LOS HOMBRECILLOS DE LA ARENA (RELATO REELABORADO)

4  24.11.2007 (08.07.2009)

Ventajas:
Correcciones de Federico G .  Witt

Desventajas:
Que no te guste la ciencia ficción

Recomendable: Sí 

javmase

Sobre mí: Crónicas temporales, publicado en lulu. Es una antología de seis relatos de ciencia ficción relacion...

usuario desde:09.06.2007

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El relato forma parte de la antología Cuidado con los salvajes. (Que consta de once relatos)
Esta versión se publicó en Portal de ciencia ficción el 12/11/2008 y será la definitiva para la nueva reedición del libro.
Las correcciones corren a cargo de Federico G. Witt y el relato original se puede encontrar en : http://www.portal-cifi.com/scifi/content/view/1862/99/

LOS HOMBRECILLOS DE LA ARENA


Henry Blanch se confunde entre las multitudes con un genial escapismo. No pertenece al lugar ni a la época y sabe que no debe llamar la atención. Observa los alrededores con sumo cuidado; por suerte nadie le vio llegar. No han de descubrirle, pues no tiene que interferir en los acontecimientos para que no se complique más la situación en su tiempo. Tan solo necesita la información y la va a intentar conseguir a cualquier precio. Cuando cruzó la distorsión supo que sería una de las últimas veces que lo haría; el estado de su cuerpo es precario y se siente muy débil, su envejecido rostro y su dificultad para moverse lo confirman. Ojalá haya tenido suerte en el salto esta vez. Ya no les quedan muchas posibilidades.
Este lejano pasado le hace estremecerse. No sabe datar con exactitud el año en que se encuentra, hasta que un cartel luminoso le revela la fecha: 1312 Después de la Tierra. «Extraños tiempos». Negea le parece muy diferente en esta época. Los grandes y acristalados edificios reflejan la opulencia de este tiempo pasado, que nada tiene que ver con la época gris de la que Henry procede. Pronto, acercándose a un expendedor digital, se percata de que está en el lugar deseado «Ciudad esperanza». Personas vestidas con ropajes de vivos colores se cruzan ante sus ojos mientras observa con preocupación que muchos de ellos son ancianos. Ha vuelto a llegar tarde.
Con paso ligero se da la vuelta en la primera bocacalle que se le aparece pero ha de parar en seco para no ser atropellado por un arcaico vehículo de propulsión de plasma3, que se salta felizmente las normas de los colores violando el rojo universal ante sus atónitos ojos. Aunque tan solo sea un observador ha de tener cuidado pues cualquier descuido pondría en peligro su retorno y entonces la esperanza seria baldía.
Una mujer de avanzada edad y pelo canoso gesticula enojada contra el conductor del vehículo, pero ya es tarde y éste ya ha desaparecido elevándose hacia un empinado cambio de rasante.
Al cruzar la bocacalle, sorteando toda clase de variopintos peatones, se encuentra en una amplia avenida principal pero no por ello menos abarrotada. Los curiosos ropajes de los sexagenarios ciudadanos nutren la ciudad de vivos colores. Se carga de paciencia y prosigue el camino hacia su destino. La peluca postiza, el llamativo traje y la careta hidrogenada hacen que siga pasando desapercibido, pero no le queda mucho tiempo y aprieta el paso.
Un microchip, implantado en el cuero cabelludo del viajero, se pone en funcionamiento. Henry empieza a narrar mentalmente el informe de situación. Sabe que éste llegará en pocos minutos a la base.

“Fecha estelar 1312 D.T. Tampoco aquí encuentro los posibles causantes de la de la enfermedad. Una vez más, nos hemos vuelto a equivocar en nuestras previsiones. Se tendría que calibrar de nuevo la máquina para dar un nuevo salto; calculo que el patógeno empezó a infectar a la población el mismo año en que se erradicaron los hombrecillos, el 1014, pero por desgracia todos los saltos me llevan a una época posterior y aún no se puede corroborar. Sigo creyendo que la activación del patógeno está relacionada con la climatología. Los hombrecillos de la arena debían conocer con exactitud cómo funcionan los continuos cambios en la meteorología del planeta y la facilidad con que se propagaría el virus. Aborto la misión 12. Me dirigiré a una zona más tranquila para activar la distorsión. Cierro la transmisión”

El hombre del futuro se aleja del bullicio intentando no rozar a los numerosos transeúntes y se dirige a un pequeño callejón donde el hedor es insoportable. Se asegura de que nadie más lo transita en ese momento y se dirige a una escalera que termina en un sótano. Henry se relaja, pues sabe que allí nadie lo verá.
Se desprotege de la peluca y con sumo cuidado deshincha la sofisticada cara hidrogenada. Si no fuera camuflado llamaría la atención, pues en esta época aun no hay casos de envejecimiento tan avanzados. Observa, casi con asco, su deformado rostro en un pequeño trozo de cristal del suelo: en el reflejo ya no se reconoce. Tan solo tiene treinta y cinco años pero su cuerpo aparenta el de un octogenario. Casi no le queda tiempo, ha de apresurarse… Acciona el distorsionador espacio-temporal y la puerta dimensional se vuelve a formar una vez más.
Cuando Henry atraviesa el portal, la sensación de frío y descomposición embota sus sentidos. Al principio, en los primeros viajes, no le suponía un gran trastorno pero ahora la avanzada edad de su cuerpo hace que sus huesos y músculos le aquejen de fuertes dolores, casi insoportables.
Unas manos ancianas se tienden a su paso: no sin dificultad abraza a su añorada compañera. Se funden en un abrazo y por un momento se siente feliz. Pero la dicha tan solo por un instante, ya
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Los hombrecillos de la arena1
que un escalofrío le corroe: la misión ha vuelto a ser un absoluto fracaso.
—Lo siento de veras, Lisa.
Los ojos de la mujer anciana se dirigen con ternura a su compañero.
—No es culpa de nadie, Henry. No podemos seguir luchando contra nuestro destino. Prefiero que pasemos nuestros últimos meses juntos a que mueras en los próximos saltos. ¿Por qué no lo dejas de una vez? No hay salida.
—¿No te das cuenta? No podemos abandonar ahora. Somos la última esperanza…
—Henry, Henry; siempre tan optimista. Necesitas descansar un poco.

Su mujer tiene razón, casi no puede mantenerse de píe, la maldita enfermedad le está carcomiendo. Posiblemente, él y Lisa sean los únicos científicos que aún pueden trabajar. Hace varias semanas murió su último colega. Se llamaba Eric; su sistema nervioso se colapsó, había llegado a la tercera fase de la enfermedad.
No puede dejar de sentirse culpable, ha estado tan cerca de la cura tantas veces… Hace tan poco que era un joven y prometedor investigador…
El hombre maldice a sus antepasados. Si hubieran actuado de otra manera con los hombrecillos de la arena, posiblemente toda esta pesadilla no estaría sucediendo
Henry revisa una vez más los archivos históricos. Necesita una fecha, pero su tiempo se acaba. Siempre han contado con la tecnología para viajar en el tiempo pero no sirve de nada si no queda nadie para utilizarla. Presiente que la tercera fase del proceso vírico está cercana y ya no hay neonatos, por lo que él y Lisa son la última oportunidad de para restablecer el equilibrio para la supervivencia de la especie. Le aterra pensar que no existirán nuevas generaciones de hombres.
Sabe que la decadente situación se originó en el año 1023 después de la Tierra, pero en ninguno de sus viajes temporales ha conseguido acercarse a esa fecha.

El largo peregrinaje hacía Negea había empezado un milenio antes. En aquellos tiempos la vida en el planeta madre se había vuelto insostenible. El abuso contra el medio ambiente había hecho la atmósfera inhabitable: la cantidad del oxigeno se vio mermada hasta el punto de que sólo se podía vivir en el interior de grandes cúpulas que eclipsaron las ciudades. Algunos se quedaron en el planeta, a pesar de las dificultades, pero millones de humanos se embarcaron en la aventura de conquistar el espacio. Los avances tecnológicos habían permitido que se construyeran enormes naves ciudad que serían el nuevo hogar de muchos terrestres. Algunas colonias se quedaron orbitando alrededor de la Tierra; otras se instalaron en la Luna e incluso en Marte, pero las tripulaciones más audaces empezaron un largo y lento viaje hacia el exterior del sistema solar… hacia la búsqueda de otros mundos donde poder respirar aire fresco de nuevo.
Después de un viaje que abarcó más de veinte generaciones de hombres, la nave Colosus, compuesta de 32.499 tripulantes, amerizó en Negea. Durante el largo trayecto hasta su destino, en la nave ciudad se desarrollaron tecnologías que en la época terrestre hubieran sido imposibles de concebir. Muchos de estos avances se lograron gracias a los grandes espacios de tiempo que podían pasar los científicos e ingenieros en sus silos espaciales (de hecho la mayoría de la tripulación tenía grandes conocimientos en tecnología y ciencias), aunque también por el afán de encontrar tierra firme en algún rincón del firmamento.
El milagro, si se puede llamar así, sucedió hace exactamente en el año 987 D.T. Fue entonces cuando los sensores descubrieron el asombroso planeta: según sus escáneres y sensores observaron que era totalmente habitable. Comprobaron que existía flora, aunque no fauna. La vegetación era muy parecida a la terrícola y los ilusionados humanos decidieron poner rumbo hacia él para formar su nuevo hogar en una segunda oportunidad que se colmó de buenas intenciones.
Llegaron el 21 de julio de 1006, diecinueve años después de haber divisado el planeta. Los viajeros no deseaban volver a cometer los mismos errores de sus ya casi olvidados ancestros terrícolas y al principio todo fue bien. Pero cuando pasó el tiempo a algunos de los nuevos habitantes les costó adaptarse a su nuevo hogar, y la agorafobia fue un mal común en muchos de ellos, acostumbrados a espacios reducidos y a largos periodos de trabajo y soledad en sus silenciosas estancias.
La inquietud se fue acrecentando y una parte de la población se auto recluyó en Colosus, distanciándose de los colonos, que sí que intentaban echar raíces en el nuevo planeta.
Después de varios meses de gran tensión surgieron diferencias irreconciliables sobre cuál sería el nuevo destino, si volver al espacio o quedarse en Negea. Se fraguó una rebelión por parte de los partidarios de volver al espacio y sucedió lo que no había pasado en siglos: hubo derramamientos de sangre en pos de unas ideas u otras. A pesar de todo, los partidarios de quedarse en el nuevo hogar eran más numerosos y finalmente consiguieron sofocar la rebelión. Pero hubo daños colaterales más graves: la navegación de la nave ciudad quedó gravemente dañada tras los fuertes disturbios, y tuvo que ser destruida antes de que efectuase su entrada en la atmósfera. Por suerte se consiguió recopilar bastante material, que serviría para empezar a construir el nuevo hogar en este planeta inexplorado.

En una profunda meditación Henry piensa en los acontecimientos que los han llevado al borde de la extinción. Revisa una edición holográfica de uno de los archivos, que inserta con sus torpes dedos, agrietados por la enfermedad. Conecta el audio y una voz grave, acompañada de imágenes tridimensionales, resuena en la sala de reposo. Es una grabación ya antigua, de tintes melodramáticos y en tono de documental, que empieza a retumbar en la sala:

“…El extraño virus mutante atacó después de que la hostil raza alienígena fuera vencida: ahora los hombres también se extinguirían, desapareciendo día a día, como gotas de agua en el cálido desierto.
Los pocos pobladores que quedan en los refugios están en la fase dos del proceso y la mayoría próximos a la fase tres. La fase cuatro es la muerte.”

Henry para un momento la grabación mientras en la cabeza resuenan las palabras «…la mayoría próximos a la fase tres. La fase cuatro es la muerte»
No puede más que sentir inquietud, pero rebobina virtualmente el registro y se sitúa en un archivo que quizás haya revisado un centenar de veces. Aún así quizás pueda encontrar alguna pista si está atento…

"Crónicas del 1009 D.T. Habían transcurrido tres años desde la llegada a Negea. En ese ciclo unas inquietantes noticias alarmaron a la población de la recién inaugurada, Ciudad Esperanza. Como salidos de la nada, unos espantosos seres de aspecto siniestro, pequeña estatura y formas camaleónicas, aparecieron fantasmagóricamente en los paisajes más desolados de la parte sur del planeta. Las curiosas criaturas se confundían con la arena: pronto se descubrió que aparecían del subsuelo de los yermos páramos que apenas empezábamos a explorar. Los llamamos hombrecillos de la arena. Al principio se avistaban en la lejanía pero pronto gran número de ellos empezó a surgir de las interminables dunas del desierto colindante a la ciudad. Con el tiempo pudimos constatar que siempre aparecían cuando se ocultaba la estrella del planeta. En Negea las noches son siempre oscuras y cerradas, al contrario que en la Tierra, ya que carece de satélites naturales. Pronto percibimos que esos pequeños demonios no eran seres primitivos, como se pensó al principio, y la demostración surgió con el primer contacto. Todo sucedió en la mina principal de extracción de minerales. Cuando todos los trabajadores de la central aparecieron asesinados, se envió a una dotación militar para investigar lo sucedido. Aquellos hombrecillos nos sorprendieron del todo. No parecían tener una tecnología muy avanzada, pero sin duda eran peligrosos. El equipo militar asignado fue capitaneado por el comandante Frank Doeli, que había sido uno de los hombres clave para sofocar la revuelta del 1006. El equipo se acercó a las inmediaciones de las minas. Fue entonces cuando surgieron de la tierra cientos de hombrecillos, de apenas medio metro, que los rodearon de inmediato. No se parecían a nada conocido. Se les llamó hombrecillos porque caminaban de forma bípeda, pero su aspecto distaba mucho de parecer humano. De hecho se asemejaban a una extraña evolución entre insecto y mamífero. Se camuflaban en la tierra cambiando de color con una naturalidad sorprendente. Cuando los seres de la arena tenían al grupo totalmente rodeado, el comandante mandó abrir fuego pero los seres no caían ante las impresionantes armas de Plasma4, para horror de la expedición. La velocidad de esos seres era sorprendente, parecían poder esquivar los ataques con suma facilidad. El primer hombre no tardó en caer muerto ante el asombro de todos. Fue algo terrorífico. El ser, que había roto el cerco defensivo sin ningún tipo de problemas, rozó al hombre con algún tipo de garra que poseía cientos de apéndices. Al instante desapareció entre los hombres y el soldado cayó fulminado. Su cuerpo había envejecido repentinamente. Parecía como si le hubiesen extraído la energía vital; como si le hubiesen chupado la vida. Había muerto de viejo y su cuerpo seco y consumido era la evidencia de ello. La emboscada produjo muchas bajas entre los aterrados exploradores.
Frank estuvo a punto de morir también, pues un hombrecillo se postraba ante él. Hubiera sido su ángel ejecutor si no hubiera ocurrido algo inesperado… Los primeros rayos de sol asomaron por el horizonte y todos los hombrecillos desaparecieron, como tragados por la arena…”

Blanch para de nuevo la grabación, tratando de sacar alguna información que le pueda dar más pistas. Un enfoque nuevo se dibuja en sus pensamientos, ¿y si lo que hacían los pequeños seres era proteger su tierra contra las extracciones de minerales? Se da cuenta de que este planteamiento tiene sentido. ¿Por qué si no dejaron a los colonos tranquilos durante más de tres años, sin aparecer en ninguna parte? El joven anciano solicita al computador que se reinicie la bitácora el día de la victoria.

“Crónicas del 1014 D.T. La batalla con los hombrecillos se hizo cada vez más cruenta. Hacía tiempo que los hombres se habían percatado de que las fuertes exposiciones lumínicas dañaban a los seres y los mantenían a raya. La masacre del 1011 diezmó a los habitantes de Nueva Esperanza. El 21 de agosto de ese año, más de mil hombres, mujeres y niños perecieron en el ataque más cruento que se había conocido desde entonces. No obstante, habían conseguido repelerlo gracias a potentes linternas, que si incidían durante unos instantes sobre uno de estos seres parecían deshacerlo. Desde entonces se instalaron potentes focos de luz por toda la ciudad. Los hombrecillos no habían vuelto a atacar en los últimos tres años.
Todo esto fue determinante para que los exploradores del espacio tuvieran tiempo de aprovechar esta debilidad y ejecutaran un brillante plan que destruiría a sus pequeños y sangrientos enemigos. Durante estos tres años colocaron bombas lumínicas por todo el subsuelo del planeta. El 14 de abril del año 1014 se activaron todos los artilugios lumínicos, con el consenso de los dirigentes de la colonia. Después de varios días se comprobó que no quedaba ni rastro de los pequeños hombrecillos de la arena...”

Henry conoce de sobra qué viene después. Lo que los primeros colonos no sospecharon nunca es que los pálidos y diminutos especímenes eran en sí trampas vivientes. Cuando los hombrecillos desaparecieron, la población humana empezó a notar un envejecimiento prematuro, que alertó a médicos y científicos. Los primeros efectos se observaron más claramente en niños y ancianos. Chicos de doce años que en pocos días parecían haber entrado en la pubertad; ancianos que morían prematuramente; bebés que se desarrollaban a una velocidad sorprendente…
Al principio los síntomas se atajaron con facilidad, pues se logró aislar el patógeno que producía estas alteraciones. Durante muchas generaciones se pudo controlar el virus, del que todos los humanos eran portadores. Pasaron más de 200 años y la raza humana floreció de nuevo. Se construyeron nuevas ciudades. Doeli fue de las más esplendorosas. Su nombre se designó en honor al comandante Frank Doeli, que había sido un héroe para todos los nuevos Negeanos. Se edificaron grandes construcciones. Negea se parecía cada vez más a la Tierra y la paz y la prosperidad reinó en aquellos tiempos. Sin duda, a Henry le hubiese gustado vivir en aquellos entonces.
Pero en un momento concreto, en el año 1214, el virus empezó a mutar y los tratamientos empezaron a ser ineficaces. La medicina había avanzado mucho y se consiguió ralentizar los efectos con complejas terapias genéticas pero, lenta e inexorablemente, los humanos empezaron de nuevo a enfermar y a envejecer prematuramente. Se definieron para la enfermedad cuatro fases de envejecimiento: moderado, grave, muy grave y colapso. En los tres siglos siguientes se pudo controlar la enfermedad en fase uno, pero en el año 1442 el primer caso de fase dos anunciaba una inminente extinción de los Negeanos.
En el año 1451 un eminente ingeniero llamado Arthur Fross había desarrollado una especie de máquina del tiempo. Un sueño acariciado durante generaciones que por fin se había hecho realidad. Por desgracia no vivió lo suficiente como para poner el invento en funcionamiento. Los saltos temporales eran muy irregulares y tan solo podían transportar a una persona a un momento impreciso del pasado que no solía superar los doscientos años. El padre de Henry, junto a otros científicos, técnicos e ingenieros, prosiguió la investigación de Arthur e ideó un plan para volver al pasado en busca de una cura contra el patógeno en su momento de incubación.

Todos esos ingenieros, científicos y técnicos han desaparecido junto al 90% de los pobladores de Negea. Actualmente las ciudades están prácticamente desiertas. Los pocos supervivientes están entrando en la fase tres de la enfermedad. Las esperanzas son mínimas y el tiempo corre en contra de Henry. Sólo quedan él y Lisa para continuar el proyecto: todos los hijos de los demás pensadores han muerto.
El hombre, arrugado por el peso de la edad, se acerca a su compañera. Ellos son los últimos científicos, la última esperanza. Su propia humanidad no les permite rendirse aunque estén cercanos a la tercera fase de la enfermedad. Se apoya en su frágil esposa y se dispone a realizar un nuevo viaje en el tiempo. Su profunda meditación le ha aportado nuevas ideas; esta vez piensa intentar algo nuevo. Su plan es forzar al máximo la máquina temporal, de hecho ha inutilizado los mecanismos de seguridad sin que su esposa lo sepa; ella jamás aprobaría algo así. Retroceder más que nunca en el tiempo en un acto desesperado es su única esperanza a pesar de los riesgos. Pero, ¿qué le importa ya? Morirán de todos modos.
Su plan es claro: llegar a la época del comandante Frank Doeli y comunicarle el futuro que espera al hombre si destruye a los hombrecillos de la arena. Es la primera vez que lo ve tan claro. Si se detiene la extracción de minerales, probablemente las criaturas no verán como una amenaza a la raza humana. Quizás las formas geológicas sean parte de la vida de esos seres, y su existencia dependa de ellas. ¡Quién sabe, puede que incluso se pueda llegar a una comunicación con ellos!

Se despide de Lisa, esta vez sin necesidad de llevar ningún disfraz, y se dispone a ajustar la máquina para crear un nuevo portal espaciotemporal. Es el momento de intentar forjar un destino diferente para todos.
Cruza los dedos, deformes por su ancianidad, y desaparece por el portal, que se cierra tras su partida. En la pequeña sala queda a solas su esposa, que se desploma en un amargo llanto por su valiente y envejecido marido, al que la intuición le advierte que no volverá a ver ni abrazar.


Francisco Javier Masegosa Ávila
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Comentarios sobre esta opinión
nycblue

nycblue

03.05.2009 08:27

Me ha encantado, realmente estaba viendo una película con tu relato, aunque ojala no sé llegue a dar nunca realmente. Una vejez acelerada y sin que nadie pueda evitarlo, leyendo este tipo de relatos nos vamos dando cuenta de que estamos destrozando un maravilloso planeta y que la huída no siempre es fácil. Un besazo y me alegro de leerte de nuevo

gatoazul2

gatoazul2

02.05.2009 16:07

mu buena

feliciti

feliciti

30.12.2007 09:47

Genial, impresionante, me ha encantado. Saludos

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