" Es empresa vana tratar tratar de ridiculizar a un necio rico. Las carcajadas están de su parte" Jean De La Bruyere
Nuestro personaje, vino a nacer en el Madrid de los años sesenta, en el seno de una familia de clase media.
Entonces Don Manuel, era solo manolín, el único varón. Creció en un gineceo, rodeado de una madre fuerte como solo sabían serlo las mujeres curtidas de aquella época, aquellas que de un tornillo hacían una lavadora y eran cum laude en economía doméstica.
Manolín nació feo, enfermizo, y débil. No, no era lo que se esperaba para continuar el apellido familiar.
Así creció Manolín, arrastrando su fealdad, su enfermedad y su espíritu pusilánime.
No se le escapaba a su madre que debía enderezar a su vástago, que llevaba toda la traza de convertirse en un esperpento, perdido siempre en sueños de venganza, taimado, huidizo y con un febril sentimiento de desesperanza.
En ese ánimo, y haciendo un alarde de conocimientos económicos que para si los quisiera Keynes, le inscribió en uno de los mejores colegios de Madrid. No esperaba que medrara, pero al menos podría presumir delante de sus amigas.
Manolín escudriñaba en secreto, aprendía de las mujeres de su entorno, su madre, sus hermanas, su tía, las amigas de su tía, y esa observación le volvió no solo un gran conocedor del género femenino, sino que hizo crecer en el fondo de su pobre espíritu el desprecio infinito que solo nace de los que se saben débiles, el desprecio hacia las mujeres.
Manolín crecía en cuerpo y en mente. Su obstinada soledad le llevó a leer y releer los clásicos. En su fuero interno, se creía un sabio. Podía citar a Joyce o a Proust. No le era ajeno Poe, y de vez en cuando en un estado de ensimismamiento, rozando la locura excelsa recitaba poemas sueltos de Elliot o de Cesar Vallejo, que en aquella época ya los había declarado sus héroes particulares. Esta rara afición causo a su familia más de un problema con la comunidad de vecinos, que no podían remediar un grito de horror, cuando Manolín en calzoncillos salía al balcón gritando a voz en cuello "Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves .."
El tiempo pasa para todos, incluso para Manolín, que ya había dejado a un lado el acné y en otro de sus ataque místicos le había dado por encerrarse en su cuarto las tardes enteras, y en un ataque de lisergía se reventaba los tímpanos con la música de Jethro o de los Rolling, mientras con una mano aporreaba sin piedad una guitarra, y con la otra en equilibiro inestable se mataba a pajas y ello sin dejar de emborronar cuartillas, puesto que por aquel entonces había decidido que era un ser sublime, un elegido, un poeta.
Apenas se sabe nada de los años que Manolín pasó en la Universidad. Algunos cronistas dicen que seguía en su delirio creyéndose un elegido de las musas, y que eso le llevo a algún que otro enfrentamiento con la SGAE.
Las últimas noticias que tenemos de Manolín vienen de la época en que decidió que le llamaran Manuel.
Por aquel entonces intentaba medrar en una multinacional, para lo cual le vino de perlas ese conocimiento adquirido del género femenino. Supo manejar con mano izquierda a directores generales, presidentes, y dicen, que hasta intentó seducir a la secretaria de Don Vitaliano Suarez de Castro, eso si, sin éxito, puesto que la manceba tenía puestos los ojos en un comercial de Minnesotta, que en el próximo congreso de la firma sería probablemente nombrado director adjunto de producto.
Manuel, cumpliendo con los cánones, obedeciendo a las normas sociales decidió que era el momento de formar una familia, eso sí, como debe ser, católica apostólica y con un toque pseudo liberal.
No le fue difícil encontrar a su compañera. Ni muy lista ni muy tonta, lo suficientemente aparente para no dejarle en ridículo y lo suficientemente dependiente para que él pudiera manejarla y manipularla a su antojo.
Siguiendo el esquema previsto, Don Manuel, que para entonces ya gustaba que le llamaran así, decidió perpetuar la especie, y de su unión nació una niña. ¡Qué alegría que alborozo! A la niña le siguió el "varonsito". Todo sonreía a Don Manuel.
Su esposa, ya se había acomodado. Se había puesto mechas amarillas, había conseguido gracias al foie micuit y a no hacer nada ensanchar tres tallas de caderas. El día se lo pasaba, como debe ser entre suspiro y suspiro y entre reproche y reproche.
Pero la felicidad es efímera, y la desgracia vino a instalarse en la familia de Don Manuel. Todo empezó por una alopecia galopante, que don Manuel en un ataque de coquetería e intentando no emular a Anasagastí zanjó como zanjan los prohombres los temas, rapándose el pelo.
Al poco tiempo la niña de sus ojos, su querida hija, y con el florecer de la adolescencia se percató de que era fea, pero fea sin paliativos, y no solo era fea sino que además Don Manuel se había ocupado de que fuera tonta.
Viendo que la terapia de los peces de colores no hacía efecto, pensó en lo único que nunca le había fallado. Convocó el conclave familiar.
Sereno, sin perder el control, se dirigió a sus próximos, y con voz trémula llena de emoción, les dijo. "queridos míos, estamos en crisis. Sabéis que siempre he velado por vuestro solaz, vuestro sustento, pero hay circunstancias, que aún a pesar de mi temple, me hacen en esta tarde trascendental, temblar de emoción. Familia, tomemos consciencia de la realidad, la niña, es fea, pero fea de cojones, y además es tonta. A los grandes problemas grandes soluciones, Familia, no creo en los milagros, asi que al cirujano"
Pobre infeliz, ni el arte del galeno pudo con esa nariz imposible, ese mentón borbónico y esa frente capaz de salvar las expectativas de la ministra de fomento para la ubicación de un nuevo aeropuerto.
Los problemas nunca vienen solos, y para entonces don Manuel, había perdido la confianza de su empresa, y como al más común de los mortales le endilgaron una carta de despido, una indemnización y un hasta luego agradeciéndole los servicios prestados.
Don Manuel, no era hombre de rendirse, de hecho en las crónicas cuentan que nunca perdió su afán de ser poeta, y para ello invirtió parte de los frutos de su trabajo en la publicación de un librillo de poesía, del cual se vendieron tres ejemplares, uno a un taxista de Cambrills empeñado en ligar con una sueca, y que en la sección de saldos de la librería del barrio chino encontró un ejemplar del que pensaba nutrirse para deslumbrar a la nórdica. De los otros dos ejemplares no se tiene noticia exacta de su paradero. En cuanto al taxista, de poco le sirvió el libro con la sueca, puesto que al tercer ripio, la rubia, solo decía, mas sangria, más sangria....
Don Manuel era inasequible al desaliento. Cuánto más en contra se le pusiera el destino, más lucharía contra la adversidad. De hecho era afortunado. Su esposa en el limbo, mientras tuviera asegurada su dosis de jumilla, su psicólogo, y sus salidas nocturnas nada había que temer. Ni siquiera sospechaba que hacía dos años que de forma habitual se veía con una asturiana gorda, a la que daba la poca dosis de pasión y de sexo que su cuerpo y su integridad le permitían.
Todo transcurría en paz, los días se sucedían, hasta que una mañana, como otras tantas se despertó, su esposa dormía placidamente a su lado, con la boca abierta y dejando escapar esa halitosis que le acompañaba desde que la conocía.
Se fué despacio hacia el baño, observando su sexo enhiesto, consciente de que volvería a su estado de laxitud en cuanto echara la primera meada.
Se observó en el espejo, y por primera vez se percató de los pelos que de forma incipiente emergían de su monda cabeza. Fue consciente, de que si no los afeitaba una y otra vez, seguirían saliendo. Fue consciente de que de nuevo le habían despedido del trabajo que aceptó por 1000 euros. Fue consciente de que su casa estaba hipotecada. Fue consciente de que su flamante coche no era suyo, que era un renting. Fue consciente de que las horas de gimnasio no conseguían reducir su barriga.
Dicen que llegó una unidad del summa, que apenas pudo con la situación,,, la esposa en un ataque de histeria solo decía "encima que le he dado todo" la niña con su mirada bizca decía,, " jo papi que mal rollo" y él se daba de cabezazos contra el mármol travertino, repitiendo, " que desastre, don Manuel, que desastre Don Manuel"
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