En ciertas oportunidades, una palabra alcanza para definir una vida. Tal era el caso de Carlos, cuya existencia podía definirse en sólo tres sílabas: hastío. Sus días transcurrían monótonos, hora tras hora; minuto tras minuto. De su casa a la fábrica y de la fábrica de regreso al hogar. Para colmo, el trabajo fabril en la moderna Buenos Aires de mediados del siglo XXI no se parecía en nada a lo que un habitante del siglo anterior podía entender como tal. La producción era realizada enteramente por robots, y el supervisor humano no tenía más función que la de controlar a los mismos, y operar la computadora central que administraba toda la planta. Carlos todavía recordaba con nostalgia aquel lejano día en que tres robots del sector de ensamble inexplicablemente dejaron de funcionar y él debió apelar a todos sus conocimientos informáticos para encontrar la raíz del problema; en menos de seis horas, la planta funcionaba a pleno otra vez. Pero la cibernética había crecido enormemente en los últimos veinte años, y fallas de esa naturaleza resultaban impensables en la actualidad.
El único momento en que Carlos se permitía un poco de recreación era el domingo por la tarde. Entonces, invariablemente, se montaba en su anacrónica bicicleta y se dirigía al Club Argentino de Ajedrez, donde jugaba algunas partidas rápidas hasta la caída de la noche. Le agradaba el ajedrez; lo sentía como un poco de diversión a la antigua, en un mundo cada vez más robotizado. Su principal oponente, por esos días, era José Soria, viudo de cincuenta y tantos años como él, con quien había comenzado a unirlo una férrea amistad. Es aquí donde comienza esta historia, un caluroso domingo de diciembre del año 2058.
- ¿En qué fecha te vas a tomar las vacaciones este año? - como siempre, José era quién disparaba la conversación - ¡Jaque!
- La segunda quincena de enero, como siempre - respondió Carlos, mientras en un rápido movimiento alejaba a su rey del fuego enemigo.
- ¿Y tenés pensado dónde ir?
Esta vez, Carlos meditó un momento antes de responder.
- El último año fui a la costa. Complejo Atlántida. Es bastante tranqui, como me gusta a mí. Supongo que iré ahí de vuelta. ¿Por...?
Esta vez fue José quién se tomó su tiempo, como meditando cuidadosamente las palabras que quería emplear.
- ¿Y no se te ocurrió probar algo diferente? No sé... Yo pensaba en conocer Virtual World.
Carlos fue tomado por sorpresa. Había escuchado hablar maravillas sobre el enorme parque de diversiones virtual instalado en el sur de Groenlandia. Siempre lo había considerado algo interesante, pero para gente mucho más joven que él. ¡Si hubiera existido algo así cuando yo era un pibe...!, se quejaba. Y ahí estaba José, un "tipo maduro" como él, planteándole seriamente la posibilidad de hacer ese viajecito a la aventura. Primero lo descartó de plano pero, ¿por qué no? ¿Acaso no era la posibilidad con la que soñaba, escapar a la rutina, como solía decir? Sí, ¿por qué no? Tres semanas después, ambos amigos atravesaban juntos la fastuosa entrada a Virtual World.
Lo primero que hicieron al llegar fue elegir en cual de las muchas aventuras que permitía el lugar querían comenzar. Al principio no se ponían de acuerdo. Mientras Carlos prefería ser "Billy the Kid", su compañero se inclinaba por la última novedad del parque, la futurista "Guardianes del espacio".
Finalmente, fue la opinión de José la que prevaleció, y la historia de cowboys quedó para otra oportunidad.
Uno de los conductores del parque les dio la bienvenida. Luego los felicitó por haber elegido "Guardianes del espacio" como primera aventura. Aunque les hablaba en inglés, un pequeño software instalado sobre el cuello de su camisa realizaba la traducción instantánea al castellano, aunque con un marcado acento español.
- La historia que habéis elegido es nuestra más reciente novedad, por lo cual goza de un realismo sin par. Espero que resulte enteramente de vuestro agrado. Pero como cada aventura tiene una duración de todo un día, no podréis comenzar hasta mañana a primera hora. Por lo tanto, os recomiendo que os retiréis a vuestras respectivas habitaciones, donde os estará esperando una cena fría, y que aprovechéis esta noche para tomaros un buen descanso, ya que necesitaréis de todas vuestras energías para mañana. Oportunamente os llamaremos para anunciaros cuándo comenzar.
La cena fue excelente, y el sueño reparador. Carlos hubiera querido dormir hasta tarde, como hacía siempre en vacaciones, pero los nervios y la ansiedad por la aventura lo hicieron abandonar la cama apenas pasado el amanecer. Sin embargo los hechos demostraron que había hecho bien en madrugar porque apenas había finalizado el desayuno una voz retumbó en la habitación, indicándole que se dirigiera a la sala de juegos porque su turno había llegado.
Cuando llegó a la sala, ya José lo estaba esperando. También estaba el conductor, el mismo que los recibiera el día anterior.
- Es un placer veros nuevamente - afirmó - en pocos instantes viviréis la más impactante aventura de vuestras vidas. Pero antes es necesario que os aclare algo. Nada de lo que viváis será real, en el sentido que normalmente damos al término, por lo cual vuestras vidas no correrán peligro alguno. Sin embargo, el realismo alcanzado por este juego es tal, que probablemente más de una vez sentiréis temor. Estad tranquilos y todo irá bien. Podéis iros ya, y mucha suerte.
- Un momento - inquirió Carlos - ¿qué hay del equipo? Si vamos a estar en el espacio necesitaremos trajes adecuados, armas y...
- Tenéis todo lo que necesitáis - lo interrumpió el conductor.
En ese momento pasó algo inexplicable. De improviso, Carlos se encontró mirando a su interlocutor como a través de un vidrio. Tan repentino fue el cambio que tardó segundos en comprender que tenía un casco espacial sobre su cabeza. Se miró el cuerpo y comprobó que estaba completamente vestido de viajero interestelar. Entre asombrado y admirado miró a su amigo, sobre el cual se había producido idéntico milagro, y sintió por él una inmensa gratitud. Todo esto se lo debía.
De no ser por él, ahora estaría tirado en la playa como una marmota, sin saber que tenía ante sus narices la posibilidad de ser un héroe, aunque más no fuera en una aventura virtual.
De ahí en más todo discurrió rápidamente. Un tubo de vidrio los "succionó" literalmente dentro de la nave, se instalaron en sus asientos, ¡y a volar!
Durante el trayecto, la computadora de la nave les indicó su misión. Deberían dirigirse a Europa, la luna de Júpiter donde recientemente se había instalado una colonia estelar, y proteger a los colonos de unos gigantescos monstruos que inexplicablemente habían surgido de las entrañas de la tierra.
Deberían tripular unos poderosos robots, armados con potentes armas láser; con ellos enfrentarían a los monstruos y, si la suerte les era favorable, salvarían a la población.
Carlos estaba radiante. Lo único que lamentaba era no poder compartir su alegría con su amigo. En efecto, desde que la nave abandonó la Tierra, José comenzó a comportarse de manera extraña. Varias veces Carlos intentó conversar con él, haciendo referencia a anécdotas del pasado común, e incluso en un momento comenzó a contar un chiste. Pero José siempre desviaba el tema hacia la misión que tenían entre manos.
Parecía obsesionado con eso, como si ya no fuera José, abogado de oficio y fuerte jugador de ajedrez, sino un auténtico sheriff espacial. Al principio está actitud sorprendió a Carlos, pero luego éste dejó de darle importancia. Quizás fuera él quién tenía una actitud equivocada, al tomar la cosa como una simple salida de vacaciones y no darle la relevancia que merecía.
Habían transcurrido tres horas exactas desde la partida, cuando la computadora anunció la proximidad del destino. Instantes después, la nave descendía plácidamente en la Base Espacial de Europa.
Decenas de Europeos corrieron a su encuentro apenas descendieron de la nave. Les explicaron que dos grandes bestias habían surgido de la tierra, en momentos en que unos obreros estaban trabajando en una excavación aurífera, a pocos kilómetros de Eustalia, la capital Europea. Por fortuna no se dirigieron hacia la ciudad, donde las pérdidas humanas hubieran sido incalculables. Pero recorrían los campos cercanos, atacando a cuanto ser vivo veían. En una colonia pacífica como Europa, no había armas aptas para enfrentar a semejantes agresores por eso habían pedido ayuda al Comité de Seguridad Espacial.
Lo primero que hicieron Carlos y José fue desembarcar los robots que utilizarían para combatir a las bestias. Su forma humana les confería el aspecto de gigantes, de treinta metros de altura. Manejarlos era una tarea por demás sencilla, pues respondían enteramente a las ondas cerebrales. Instalados en pequeñas cabinas en la cabeza de las máquinas, los tripulantes las guiaban con el pensamiento. Cuando querían caminar, los robots avanzaban; si se les ordenaba detenerse, éstos lo hacían en el acto. Sólo las armas eran operadas manualmente, mediante un pequeño teclado. Los amigos decidieron tomarse un tiempo para probarlos.
Primero caminaron durante algunos kilómetros, ensayando diferentes saltos y movimientos, para acostumbrarse a sus nuevos cuerpos metálicos. No era cuestión de tropezar en medio de la batalla. Luego testearon el armamento; láser, torpedos y ametralladoras. Lo que más los impresionó fue el increíble poderío de sus rayos láser, capaces de transformar en polvo una roca de varias toneladas, en tan sólo segundos. Estaban listos.
El último lugar donde habían sido vistos lo monstruos era la población de Quena, o pocos minutos de viaje, por lo cual allí se dirigieron nuestros héroes. Minutos después atravesaban el devastado poblado, en busca de alguna señal de las criaturas.
Al principio no encontraron ni señales de los mismos, y estaban a punto de rendirse, suponiendo que se habrían desplazado a otro sitio, cuando potente rugido llegó hasta ellos. Miraron en todas direcciones, intentando detectar la procedencia del ruido, cuando un inmenso boquete se abrió en el suelo, delante de ellos, y de él emergió, babeante, la más horrible criatura que se pudiera imaginar. Tenía todo el aspecto de un gigantesco y peludo gusano, varias veces mayor que los robots, del cual brotaban un centenar de tentáculos en todas direcciones. Tal fue la sorpresa que los amigos no alcanzaron a reaccionar a tiempo. Tres poderosos tentáculos aprisionaron al robot de José, impidiéndole cualquier movimiento.
Momentáneamente concentrado en su compañero, la bestia dio a Carlos el tiempo que necesitaba para actuar. Una luz anaranjada iluminó la escena. La criatura, alcanzada por el láser a la altura de la cabeza, profirió un estridente gemido y cayó pesadamente al suelo. Una luz roja comenzó a tintinear en el tablero, indicándole a su ocupante que el arma había comenzado a recargarse. En un par de minutos estaría lista para ser nuevamente utilizada. Libre de sus momentáneas ataduras, José pudo incorporarse y los amigos notaron, con sorpresa, que el acero de los brazos había cedido ante la presión, combándose levemente hacia adentro.
- ¡A eso llamo realismo! - explotó José.
- Sí, yo hubiera jurado que... - Carlos fue interrumpido por un nuevo rugido, idéntico al que precedió a la llegada de la bestia -Parece que se viene la segunda...
El segundo monstruo también logró tomarlos desprevenidos, al surgir directamente bajo los pies de Carlos. Este se sintió elevado por los aires y experimentó un extraño vértigo durante la rápida caída. Por fortuna, el acolchado asiento impidió que saliera lastimado cuando su robot dio contra el suelo. Enseguida advirtió que otro gusano, todavía mayor que el primero, se abalanzaba sobre él. Un atronador disparo le indicó que José había utilizado el láser. Un terrible grito retumbó en el aire, obligando a Carlos a taparse los oídos. Pero esta vez el disparo no había sido tan certero y, aunque gravemente herida, la bestia pudo girar y embestir a su agresor. Carlos nunca podría olvidar lo que vieron sus ojos.
Atacado por un adversario quince veces mayor, el robot de José fue literalmente despedazado, y su ocupante con él.
En segundos, lo que era una casi perfecta obra de ingeniería se había convertido en chatarra. Carlos no podía creerlo. Era imposible que su amigo se hubiera salvado del ataque. Pero, ¿acaso no les habían asegurado que el juego era seguro? ¿No era que sus vidas no correrían verdadero peligro? El veterano experto en robótica sintió pánico. Un terror como nunca había sentido antes se apoderó de él, dejándolo inmóvil. Así presenció, sin atinar a hacer nada, cómo el monstruo se ensañaba con el otro robot. Recién cuando la bestia, aburrida de jugar con los pocos hierros retorcidos que quedaban, volvió la cabeza y fijó su único ojo en él, Carlos comprendió que debía hacer algo. Su primer impulso fue disparar el láser, pero la luz rojiza le recordó que aún no estaba recargado. Entonces tomó las ametralladoras. Una cascada de sangre negra comenzó a brotar del cuerpo del gusano, mientras él apretaba una y otra vez el gatillo. Con otro grito, el monstruo saltó sobre él, que apenas alcanzó a apartarse a tiempo. Pero no pudo evitar que uno de los tentáculos azotara ferozmente el torso del robot, el cual cayó sentado. En ese preciso momento una luz verde señaló que el láser ya estaba listo. Mientras su enemigo se arrojaba nuevamente sobre él, lanzando un alarido más potente que cualquiera de los anteriores, Carlos oprimía con dedos temblorosos el botón detonador.
El solitario regreso a la Tierra fue una triste experiencia. Carlos veía repetirse ante sus ojos las escenas del último combate. No podía evitar preguntarse que hubiera pasado si su reacción hubiera sido más rápida. Quizás su amigo se hubiera salvado, quizás no. Racionalmente, sabía que nada de lo sucedido era su responsabilidad. Los administradores del parque no habían sabido garantizarles la necesaria seguridad, y sin duda pagarían por ello. Recibirían una multa multimillonaria, y tal vez la clausura del lugar. Pero cómo evitar sentir culpa.
Tras el aterrizaje, desabrochó los correajes de seguridad que lo aferraban al asiento, oprimió el botón que abría las compuertas laterales y comenzó a descender. Un hombre lo esperaba al borde de la pista, completamente ataviado de viajero interestelar. Hacia él se dirigió Carlos:
- Algo terrible ha sucedido. Mi amigo ha...
No pudo continuar. Un nudo le había oprimido por completo la garganta. Mientras hablaba, el otro hombre se había sacado lentamente el casco y ahora Carlos estaba frente a...¡su amigo José!
- Pe-pero, ¡si vos estabas muerto!
- ¿Yo? - respondió su amigo - Nunca estuve muerto, o quizás debería decir que nunca estuve.
Tras pronunciar estas palabras, José desapareció. Sí, sencillamente se esfumó en el aire, y Carlos se encontró de repente tan sólo como lo había estado en la nave. Su sorpresa ya no tenía límites. Entonces, un sonido a sus espaldas lo hizo girar, y advirtió que una nave idéntica a la suya acababa de aterrizar. Por la compuerta apareció un hombre, en quién Carlos reconoció de inmediato, una vez más, a su compañero muerto. Éste había comenzado a descender, con un rostro visiblemente demacrado que indicaba a las claras que había estado llorando, cuando advirtió la presencia de su amigo en la pista. Por unos segundos permaneció clavado al suelo, reflejada en su rostro la más completa incredulidad. Luego echó a correr hacia él, y no se detuvo hasta estar a su lado. Un grito salió de sus labios:
- Pero, Carlos. ¿Vos no estabas muerto?