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En la calle Príncipe, en pleno centro de la capital, se encuentran las cuevas de Sésamo: una pequeña puerta que conduce a un hall alargado que lleva hacia las menudas escaleras que descienden a las propias cuevas.
Al bajar te encontrarás con un salón lleno de mesitas a las que varios camareros que parecen soldados de plomo atienden a los clientes, paredes antiguas pintadas con poemas muy curiosos de varios autores famosos, y un pianista tocando diferentes melodías para colaborar con que el ambiente bohemio que se respira sea insuperable.
Quitando la parte superficial del local (que es donde reside el principal encanto), sólo resta mencionar la típica sangría que ofrecen, que entra de miedo y provoca una alegría que se nota nada más levantarse de la diminuta mesa.
La parte negativa es que suele haber mucha gente siempre a no ser que vayas muy muy pronto (a partir de las 9 de la noche ya hay que esperar), y en verano hace bastante calor... pero el sitio como tal vale la pena verlo porque es muy muy curioso.