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El Cecil Hotel es un dos estrellas con una ubicación inmejorable para quienes vayan a París a hacer turismo. Está en el distrito 9, que es el mismísimo corazón de París.
Se trata de un pequeño hotel de sólo 39 habitaciones que tiene la desventaja de no tener acceso a Internet y de no disponer de parking. Si alquilas un coche, ya te estás buscando la vida para dejarlo en un parking público.
Que nadie piense que por no tener acceso a Internet va a tener dificultades a la hora de pagar con tarjetas de crédito. Para pagar te ponen las mismas facilidades que en cualquier otro establecimeinto hotelero: puedes pagar con Visa, como hicimos nosotros. También admitían la American Express y la Euro/Mastercard.
Los niños de tres a siete años tenían la estancia a mitad de precio. En cuanto a camas supletorias, tenías que pedirlas, incluida la cuna. A nosotros nos dijeron que por los niños menores de siete años no cobraban si dormían en las camas que había en la habitación. Nos encontramos con una única cama y no era cuestión de meternos toda la familia en ella y dormir como sardinas en lata.
Lo mejor era su ubicación. Pese a estar en el centro de París, la zona es bastante tranquila y tienes el metro a tiro de piedra. Justo enfrente había una iglesia, Santa Cecilia, bastante descuidada por fuera, pero por dentro era una preciosidad.
El hotel, cuando entrabas, te daba la sensación de estar en un edificio antiguo bien reformado, pero, a poco que te fijaras, le encontrabas algunos defetillos. Por ejemplo, las alfombras de nuestra habitación eran bastante viejas. Parecían las alfombras de la casa de mi abuela, cuando la pobre ya había perdido la chaveta y no quería cambiarlas porque decía que daba mala suerte tirar las cosas viejas. También notabas que la zona de las escaleras tenía humedad.
A nosotros nos dieron una habitación triple y mi santo esposo subió en el ascensro silbando porque no creía su suerte: íbamos a tener más espacio que la Reina de Inglaterra. Nada más abrir la puerta de nuestro cuarto, su gozo quedó hundido en un pozo. Aquella habitación tenía el mismo tamaño que mi habitación de soltera.
No habían acabado las decepciones. En el baño, la limpieza escaseaba un poco bastante y encima la cortina de la ducha brillaba por su ausencia. Yo casi me alegré porque prefiero que no haya cortina a que me pongan una cortina que no se lava en un año.
Gracias a Dios, soy de las que se toma con humor estos pequños inconvenientes. Nuestra siguiente decepción fuen el secador de pelo. No funcionaba. Tuve que dejar la melena al viento de la ventana para que se secara. Mi esposo temía que se nos costipara un niño entre las humedades, el secador de pelo que no funcionaba y el frío de París (nuestra estancia fue un mes de enero antes de la vuelta al cole tras Reyes). Nada de eso pasó. Mis hijos y nosotros regresamos sin estornudos a la vieja España.
El baño necesitaba una reforma. Lo veías tan viejo que casi temías que no hubiera agua caliente. Tranquilos: el agua salía como Dios manda y bien caliente.
Siguiendo con el tema de la limpieza. Las sábanas parece que las cambiaban cada quince días. Yo, que siempre llevo unas sábanas limpias en la maleta, tuve que hacer uso de ellas, no por manía, sino por necesidad.
Encima las camas no eran nada cómodas. Yo acabé tirando la almohada al suelo porque estaba partida de la espalda. No sé si era el colchón tan duro que teníamos o la almohada que casi me levantaba la cabeza al techo. Si me tengo que acostar en aquella cama un mes seguido, acabo en el médico y mi santo esposo directo en el manicomio. El pobre no aguantaba los chirridos de la cama. El último día tuvimos que poner el colchón en el suelo para no divorciarnos nada más aterrizar en España. Cada vez que te movías en la cama se enteraban los vecinos de habitación.
El personal no se mata en hacer la limpieza, pero es amabilísimo. El señor de recepción chapurreaba un inglés tan cómico que yo me partía de risa. Las camareras de piso eran muy majas, igual que el personal que servía los desayunos. Eso sí, de idiomas no andaban sobradas. Todo lo más chapurreaban algo de inglés y para de contar. Yo utilizaba a mi santo esposo de intérprete. Habla muy bien francés porque en su día estuvo en París haciendo un máster.
A mí la zona del hotel me pareció bastante tranquila, pese a que la puerta de la recepción cerraba a las nueve de la noche. Supongo que sería por las costumbres francesas, no porque temieran un asalto por parte de una banda de ladrones. En todo caso, poco había que robar dentro del hotel.
El desayuno me pareció un poco pobre. Casi de posada. Cierto que era un dos estrellas, pero un poquito de variedad y algo más de cantidad esperaba una. Era el típico desayuno continental. Para comer nos fuimos a unos asadores muy coquetos que había en la misma zona del hotel.
Pese a todas las dificultades os lo recomiendo por su buena ubicación. Puedes ir andando a todos los sitios. Si quieres desplazarte a zonas más alejadas, tienes el metro y la estación de autobueses a tiro de piedra. El precio creo recordar que fue de unos 70 euros por noche. No os dejéis engañar con lo de la habitación triple. Pedid una habitación de la esquina, que son las más grandes.
La decoración era muy clásica: en blanco y rojo. Las colchas eran rojas, igual que los sillones, las paredes blancas y todo idéntico. Los mismos colores se repetían en las estancias comunes.
Voy a a acabar con una última ventaja: el televisor funcionaba a las mil maravillas.
nvía Porte d'Orleans. Ofrece habitaciones decoradas en colores alegres y Wi-Fi gratuita.ssTodas las habitaciones cuentan con TV con canales por cable y baño privado.
encanto en el sur de París que ofrece a sus huéspedes la oportunidad de disfrutar de unas vacaciones inolvidables en la atmósfera encantadora de la capital francesa.
14.01.2010 12:35
Je, je, en una cama así si os ponéis a "hacerlo" se entera todo el mundo.
12.12.2009 23:20
Vaya, pues menudo chasco, parece que lo único bueno la ubicación y la tranquilidad, que no es poco... Saludos!
10.12.2009 11:41
No me interesa por lo que cuentas,saludos