Dedíquese a otra cosa (carta abierta a Dan Brown)
14.09.2006 (17.09.2006)
Ventajas:
El personaje del albino
Desventajas:
Mal copiada y peor escrita . Mejor dedicar el tiempo a otra cosa .
Recomendable:
No
Detalles:
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 Nicomacus
Sobre mí:
[Es] defecto común en los hombres no tener en cuenta la tempestad cuando el mar está en calma (Nicol...
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Señor Dan Brown, Tal vez pueda extrañarle que encabece esta carta, que le envío desde la tribuna pública que tan amablemente me ofrece Ciao, con una fórmula tan fría y respetuosa. Quizás eche de menos alguna de esas cálidas partículas introductorias, tales como estimado, apreciado, o, incluso, querido, que habitualmente inauguran cualquier epístola. No ha sido la mía una elección casual. Me ha parecido que este tono distante va más acorde con la impresión que de usted, como escritor, me produjo la lectura de la más conocida de sus novelas. Mis sensaciones quedaron muy lejos de la estimación, el aprecio, y desde luego del cariño: con todos los respetos, me dejó usted congelado.
Admito que el error de tomar El Código Da Vinci entre mis manos fue sólo mío. Permití que me convencieran comentaristas a quienes la experiencia me aconsejaba no hacer caso, y que me lo recomendaban con machacona terquedad. Vencí la resistencia que mi intuición, tan acertadamente, oponía, y me engañé repitiéndome, como acostumbra la publicidad, que millones de lectores de todo el mundo no pueden andar equivocados. ¡Menudo yerro, el mío! Y es que -no se ofenda, se lo ruego- descubrí, tras la sugerente mirada de la Mona Lisa que ilustraba la portada, a un escritor entre mediocre y pésimo, que vomitaba una sarta de necedades pesada e indigesta, y cuya pretendida originalidad deja en el paladar el bilioso regusto del plagio. Sea usted humilde, señor Brown, y al menos reconozca que las falsas virtudes que se le atribuyen a su ridícula historieta ni siquiera proceden de su calenturienta imaginación. ¿Verdad que ha oído usted hablar sobre El Péndulo de Foucault? Haga memoria, y no trate de negar la evidencia. No es que haya escuchado que existe tal novela, o que su autor es Umberto Eco: es que se la sabe usted de carrerilla. Todo el rollo ese de los caballeros templarios y sus ocultos misterios, todas esas elucubraciones acerca de la estirpe de Cristo y de María Magdalena, los símbolos, divinidades y cábalas hebraicas, es decir, todo el argumento que vertebra la novela, muestra una similitud demasiado sospechosa con la obra del maestro italiano. Y esto no es en sí lo malo, pues en literatura los temas han de resurgir continuamente, como al año siguiente reaparecen de nuevo las estaciones: todas las primaveras son iguales, pero diferentes. No. Lo malo es vulgarizar una buena novela, eliminando lo inteligente de su tratamiento, para mecer las bostezantes neuronas de la masa lectora y convertir así un panfleto en superventas. Algo legal, en efecto, pero tan reprobable como hacerse millonario tironeando los bolsos de abuelitas adormecidas al solecito del parque.
Y es que hasta a sus personajes se los rastrea con excesiva facilidad. El abuelo que deja un reguero de pistas a su nieta, ¿no recuerda con demasiada viveza el juego macabro de César con su ahijada en La Tabla de Flandes? El repelente protagonista, ¿no trae a la memoria al profesor que el genial Arturo Pérez Reverte tiene la sabiduría de cargarse, en su novela, a las primeras de cambio? El desarrollo de la intriga, la trama de traiciones y fidelidades entre ellos, guarda también demasiadas similitudes. Y de nuevo, la reducción de los matices de los personajes robados a don Arturo, con la intención de vulgarizar la novela, indigna a un sufrido lector. Millonarios excéntricos. Conferenciantes cuarentones de personalidad plana. Chicas guapas, brillantes y anodinas que se enamoran del cuarentón sin motivo aparente, explícito o implícito, lícito o ilícito. ¡Dios mío, estos protagonistas aburren hasta provocar somnolencia! El único personaje que interesa verdaderamente al lector es el albino Silas, y es relegado al papel de malo malísimo sin cerebro y hasta privado de voluntad, sustrayéndole la oportunidad de mostrar su lado humano y justificar la tortura de su espíritu. Ni siquiera el donaire en el decir, como afirmaban los clásicos, pueden salvarle a usted, señor Brown, del suspenso en letras. Su forma de escribir es ramplona y carece de gracia alguna. La lectura de su obra es sosa, pues no hallamos ni rastro de esas figuras retóricas cuyo uso equilibrado salpimientan el discurso. Su falta de recursos lingüísticos resulta manifiesta, obligándole a recurrir a métodos ilegítimos para crear un ambiente de falsa intriga, y mantener así la atención del lector. Cualquier niño de diez años sabe que no se pueden enlazar capítulos dejando la palabra en la boca a un personaje, saltar a otro, dejar en este nuevo la acción a medias, y retomar entonces el discurso anterior, con el pobre personaje medio asfixiado de tanto contener la respiración. Necesita usted unas buenas lecciones de estilo, señor Brown. Y con urgencia.
No será El Código Da Vinci ni la primera ni la última obra que se convierte en gran éxito económico, a pesar de andar muy falta de cualidades literarias. El mismo El Ocho, de Katherine Neville, no sólo ha vendido millones de ejemplares, sino que se ha convertido en todo un clásico de este género de la conspiración universal, dada la perduración de su novela a lo largo de los años. Pero al menos, doña Katherine sí derrocha imaginación en su planteamiento y logra sumirnos en una intriga bien tramada en torno al ajedrez de Montglane durante su formidable primera parte. Lástima que toda la admiración que construye a su alrededor en sus primeras páginas se derrumbe en un final mal resuelto. Algo, señor Brown, de lo que usted ni siquiera puede presumir. Podría seguir enumerando taras y defectos de su libro, como la ridiculez de los acertijos o esas lamentables persecuciones, pero tampoco es cuestión de verter aquí más acritud. Espero, sencillamente, que el tiempo le sitúe en el lugar que le corresponde. No se apure: tarde o temprano, sucederá. A Katherine Neville, que gastó todos sus recursos en alumbrar esa soberbia primera parte de El Ocho, no se le conoce otra obra de interés. De Umberto Eco, en cambio, aparte de El Péndulo de Foucault, nos quedará siempre la sensacional El Nombre de la Rosa. De Arturo Pérez Reverte conservaremos también en la memoria el misterioso Club Dumas, Territorio Comanche y al entrañable Capitán Alatriste, que prefirió morir en Rocroi antes que ver en ruinas la gloria de nuestros tercios. Confío en que de sus novelas, señor Brown, nos olvidemos pronto.
Con mis mejores deseos, se despide atentamente Nicomacus
P.D.: Si quiere un consejo, señor Dan Brown, aproveche los millones que ha ganado con El Código Da Vinci y dedíquese a disfrutarlos. La vida es muy corta, trate de aprovecharla. Dicho de otro modo: por favor, no escriba más.
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18.11.2011 20:41
Me parece excepcional porque creo que acierta y tiene la valentía de decirlo, además, con ingenio.
13.03.2011 15:34
Perdón, pero creo que alardeas mucho en tu estilo discursivo al escribir. Te sugeriría que escribas tú una novela mejor que la de Brown, aunque me parece poco probable porque tu estilo se le parece bastante. Con respecto a Umberto Eco estoy de acuerdo contigo en que es genial, he leído varias obras de él incluyendo El Péndulo... pero no es nada fácil de llevar para el lector promedio. Brown lo simplifica bastante sin pretensiones.
30.11.2010 03:30
Entiendo perfectamete las razones que te llevan a opinar así, pero no estoy de acuerdo contigo, es verdad que no ha sacado nada de su imaginación, pero ha sabido hacer un puzle que a al público le ha gustado yen el fondo eso es lo qeu importa de un libro!!!! que te enganche!!!