Juan Manuel de Prada es un escritor que llegó muy pronto a la fama. Avalado por una buena pluma y sus escarceos en la prensa, Coños, El silencio del Patinador (una colección de relatos escabrosos pero muy recomendables) y Las máscaras del héroe, le granjearon fama internacional. Pero también algunos desprecios. Su figura daba lugar a odios, amores, fidelidades y aversiones. Sus directrices ideológicas fueron muy cuestionadas, sobre todo por sus artículos en el periódico remonárquico ABC (aunque él siempre se ha considerado muy católico y muy de izquierdas -si la contradicción es admisible, como suele decir él), sobre todos en aquellos en que hablaba de la Sede Pontificia, la Iglesia, el aborto, el matrimonio entre homosexuales y otros temas escabrosillos. Se lo llegó a vincular tanto a los sectores conservadores que alguien incluso vio en el personaje de Fernando Navales (Las máscaras del héroe) un alter ego del autor, canalla y fascistoide. De Prada, en el prólogo del libro, aparecía bastante indignado, asombrado de que en este país aún hubiera tanto tontorrón que creyera en la solidaridad de punto de vista entre el narrador y el autor, que, evidentemente, sólo en algunos casos coinciden. Cuando se le concedió en 1995 el Premio Planeta, fue de nuevo atacado por algunos sectores de la crítica y de la prensa, y él, elegantemente, salía en una foto con el dedito subiéndose las gafas, y dedicando un cuerno a todo el que se lo mereciera. Creo recordar muy claramente el titular, que decía «No hablemos de dinero, hablemos de literatura». Humildemente, creo que aquella novelita llegó por telefonazo: los directivos de de la totémica y archipoderosa Planeta querían introducir en el gran mercado al que había sido considerado como uno de los mejores escritores europeos menores de treinta años, así que intentaron reclutarlo para sus filas, y él tuvo que escribir algo con urgencia para el concurso. Yo, en aquellos años, dejaba la litrona de vez en cuando para seguir sus movimientos, pues me mallaba maravillado por su porte de niño prodigio, y había anotado que estaba preparando su próxima novela, titulada La vida invisible. Por ello, cuando ganó el Planeta y La tempestad acaparó las librerías, me quedé un poco sorprendido: me daba la impresión de que De Prada había aparcado lo que estaba escribiendo (La vida invisible no saldría hasta años después) para rellenar el encargo del Planeta, sospecha que se acentuó cuando, bien prontito, el señor Juan Manuel se metió en litigios con la humilde editorial Valdemar, que había publicado todas sus obras y le tenía cogidito con los derechos de propiedad y edición.
Por, además, y por si no fuera poco, pronto llegaron escándalos con la crítica y con el difunto (y también harto polémico) Francisco Umbral. El cantor de Madrid, que en principio quiso proteger e, incluso, apadrinar a De Prada, acabó deshaciéndose en improperios, y afirmó que Las máscaras del héroe era una novela absurda, en tanto que todo lo que contaba ya se había contado antes (aunque todos sepamos bien que, en literatura, no sólo importa qué se cuenta, sino también -y, a veces, sobre todo, cómo se cuenta).
A lo que el señor De Prada, poco dado a concesiones, respondió que no quería polémicas con un hombre ya viejo y achacoso, que él era demasiado importante como para subirse a la chepa de un vejete. Vaya, que morderse la lengua no se la mordió, se dejó ver con el hacha levantada, afirmando que el premio Cervantes estaba amañado (mal, Juan Manuel, mal, sobre todo cuando a ti te concedido el denostado Planeta) y que el bueno de Umbral se había prostituido (o sea, vendidito, como las putas, vamos).
Al margen de todo esto, se ha de admitir que Juan Manuel de Prada es un escritor de lucidez brillante. Sus novelas son gamberras e innovadoras, y de su pluma se han rescatado muchas de las figuras más interesantes de nuestra literatura de principio de siglo XX. Personajes adictos al sablazo, canallas, panfletistas, que bebían más que escribían, que practicaban una literatura esencialmente terrorista (como debe ser toda literatura). Sin embargo, su figura mediática, siempre presta a colaborar en programas no del todo serios, y su halo de niño sapientísimo, con gafas de pasta y sus buenas lorzas, haciendo de contertuliano de José Luis Garci, no acababa de gustar. Sin embargo, hace ya tiempo que la personalidad de los escritores ha dejado de importarme (logré vencer mis reparos con Vargas Llosa): un escritor puede tener unas tendencias ideológicas u otras, me puede gustar lo que crea o lo que piense o puedo detestar su estilo de vida, pero eso no condiciona mis acercamientos a su obra (o, al menos, no en un principio). El autor se transforma en narrador, quien maneja la pluma se convierte en una voz, y creo que el lector debe saber distinguir entre ideas y obras. Lo que es bueno es bueno, y lo que está bien escrito, y más en este país de panfletistas, está bien escrito. Y creo que debe leerse. Creo que no está bien perderse una gran novela porque no nos guste su creador. Pero bueno, cada uno tiene sus manías, en todo caso respetables.
Os dejo con unas breves líneas de El coño de mi novia y, ya que ahora puedo, las imágenes de las portadas de las dos ediciones que poseo, más el regalito de algunas cuantas ilustraciones que se entremezclan en la edición de Planeta maldito (Valdemar). No sé si aún se puede adquirir, pero ninguna de las dos ediciones llegaba a los 9 euros. Saludos
"El coño de mi novia, dejando a un lado esos miedos inculcados por la televisión, es un coño de veinte años, los mismos que su propietaria, peludo y de ascendencia plebeya, barrios de Malasaña o Chamberí. El coño de mi novia es un coño violento, de una zoología más crustácea que molusca (y los gourmets me entienden), aunque a ella le desagrada que dé tantos detalles, por si alguien la fuese a identificar (¿quién, me pregunto, si yo he sido su primer novio?)".
Peculiar el nombrecillo del libro. Saludos