No me cansaré de protestar por la programación del Teatro Real de Madrid. Desde su inauguración no han puesto una sola ópera verista, ni Cavalleria, ni Fedora, ni Pagliacci, ni Hugonotes, ni Adriana Lecouvreur, ni tantos cientos de óperas de Giordano, Leoncavallo, Mascagni, Cilea, Meyerbeer, etc. que compusieron durante toda una época y que parece que en Madrid no se contempla. El Don Carlo de Verdi (como la Traviata) nos lo repiten, y además con el mismo montaje. Empezaré, como siempre, comentando un poco del argumento:
Cuando el Emperador Carlos V, después de un reinado de casi medio siglo, decide abdicar, entrega el gobierno del Imperio Austríaco a su hermano Fernando y el de España a su hijo Felipe. Posteriormente, se retira al monasterio de Yuste, en donde muere dos años más tarde. Sin embargo, se rumorea que el Emperador no ha muerto y que convive con los monjes Jerónimos como uno más de ellos.
Acto I
Cuadro I
Claustro del Monasterio de Yuste, en Extremadura
El Infante Don Carlos llega al monasterio en busca de consuelo, pues su padre, el rey Felipe II, contrajo nupcias con Isabel de Valois, originalmente prometida a él. Durante su lamento, cree oír la voz de su abuelo. Llega Rodrigo, marqués de Posa, para pedirle que defienda al pueblo flamenco de la tiranía de su padre. Carlos le confiesa amar a su madrastra, y Rodrigo le aconseja olvidarla. Antes de la llegada de los reyes, ambos se juran amistad eterna.
Cuadro II
Jardín en el exterior del Monasterio
Las damas de la corte escuchan cantar a la princesa de Éboli acompañada en la mandolina por Tebaldo. Rodrigo se presenta ante la reina y le entrega una carta de Catalina de Médicis, madre de Isabel. Al mismo tiempo, le desliza un mensaje de Carlos, en el que solicita ser recibido por la reina. Rodrigo intercede por el Infante. Ante la turbación de la reina, Éboli queda desconcertada.
Isabel recibe al infante. Carlos le suplica que intervenga para que su padre le permita marchar a Flandes. Apasionadamente le revela su amor, pero ella lo rechaza. El infante huye desesperado.
Felipe II se presenta de improviso y, al encontrar a su esposa sola, despide a su dama de compañía. La reina la consuela y se retira con su séquito. Felipe y Rodrigo quedan solos. El marqués le ruega al rey que se muestre menos severo con el pueblo flamenco. Felipe, ante su franqueza, lo toma en su confianza y lo previene de la Inquisición. El soberano le confía sus celos pues vislumbra que Isabel y Carlos se aman y le encomienda a Rodrigo que investigue cuánto de cierto hay en su sospecha.
Acto II
Cuadro I
Jardines de la reina, en Madrid
Don Carlos llega al jardín, pues ha recibido un mensaje anónimo citándolo en ese lugar. Se acerca una dama velada a la que confunde con la reina, pero se trata de la princesa de Éboli. Carlos descubre la verdadera identidad de la princesa, que le confiesa su amor. El infante la rechaza y ella se muestra horrorizada al confirmar los sentimientos de Don Carlos hacia la reina. Rodrigo, al oir las amenazas de Éboli, la ataca, pero es detenido por Carlos.
La princesa se retira jurando venganza.
Rodrigo le pide al infante que le entregue los documentos relacionados con Flandes que puedan comprometerlo. Al principio, Carlos desconfía pero, finalmente, ambos se juran amistad eterna.
Cuadro II
En una plaza de Madrid
El pueblo se congrega en la plaza donde se va a celebrar un auto de fe, al que asiste Felipe II seguido por dignatarios y eclesiásticos. Carlos se une al séquito real e implora clemencia para unos diputados flamencos condenados. El rey se niega e, indignado por la osadía del infante, ordena que éste sea desarmado. Nadie se atreve a cumplir la orden real, excepto Rodrigo, que exige a Don Carlos la entrega de su espada. Tras el arresto del infante, Felipe nombra duque a Rodrigo y se dispone a presenciar el auto de fe. Una voz, desde lo alto, consuela a los condenados, mientras los oficiales se disponen a encender la hoguera.
Acto III
Cuadro I
Estudio del rey, en Madrid
Felipe medita sobre su soledad. Comparece el Gran Inquisidor, anciano y ciego, al que consulta si debe matar a su hijo. El Inquisidor admite que la traición del infante puede ser castigada pero añade que más peligrosa para el reino resulta la figura de Rodrigo. El rey no da crédito a la denuncia del sacerdote pero, finalmente, reconoce que el trono debe inclinarse ante el altar.
Cuando el Inquisidor se retira, llega Isabel agitada porque acaba de descubrir que le robaron un cofre en el que guardaba sus joyas. Felipe revela que él tomó el alhajero e invita a la reina a abrirlo en su presencia. Isabel se resiste y, al abrirlo, el rey descubre el retrato de Carlos. Isabel protesta indignada contra la sospecha y cae desmayada. Al llamado del rey, entran Éboli y Rodrigo. Tras la partida de Felipe, Éboli confiesa a la reina que ella entregó el cofre al rey y agrega que ha sido su confidente y amante. Isabel la condena al exilio. Rodrigo decide sacrificarse para salvar a su amigo.
Cuadro II
Calabozo de Don Carlos, en Madrid
Rodrigo explica al infante prisionero sus planes para salvarlo. Hará pasar como suyos los papeles que comprometían a Carlos, para desviar las sospechas que pesaban sobre él. En ese momento suena un disparo y Rodrigo cae muerto en los brazos de su amigo. Llega el rey y libera a Carlos quien, desesperado, le explica la verdadera razón de la muerte de Rodrigo, acusando a su padre de asesino.
El pueblo clama por la liberación del infante. La princesa de Éboli lo ayuda a escapar. La llegada del Gran Inquisidor salva al rey de la ira del pueblo.
Acto IV
Claustro del monasterio de Yuste, en Extremadura
Isabel evoca el recuerdo del emperador Carlos V. Don Carlos se presenta y se despide de su amada antes de partir secretamente para Flandes. Son sorprendidos por el rey y el Gran Inquisidor, quien ordena a los guardias la detención del infante. Don Carlos se defiende y, en su auxilio, aparece un misterioso monje. Felipe II reconoce a su padre, el emperador Carlos V, quien protegiendo a Don Carlos lo sustrae a la intervención de todo poder humano.
Todo el que haya estudiado historia, puede ver que esta trama es más bien "patrañesca" y, desde luego, con una tremenda influencia austriaca (recordemos que esta ópera la compuso Verdi bajo dominación austriaca de Italia, antes del Risorgimento) que se ve en el odio y terror que despertaba el buen Felipe II en los flamencos (de Flandes, no andaluces).
Comenzaré, al revés de lo que hago habitualmente, por la escena. El montaje, realizado y dirigido por Hugo de Ana, argentino, no creo que pueda ser mejorado ni mejorable. He visto muchos montajes suyos, pero éste se lleva la palma. Basada la escena en columnas grandes, amplias, sólidas, que parecen representar al imperio español, si peca de algo es de oscuridad. Felipe II, como todo el mundo sabe, era un hombre austero, y así se muestra una biblioteca con un globo terráqueo de navegación y una mesa como toda ornamentación. El resto de decorado es dentro del Monasterio de El Escorial o en el cementerio. Los trajes son de épocas, sin tonterías, maravillosos y pesados. No falta en ningún momento la sugerencia, la interpretación personal, pero sin alharacas, sin payasadas. Así, los monjes y sacerdotes tienen la piel gris, especialmente el Gran Inquisidor, muy al estilo Momo. La grandiosidad de la escena de la coronación es increíble. Te hace entender la obra sin necesidad de ser filósofo o estar loco. Me encantó.
Y ahora el elenco: Don Carlo, el infante, estaba interpretado por el tenor Vincenzo La Scola. Es un cantante mediocre, con una voz sucia y estrangulada por arriba, pero con mucha fuerza. Se deja la piel, pero sobre todo porque no puede con la obra. Hay momentos, sobre todo al final, que parece que se va a tener que marchar. Genera auténtico sufrimiento. Fue tratado por el público con benevolencia. La reina Isabel era Ana María Sánchez. La soprano de gran tamaño, físico y vocal, sufre como siempre en los agudos, pero es cierto que tiene una voz potente y sabe usarla. El aria Tu che le vanità, fue especialmente ovacionada. Ha perdido frescura y agilidad en la voz pero solventó bien el papel. Felipe II lo cantó el bajo Roberto Scandiuzzi. No estuvo mal, destacándose unos graves muy redondos y bien emitidos. Escénicamente tiene poco que sacarle al rol, pero cumplió sobradamente, sobre todo en su aria Ella gammai m'amò, que cantó además con gusto. La princesa de Éboli fue la triunfadora de la noche. La interpretó la mezzo soprano Dolora Zajick, especialista en Amneris (Aida) y Azucena (Il Trovatore). Con una voz redonda, inmensa y dúctil, empezó cantando la Canzone del velo con gran maestría, pero donde se vino abajo el teatro fue en el O don fatal. Apianando, creciendo, con agudos seguros, fiato espectacular y graves redondos y sonoros, esta mujer logró poner el teatro patas arriba. El Marqués de Posa fue interpretado por Roberto Frontali. Es un barítono con squillo en el registro central y grave, pero en el agudo, al superar el passaggio, le cambia la voz de color tornándose caprina y fea. Hizo alardes de fiato en el Io morrò ma lieto ho il cor, pero no logró convencer totalmente.
El Gran Inquisidor fue interpretado por el bajo ruso Askar Abdrazakov, hermano de Ildar, el que cantó el Conte de la Sonnambula en Bilbao recientemente. Cualquier parecido con su hermano es pura coincidencia. Mientras Ildar es un cantante noble, con bella voz y sabiduría canora, Ascar es un bajo sin graves ni agudos. Con una voz no demasiado bella, hizo un breve papel de manera tosca y sin gracia. El Conde de Lerma fue el tenor Miguel Borrallo, al que no se le oyó nada, y eso que tenía un reducidísimo papel al no tener la versión el primer acto, llamado de Fointenebleau.
La dirección musical corrió a cargo del titular: Jesús López Cobos. Es un gran director verdiano y le dio a la orquesta los acentos y matices necesarios, llevando a los cantantes muy en volandas y con los tempi adecuados en todo momento. Me gustó mucho.
En fin, que se acaba la temporada. Ya sólo queda la Flauta Mágica, pero en versión de la Fura dels Baus. Miedo me da. Seguiremos informando.
Yo vi esta funcion y este señor hace comentarios ofensivos y muy faltos de respeto a los artistas. Desde luego considero que este señor deberia abstenerse de hacer estos comentarios. Son infundados, irracionales y movidos por la envidia y la animadversion mas profunda. Gracias.