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Aquellos pasillos jugaban con las sombras que daban los cortinajes blancos inflados por el aire montañero; aquellos pasillos eran largos y anchos, a un lado en azulejos sevillanos se recreaban la historia del baño, mujeres aseándose y niños jugando desnudos siempre con el agua manando de montañas o fuentes. Mosaicos hechos en azulejos de una belleza que rallaban la perfección; cuerpos voluptuosos que se dejaban caer a la primeras horas de la tarde, el sol al fondo quizás de este edén regalado a los ojos de los pocos humanos que teníamos la posibilidad de disfrutar de su visión. Y los suelos con ese juego blanco y negro de grandes losas de mármol, belleza simétrica y mareante que hacía ver sombras inexistentes en la blancura de los visillos después de jugar a saltar con esa combinación blanco y negro tan especial.

Y de la mano tomábamos velocidad para que el impulso nos hiciera resbalar por el pulido suelo. Mis enaguas volaban como palomas inmaculadas ante el sol y sombra de rejas y cortinas, de la mano de mi querido niño de rizos rubios que reía y reía viendo como mis zapatos me hacían llegar mucho más lejos que los de él. Y de pronto....
Se escuchan las notas del piano, nos escondemos tras la puerta entornada y en la sala colindante el viejo profesor de música acariciaba ese piano de cola que resaltaba al contraluz de la sala de conciertos. El hombre no se daba cuenta que cuatro ojos llenos de juventud se maravillaban con sus notas. Y nos pusimos a bailar un imaginario vals... así entramos en la sala de música bailando como una pareja danzante en caja de música del siglo pasado. No recuerdo por que no llevaba vestido pero mis enaguas blancas con encajes parecía un traje sacado de una vieja fotografía que tanto enamoraba a mi niño.El viejo profesor nos miró un poco asombrado y se puso a las teclas tocando el vals... un vals para los dos niños que daban vueltas en la inmensidad de la soledad de ese salón en que se perdían las paredes en la lejanía de la vista. Niños bailan, bailan un vals.... vals que rompe el corazón de quienes lo dejaron unidos para la eternidad.
Y cuando las vueltas eran eternas y se hacían innumerables, sonó la voz de la abuela... niños¡¡¡ donde estáis? y se quedó muda en el umbral de la puerta enfundada en su albornoz y con la enfermera a su lado. Quizás se impresionó por el marco espléndido que nos rodeaba y los dos con enaguas blancas la niña y con pantalón corto también blanco, el niño cogidos de la mano le hicimos una reverencia como si fuera la emperatriz del imperio ruso y mi mano abrió como un abanico almidonado las enaguas que parecieron traje de corte.
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pedroemilio 05/10/2009 15:11
Valorado
Motocas 04/10/2009 11:40
ALEVINA 02/10/2009 1:53
----------------------------------------------- nada que añadir
erato76 01/10/2009 20:45
pues eso.
Precioso e intenso relato una vez más.