El caballero y la princesa

1  06.09.2005

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Puchuchuluss

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No podía entender cómo sus padres pudieron consentir tal encierro, tal destierro. Quizás es porque procedía de tierras lejanas, de una cultura diferente, pero en su país, las cosas no se hacían así.

Allí estaban los dos monarcas, en su trono, dignos y erguidos como si nada ocurriese, mientras a varios días de distancia, su única hija marchitaba su vida en una torre. Miraban altivos, con esa mirada regia de superioridad, considerándose en posesión de la verdad absoluta por el mero hecho de haberse criado en una cuna más lujosa que la del resto. Por las venas del príncipe corría igualmente sangre azul, pero no los entendía.

- Haríais bien en no ir, príncipe - dijo el rey -; muchos como vos lo han intentado y ninguno ha vuelto.
- No me importa - dijo el príncipe -, pues es a mí a quien ha estado esperando todo este tiempo.
- ¿Estáis seguro de aquello que aseveráis?
- Sí - contestó rotundo -.
- Id pues, pero no os olvideis que os advertimos antes de partir.

El príncipe dio media vuelta, altanero como lo habían sido ellos. Reprimió su lengua y sus ganas de escupir sobre el suelo que ellos pisaban. No podía imaginar el dolor de aquella frágil niña, la tortura que había debido suponer el vivir encerrada toda su vida, por el real capricho de sus padres.

A los pies del castillo esperaba su caballo. Se enfundó el yelmo, sujetó su espada y emprendió el viaje. Llevaba algunas viandas y no le preocupaba el camino. Había peligros, sí, pero sabía cómo sortearlos y si no había más remedio, cómo afrontarlos. No era inexperto en la batalla, en varias ocasiones tuvo que empuñar las armas; cruentas guerras azotaron su país, en las que siempre salió airoso. Ni un rasguño, ni una cicatriz había cortado su piel, jamás. Fue formado por muchos hombres de armas en el arte de la guerra, quienes le enseñaron cómo vivir a costa de la muerte de los demás.

Durante varias noches durmió al raso. Tuvo suerte en alguna ocasión; disfrutó de un establo, y de los incómodos camastros de una posada. Allí le instaron a no ir al castillo de la princesa. Todo eran mitos, maldiciones, leyendas... nada bueno llegaba de aquella oscura morada. Pero desoyó todo. Él sabía bien que rescataría a la princesa, que sería suya para siempre, y corrió a su encuentro.

Se hallaba frente a frente con el castillo. Había cabalgado hasta la extenuación, pero ahí lo tenía, extendiéndose ante él, tétrico, majestuoso; se accedía por un pequeño puente de madera. Parecía inestable. Aún así, esa tabla carcomida no lo detendría; lo cruzó firme; seguramente no sería el mayor peligro que tendría que afrontar.

Debía darse prisa pues atardecía, el sol teñía de rojo sangre el borde de las montañas y muy pronto anochecería. La tarea sería más ardua en la penumbra, donde sus captores se desenvolverían con facilidad; no les temía. Sería fácil acceder a la torre, la más alta del lugar, y en cuyo interior parecía adivinarse el tenue resplandor de un candil.

Dentro, el castillo parecía tener vida propia, como si caballeros de otros tiempos fuesen a abalanzarse contra él, luciendo sus fantasmagóricas insignias, sus carnes azules y putrefactas. A decir verdad, él esperaba un enemigo más tangible. Desenvainó; aquel lugar guardaba las risas de muchas fiestas, el olor a sangre derramada de otros tiempos. Las baldosas del suelo estaban rotas y ya nada quedaba dentro, sino pedazos del castillo, que poco a poco se desplomaba.

Al fondo había una inmensa escalera. El príncipe podía oler el peligro. El silencio traía consigo voces apagadas. Se aferró fuerte a la empuñadura y avanzó; y fue ahí, a pie de escalera, cuando vio el primer esqueleto. Aquel pobre desgraciado había intentado huir, hacía tiempo, pues apenas quedaban restos de su existencia. La escalera se bifurcaba en dos direcciones. En lo más alto de la parte izquierda, una mano de hueso asomaba por el último peldaño. Ese era el camino.

Siguió el reguero de muertos; todos nobles, todos príncipes, quizás algún rey. Sus caros ropajes ya sólo albergaban polvo. El príncipe siguió adelante. Nada le sobrecogía, había visto ya demasiados muertos, mucho más recientes que estos. Pudo ver entre ellos una corona, de los reinos del norte. Quien fuera que guardase a la princesa, tuvo que ser osado para matar a un príncipe de tan fuerte linaje.

La escalera se fue haciendo progresivamente más estrecha; parecía subir en caracol hasta el mismo cielo. Los peldaños y los esqueletos parecían no tener fin, hasta que, por fin, una pequeña puertecita de madera coronó el final de la subida. La puerta estaba abierta, ¿quién osaría escapar con tamaños adversarios?... el candil iluminaba la pequeña estancia. Tan solo había una mesilla, y una gran cama, de madera. Cuatro sujecciones en los extremos sustentaban un velo blanco, y tras de él, se entreveía la figura recostada de la princesa.

El príncipe se quitó el yelmo y lo dejó sobre la mesita. Con mimo descorrió el velo, y miró a la princesa. Su belleza legendaria se quedó corta a su corazón. Aquella frágil niña era el ser más hermoso que había visto jamás; reposaba plácidamente, quizás, como en los absurdos cuentos de hadas que había leído desde niño, esperaba su primer beso de amor. No se atrevía a decir nada, ni mucho menos a acercar sus labios a los de ella, aunque lo deseaba.

La princesa abrió suavemente los ojos, y sonrió. Su sonrisa era tierna, dulce... el príncipe se sintió profundamente intimidado ante tal belleza. Su mirada lo conquistó desde el primer instante.

- Vámonos - dijo él -; pronto descubrirán que estamos aquí.

Cuando la tomó de la mano, sintió que su corazón iba a salírsele del pecho. La princesa se incorporó lentamente. Parecía encantada de ser rescatada, al fin, después de tanto tiempo...

El príncipe se asomó a la escalera de caracol que descendía oscura... todos aquellos guerreros se aventuraron y murieron; esta vez sería diferente, él había nacido para estar con ella, estaba seguro. Cuando estuvo lista, volvió a tomar la mano del príncipe, y ambos bajaron juntos, sortearon cadáveres, tropezaron con varios huesos, hasta que por fin llegaron al punto donde aquella escalera se abría. La sala principal del castillo estaba sumida en oscuridad, penetraban rayos de luna por el portón principal. Había demasiado silencio.

- No sé cómo has vivido todo este tiempo aquí - dijo el príncipe -. El lugar me da escalofríos.

Ella apretó fuerte su mano. Él la acarició suavemente con el pulgar, a leve modo de respuesta, mientras miraba hacia todos lados.

- ¿Quienes son? - dijo él -.
- ¿Quienes son quién? - respondió ella -.
- Tus captores - dijo -, quiero saber con qué voy a enfrentarme.

Ella se acercó suavemente por su espalda; mantenía su mano izquierda aferrada a él.

- Yo no tengo captores - susurró -.

Volvió a esbozar una sonrisa, pero ya no era ni dulce ni tierna, sino siniestra y oscura; se soltó de la mano y rodeó al príncipe por la pechera. Con su otra mano, le hincó una daga en el cuello. El metal serpenteante se clavó hasta lo más hondo. Tan rápido fue que ni siquiera le dio tiempo a gritar. Cuando sacó la daga, el principe cayó al suelo; la sangre le salía a borbotones. En vano trató de taparse la horrible herida; la vida se le escapaba por momentos, sentía cómo le abandonaban las fuerzas. Alzó la vista y pidió con sus ojos una explicación, pero ya nadie había allí; iba a morir en la más miserable soledad. Se oyeron pasos que subían las escaleras, y una risa maliciosa, siniestra.

A varios días de camino, una duda inquietaba a la reina.

- ¿Crees que la niña estará bien? - le dijo al rey -.
- No te preocupes cielo - dijo al tiempo que le daba un beso -. La niña sabe cuidarse.

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Comentarios sobre esta opinión
Sapristi

Sapristi

01.05.2008 02:31

Me gusta. Es una preciosa metáfora sobre la liberación y la independencia física y emocional de la mujer. Esos príncipes pelmazos que se empeñaban en salvar a las princesas sin preguntar antes, aunque fuese por educación y respeto, si a alguna le apetecía ser rescatada. Porque claro, no eran capaces de pensar que tal vez la princesa estuviera encantada de vivir sola en su Torre_Atico en medio del bosque, sin dar explicaciones de lo que hacia con su vida privada. Pues me parece muy bien que lo fulminara en el acto, sí señor, por osado, intrépido, irrespetuoso, imprudente y engreído. Tu eres feministo...a que si? en fin, me gusta mucho. Besos.

alkhyta

alkhyta

01.08.2007 09:53

es increible e inquietante, muy bien!!

al_final_del_paraiso_estas_tu

al_final_del_paraiso_estas_tu

30.11.2006 15:20

Que pasada...no me esperaba el final para nada...:D

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