"Amor, celos, ceniza y fuego, dolor y pecado. Todo esto existe. Todo esto es triste. Todo esto es fado" - Amalia Rodríguez.
Saudade. Saudade significa el dolor desesperado que te parte el alma cuando las manos, unas manos que ansían, que desean, que anhelan, se cierran, sin embargo, en torno a la nada. Saudade es el color traslúcido de la mirada que busca y desespera, la que trepa a las montañas para tragarse el cielo, y se hunde en el fondo del mar para destilar la oscuridad. Saudade es la congoja que enmudece la garganta, la que quiebra la palabra y oculta la voz. Saudade es una palabra portuguesa que habla de tristeza, y si existe una música en el mundo capaz de exudar tristeza, como una fuente que se desborda de tan exuberante que es, ha de tratarse, sin duda alguna, del fado.

¡Qué extraña codicia me ofusca los sentidos!, ¡qué afán tan suicida por rendirme una y otra vez ante la orgullosa efigie de la nostalgia, por postrarme a sus pies de espinas, y besar su aspereza con vocación religiosa! Pero, ¿acaso no es la tristeza una emoción insólita, como una aberración en el corazón humano que, sin embargo, lo hace bello en su timidez? ¿Acaso no es la melancolía ese viento huracanado que nos agosta, que se lleva de un estornudo el tejado, y nos desnuda ante la mirada furtiva de nuestra propia vergüenza? Una desazón que nos hermana, una mano herida que cuida de la otra, condolida, una locura pasajera que nos proyecta hacia el interior, para escarbar y descubrir lo que somos en realidad. Y fascinado en mi insomnio, es el fado la música que mejor sabe acariciarme el pecho. Una madre que amamanta con lágrimas a su primogénito.
Quizá por la admiración que despierta en mí la aflicción de mujeres desdichadas, no pude sino encogerme hasta hacerme ínfimo al oír la voz de Mariza, y celebrar, en mi nimiedad, la mera existencia de una fadista lunática que llora en el escenario y ríe en soledad. Y qué pesadumbre la suya.
Su esbelta figura sobre el escenario pincela de etéreo el cantar. Ojos profundos, piel nacarada. Una acuciante obsesión con la exacerbada pomposidad barroca, con un luto riguroso del que no se aparta. Que no le extrañe al lector que eligiera para su visita a Lisboa, cuna de toda bohemia europea, los pintorescos jardines de la Torre de Belem, que no es sino una perlada fortaleza de exquisita ejecución asomada, casi arrojada, al mar.
En semejante escenario, ¿cómo no iba a encandilar hasta al ladrillo más polvoriento y nefasto?
Vibra la guitarra, y el concierto ya ha empezado:
Loucura - 20.000 personas en completo silencio, y la Sinfonietta de Lisboa acariciando sus cuerdas con una cadencia inusitada. En el horizonte brilla azulada la torre, como un testigo mudo que no quiere perderse una nota; por fin emerge ella, impertérrita, estricta en su presencia, y abre la veda con la que ha de ser santo y seña en su repertorio, un poema desgarrador, patéticamente autolesivo, que me conmovió cuando lo escuché por primera vez. Las violas, las guitarras, el laúd, todos se abalanzan en tropel para subrayar la profundidad de las palabras, que son siempre protagonistas.
Medo - "Pero, si os interesa, os lo diré: el miedo vive conmigo, y cedo porque me invade ese vaivén de soledad, aquel silencio que habla con una voz que me perturba la razón. ¿Quién puede salvarme?" En esta oscuridad tan tétrica nos sumerge la voz de Mariza, este romanticismo trasnochado e hipócrita que no duda en absorbernos en su negrura. Una confesión intima frente a la multitud, y una orquesta que suena como una sola guitarra. Indescriptible.
Maria Lisboa - Probablemente la canción más achispada de todo el concierto, he aquí un nuevo guiño a Lisboa, y en especial a la Mouraria, barrio emblemático donde los haya y cuna del fado, repleto de calles empinadas, puestos de claveles, y canciones de amor desesperado. Mariza no duda en electrizar al público con esta pieza vigorizante, al ritmo de las palmas, y apenas conteniendo su propio júbilo, le canta a la ciudad de su infancia con el corazón en la garganta, la voz florida y la sonrisa en los labios.
Montras - La palidez de este poema a la soledad de las calles repletas me turba de un modo especial, quizá porque yo también me he sentido desesperadamente perdido entre la multitud, cuando el amor no ha querido acompañarme. El vaivén de las aceras, citando a Sabina, se clava profundo cuando no hay una boca que sepa extraer el veneno. "Las gaviotas vuelan en el horizonte y sólo tu amor es real". ¿Qué más podría decir?
A Uma Música do Povo - Homenaje al enigmático Fernando Pessoa, el mayor poeta portugués del siglo XX, la fadista nos conmociona una vez más con este arranque de emoción turbada e incontenible, unos versos tan descarnados y lastimeros que no pueden sino enfatizar la belleza que guarda Mariza en su garganta. Qué bellísimo el solo de guitarra, inhóspito y admirable.
Barco Negro - Exaltado se levanta el público convocado por la poderosísima percusión de este clásico del fado, cantado allá por los años sesenta por la mítica Amalia Rodríguez, de la que tanto ha bebido Mariza. Pero con qué esplender se entrega al recitar y a la filigrana la fadista, capaz de marear a placer la voluntad del espectador, que canta inspirado y enmudece a golpe de melodía, y cuán entregada la orquesta, en ese impulso emocionado en el que incluso se perciben sabores africanos. Magistral.
Menino do Bairro Negro - Adoro la simplicidad de esta canción, tan exquisitamente hilvanada en torno a la emoción que transmite la voz de Mariza, y me hipnotiza y asombra la insultante facilidad con la que explora registros opuestos: el amor y la desolación, la caída y la exultante victoria, el júbilo sin conciencia de sí mismo y la muerte. Hay algo dramático en el terciopelo de su tono, arrugado y prístino a la par.
Meu Fado Meu - La yuxtaposición de los violines y violas a la acaramelada agonía de la guitarra portuguesa nos embarga en esta pieza de una grisácea elegancia, con esa lentitud con la que se persiguen las notas, como flotando sin rumbo alguno, y ese meloso ritmo de pareados. Esta es una de mis canciones favoritas de "Transparente", un álbum soberbio en ejecución, y en la noche lisboeta suena profundamente emotivo.
Duas Lágrimas de Orvalho - El berrido acusador del cello, magistralmente interpretado por Jaques Morelenbaum, sirve de contrapunto a estos versos abigarrados y solemnes, esta confesión a las puertas de la desgracia. El silencio, como adorno musical, ejerce en este caso una poderosa influencia sobre el tempo emocional, sostenido a veces en tensa espera, plañidero y cruel, dejando siempre al espectador en perenne estupor.
Cavaleiro Monge - He aquí una nueva reverencia al verbo de Fernando Pessoa, con una pieza que suena honesta y cruda, sin perder un ápice de su esquiva sensualidad. Encuentro un indecente sadismo en el modo en el que el estribillo se pierde y regresa, en una marea incesante que baña la playa. Fabuloso el aire barroco y la trágica pose con la que nos deleita la cantante.

Recusa - Encantadora se muestra en la interpretación de esta irónica fábula Mariza, retando con la mirada a un público entregado, renegando falsamente de la música que le recorre las venas. El quisquilloso tintineo de la guitarra, ora resuelto, ora desdeñoso, subraya, qué absurdo epíteto, la versatilidad del instrumento. Quando Me Sinto Só - "Cuando me siento solo, me sabe la boca a fado". Este verso ha llenado todas mis ausencias, mis inclinados declives ha corregido, ha trepado por mi espalda frente a los ocasos helados y las noches que menguan. Me tiembla la honradez cuando escucho de su boca, en parco testimonio, aquello de "en un egoísmo loco, llego a desear que sientas lo mismo que yo siento cuando me siento solo".
Há palabras que nos beijam - Probablemente, la canción que más dista en composición del amargo fado, coqueteando con la balada en esencia, de una madurez callejera exasperante. Destila singularidad, sofisticación, quizá ejecutado en esta ocasión el papel de contrapunto, de contraste, para con la rabia taciturna del folclore portugués, que no es sino emocionalmente agotador.
Feira de Castro - Y de la orilla distante a la corriente más profunda y salada. ¿Quién podría resistirse a la espolvoreada algaraza que marcan las palmas? Posicionado estratégicamente al final del concierto, este corte es un anzuelo demasiado dulce para el público lisboeta, que grita en éxtasis cuando se extiende la brillante percusión, al parecer, en una pose eterna.
Desejos Vaos - La tortuosa y encrespada colina del amor es traicionera y apasionante a la vez, y esa contradicción tan idiosincrásica ocupa la atención de esta bellísima, extraordinariamente sutil canción, en la que el amante está dispuesto a perder su propia memoria, toda dignidad incluso, en pos de una mirada, un gesto, un suspiro. Pero, qué espinada hermosura la del amor, que a fin de cuentas, también conlleva el dolor.
Primavera - La canción favorita de la fadista no podría sino contar con una entrega casi indecorosa, una rendición de las emociones hasta el punto de resultar pérfida. Con qué ternura acuna las palabras Mariza, dejando que primero trepen, sinuosas, en una inocente timidez, para explotar apabullando al oyente, hiriendo su empatía, en una hecatombe final que pone al público en pie.
Chuva - La delicadeza de esta melodía me embriaga y arrulla. La ironía de una balada acústica respaldada por la orquesta, la contradicción de un secreto susurrado al oído de miles de personas, la tenuidad de la emoción en la boca. ¿Alguien dijo que la música no era un milagro?
Ó Genta da Minha Terra - "Mío y vuestro es este fado, destino que nos amarra, por mucho que así lo nieguen las cuerdas de una guitarra. Cuando se oye el lamento de una guitarra al cantar, se pierde la razón, y se desea llorar. Oh, gentes de mi tierra, es ahora que me percato, que la tristeza que soporto, la recibí de vuestro regazo". Un momento mágico más allá de toda explicación y de todo epíteto. La derrota de la razón bajo el infranqueable yugo de la emoción. Algo que no se puede comprender, tan sólo se puede sentir.

Me aturde y me abate la potencia desmesurada con la que la poesía portuguesa es capaz de inspirarme y seducirme. De algún modo, siento que el latido de mi corazón halla la horma de su zapato en el fado, tan abrupto y desdeñado, como si por fin encontrarse un eco con el que dialogar. La música folclórica es el reflejo de las gentes que la hacen, de su humanidad, de su debilidad, y por tanto, de su belleza. Aproximarse al fado es descubrir la divinidad de un país fascinante en todas sus manifestaciones, un lugar en el que las palabras aún no han sido devaluadas.
Exaltación. Desasosiego. Éxtasis.
Saudade.
Muchas gracias. Un abrazo.
Para uno que recientemente ha descubierto (e inevitablemente se ha enamorado) de Lisboa y que empieza a descubrir desde entonces el fado, me ha encantado leer tu opinión. Un abrazo ;-)