Voy a aprovechar a escribir por fin una opinión sobre la Estatua de Lorca en la Plaza Santa Ana de Madrid. Digo lo de por fin, porque me ha costado sangre, sudor y lágrimas poder dar de alta este producto. No sé si será por la primavera de Ciao, pero me han puesto un montón de problemas para dar de alta el producto. La verdad es que no lo entiendo mucho porque llevo casi cinco años dando de alta productos y nunca me habían pedido tantas cosas. Cosas de Ciao, en fin… que más vale dejarlo estar y ponernos a hablar de la Estatua en sí.
.
LA HISTORIA DE UNA ESTATUA EN LA ZONA GUIRI DE MADRID.
Soy una estatua, ¿quién lo iba a decir?. Ahora en esta otra vida soy una estatua, con las ventajas y desventajas que esto pueda conllevar. En otra vida fui un poeta, amé, fui amado, también fui odiado por los que no me perdonaban ser diferente. Pero ésa es una historia que poco a poco os iré contando, no nos adelantemos ahora...
Curiosamente, ya no siento nada, debe de ser que tener el corazón y el cuerpo de metal tiene esas cosas, que puedes mirar atrás sin sentir. Eso está bien para las cosas que nos hicieron daño, no para las que nos hicieron felices, porque tampoco las disfrutamos ya. Las que nos hirieron es bueno que ya no nos hagan daño, pero las que nos hicieron felices... a veces se echa de menos poder reconocerlas y sentirlas.
Pero como estatua, se ha de aprender a vivir en este nuevo status. Status… estatua… me pregunto si con ese juego de palabras, en otra época hubiese sido capaz de hacer un poema. Hoy ya probablemente no lo soy, soy una estatua, no un poeta...
.
Llevo ya años aquí, en la zona más guiri de Madrid. Seguro que conocéis Santa Ana, quizá algún día incluso hayáis pasado delante de mí. A lo mejor me habéis visto, pero a lo mejor no… Hay de todo: quien pasa a mi lado sin mirarme, hay quien me sonríe, quien se fija en la alondra que tengo entre mis manos y que parece que en cualquier momento va a echar a volar hacia el Teatro Español.
Aunque ya no sea poeta, ni dramaturgo (también lo fui en otra vida) me reconforta mirar de frente a uno de los templos del teatro en Madrid, el Teatro Español. Aquí se representaron algunas de mis obras.
Quizás os suenen algunas de ellas, o quizá no... Probablemente la más famosa de todas fue La casa de Bernarda Alba, creo que fui capaz de reflejar de un modo muy real algunas de las realidades de la España que me tocó vivir. Aunque España haya cambiado tanto, aún hoy se sigue representando con mucho éxito la historia de la casa de Bernarda y las mujeres de luto encerradas en ella.
.
.
Ay...., vais a tener que perdonarme...
Acabo de darme cuenta de que aún no me he presentado. Me llamo (o me llamé en su día)
Federico García Lorca, para servirles. Os voy a contar un poco más de mi vida humana (de la vida como estatua habría mucho que contar, pero quizá no os resulte tan interesante.
Nací en 1.898 en un pueblo de Granada. El año de mi nacimiento fue un año nefasto para España, en él se perdieron las últimas Colonias de ultramar.
Quizá fue el sino de mi vida y nunca me he parado a pensarlo, año nefasto para nacer, año nefasto para morir…
Morí en el verano de 1936, apenas un mes después de estallar la Guerra Civil, y desde luego no fue una muerte natural… me fusilaron. Mis delitos fueron ser un librepensador con ideas republicanas (algo ya no estaba entonces bien visto en aquella España cambiante) y ser homosexual. Yo nunca había hecho daño a nadie de obra, tampoco creo que lo hubiese hecho con mis ideas, pero algunos no pensaban lo mismo y ordenaron mi detención en casa de mi amigo
Luis Rosales primero y mi fusilamiento pocos días después. .
.
Pero como os decía, el ser estatua te hace no sentir como antes, así que no le vamos a dar más vueltas a la historia de mi muerte humana.
Cuando fui un hombre escribí mucho: poesía y teatro especialmente. Es posible que os suenen algunas de mis obras. En la poesía sonaron mucho en su momento título como
Romancero Gitano o
Poeta en Nueva York. En teatro, además de
La Casa de Bernarda Alba, quizá os suenen otras como
Yerma,
Bodas de sangre o
Doña Rosita la soltera. En todas ellas hice una suerte de denuncia social sobre algunas de las realidades de aquella España que hoy tanto ha cambiado.
Precisamente en Madrid pasé algunos de los mejores momentos de mi vida, allá por los años 1927 y 1928. Coincidí en la
Residencia de Estudiantes con algunos artistas de entonces, grandes amigos como el pintor Salvador
Dalí, o muchos literatos de la
generación del 27 como Pedro Salinas, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego o Jorge Guillén. También coincidiría allí con el director de cine Luis
Buñuel aunque creo que nunca logramos hacer demasiadas buenas migas.
Después, en 1929, me fui a
Nueva York, experiencia que reflejaría en mi poemario
Poeta en Nueva York. Muy diferentes ambas ciudades sin duda…
Viajaría más en los años posteriores, a la Habana, a Argentina, y el viaje a mi pueblo en el verano del 36 sería sin saberlo mi último viaje.
Bueno, no el último, que luego llegué convertido en estatua a la Plaza de Santa Ana, frente a mi adorado Teatro Español, donde llevo ya unos cuantos añitos, viendo pasar a gente de todo tipo y de todas las nacionalidades.
.
.
La Plaza de Santa Ana un día como hoy, en pleno mes de junio, es un hervidero de guiris (si me permitís la expresión). Es cierto que doy la espalda a la Plaza, que al mirar de frente al Teatro Español dejo a mis espaldas casi toda la plaza, el hotel que en su día recibió el sobrenombre del Hotel de los Toreros y por tanto a la mayoría de las personas que vienen hasta aquí y se sientan tranquilamente a hablar y relajarse, mientras se toman unas cañitas en cualquiera de los bares que llenan la plaza.
Otro literato también convertido en estatua comparte conmigo la plaza, aunque no tengo el placer de conocerlo. Se trata de
Calderón de la Barca, a quien obviamente no conocí en mi etapa humana (vivimos con varios siglos de diferencia) ni tampoco en esta etapa de estatua.
Ser estatua tiene estas cosas, que no te puedes mover e ir a saludar a los compadres.
Alguien me dijo algún día que él está allí, al final de la plaza, muy cerca del hotel, pero tal y como me han colocado, también le doy la espalda. Quizá él sí que me vea…
.
.
Y es que este Barrio se le conoce con el sobrenombre de Barrio de las Letras, y por algo será, ya que la mayoría de los grandes literatos españoles de todos los tiempos vivieron por aquí cerca, muchos reposan también por aquí. Algunos también tienen su propia estatua, aunque yo no los conozco (Calderón, Cervantes…) o se conserva su casa (Lope de Vega).
Pero este barrio hoy está lleno de
gente joven con un punto bohemio, de escritores y de lectores, de gente que se acerca al Español a disfrutar del teatro. Ains… el teatro… a pesar de no sentir por mi cuerpo y corazón de metal de estatua, aún recuerdo el poder de las tablas.
Me encantaría colarme un día entre bambalinas, o sencillamente en el patio de butacas y volver a experimentar la magia del teatro….
.
Siempre pienso que es una pena que sean tantas las personas que vienen a Santa Ana a tomarse unas cañitas (una actividad lúdica y divertida sin duda) y que jamás hayan pisado ni siquiera piensen pisar un teatro. No saben lo que se pierden…
Pero dejémoslo estar, cada uno que viva su vida como puede, o como le dejen. Yo soy feliz aquí, en este bello lugar, en esta etapa de estatua. A veces tengo la compañía de la gente que se acerca a saludarme, o a sacarse una foto conmigo. A veces simplemente las risas que oigo a mis espaldas me reconfortan.
.
.
Pero siempre tengo a mi alondra entre mis manos.
Ay, mi Rosita… Sí, Rosita era la alondra que tuve entre mis manos durante los últimos años, siempre en ese momento en que parecía que iba a echar a volar… Un buen día decidió hacerlo, alguien llegó y se fue con él. No hace mucho tiempo de eso, apenas unos meses…
Entonces,
me quedé solo, con mis manos medio abiertas sosteniendo un espacio vacío. Echaba tanto de menos a Rosita… .
.
Pero algunos días después vinieron con otra alondra y la colocaron entre mis manos, ocupando el espacio dejado. La alondra me miró y me dijo:
No te entristezcas, Federico, vengo a hacerte compañía hasta que me toque el turno de volar. Ya no era Rosita, pero
la nueva Alondra, Bernarda, sigue entre mis manos, anunciando el momento en que echará a volar hacia el Teatro Español.
.
.
Porque la vida, cualquier vida, termina volando hacia a alguna parte. Y mientras, lo que hay que hacer es vivir intensamente, dejar nuestra obra y nuestra experiencia en esta vida, y marchar con tranquilidad de espíritu a la siguiente.
.
.
Sólo espero que tú, querido lector que has leído este texto, si alguna vez en tu vida actual pasas por delante de mí, te animes a venir a saludarme. Que aunque siendo una estatua los sentimientos no cuentan mucho, a veces uno se aburre demasiado y agradece una conversación o una sonrisa.
.
una estatua muy bonita, saluditos.