Conciencia de el caballero

5  09.10.2008

Ventajas:
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Recomendable: Sí 

Syroco

Sobre mí: A ver que se cuece...mmmmm

usuario desde:09.10.2008

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.....

El silencio no llega.

Aún se escuchan algunas voces agonizantes. Los gemidos de los hombres moribundos que no dejan escapar sus almas. Yo, arrodillado sobre la fría piedra, miro mi espada manchada de sangre. Demasiada sangre, demasiada muerte. El cabello cubre mi rostro en mechones teñidos de escarlata y me siento sucio, miserable, porque la sangre aún fresca que mancha mis manos, no me pertenece. Ésta misma sangre hace escasos minutos corría por las venas de los hombres a quienes arrebaté la vida en nombre de mi dios.
Si levanto la mirada hacia el cielo por encima de la muralla empedrada, solo puedo ver en él mi culpa reflejada, pues recuerda mis crímenes cubriéndome con un manto de nubes oscuras que amenazan tormenta.

¿Dónde te encuentras?
Me pregunto si Él nos estará observando. Sentado sobre su trono de marfil, orgulloso cual padre por nuestra victoria sobre el enemigo infiel. Llenándose de las almas perdidas que hemos enviado hoy hasta él, saboreándolas y retozando de placer como lo hace un felino tras devorar a su presa. Lágrimas de gratitud caerán sobre mi cabeza en forma de lluvia. ¿He de considerarme justo por ello? Si, porque ese es el dios por el cual luchamos.

Aunque hemos salido vencedores, hemos perdido muchas vidas aliadas. Valientes caballeros que jamás regresarán a sus hogares, pero sí se elevarán hacia el olvido como ocurre con las cenizas que quedan tras una fogata. Solamente sus familias llorarán la muerte de éstos héroes de guerra, con el único consuelo de saber que ocuparán un lugar privilegiado cerca del Padre, allí donde nos espera un paraíso a los que derramamos sangre en su nombre.
¿Por qué duele tanto? ¿Por qué sigue dañando aun? Cada estocada, cada grito de dolor, cada llanto de pérdida…y el tan ansiado silencio parece no llegar nunca.

Conozco caballeros de corazón tan duro, que tras la batalla beben la sangre del enemigo caído. La vierten en copas doradas, hermosas copas con incrustaciones de piedras preciosas. También devoran sus corazones, porque en ellos se acumula gran parte de la fuerza y la valentía de los hombres cuando ya han muerto. Mi corazón me dice que muere un poco cada vez que clavo mi espada, y por eso he de cargar con el desasosiego que me acompaña día y noche desde el día en que juré fidelidad a mi Padre. Por eso me hallo aún aquí. Solo. Custodiando a los muertos, respirando mis actos, absorbiendo todo el dolor. No deseo dejar nada, no deseo olvidar nada, quiero llevarme todo el sufrimiento y la angustia que queda suspendida en el aire. Es mi precio, la pesada losa con la que debo cargar hasta el fin de mis días.
¿Qué escucho? Una débil voz se dirige a mí haciendo que regrese del oscuro mundo de mis pensamientos.

Aún arrodillado y algo confuso, busco con la mirada la procedencia de esa voz que más bien es un triste gemido. Sí. Creo que ya le veo. Se encuentra a unos metros de mi y puedo distinguir su brazo, que se mueve como si reptara, bajo la rueda desprendida de un carro. Me incorporo lentamente mientras una oleada de calambres recorre mis pesadas piernas. La espada, ésta compañera a la fuerza, metálica extensión de mi brazo, me ayuda a incorporarme y me presta el apoyo que necesito para caminar.
Poco a poco mis piernas despiertan y me voy acercando hasta él. De no ser por su brazo, que aunque amortecido no cesa de moverse, nadie adivinaría que bajo esa gigantesca rueda cubierta de tierra húmeda se oculta el cuerpo de un hombre. Debo saltear los cadáveres y evitar sus vidriosas miradas. Tantos cuerpos gritando al unísono la palabra "¿Por qué?", tantas almas robadas para saciar el apetito de Aquel al que juramos lealtad. Por eso miro al cielo y sobre mi frente sudorosa estallan las primeras gotas de lluvia.

La pesada rueda oprime el pecho de su prisionero, que respira con dificultad mientras intenta comunicarse conmigo. Solamente escucho un triste gruñido, insistente, no quiere rendirse al dolor, al menos no sin hablarme.
Haciendo acopio de las pocas fuerzas que me quedan, agarro el macizo disco con ambas manos y logro levantarlo tras varios intentos. Ha caído pesadamente del lado contrario, produciendo un seco estampido sobre los cantos húmedos del suelo. Mi corazón se encoge ante lo que presencian mis ojos. Es un niño. No creo que tenga más de once años. Es muy delgado y parece frágil, muy frágil y muy pequeño. Me mira con los ojos entrecerrados, porque la lluvia comienza a caer con más fuerza y las gotas aterrizan violentamente sobre su rostro. Él sabe quien soy, un guerrero enemigo. Sin embargo no muestra temor alguno hacia mí, y yo, yo no encuentro ningún signo de odio en mi interior.

¿Por qué estás aquí hijo? ¿Por qué elegiste éste camino? Tal vez pensabas que era sencillo jugar a las batallas, hasta que sentiste el frío metal de una espada atravesándote el costado. Si me fijo en tus manos puedo deducir que eres hijo de campesinos. Ellas me cuentan que te defiendes mejor con la azada. Quizá en estos momentos estuvieras tumbado sobre la fresca hierba, en otro lugar, dejándote envolver por su dulce fragancia, agotado por una dura jornada de trabajo. Pero al menos sabrías que habría un día siguiente en el que volverías a disfrutar de esa apacible vida que llevan los labradores.
Me arrodillo a su lado mientras sobre nosotros estallan los primeros fragores de la tormenta. El muchacho ladea un poco la cabeza. Es admirable la paz que se respira en sus ojos, unos ojos que casi no tienen brillo, pues la vida les abandona lentamente. Comienza a mover los labios, me dice algo pero no consigo escucharlo. Por eso me acerco más a él e intento prestarle toda mi atención. Ahora le escucho.

No.
No puedes pedirme eso, hijo.
No a mí.
Aunque estas palabras no han salido de mis labios, el niño percibe mi repulsa a su petición, y agarrando mi brazo débilmente tira de él incitándome a que le obedezca.

Eres mi enemigo. No crees en mi dios. Pero estás ahí tumbado bajo la lluvia, moribundo, por defender al tuyo. Somos tan iguales. Mi dios es cruel ¿sabes? Has de matar y morir por él, y no hay recompensa que lo justifique porque si matas algo dentro de ti muere cada vez, y si caes tú, de nada sirve haber luchado.
Mi joven enemigo insiste. Me ha elegido para que termine con su terrible sufrimiento y tira de mi brazo con desesperación. Es tan solo un niño. Ahora sé que su rostro quedará grabado a fuego en mi recuerdo para siempre. Lentamente vuelvo a incorporarme, ésta vez con más dificultad porque siento náuseas y dolores que surcan todo mi cuerpo. Mi espada. La empuño y la alzo sobre mi cabeza. Nunca me había pesado tanto. Él continúa mirándome a los ojos. No siente miedo, yo sí. Cierro mis ojos porque sé que él continuará mirándome hasta que acabe.

Presto, hundo mi espada en su pecho, justo en el corazón. Y Dios, mi dios, nuestro dios, lanza sobre mí un aullido de placer.
El niño yace dormido para siempre, y creo que en sus labios se dibuja algo parecido a una leve sonrisa. Ésta batalla la ha ganado él. Ha sido el héroe y yo, en cambio, sigo siendo un verdugo, un asesino con una conciencia que lo atormenta. Aquí sigo, rodeado de muerte, de pié, apoyado en mi espada y siento que desde lo más profundo de mis entrañas un grito ahogado lucha por escapar y escupo al cielo, con la esperanza de que el Padre lance un rayo sobre mí y pulverice mis huesos para que solo sean polvo y nadie sepa jamás de mí, ni de mis actos.

Tú que te haces llamar Todopoderoso ¡Preséntate ante mí! Muéstrate a mis ojos y dime qué debo hacer con éste pozo de llanto que pesa sobre mi conciencia, en el que me hundo más y más cada vez que tú, necio, ordenas que empuñe mi espada. ¡Quiero verte! Aclárame tantas dudas con las que he de cargar, de las que jamás he obtenido respuestas y por mi alma que lo he intentado sin conseguirlas. ¿Por qué me has nombrado caballero de la muerte, si nada merece morir en tu nombre?.
Mis lágrimas se mezclan con la lluvia. Casi es de noche. Con un silencioso adiós y un peso que oprime mi alma, me despido de mi joven enemigo. Sorteo de nuevo los cadáveres que encuentro a mi paso, y rodeo el muro de piedra donde espera mi caballo.

Me marcho.
El silencio no llega…
…y no llegará hasta que mi conciencia se apague para siempre.
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Comentarios sobre esta opinión
Gippal

Gippal

26.11.2008 23:02

Brutal texto. Ojalá quien tuviera conciencia fuera quien habla de Dios al caballero.

Porcia

Porcia

10.11.2008 14:40

Ha sido un placer, un beso.

Geminiss

Geminiss

06.11.2008 13:17

El silencio no llega...... me ha gustado esta frase.....

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