Olor de domingo

3  04.02.2009 (03.02.2009)

Ventajas:
Paseo casi obligado de buena parte de madrileños

Desventajas:
Que haya cambiado tanto

Recomendable: Sí 

Detalles:

Interés en general

Encanto

Ubicación

Relación calidad precio


MorenoSister

Sobre mí: Lo mejor para alejar negros nubarrones por aquí. Apuntaos al Amigo Invisible en el perfil de J.Stark...

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Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 25 miembros de Ciao

Una buena parte de mi vida ha estado unida al Rastro de Madrid y ahora, cuando lo veo o paseo entre los puestos, siento una anorme nostalgia de lo que fué y lástima de ver en lo que se ha convertido. Siempre fué un continuo ir y venir de gente, una especie de río que no cesaba de fluir, un espectáculo de vendedores que voceaban, de buscadores de piezas de reloj, de coleccionistas de objetos raros, de mirones.... Desde los balcones de casa de mi abuela podías divisar una buena parte del espectáculo y te llegaba el jaleo sordo de las miles de conversaciones de todos los paseantes. Por mucho que me esfuerzo no soy capaz de recordar el Rastro de otra manera que bajo un sol entre invierno y primavera, frío aún pero con esos azules que el cielo de Madrid es capaz de inventarse cuando sale de los días fríos y busca el calorcito de abril. Ahora, cuando cada vez más de tarde en tarde me dejo caer por allí, voy descubriendo que de su antiguo espíritu ya apenas queda nada. Ya no es el Rastro, es un mercadillo de barrio enorme donde caben desde prendas baratas a cambios de cromos o discos o restos de saldos de algunas tiendas. Supongo que la esencia es lo que falta. Lo de que nunca se vendía nada nuevo.

Eso sí, sigue siendo un referente y un punto de encuentro castizo de Madrid. Mucha gente aprovecha los domingos para darse una vuelta y luego tomar el vermú o cervezas en los bares de la zona o en la Plaza Mayor consu consabido bocata de calamares o ración de gallinejas. Eso no se ha perdido, no. La extensión del rastro también ha crecido muchísimo a como yo lo recuerdo, que casi se limitaba a la Plaza Vara del Rey y la Ribera de Curtidores y ahora baja casi hasta Embajadores más las calles adyacentes. La mayor parte de los puestos dedicados a las tiendas de viejo y de muebles que adornaban toda esta zona y la Plaza de Cascorro ya no están porque los venerables negocios cayeron bajo el poder asiático y ahora son tiendas de chinos que no tienen, desde luego, nada origina que sacar a la calle.

Hace años, los sábados se montaba una especie de Rastro paralelo dedicado casi en exclusiva a la ropa. Había ropa de segunda mano, desde luego, pero también se vendían prendas nuevas, amontonadas de cualquier manera y generalmente necesitadas de una buena mano de lavadora. Pero encontrabas auténticos chollos porque muchas eran excedentes del Corte Inglés, ropa de temporadas anteriores de buenas marcas, restos de rebajas que no habían sido vendidos... Todas las prendas iban con su etiqueta y a veces marcaban unos precios de aupa, pero las comprabas por dos duros. Valía la pena. Luego esos puestos desaparecieron porque las tiendas ya no vendían sus excedentes o sus saldos a estos gitanillos salerosos y se acabó la oferta. Siempre recordaré un traje de chaqueta que se compró mi tía la pequeña por menos de mil pesetas y que llevaba una etiqueta de una de las boutiques más selectas de la calle Serrano.

Cuando estaba en casa de mi abuela, los domigos eran para cotillear por los balcones y ver el paisaje y el paisanaje. Recuerdo sobre todo el olor a pan recién hecho de la tahona de la esquina que llenaba la casa cuando mi abuela abría de par en par todas las puertas y ventanas. El sol iluminando la calle, estrechita y con cuesta, mientras los pocos vendedores que se ponían en esa zona colgaban de las rejas de los pisos bajos vestidos de principios de siglo, algunos sucios y apolillados, otros aún brillando de lujo, sin que ningún vecino de quejase. Como la plaza Vara del Rey se iba llenando de mesas con todo tipo de artilugios sorprendentes: relojes de cuco averiados, radios de galena que ya no sonaban, piezas de toda clase de aparatos, cuadros inclasificables teñidos con la pátina de los años y la suciedad, máquinas de coser estropeadas, muebles sin una pata o arañados o completamente desvencijados..... Incluso, en vísperas de Navidad, había vendedores de figuritas del Belén, aquellos que no podían permitirse pagar un puesto en la cercana Plaza Mayor. De uno de estos puestos salieron las que compró mamá: su virgencita de pelo rubio tejiendo un calcetín, el San José con su vara florida, el niño regordete y la mula y el buey casi sonrientes.


Y el olor. El olor era inconfundible. Una mezcla de polvo, telas y madera humedecida que se intensificaba a medida que bajabas las escaleras hacia la calle, mezcla que se volvía ya casi gastronómica cuando girabas hacia la calle Santa Ana y te envolvía el penetrante aroma de la fritura de gallinejas y entresijos con las que los pequeños bares del barrio ponían en tapas o raciones. El trasiego de gente casi te llevaba, pero podías caminar con cierta soltura, cosa que hoy es casi imposible. Ibamos hasta la calle de la Ruda a comprar vino a una bodega de las de toda la vida, en la que se reunían los parroquianos de toda la vida con el bodeguero de toda la vida, mezclados con los vendedores del Rastro, que hablaban alto y reían a voces. En la contigua Plaza de Cascorro, las tiendas de muebles de ocasión sacaban sus ofertas a la calle mientras el dueño fumaba muy digno entre ellas y del interior de las tiendas de viejo brotaban bocanadas de frío húmedo. Apenas atinabas a ver lo que había dentro porque siempre estaban sumidas en una especie de penumbra protectora, quizá para evitar que los defectos no fuesen tan visibles. Había incluso una tienda de discos y "cassettes" haciendo esquina con la Plaza de Vara del Rey ,que abría también los domingos, donde se alternaban los éxitos del momento con vinilos y cintas con más años que la estatua de Cascorro.


Hace bastante que no voy por el Rastro porque me decepciona no encontrar lo que me resultaba conocido, por haber perdido las imágenes que adornaron un parte de mi infancia. Todo cambia y evoluciona, supongo que para mejorar o simplemente porque ha de ser así. Pero cuando miro los carteles con caracteres chinos con colores que gritan a los ojos, uno tras otro, jalonando la mayor parte de las calles del Rastro me siento como si, definitivamente, hubiese perdido un poco más de la escasa inocencia infantil que pudiese quedarme.
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Comentarios sobre esta opinión
ins1046

ins1046

13.05.2009 00:36

Es el ambiente lo que los hace tan atractivos. Si eso se pierde...

teroleta

teroleta

03.03.2009 16:12

Ahora hace justo un año que fui a madrid,, visite a una buena amiga, y me llevo al rastro, no es el mercado en si lo que me gusto, son las calles, ya que pasemaos durante toda la mañana por alli, ademas incluso nos nevo, fue una mañana muy especial gracias por recordarmela, un beset

Cristinita19

Cristinita19

25.02.2009 22:54

(y que volveré a valorarte, que me se acabaron los echepchionales esos :P)

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  1. ins1046
  2. teroleta
  3. Cristinita19
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  1. wrara
  2. rosape
  3. Luna_lunera_Cascabelera
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