EL SONETO INACABADO
El otoño de Madrid siempre ha sido una de las estaciones más agradables de la capital, pero aquel año de 1949 tenía un aire especial, ya fuera por el buen clima que invitaba a pasear contemplando las amarillentas hojas caídas de los árboles que alegraban calles y jardines con su color atractivo, o bien porque el ánimo de la gente imprimía un ambiente optimista ante la nueva década que se avecinaba.
Se terminaba la triste década de los 40 y con ella iban a terminar los racionamientos, las restricciones eléctricas y otra serie de limitaciones, en tanto que el final del verano había dado paso a la actividad acostumbrada de Universidades y colegios, comercios y Ministerios y los cines y teatros ofrecían las novedades de la temporada que empezaba.
Decía Paul Verlaine que "las cuerdas de los violines en otoño, hieren nuestros corazones con melancólica languidez", pero esa melancolía que nos produce el fin de la etapa veraniega con sus vacaciones y sus recuerdos, se veía superada por la esperanza de una nueva época que se presentía mejor.
Con esta mezcla de sentimientos, Enrique, el poeta, contemplaba desde la ventana de su habitación el ajetreo de la calle, su tráfico, el ir y venir de personas cada una con su afán que marchaban apresuradamente y otras con más calma que disfrutaban del buen clima otoñal, paseando, haciendo sus compras o descansando en algunas de las terrazas de los bares - algunos de ellos, hoy desaparecidos - que abundaban en la calle de Serrano, como Xauen, Roma, Juan Mozo, el Aguila y tantos otros.
Enrique se había propuesto ir aquella tarde al teatro. Se había estrenado en el Teatro Español una obra que había tenido gran éxito de crítica y público. Incluso antes de su estreno ya se hacían interesantes comentarios. El autor, Antonio Buero Vallejo, había sido combatiente de la zona republicana; fue detenido, condenado a muerte, después indultado y había pasado unos años en la cárcel. Al poco tiempo de quedar en libertad, el Ayuntamiento de Madrid le galardonó con el Premio Lope de Vega, que concede cada año a la mejor obra presentada a concurso y que ese año recayó en la "Historia de una escalera". Naturalmente todo esto contribuía a que se hablase de esta obra con más intensidad que en otras ocasiones.
Pero a Enrique no le gustaba ir solo al teatro. Tenía amigos tan aficionados al teatro como él, pero unos por razones de estudios, por estar preparando oposiciones o por otros motivos no podían acompañarle ese día. Y el invitar a alguna de sus amigas era algo arriesgado en aquella época, porque con 22 años, recién terminada la carrera, resultaba imprudente ir al teatro con una joven, pues enseguida las madres, las familias, las amigas empezaban a rumorear si había o no indicios de noviazgo o compromiso y esto daba lugar a situaciones incómodas y comentarios molestos.
Así que decidió llamar a Loli. Era una antigua amiga de la familia y aunque tenía un año más que él, decían que era "su ahijada". Además tenía novio y se casaría pronto.
Era una mujer inteligente y atractiva y Enrique sentía por ella una especial devoción que no se atrevía a llamar amor.
No hubo problema. Loli pertenecía al grupo de amistades familiares y accedió encantada a acompañarle al teatro, pues también ella tenía interés en ver la obra de que tanto se hablaba.
- Como vivo un poco más lejos - dijo - cogeré un taxi y pasaré a recogerte. Dile a tu madre que no podré subir a saludarla, como otras veces, pues iremos con el tiempo justo. Me esperas a la puerta de tu casa.
El taxi tuvo que sortear otros vehículos en la plaza de Santa Ana, pues
en aquellos años los coches podían circular por los cuatro costados de la Plaza. La entrada al Teatro Español estaba congestionada, lo que auguraba un lleno completo. Y así fue: el teatro lucía una de sus mejores tardes de público elegante, culto y curioso que quería conocer de primera mano la obra de Buero Vallejo que se representaba.
Una vez instalados en sus localidades, se sumergieron en la contemplación de la representación, sin apenas hablar en todo el tiempo. Y cuando lo hacían en los pasillos o en los descansos, era para saludar a otros amigos o conocidos, o para hacer breves comentarios de las personas que iban encontrando. Al salir, fue el momento de enjuiciar lo que habían visto.
- Para mí , esta es una obra triste y pesimista - dijo Loli.
- ¡Al contrario! - replicó Enrique con vehemencia - El final está lleno de esperanza y la esperanza es siempre algo maravilloso.
- Pero una esperanza trágica y por eso el autor, o el director de escena, no se cual, hace una alusión al cuento de la lechera al final: muchas ilusiones, muy bonitas, que sabemos que no se van a cumplir. Ese es el destino trágico de esos dos jóvenes.
- No, Loli, no. - insistió Enrique - Esos dos jóvenes repiten las mismas frases, las mismas ilusiones que sus padres, que al final de sus vidas no las han visto del todo cumplidas y se sienten desgraciados. Pero eso es con una visión corta, porque con visión larga, lo que se nos presenta es que los padres han superado dificultades, han vivido sus vidas plenamente y fruto de ello son esos hijos que están llenos de ilusión.
- Y que serán unos desgraciados y verán frustradas esas ilusiones.
- O no serán desgraciados. Eso es lo hermoso de la esperanza. Todo puede cambiar. Todo puede ser de otra manera. Lo importante es que el amor, la ilusión, la esperanza se han transmitido de una generación a la siguiente. El amor es universal y en ellos se perpetúa.
- Si - contestó Loli con una sonrisa - Se perpetúa en ellos la poesía ¿no, Enrique? Siempre se asoma tu lado poético.
- Que tontería - dijo Enrique, mitad halagado y mitad molesto. Cada vez que le hablaban de su fibra poética, sentía como si lo desplazaran de la vida real. Y si el amaba la poesía, también amaba la vida real.
Cuando Loli llegó a su casa, explicó con todo detalle el argumento de la obra, el ambiente del teatro, las personas conocidas que había encontrado.
- ¿Y que tal Enrique? - le preguntó su madre que sentía gran simpatía por este amigo.
- Pues como siempre, ya sabes: atento, risueño, amable y un poco alejado de la realidad, soñando poesía e iluminando todo con sus puntos de vista.
- Y ¿no te ha dicho nada especial? - inquirió la madre
- Pero mamá - replicó su hija - Enrique y yo somos amigos desde la niñez, nos conocemos bien y él sabe que voy a casarme con Ricardo dentro de poco ¿Cómo quieres que me diga nada?
- Pero él está enamorado de ti, hija.
- Si, ya lo sé. Pero como es un amor imposible y lo sabe, el se calla, yo también me callo y eso hace más entrañable nuestra amistad.
Por su parte, Enrique reflexionaba y trataba de aclarar si lo que sentía por su amiga Loli era amor o era un sentimiento de amistad afectuosa. Y dada la desazón que le producía, llegaba a la conclusión de que era amor.
Y entonces recordaba los momentos y ocasiones en que había sentido una clara inclinación por su amiga y que había refrenado a causa de una aparente timidez. Y lamentaba no haber sido más decidido, no haber intentado interponerse entre Loli y Ricardo cuando era momento y no ahora que la situación era ya irremediable. Y le invadía un sentimiento de tristeza .
No obstante, reconocía que no era timidez lo que le había impedido dar un paso adelante en su relación con Loli. Era temor y prudencia. Estos pensamientos y sentimientos traían a su mente los recuerdos de las circunstancias que habían condicionado su vida. El sabía que era débil, que tenía un talón de Aquiles muy vulnerable, concretado en una dolencia de corazón que podía ser una amenaza.
Recordaba que al instalarse sus padres en Madrid, recién terminada la guerra civil, sus hermanos y él fueron internos al Colegio de los Padres Agustinos de El Escorial. Sus hermanos permanecieron allí, pero él tuvo que dejar el internado porque un ataque al corazón hizo dictaminar al médico que debía llevar una vida más reposada.
Y así fue como salió del internado y vivió en su casa, donde terminó el bachillerato y luego la carrera, con profesores particulares, haciendo una vida normal, sí : salir, entrar, estudiar, pero sin poder jugar al fútbol o al tenis con sus amigos. Y esto es lo que le había vuelto retraído. Porque no era tímido, no. Su carácter tendía a ser extrovertido, valiente, audaz en sus opiniones. Pero era consciente de su debilidad, de su dolencia que de cuando en cuando le obligaba a guardar unos días de reposo.
Y esto es lo que le volvía en ocasiones reservado y prudente. Ni quería arriesgarse él, ni poder en situación difícil a una amiga que hubiera sido objeto de sus amores, sabiendo que, probablemente, su lesión de corazón no iba a permitir un final feliz.
Por eso había callado. Y al recordar todo esto, esa noche, después del teatro, sufría y se alegraba. Lamentaba no poder disfrutar del amor de su amiga y se alegraba de que ella pudiera ser feliz, aceptando que había sido mejor callar que haber intentado algo difícil, quizás imposible, que podría haberse quedado a mitad de camino causando sufrimiento a todos, también a ella, a la que quería evitar todo dolor.
Loli se iba a casar con Ricardo, su prometido, que estaba en Méjico. Se iban a casar por poderes y él, Enrique, iba actuar de padrino. Por eso decían que Loli era su ahijada, pero no de la pila bautismal, sino de la próxima boda.
Decidió sufrir en silencio su desilusión. Nadie sabía nada. Eso se creía él. Y haciendo poesía de su dolor, decidió dedicar un soneto a su amor imposible. Dadas las circunstancias, considerando que la velada teatral de esa tarde iba a ser la última que habían podido pasar juntos, pensó que el titulo mas adecuado sería "Despedida". Y así comenzó a escribir
Cuando llegue, de irte, la ocasión
me verás sonreírte, y sonriente,
quedaré dominando suavemente
el rudo galopar del corazón.
Cuando en mí se refleje tu ilusión,
un asombro quedará sobre mi frente
y un revuelo de plumas, turbiamente,
pondrá en fuga el vibrar de mi pasión
Pero tú te me irás de la alegría
y te irás........
Quiso seguir, pero el sueño le venció. La fatiga de la jornada, aumentada por su crónica dolencia, se hizo presente. Había pasado demasiado tiempo dando vueltas a sus pensamientos y recuerdos. Se había hecho muy tarde y a esas horas, debería estar ya descansando. Al día siguiente acabaría el soneto.
Pero ya no hubo lugar. Los acontecimientos se precipitaron. Pasaron los días rápidamente y se celebró la boda por poderes en el Ministerio de Asuntos Exteriores, pues en aquellos años no había embajada de Méjico en Madrid. Loli se fue a Méjico a reunirse con Ricardo que ya era su marido.
Enrique había actuado como padrino en la ceremonia y superó el trance con dignidad. Con su soneto titulado "Despedida" había dado por terminado el amor por su amiga, que nunca manifestó pero que todos adivinaban.
El soneto quedó inacabado y no lo quiso terminar, como símbolo de un sentimiento roto, que estaría siempre presente en su recuerdo.
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DEDICATORIA
En recuerdo y homenaje a mi amigo Enrique Castaño, poeta que falleció a los 26 años de edad, autor del libro "Canción desde el destino", de donde he tomado algunas de las líneas que figuran en el soneto que aparece en este texto.
Mucho tiempo sin leerte,pero como sé bien, tú talento literario sigue lleno de vigor. Un abrazo