Adios, Miguel, no puedo hacer nada por tí

1  30.06.2004

Ventajas:
Dedicado a Machison, apoyando su última opinión

Desventajas:
Ojalá no existiesen estas cosas

Recomendable: No 

Abe_Fenix_2004

Sobre mí:

usuario desde:01.01.1970

Opiniones:21

Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 109 miembros de Ciao

Verano de 1.983. Charco de los Hurones (Cádiz).
Los grillos dialogaban acaloradamente contándose sus andanzas diurnas. Las hojas de los abundantes árboles susurraban pidiendo silencio, intentando dormir en vano. Toda la ladera, derramada hacia el pantano, hervía de vida nocturna. En su parte media, junto a una estrecha carretera secundaria, media docena de casas.

- ¡Aaay, Dios mío!
- ¡Cállate ya, Paco, que no dejas dormir! Eres un quejica.
- Pepe, dáme más de esos calmantes, que me duele todo.
- No, ya te has pasado de la dosis máxima. Le diré a Iñaqui que te de un masaje.
- Me duelen todos los huesos.
- ¡Ja, ja, ja! Eso es el mono, Paco tiene el mono, Paco tiene un gorila...
- Te burlas y te machaco los sesos contra la pared, caXXX (censurado).

La noche se acurrucaba vencida por las fatigas diarias, acostándose en las mullidas copas de la arboleda. A lo lejos un rumor de agua salpicada de plata, posiblemente algún pez saltarín. Muy raramente pasaba una luz por la cinta de asfalto marchito, dejando un reguero de ruido no musical. Las voces se repetían en el dormitorio de una de las casas de la ladera, en una conversación sin objetivo, repetitiva. Todo normal...

- ¡Aaay, Dios mío!
- ¡Calla, joder, si tú eres ateo! Como te escuche te vas a enterar.
- Pepe, no puedo más.
- Tienes que poder... No te obsesiones.
- Un pinchazo, Pepe, uno sólo y esto pasa.
- Y después será peor, ¿no? Ya pasará, siempre pasa.

La noche transcurría plácidamente. Los elementos naturales cumplian sus funciones, sólo el elemento humano se quejaba de su destino. De un destino elegido voluntariamente por él mismo. Los grillos seguían manteniendo su intenso debate, al parecer no se ponían de acuerdo.

Un escupitajo anaranjado cayó sobre la escena. Amanecía. Una extraña luz intimidó las cansadas retinas de aquellos que no podían dormir. Paco había caído en los brazos de Morfeo, hasta la coronilla de calmantes y cansancio. Pero sus compañeros se hallaban en situación muy similar, aunque no tuvieran el mono del recién llegado a aquella Granja de Desintoxicación de Drogadictos.

Con la luz llegó la actividad. A hora muy temprana los no durmientes salieron afuera. En el huerto, extraño huerto que apenas daba nada comestible, se pusieron a dar azoletazos al suelo. El caso era estar entretenidos, no pensar, dar algo que hacer al cuerpo... porque el día era tan largo como la noche.

Al rato, inevitablemente, ya estaban casi todos hablando de lo que sabían, de lo único que se hallaba dentro de sus cerebros: de drogas. Y contaban asombrosas hazañas del pasado y dosis enormes consumidas y lo bien que lo habían pasado bajo sus efectos. Después de cada explosión de risas una mirada de tristeza demostraba la mentira de cada historia, cada día más grandiosas. Y volvía otro a contar su historia, que el tiempo iba modificando. Nadie hablaba del futuro, quizás sabían que no tenían... Todo normal.

A media mañana, después de haber "destrozado" el "huerto", bronceados en sudor, el grupo se marchaba a bañarse. Eran los mejores momentos de la jornada, algunas veces incluso conseguían olvidarse de su amante y de sus dolores. El eco repetía algunas risas sinceras y el agua silvestre intentaba consolar a aquellos hombres sin presente... Todo normal.

En ocasiones alguno no podía resistir y aprovechaba el momento para intentar llegar al pueblo más cercano, a 8 kilómetros, en busca de algo de droga con la que engañar su sed. Pero nunca nadie lo conseguía, antes de que cubriera medio camino aparecía el coche de Iñaqui que le invitaba a subir, para regresar.

La comida era una tragedia, parecía un velatorio. El cansancio se iba acumulando y ganas de comer no había. Se ingería poco casi a la fuerza, generalmente fruta, se tomaban algunas pastillas y donde les placía se echaban a practicar el sano deporte de la siesta. Eran los únicos momentos del día en que el silencio se adueñaba de aquella casa.

A media tarde jornada de terapia. Conciliar sus voluntades no era cosa fácil, algunos incluso tenían en su conciencia delitos de sangre. Y las broncas eran constantes, el personal debía estar preparado. Como último recurso se recurría a marchas a pie de 20 o 30 km, fórmula de castigo para evitar que la sangre salpicase la mesa.

Y llegaba la noche, otra vez más, como siempre. En un ciclo infernal cuyo fin ya estaba decidido.

Se quejaban, se quejaban continuamente... pero ya era demasiado tarde. Lo irónico es que los drogadictos no quieren curarse de su enfermedad nunca, por mucho que juren lo contrario. Sólo cuando ven la muerte de frente algunos de ellos deciden estirar su vida. Pero ya no es una vida normal, arrastran dolores de todo tipo, enfermedades diversas, inclusive problemas mentales.

Me acuerdo de mi amigo Miguel. Un poco mayor vivía en el local de la Asociación. Era alcohólico, y no anónimo precisamente. Cuando abrimos aquella granja se vino con nosotros allí. Callaba, callaba siempre, no se quejaba nunca, pero siempre tenía los ojos con el color de la ceniza del arrepentimiento.

Pero ya no hay arrepentimiento posible, no se puede volver al pasado, tan sólo resistir la dulce tentación y morir con dignidad. Era un artista, dibujaba como nunca he visto a nadie. Hacía diplomas artesanales que vendíamos a 25.000 pesetas, en ellos escribía: "quizás sea la última obra de un artista que no quiso cuando pudo y no puede cuando quiere".

Una noche, una noche tristona, dos drogadictos enviados por el juez a cumplir condena a aquella granja se escaparon del furgón y armaron una bronca en la discoteca del pueblo cercano. Llegaron cruzando montes, huyendo de la Guardia Civil, suplicando que les dejáramos estar allí.
Esa noche macabra, mientras el teniente de la Guardia Civil pedía al responsable de la Granja que dejara entrar a aquellos dos canallas, murió Miguel en mis brazos, mirándome a los ojos sin decir nada por la boca, transmitiéndome todo su dolor, toda su experiencia en una mirada mortecina.

Y se me cayeron dos silenciosas lágrimas y me juramenté a que nunca jamás sería amigo de un traficante de muertes y de desgracia.

Y lamenté que nadie aprende en piel ajena.

Y lamenté que nadie escucha.

Y lamenté que cuando decidas cambiar de vida ya será demasiado tarde.

Hasta la siguiente
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Comentarios sobre esta opinión
JLIGUAL

JLIGUAL

17.02.2007 01:54

es muy jodido hablar de temas tan dolorosos y que veas que como bien dices la gente no aprende en cabeza ajena. un comentario muy valiente y clarificador

beronk

beronk

22.08.2006 02:51

...

defrente

defrente

15.07.2005 21:21

Tu opinión, por talento, me parece excepcional... No obstante, creo que siempre hay que dejar una puerta abierta a la esperanza.

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