Le dedico esta "historia" a ahrena, quien hace pocos días tuvo el coraje de plantearme una cuestión:"Si fueses uno de aquellos conquistadores de 1525, en busca de nuevos mundos ¿qué harías? ¿cómo sobrevivirías? Si escribieses sobre el tema ¿cómo lo plantearías?".Yo me quedé pensando unos segundos y entonces le contesté: "Si yo escribiese esa historia trataría sobre los conquistadores del año 1525 después de la primera colonización interplanetaria. Sería una historia de ciencia ficción."
Y tan pronto como le envié la contestación a su planteamiento me puse a escribir esto.
Ahrena, 1525
El desembarco había transcurrido sin anomalías bajo la intensa luz de los dos soles de Ahrena. Recordaba el roce del agua en las yemas de mis dedos, produciendo un cosquilleo en todo mi cuerpo, mientras indicaba a mis hombres que remasen más fuerte, a la antigua usanza terrestre. Si había aprendido algo en aquel mundo es que lo viejo debía prevalecer, pues pocas fuentes de energía podían ser usadas para la satisfacción de nuestra tecnología moderna. Aquella barca de madera parecía no encajar, dando un toque ridículo e incluso insultante a nuestra misión.
Ahrena había sido colonizado tan solo diez años atrás, después de varios intentos fallidos por alcanzar una velocidad más alta que la de la luz, hasta que un hombre, el Dr. Smith-Callins, había conseguido lo que tantos otros habían dado por perdido. Sin embargo los primeros colonos habían pasado aquella década viviendo en un reducido campo verde, ahora llamado Campo Colono, donde pudieron conseguir madera para las austeras chozas que ahora llamaban hogar, y sembrar cereales nutritivos muy parecidos a los de la Tierra Madre. Una gallina - la segunda no sobrevivió al viaje -, un gallo, dos ovejas y un par de cerdos fueron los elegidos para continuar con su linaje en aquel nuevo mundo y poder dar de comer a decenas de familias humanas que en pocos años se convirtieron en centenas. El clima era, en términos históricos, parecido al del Caribe Terrestre, perfecto para que los niños disfrutasen de un buen baño y un perfecto bronceado, mientras sus padres y sus madres se deslomaban en los campos y en los bosques de háyoyas, o en tareas más sencillas como el menaje del hogar, la pesca y la información interplanetaria.
Podía recordar tanto la historia de mi nuevo planeta como el momento en que pisé tierra aquí, en la isla. Me arrodillé en la orilla para estudiar la arena, idéntica a la de los litorales de Campo Colono, tan fina, de color almendrado y caliente a causa de los soles. Recuerdo que alcé la vista y advertí el principio de una selva verde y fresca. Recuerdo que me levanté para ayudar a mis hombres con la mercancía de la barca. Recuerdo el grito de terror de uno de los marineros más jóvenes, y el dolor agudo y espontáneo que me recorrió de pronto desde la cabeza hasta los pies.
Y luego nada. Todo se volvió negro.
Cuando me desperté, Sen, el más grande de los soles, ardía en todo su esplendor, mientras que Son, el más pequeño, comenzaba a descender sobre el mar.
A mi alrededor muchos pares de ojos preocupados suspiraron de alivio al comprobar que me despertaba al fin, y que me llevaba lentamente una mano a la cabeza, pues sentía el eco del golpe. El movimiento, sin duda, era una buena señal para ellos, aunque para mí significase la vuelta del malestar. Cuando intenté mover el otro brazo, un dolor abrasador se apoderó de mí, como si cientos de pistolas láser a la vez disparasen contra mi muñeca. Cerré los ojos y grité, pues me resultó insoportable.
Me volví a desmayar.
Escuché voces a mi alrededor, deduciendo de ellas que no había estado sin sentido más de unos pocos minutos. Distinguí entre ellas la calmada voz de nuestro médico, el Dr. Fosser, un hombre muy serio con un curioso sentido del humor. Otra voz, más autoritaria y gastada, hizo que por fin abriese los ojos. Era la de mi guardaespaldas, como me gustaba llamarle para enfurecerle, la del contramaestre Bob-Job.
- Ha abierto los ojos – anunció Fosser -. Apartaos un poco para que pueda incorporarse y coger algo de aire.
El único que se quedó a mi lado junto al doctor fue Bob-Job, que me asía la mano con fuerza. Se la palmeé antes de intentar sentarme sobre la arena caliente, y volví a sentir el abrasador dolor de la muñeca. Era menos intenso, pero seguía estando ahí. Intenté ocultar una mueca de molestia pero Fosser ya había advertido mi gesto y pareció leerme la mente cuando contestó:
- Ha sido un gusano gigante, Teniente. Bob-Job consiguió asestarle un golpe mortal con el remo después de haber matado a dos marineros. Salió disparado de la arena, y no nos dio tiempo a tomar precauciones. Las armas láser aún estaban embaladas en la barca – Mis ojos le escrutaron, mientras sus apacibles palabras hacían mella en mí, y entonces, sin poder hablar aún, pues no sabía si saldría sonido alguno de mis labios, miré significativamente hacia la herida del brazo. El médico, de nuevo, pareció comprender mi pregunta -. Fue a por ti, te asestó un fuerte golpe en la cabeza con la cola y acto-seguido sus dientes encontraron tu muñeca desnuda. Parece que te inyectó un veneno bastante fuerte. He intentado bajar la hinchazón con hojas de háyoya, pero aún debo sacarte mucho veneno.
Fue entonces cuando me percaté del aparato que asía con la mano derecha a pocos centímetros de la mordedura. Lo había visto más de una vez en las clínicas, de joven, en aquellos tiempos lejanos en los que me gustaba cazar avispas de los bosques y me picaban por todo el cuerpo. Tenía una base plana, con una ventosa en medio que succionaba el veneno, de forma más bien dolorosa, y terminaba en una ampolla alargada de cristal donde era expulsada la sustancia. Por supuesto en el proceso intervenían muchos circuitos que no llegaría a entender nunca y de los que jamás me preocupé por conocer. Nunca he podido entender la nueva tecnología. Lo mío es el mundo al aire libre, los humanos y las relaciones interplanetarias.
Sentí la succión del aparato sobre la herida y reprimí un grito de dolor. Decidí mirar hacia otro lado.
- Guardaespaldas, cambia esa cara – me dirigí a Bob-job, cuya expresión preocupada me hacía sentir como un corderito a punto de convertirse en comida de tibusaurio -. Es una herida grande, pero podré sobrevivir.
Su cara se torció a causa de mi tono burlón y del apelativo que utilicé y que tanto odiaba. Sin embargo sus ojos me revelaron que mi comentario le había tranquilizado incluso más de lo que yo pretendía.
Miré a mi alrededor y comprendí que yo era el centro de atención. Trece hombre y dos mujeres me observaban curiosos, atentos a cualquier movimiento de su Teniente, ahora un cuerpo débil y cansado sobre la arena. Fruncí el ceño con indignación y con mi tono más autoritario les mandé a trabajar deprisa, pues la noche caería en algún momento y no teníamos ni refugios, ni armas desembaladas para más posibles imprevistos, ni leña para una buena hoguera. Todos se pusieron en marcha sin rechistar.
Continuará
Joder con el gusanito de las narices, a ver que le pasara ahora al Teniente. A ver si mañana le hecho un ojo a la segunda parte, que tu relato promete ser muy interesante. Debo reconocer que me das una cierta envidia sana, me encantaria saber escribir historias de ficcion tan chulas como las tuyas. De momento, Ahrena 1525 ya tiene un fan.