Pongámonos en situación: Lars Von Trier es un director que es capaz de lo mejor y lo peor. Es un tipo que tiene un ego tan grande como un aeropuerto neoyorquino, que se cree capaz de reinventar el cine en cada película que hace, que fue uno de los instigadores de uno de los movimientos más ridículos de toda la historia del séptimo arte, el “Dogma”... pero que es el director de dos películas que nos devuelven la pasión por el cine, que nos hacen creer que todavía hay sitio para la innovación bien entendida, que debajo de la comercialidad hay un subsuelo en el que habitan una serie de personajes que aman lo que hacen y que no se ajustan a los patrones establecidos siendo capaces, además, de crear auténticas joyas. “Dogville” y “Rompiendo las Olas” son esas dos joyas. Hablemos, pues, de la primera.

“Dogville” es, ante todo, una de las más arriesgadas apuestas visuales y escénicas que hayan pasado por la pantalla de un cine en mucho, mucho tiempo (desde “Vania en la Calle 42” no veía yo un trabajo tan desprovisto de elementos técnicos. Y casualmente en ambas podemos hablar casi (o sin casi) de teatro filmado). El espectador que la vea porque “sale la Kidman” se llevará una buena sorpresa cuando, tras un cartel que anuncia que “Dogville” es una película con prólogo y nueve capítulos, la cámara enfoque desde arriba un decorado donde las casas no tienen paredes, donde los nombres de las calles están pintados con tiza en el suelo, donde un perro –igualmente pintado- ladre y alguien se acerque a ese dibujo a tranquilizarlo. Observará, bien horrorizado, bien divertido, bien expectante, que la gente llama a puertas imaginarias, que todo tiene un aspecto ciertamente teatral. Muchos se sentirán horrorizados. Y es que, por desgracia, la novedad siempre asusta. Pero dejémonos llevar de la mano a través del pequeño pueblo de Dogville, adentrémonos en su particular Elm Street, conozcamos a sus habitantes, descubramos sus virtudes y miserias y quizá, solo quizá, las paredes comiencen a materializarse ante nuestros ojos, los arbustos a crecer, el perro a cobrar vida y el decorado deje de parecer algo vacío para llenarse de vida, de sentimientos, de cine en su estado más puro, desprovisto de cualquier artificio. Dejemos volar nuestra imaginación y descubriremos que esa puesta en escena es la única posible para narrar la historia de Grace, la historia de “Dogville”.
“Dogville” es un cuento moralizador, crítico, durísimo, que quiere analizar el lado oscuro de la naturaleza del ser humano. Para ello, Trier recurre a la figura de una mujer joven que un día aparece en el pueblo, minutos después de que sus habitantes oyesen una serie de disparos. Una mujer que tiene que esconderse del mundo para poder sobrevivir y ¿qué mejor lugar que un pequeño pueblo alejado de la civilización?. Grace, que así se llama, llega huyendo de una banda de gángsteres y se encuentra con Tom Edison, un joven filósofo que todavía cree en la bondad humana y que propone al resto de los habitantes que la escondan allí.

Y los habitantes acceden a dejarla un período de prueba de dos semanas, tras las cuales decidirán si la ofrecen o no el refugio que necesita. Pero claro, Grace debe demostrar que es digna de vivir en Dogville. El problema es que allí las necesidades son pequeñas, demasiado pequeñas. Así que ¿qué puede hacer ella por el pueblo? ¿Qué debe conseguir para que la acepten como a una más? Poco a poco, Grace va encontrando su lugar en Dogville, ayudando a realizar tareas que los habitantes no suelen hacer por considerarlas superfluas. Grace empieza a sentirse parte de los habitantes del pueblo, empieza a conocerlos, a respetarlos. Y ellos a ella. Pero la mezquindad humana, el egoísmo, la simple maldad, siempre tienen un hueco en cualquier población. Que salga a la luz es sólo cuestión de tiempo y cuando eso pase, más vale hacer la maleta y huir lo más rápido que puedas. Pero ¿qué ocurre cuando no tienes ningún sitio adonde ir? ¿Y qué ocurre cuando todo el mundo es consciente de eso?. La respuesta, en la película.Nicole Kidman apostó muy fuerte cuando escogió el papel que Von Trier le ofrecía. Igual que hizo cuando trabajó con Amenábar, rebajó su caché económico para poder encarnar a Grace. Y la apuesta, bueno, las apuestas, le salieron redondas. El público la quiere, la cámara la adora como a pocas actrices en la historia y sus actuaciones están a años luz de las de sus contemporáneas. Y encima Dogville recibe un empujón de público gracias a su presencia, con lo que una película condenada a ser objeto de adoración por una minoría adicta a las salas de versión original puede romper esa barrera y ser apreciada por otro público. Pero ojo, que esta no es una película de masas, ni mucho menos. Como digo siempre, hay que saber qué se va a ver antes de decidirse por una película u otra. Y lo que aquí se ve es una película absolutamente teatral, donde la puesta en escena es radicalmente minimalista y donde lo único que importa son sus actores y su historia. Quien vaya buscando otra cosa, quien no quiera arriesgarse a ver algo diferente, quien se asusta fácilmente ante los experimentos cinematográficos, que se abstenga de verla. Por otro lado, quienes aceptan que el cine es un vehículo para contar historias y que todo lo demás es envoltorio (más o menos bonito, pero envoltorio a fin de cuentas) descubrirá que ha visto una película genial.
Pero ¿es Von Trier un genio al ser el alma de “Dogville”? Sinceramente, no lo sé. Y es que no acabo de entender como un tipo que es capaz de rodar esta película o la también sublime “Rompiendo las Olas” sea luego capaz de filmar algo tan vacío, insulso y estúpido como “Los idiotas”, la más dogmática de sus películas. Afortunadamente “Dogville” no es dogma en casi nada, salvo por algunas escenas rodadas cámara en mano (y eso no es algo que inventasen los dogmáticos). “Dogville” tiene banda sonora, tiene efectos especiales (aunque se limiten al uso de la luz), utiliza filtros, existe una ruptura en la linealidad temporal y encima, toda ella se desarrolla en un decorado.
De modo que no cumple prácticamente ninguna de las 10 normas establecidas por los dogmáticos. Afortunadamente.
Genio o no, Trier dirige estupendamente en “Dogville”. Cada plano está medido, los diálogos maravillosamente filmados, el ritmo calculado al milímetro provocando en el espectador un cúmulo de sensaciones a medida que va avanzando la película. Sus más de tres horas de duración no se hacen pesadas en ningún momento, muy al contrario, el paulatino proceso degenerativo que afecta a todos y cada uno de los personajes, incluida la propia Grace, se ve con excesiva facilidad para ser una obra tan densa, tan desprovista de artificios, tan desnuda en casi todos los aspectos visuales. Pero ojo, que esa desnudez, ese minimalismo en las formas está perfectamente cubierto en el fondo. Los juegos de luces, los movimientos de cámara, la sucesión de capítulos, el uso escaso pero perfecto de la música, permiten al espectador cubrir todos los huecos que la puesta en escena deja a su imaginación.
Desgarradora de principio a fin, “Dogville” es un experimento tan necesario como impactante. Necesario en un mundo cinematográfico en el que se echan de menos este tipo de propuestas innovadoras y con trasfondo. ¡Cuántas veces hemos visto películas que pretenden ser rompedoras y que, en realidad, están vacías de todo mensaje y, sobre todo, de todo argumento!. Necesario porque desde otro enfoque se puede contar una historia que, en realidad, es demasiado común pero que aparece convenientemente disfrazada para parecer absolutamente original (y además con un disfraz como el del cuento del traje del rey, que todos veían aunque fuese desnudo, aunque en este caso el vestido que pone el espectador no es por hipocresía sino por conexión con la historia, por verse tan pronto implicado en ella). Impactante porque permite analizar en qué nos podemos convertir casi sin darnos cuenta. Es la visión del lado más deplorable del ser humano y, lo que es peor, los que así actúan no se dan cuenta, o no quieren hacerlo, de que ellos son los que provocan tanta maldad. Y eso, si cabe, es todavía más duro: que puede llegar un momento en que no seamos conscientes del daño que provocamos e incluso que la víctima, al asumirlo, pueda convertirse en el blanco al que culpar de nuestras miserias. De este modo, el verdugo se siente justificado en sus actos porque el culpable no es él, que empuña el hacha, sino la cabeza del ajusticiado por no rebelarse.
No puedo terminar la opinión sin hacer una mención a un reparto que está soberbio. Y es que no podía ser de otra manera. En una película como ésta, si un solo actor no está a la altura, todo el conjunto se resiente. En cuanto el peso de la trama se deposita en el hombro de sus intérpretes, no puede haber ni una sola nota disonante. Y no sólo Kidman hace una actuación portentosa. También Paul Bettany en la piel de Tom Edison, el hombre que introduce a Grace en Dogville, que tratará de ayudarla, que se enamorará de ella, un actor que da el contrapunto perfecto a Kidman.
De diez igualmente están Lauren Bacall en el papel de una anciana con un doble moral absolutamente repugnante, James Caan en su corta pero intensa aparición, con una cara que habla más que su propio personaje, Patricia Clarkson en el papel de una madre atenta pero retorcida, tremendamente retorcida o Ben Gazzara que encarna a un anciano ciego, petulante y con una tremenda tendencia a enjuiciar demasiado a la ligera a la recién llegada. Y, por supuesto, Stellan Skarsgård (habitual en el cine de Von Trier) como Chuck, el desencadenante de la tragedia, la manzana podrida que existe en toda sociedad, el más despreciable de todos ¿o no?.
En fin, que “Dogville” es una película que no puedo dejar de recomendar, siempre que la gente tenga claro qué es lo que Von Trier quiere mostrar y de qué manera lo hace. Olvidados los prejuicios, aceptando que lo diferente puede ser igualmente atractivo, cualquiera puede disfrutar de las miles de virtudes que tiene la película. La sucesión de acontecimientos desde el prólogo al noveno capítulo es una forma de hacernos ver de qué pasta estamos hechos los humanos cuando actuamos como un rebaño de ovejas, sobre todo si la oveja negra campa a sus anchas. Cada uno sacará sus propias conclusiones, quizá muy alejadas del fin del autor, pero igualmente válidas. “Dogville” es más que una película recomendable. Es una muestra de que el cine, si se quiere, puede ser un auténtico y delicioso arte.
Hace dos noches por casualidad descubrí que daban ésta película en la televisión. Era muy tarde (que es el horario televisivo más decente) pero me atrapó desde el principio hasta el final.Lo que realmente llamó mi atención fué ese decorado tan simple, con aquellas palabras pintadas en el piso indicando "La casa de Tom" por ejemplo. Daba la impresión de ser un pueblecito de muñecas. LA interpretación de Nicole Kidman es maravillosa, como es de esperar, y su voz, suave como la de un angel le daba a su personaje aún más credibilidad. Me ha encantado tu detallada descripción de ésta película que me hizo soñar despierta hasta altas horas de la madrugada. Un saludo.