Casas Reales, por Otis B. Clayton (II)

5  19.02.2009

Ventajas:
Las que queraís ver

Desventajas:
Las que queráis ver

Recomendable: Sí 

otisblues

Sobre mí: Juntaletras perfumados...

usuario desde:11.09.2006

Opiniones:252

Confianza conseguida:150

Esta opinión ha sido evaluado como excepcional de media por 26 miembros de Ciao

Multos reges, si ratio te rexerit... Séneca.-

SAMOTRECIA ERA UN CLAMOR: ¡VIVA LA DINASTÍA DE LOS OBRENOVICH!

El Palacio Real de Osenjovia lucía sus mejores galas. El fasto era tan impresionante que sobrecogía los ánimos de los concurrentes. El regio salón, de piso enlosetado en fino mármol tarentino asemejando un damero, relucía como si fuera de hielo. Las majestuosas columnas dóricas, que se elevaban hasta los altos techos del palacio, dotaban a todo el conjunto de una grandiosidad afín a la circunstancia. Las lamparas de araña, enormes, con miles de bombillas y orladas de una rica filigrana en cristal de murano, irradiaban su luz espectral sobre aquella amplia estancia creando un claro oscuro de belleza inigualable. Los ventanales, jalonados de cortinones de terciopelo rojo recogidos en ataduras de hilo de oro, mostraban la enseña de la Casa Obrenovich: El águila bicéfala sobre campo de azur y corona real con bordura de ocho menguantes en oro.

Al lado del embajador inglés, ambos de riguroso chaqué cruzado el pecho por la banda rojiblanca propia de representantes de la diplomacia, yo asistía a mi primera coronación con la curiosidad del que nunca ha visto semejante despliegue de ostentación y poderío. Puedo decir que he asistido, a lo largo de mi vida, a innumerables fiestas de la más alta sociedad en distintas partes del mundo, pero una coronación es un acto tan solemne y lleno de pompa, que sobrecoge al más curtido embajador y aún al más experto chambelán. Mirando a mi alrededor puede observar a la multitud de invitados ( en su mayoría representantes de la nobleza y de las más altas instituciones ) que conformaban la selecta nómina de elegidos. Afuera, con los lansquenetes ejerciendo funciones de seguridad y rodeando el perímetro del palacio real, se agolpaba la multitud espectante y ansiosa por ver y vitorear a sus nuevos soberanos.

Yo seguí recorriendo con la vista las hileras de personajes que, elegantísimos, esperaban la ceremonia. En una de las alas, justo al lado de la columna, distinguí la figura imponente del general Milinko Cuartelovich: Uniforme de gala, con la guerrera tachonada de medallas y condecoraciones, morrión engalanado con plumas de ave del paraíso y sable con empañadura de oro. A su lado, impertérritos y marciales, los ulanos de su regimiento, con los mostachos retorcidos y las miradas feroces, formaban una escolta temible. El general Cuartelovich transmitía, ufano, su condición de "hombre fuerte"; de aquél que se sabe investido de poderes.

En esas consideraciones me hallaba sumido cuando, desde el fondo del regio edificio, vi aparecer la comitiva eclesiástica comandada por el cardenal primado arzobispo de Osenjovia, monseñor Roucovich, que oficiaría la ceremonia religiosa de carácter ortodoxo. Desfilaba bajo palio y el dosel lo portaban, a cada uno de los cuatro lados, novicios en su primer año. Con mitra en rojo y oro y casulla ricamente bordada, monseñor Roucovich portaba un hisopo con el que esparcía agua bendita. Justo detrás, le seguían veinte sacerdotes que le ayudarían en la solemne liturgia que formaría parte de los actos de la coronación. Ya próxima al lugar donde se hallaba el trono, la comitiva representante de la Iglesia Ortodoxa se detuvo mientras la Sinfónica de Osenjovia entonaba los primeros compases de unos oratorios de Haydn.

Yo, que soy de natural observador, no perdí detalle de la mirada cómplice ( no encuentro otro calificativo más apropiado ) que el general Cuartelovich dirigió al cardenal Roucovich y creí entrever, del mismo modo, como éste hacia lo propio con el general: miradas que barruntaban, pensé, los peores presagios. Una especie de escalofrío me subió por la espalda hasta coronar la nuca. De repente, la sinfónica de Osenjovia atacó una marcha triunfal que era el preludio de la comparecencia de los futuros soberanos. Un silencio expectante lo envolvió todo; de nuevo las trompetas, con renovada energía, proclamaron con sonoridad de acorde mantenido el momento culminante: Desde detrás del podio donde se encontraba el trono de la coronación, y al son del himno de Samotrecia, comparecieron, rodeados de una veintena de pajes, Alejandro I Obrenovich y su esposa Draga Bragulavich, ésta en avanzado estado de gestación. El futuro soberano lucía uniforme de gala de los Coraceros Reales, capa de armiño y toisón imperial en la pechera, atravesada por la banda con los colores de Samotrecia. Su esposa llevaba, a la sazón, un vestido "palabra de honor" en organdí y seda de color marfil; zarcillos de oro y perlas y la tiara de diamantes que había lucido en sus nupcias la abuela del futuro rey, Putevna Obrenovich, ya fallecida.

Todo estaba preparado, todo estaba dispuesto para que sobre la regia testa de Alejandro I Obrenovich se ciñera la corona cuando, repentinamente, del fondo del palacio se percibió un tumulto, unos gritos que fueron en aumento. Los invitados, desconcertados, se miraban unos a otros, en busca de una explicación. De súbito, un hombre vestido de chaqué negro, con chistera, prorrumpió corriendo en el pasillo central del palacio hasta llegar a pocos metros de los futuros reyes. Toda la concurrencia se quedó mirando hacia aquella aparición. Por unos instantes, se hizo el más ominoso de los silencios; como si todos los presentes, aún sin poder determinar qué estaba ocurriendo exactamente, comprendieran que algo iba a suceder. El embeleso general quedó interrumpido por el estruendo de un destacamento de lansquenetes que, a la carrera, entraron persiguiendo al hombre de negro, éste, entonces, se quitó la chistera, de la que sacó una bomba de mano. Arrojóla hacia los aspirantes a monarcas mientras gritaba:"¡Viva la república de Samotrecia!" y, a su vez, era abatido por una descarga de fusilería de los lansquenetes. Instintivamente me tiré al suelo, mientras a mi alrededor se oían los gritos de pánico. Una explosión atroz lo silenció todo. Noté la presión en mis oídos. Percibí la caída de cuerpos contra mi cuerpo. Sentí la lluvia de cristales sobre todos los caídos. Me protegí la cabeza con las manos. No sé cuanto tiempo transcurrió.

Cuando me incorporé, incapaz de percibir sonido alguno, una estampa dantesca se representó ante mis aterrados ojos: docenas de cadáveres yacían por doquier. Una amalgama de cuerpos desmembrados sembraban toda la amplia sala. Aturdido, busqué al embajador británico. Lo vi, bamboleante, perdido, asustado, mirando en derredor. Me dirigí hacia él. Con un gesto me indicó que se encontraba bien. Ambos contemplamos, espantados, la terrible masacre que había causado la bomba. Al lado del trono, cubierto de cadáveres, pudimos comprobar que Alejandro I Obrenovich era uno de los muertos. Poco a poco, nuestra audición se restableció. Asistimos a la tremenda refriega que tenía lugar un poco más adelante, a la puerta del palacio, entre los lansquenetes defensores de la monarquía y los ulanos miembros del ejercito regular: los disparos y los secos mandobles de los sables que cortaban cabezas de un tajo, nos devolvieron a la realidad. Entonces escuchamos unos quejidos lastimeros: debajo de lo que había sido el trono, Draga Bragulavich agonizaba penosamente. Me agaché para reconfortarla y entonces ella, con ojos suplicantes y velados por el hálito de la muerte inminente, me susurró:"¡Mi hijo! ¡Salve a mi hijo!"..., luego, con un gesto de su brazo prácticamente amputado por la explosión, señaló su voluminoso vientre.

Yo, aterrado por lo que aquella súplica significaba, dirigí una mirada de socorro al embajador británico, que se hallaba a mi lado; éste, comprendiendo lo que yo imploraba, me devolvió un gesto de impotencia. Entonces tomé la decisión. Me aflojé la pajarita y me quité la parte de arriba del chaqué. Del bolso interior de mi chaleco blanco de seda tomé el abrecartas de mango de nácar y filo de oro. Lo impregné con toda la ginebra Tanqueray que suelo llevar en una petaca. Miré de nuevo al embajador, pero esta vez mis ojos no reflejaban ninguna sombra de duda; él, a su vez, sacó su pañuelo y me lo pasó por la frente y la cara para limpiar el sudor. Era hora de comenzar...

Con el abrecartas empapado en ginebra, practiqué una incisión a todo lo largo del abdomen de la mujer. Me enjuagé las manos con el licor y las introduje, mientras separaba las paredes del vientre, en las entrañas de la agonizante. Palpé el feto, levanté la vista hasta encontrarme con el rostro de Draga Bragulavich; a pesar del terrible sufrimiento que estaba padeciendo, me sonrió agradecida. Volví a "sus adentros"; extraje el feto y con el abrecartas corté el cordón umbilical. Por último, pincé el extremo colgante con mi pasador de corbata. Deposité al recién nacido sobre la faja de seda del embajador, que se la había quitado en previsión. Al primer azote ( aplicado con sumo cuidado ), el niño comenzó a llorar; eso facilitó que expulsara por las fosas nasales y por la boca restos de líquido. Parecía estar sano y tenía buenos pulmones. Lo envolví en la faja de seda y se lo entregué al embajador; contemplé a Draga Bragulavich: yaciente, destripada y a punto de morir. Sin embargo seguía manteniendo la sonrisa. Había sido una famosa meretriz, una efímera aspirante a reina y una maravillosa madre...

El fragor del combate que se llevaba a cabo a pocos metros de donde estábamos, nos sacó de nuestro ensimismamiento. Las descargas de fusilería y el entrechocar de sables, ahogaban los llantos del niño. Por la parte de atrás salimos del palacio a la desierta plaza. Teníamos que escapar de Samotrecia; en ello nos iba la vida: la nuestra y la del futuro soberano del país...

Continuará

Evaluar esta opinión

¿Cómo de útil te será esta opinión a la hora de tomar tu decisión de compra?

Directrices para las Evaluaciones

Comentarios sobre esta opinión
La_cara_oculta

La_cara_oculta

09.06.2010 15:59

Dios mío,estaba leyendo fascinada todo el lujo de los Obrenovich cuando de repente todo da un giro de 180º, Clayton después de esta césarea improvisada, dispuesto a salvar la vida de la pobre criatura nonata en lugar de correr a salvar su propio pellejo... es simplemente espléndido. Soy adicta a las aventuras de este caballero. Besos.

guindilla32

guindilla32

18.04.2009 11:35

Estoy con Cay11. Ademas creo que lo que hace falta en esta web son personas con tu capacidad literaria y no mequetrefes compulsivos

cay11

cay11

03.04.2009 20:54

Un gentlemen hasta en las situaciones más peligrosas y desesperadas. Me ha dejado alucinada el delicado trabajo de "matrona". Impecable, como todo lo que hace Clayton. Voy al III. Me pregunto como terminará el relato... de momento, he tenido que ir a por la bayeta para secar la sangre que me ha dejado salpicaduras por todas partes. Besos.

Escribe tu comentario

máximo 2000 alcanzado

  Publicar el comentario


Evaluaciones
Esta opinión sobre Curiosidades ha sido leída 331 veces por los usuarios:

"excepcional" por (54%):
  1. La_cara_oculta
  2. cay11
  3. nunux
y de usuarios adicionales 11

"muy útil" por (46%):
  1. guindilla32
  2. sakura89
  3. MILORD
y de usuarios adicionales 9

La evaluación total de esta opinión no es únicamente el promedio de las evaluaciones individuales.