriba del todo. Antes de llegar al acceso al pueblo, pasaremos, entre curvas y grandes rocas, junto a algunas casas dispersas. La mayoría de ellas están habitadas por hippies que vinieron a Castellar desde diversas partes de Europa en la época del traslado, en busca de un entorno donde establecerse, no dejando caer al pueblo en una decadencia definitiva que lo hubiese arruinado irremediablemente. Así, hoy en día hay muchos negocios de turismo rural, artesanía, etc., que han sido sacados adelante por este colectivo heterogéneo que le ha dado un ambiente singular al viejo castillo.
Sobre la misma columna, abrazados Sueño y Tiempo...
Ya estamos arriba. El aspecto de Castellar es impresionante. Una vieja fortaleza medieval con gruesos y robustos muros de piedra parda, dominando un vasto entorno natural de verdes que se suceden hasta el horizonte, con las jorobas del Peñón de Gibraltar asomando al final, por un lado, y las asperezas de la Serranía de Ronda acercándose por el otro. Habrá que aparcar el coche en algún punto de la carreterita que roza el castillo y continúa un poco más separándose de él, pues no hay mucho más espacio disponible. El ánimo nos impulsa a acercarnos cuanto antes, caminando sobre el empedrado del camino de subida al castillo, ya completamente peatonal, donde pronto nos veremos frente a la puerta.
El acceso en recodo de origen medieval se conserva en un excelente estado, y da idea de la inexpugnabilidad de esta fortaleza en aquellos siglos de luchas entre andalusíes y castellanos, en los que pasaba de manos de unos a otros en disputa por la frontera del Reino de Granada. Tiempos difíciles que han configurado Castellar de un modo muy similar a como lo vemos hoy. Llegaremos a la Puerta de la Villa, que hasta antes del traslado seguía cerrándose todas las noches, igual que desde la Edad Media. Hoy no hay hojas en sus goznes, pero tras cruzarla nos parecerá haber entrado en otro mundo paralelo.
La plazoleta empedrada, presidida por la casa que fue posada, nos recibe. A nuestra derecha comienza una callejuela que bordea el gran edificio parduzco que es el Palacio del Marqués de Moscoso, que con sus torres-miradores y balcones presidía la vista de Castellar que contemplábamos hace un momento extramuros. Hoy es un hotel y restaurante, gestionado por una empresa pública de turismo que también posee diversas casas rurales en el pequeño casco urbano y que veremos señalizadas en nuestro paseo. Atravesaremos bajo una algorfa, pasadizo que conectaba el palacio con la iglesia del Salvador, y apareceremos en una plazuela. La iglesia hoy ya no es tal, sino un edificio de uso comunitario. Como nuestra visita fue previa a las fechas navideñas, había organizado en él un mercadillo de artesanía propio de dichas fiestas, aunque en él se encontraban todo tipo de productos y creaciones.
Si continuamos por la calle, a pocos metros aparecerá un pequeño callejón a nuestra derecha. Bajando por él y trazando dos ángulos rectos, encontraremos uno de los rincones más deliciosos de Castellar, que alguien ha querido bautizar como "Balcón de los Amorosos". Se trata de un balcón abierto en la propia muralla, desde el que se puede atisbar una amplia panorámica del entorno de Castellar, con la lámina de agua del embalse de Guadarranque totalmente extendida a nuestros pies, y los bosques de alcornoques cubriendo los densos montes, siempre verdes, que lo encajonan.
Siguiendo nuestro paseo, descubriremos algunos rincones más, entre pequeñas casitas blancas, con muchas macetas y plantas, callejones retorcidos y sin salida. La calle continúa girando, en un trazado centrípeto que bordea el cinturón amurallado sin que la mayor parte del tiempo alcancemos a verlo directamente. Algunas tiendas regentadas por extranjeros "alternativos", una galería de arte, y tras algunos ángulos más, de nuevo la plazoleta de la posada, con sus bancos solitarios anclados al empedrado centenario que pavimenta el escueto viario de Castellar. Estamos de nuevo en el punto de partida y la Puerta de la Villa nos indica que es el único lugar de salida y de entrada de la población. Por ella volveremos a salir de este rato de ensueño y de paseo por imágenes de un tiempo perdido.
El Tiempo va sobre el Sueño hundido hasta los cabellos.
Este poema de Federico García Lorca, "La leyenda del tiempo", que fue versionado y cantado magistralmente por Camarón en una de sus más admiradas creaciones, me ha venido todo el rato a la mente mientras recordaba Castellar, de modo que he querido convertirlo en Leitmotiv de mi relato. Recomiendo a todos un paseo sosegado por Castellar de la Frontera, descubriendo todas las sensaciones que nos puede provocar su emplazamiento, su arquitectura, los paisajes, las gentes que lo habitan, el recuerdo de quienes lo habitaron en otro tiempo... En definitiva, disfrutar de un lugar que me parece mágico, y que estoy seguro de que también puede causar esa suerte de embrujo o encantamiento en quienes vayáis a conocerlo próximamente.
06.02.2012 23:09
Ya sé algo más de un sitio que no conozco :)
31.01.2012 23:09
Excelente opinión
30.01.2012 12:34
Increíble, una super opinión.