Como un Jim Morrison más corrosivo y decadente, y cercano por un lustro a la aurora de un nuevo siglo, Trent Reznor, cerebro y batuta de Nine Inch Nails, trazó con su enfermiza música esta Espiral Descendiente, una oxidada escalera de caracol directa a las profundidades del turbulento ego de su autor, henchido de hiriente nihilismo y altiva blasfemia. El atanor donde dio vida a tal cadena de ADN del Metal Industrial fue Le Pig Studios, construido por él mismo en un enclave nada común, la casa donde vivía Sharon Tate y donde la familia de Charles Manson irrumpió para asesinarla, en aquella fiesta truncada que escribió en rojo otra célebre crónica negra de América.
Sea por casualidad o por morbosa y deleznable intención, está claro que la concepción de este álbum estuvo rodeada de algo especial e inquietante a todos los niveles, y su música lo plasmó con terrorífico rigor, mostrándonos un collage de texturas la cual más áspera, que parece traducir en música el concepto visual de la portada, mostrándonos el autor una obra psicofónica, convulsa, de chirriantes sintetizadores, saturación, confusión, pero mostrando pese a ello un sinfín de matices y atmósferas diferentes, encontrándonos pasajes a veces de gran bonanza y esplendor que por instantes nos rescatan de la tempestad general, de esa tormenta eléctrica y electrónica, de lluvia ácida y truenos secuenciados.
Ésta es una obra ardua para oídos poco acostumbrados, pues difícil es “a simple escucha” discernir la genialidad que encierra este álbum, que codifica con pseudo-ruido el milagro que habita en su fondo, el milagro de un músico que logró explorar con éxito niveles inhóspitos en la música, rasgando y abriendo su espectro para sacar de ella fruto, savia y esencia que hermanos suyos en estilo como Ministry no se atrevieron ni a soñar.
Como un Varg Vikernes futurista, Reznor elaboró su propio universo sonoro de rancia electrónica, martilleante pulso y agónicos susurros, dejando aflorar sus más secretas perversiones e ideología en sus textos, con letras desgarradoras por su cinismo, crueldad y lascivia, siendo unas demasiado explícitas y otras demasiado arcanas, por lo que estas últimas son las que más inquietan al no saberse qué traman.
Desde su inicio, el desasosiego apresa al oyente con esa agresión virtual a modo de intro, ese audio secuenciado de ‘azote’ y ‘grito’ que va acelerando su paso paulatinamente, cual macabra gramola snuff de la que es girada más presta su manivela, como cargando baterías hasta estallar de súbito ese sórdido Mr. Self Destruct y su mecanizada base, que pistonea cual cadena de montaje infernal, una entidad cacofónica de la que parece gravitarle una efervescente aureola de cristales rotos, coronando a este ente antisocial que aquí se anuncia ante nosotros con sus frases a quemarropa:
”Yo soy la voz dentro de tu cabeza,
Y te controlo.
[…]
Yo soy la verdad de la que huyes,
Y te controlo.
Yo soy la máquina silenciadora,
Y te controlo.
Yo soy el fin de todos tus sueños,
Y te controlo.”
Esta entidad informe de cáusticas guitarras y gritos desgarrados muere en medio de un caos ruidoso del que parece inundarle un sinfín de estridentes frecuencias entrelazadas, como si al abandonar nuestra mente después de inducirnos al suicidio, este ser tuviera a la carta otro millón de ondas cerebrales por sitiar en espera, zambulléndose en ese mar de sueños a la búsqueda de más víctimas.
A esa suculenta aberración la sigue el minimalista Piggy, un adormilado corte que va como a gatas, cobrando vida con la tan escasa ayuda de una batería y una vacilona y suculenta línea de bajo, éste de argumento parco y repetitivo, pero muy placentero. Reznor deja resbalar soñoliento sus estrofas sobre tan sobrio marco instrumental, al que en momentos cumbre se le unen fantasmales teclados, como evocando a los más primigenios y oscuros Depeche Mode. Gran pieza, y uno de los pocos oasis que contrastan en esta tormenta de arena.
El plástico sigue girando para toparnos con Heresy y su nietzscheano lema de ”Dios ha muerto” (”Tu dios ha muerto/Y a nadie le importa/Si hay un infierno/Te veré allí”), una pieza clave del disco que retoma la contaminación acústica y ambiental de su inicio, violentándola aún más el frenético March Of The Pigs (¡qué obsesión con los cerdos la de este hombre!), un corte que sorprende por sus bruscos cambios de clima, en los que los berridos de Reznor y ese riff de hostil ceño son interrumpidos por un más sosegado bridge que desemboca en un romántico pasaje de melodiosa voz y florido piano, partiéndote los esquemas en añicos, para luego retomar la estruendosa mecánica del inicio, siendo esa esquizoide bipolaridad la que mejor define a esta neurosis hecha canción.
El mítico Closer pasa dejando notoria huella, un clásico que calmo, pegadizo y accesible no deja de estar vestido del mismo óxido que impregna a casi toda la obra, con su burda poesía en sus fauces (”Quiero follarte como un animal, quiero sentirte desde el interior”) y su seductora pero inquietante electrónica.
En Ruiner caemos en un éxtasis de ciencia-ficción de gran altura y belleza, no exento de su personal toque apocalíptico, pero un trance que requiere cruzar varias estancias hasta llegar a él. La canción comienza con un cínico Reznor que va empujando su verso con suave malicia, seguido de un furioso puente rapeado a gran velocidad que pronto colisiona con un grandilocuente trabajo de teclado, que parece proyectar un inmenso holograma de un futuro decadente, una especie de aurora boreal artificial que servirá de pomposo escenario para cantar el estribillo, susurrado por este gurú industrial con un hechizante registro. Pese a tal atmósfera, la canción no se corta en regalarnos un calmo pasaje Blues pero de naturaleza psicofónica, con ese crepitante solo de guitarra pentatónico que el maestro Reznor corrompe con un sucio filtro y un efecto reverse, adaptándolo al ambiente general de la obra. Sin duda uno de los tramos más brillantes de esta cavernosa espiral es este gigantesco Ruiner.
Un quejumbroso carrusel pregrabado de chirrios y bizarros graznidos de histeria presenta a The Becoming, un tema multidimensional que nos hace cruzar por una surtida galería de bases sampleadas ricas en matices y pasajes acústicos, para luego despedirse con un forzudo riff de gran técnica, siguiéndole a éste el enfermizo pulso electrónico de I Do Not Want This y sus arrebatos guitarreros, impulsando con su violencia y corrosiva distorsión a esos desgañitados ”Don't you tell me how I feel!
/You don't know just how I feel!”. El trallero Big Man With A Gun hace una explícita crítica a la libertina ley norteamericana de posesión de armas, plasmando aquí también la sensación de omnipotencia del ciudadano que las empuña. Uno de los temas más rifferos y furiosos del álbum, sin lugar a dudas.
Luego aterrizamos suavemente en ‘un cálido lugar’. A Warm Place consigue crear un ambiente New Age de gran paz y sentimiento, trazando a pinceladas de teclado un paisaje tan bucólico como espectral, reinando en él una cálida melodía que hace sus justas y acertadas apariciones a lo largo de este instrumental de ensueño, una laguna de paz espiritual que nos salva temporalmente de la vesania de esta decrépita espiral.
Eraser es presentado por una dolorida coral de terroríficos balbuceos acompañados de un extraño sopleteo como a una pajita, en un bizarro ejercicio de terror psicológico por medio del sonido, siendo ello la antesala a una inquietante melodía tecleada que va creciendo en suspense y reverb hasta ser silenciada en seco por la irrupción de su sumo artífice Reznor, que tras un susurrante e hipnótico verso nos catapulta a una rancia marea de voraces guitarras que nos apresan para despedir el tema con un repetido ”Kill me!”, que se va hundiendo a gritos en nosotros como una broca, horadándonos hasta ir haciéndose ese bucle cada vez más ininteligible y horrísono por un creciente efecto de distorsión, convirtiéndose su verbo en una molesta interferencia que se pierde en el vacío.
Tétrico aposenta su espectro Reptile, para luego emprender su pesada marcha con su chirriar y estruendoso pisar de tiranosaurio mecánico, en un tema que en momentos clave nos regala sonidos que funden mística con robótica, brindándonos su electrónica el tañer de una especie de gong mágico que puede emitir notas musicales, asentando con su temple y sonoridad las bases de este subgénero del Metal. Más adelante asistimos a un canturreo de Trent que va parejo con el texto a modo de coro, pareciendo esas improvisaciones vocales del mundo del Jazz, en las que sus cantantes parecían emular a la sección de viento con ambiguas piruetas musicales, pero traída aquí esa técnica por Reznor en su propio dialecto de sordidez y desdén. Hediondamente exquisito, caballeros.
El tema-título llega con un sonido ambiente como de otro planeta, para luego reproducir la melodía que cerraba Closer, pero en un contexto más sobrio y grave, como continuando la estela que dejó esa pieza clave de la obra. Esa melodía se convierte en protagonista del tema, acompañada por gritos y susurros de fondo que traslucen débilmente bajo un empobrecedor filtro sonoro, muriendo como mero reflejo o espejismo, reforzando el ambiente genérico del álbum y dándole nombre. Hurt despide esta obra con una extensa balada, como una especie de The End de The Doors abducido por los espíritus del siglo XXI, cerrando en su fin la mirilla de este cosmorama sonoro, esta perspectiva única trazada desde la visión de una máquina sapiente, que bosqueja el negro futuro donde ésta es reina y señora.
The Downward Spiral es una tortuosa senda que en el primer viaje aturde, colapsa, pero que en cada visita acaba siendo más comprendida, disfrutada y respetada... sobretodo admirada. Teniendo en cuenta que este álbum llegó en su año de lanzamiento a ocupar el número 2 en el Billboard 200, y que ostenta a día de hoy nada menos que 4 discos de Platino, yo creo que algo hay ahí dentro, algo de lo que el Mundo no estaba preparado, la obra de un extremófilo, único creador y habitante de su nocivo entorno musical, entorno al que pocos sobreviven, que son los que se inmunizan a él para degustarlo.
Buena informacion para un grupo que dessconozco