VERSION RECOMENDADA:
Wiener Philharmoniker / GEORG SOLTI
Grabación: 1958-1967
Calidad Audio: STEREO extremadamente excelente!
DECCA / LONDON 15 CDs ADD
Der Ring des Nibelungen
von Richard Wagner
Textos: Angel Mayo
La Obra de toda una Vida
La comúnmente llamada Tetralogía, en verdad Trilogía con Prólogo, comenzó a gestarse en 1848 y fue finalizada en 1874. Esta obra de quince horas de ejecución total es llamada por algunos como "el más grande y ambicioso proyecto de la historia del arte de Occidente". El mensaje y finalidad se encuentra en eterna discusión y corresponde a la ambiciosa obra.
Richard Wagner realizó los primeros esbozos del poema a la par que luchaba en las barricadas revolucionarias de Dresden (1849), y concluyó la magna partitura en la tranquilidad más bien quasi burguesa de la Villa Wahnfried. A pesar de la extensa gestación de la obra y la evolución de la personalidad que Wagner experimentó por y a través de ella, el ciclo posee férrea unidad. Su texto provocó y provoca cientos de interpretaciones. Todas o casi todas pueden ser válidas. Se puede transcribir literalmente sobre lo que dice el texto, sin ir más allá, hasta llegar a interpretaciones marxistas, fascistas, ecológicas, industriales, y un inacabable etc.
Desde el estreno cada época elaboró su visión de El Anillo de los Nibelungos. Entonces cabe preguntarse si no se trata de una obra ambigua y contradictoria.
La respuesta es no. Es compleja en el más exacto sentido de la palabra, pero no es maniquea ni partidista.
Los maniqueos somos sus comentaristas. Richard Wagner fue el catalizador maestro de una sociedad en trance de crisis, decadencia y agonía - de la cual no pudimos escapar aún- y su obra máxima ha sido y es vivida en función de esa crisis y sus aspectos que adquieren importancia en cada momento histórico.
Un ejemplo notable en esta época donde sabemos que la destrucción definitiva - por cientos de años por lo menos- del medio ambiente es un hecho: la degradación suicida de la naturaleza -a manos del hombre tecnológico, el cyberantropos- como espiral de destructividad donde tienen cabida la guerra, el genocidio y la explotación irracional de los recursos naturales por la ambición de dinero y poder. Una preocupación más que actual - aunque los periodistas de noticieros tiene la misión de embobarnos y ocultarnos la gravedad del hecho, con frases sonrientes como "Parece que va a llover hoy, ¿no? Veamos el pronóstico", sabiendo que lo que vendrá es un huracán de los que ya son cotidianos y matan decenas de personas -, esta preocupación, decíamos es una preocupación de hoy que pertenece arquetípicamente al núcleo de El Anillo de los Nibelungos. Otro tema relacionado es el de la pérdida de identidad individual, social y cultural del hombre de hoy, masificado, manipulado por sí mismo y por los demás, devorado por un medio propagandístico que mediatiza sus decisiones y sentimientos y le hace suplantar sus intereses de individuo irrepetible por otros de casta o clase, artificiales, políticos, económicos o pseudosociales.
Cuando en El Ocaso de los Dioses Siegfried se dispone a beber el engañoso refresco que le ofrece Gutrune, dice suavemente:
Olvidaría todo lo que me diste,
Pero nunca olvidaré todo lo que me enseñaste-
Te ofrezco este primer sorbo, Brünnhilde,
En prueba de amor.
En ese instante, trastornado por la droga, siente deseo de Gutrune, un deseo meramente sexual. Siegfried pregunta: "Gunther, ¿cómo se llama tu hermana?" Éste le dice el nombre, que significa literalmente Buena Runa o Runa Propicia. Gut-Rune. Siegfried, idiotizado, pronuncia estas palabras: "¿Serán las runas propicias las que lucen en tus ojos?" Gunther lo somete a la más concluyente prueba de enajenación. Lentamente pronuncia las palabras que describen el lugar donde habita Brünnhilde. Siegfried repite sin recordar lo que significan esas palabras en su vida.
He aquí la ceremonia tan actual de la confusión semántica, tan practicada por la prensa sobre nosotros, donde la palabra carece ya de sentido.
El verdadero protagonista de El Anillo de los Nibelungos es Wotan. Su tragedia es la tragedia de la voluntad de poder. ¿Por qué?
He aquí la inquietante estructura que nos propone la primera escena del prólogo de El Ocaso de los Dioses, y la introducción a toda la obra, El Oro del Rhin.
El estado natural
Erda, la Tierra, la naturaleza, alienta desde principio en sapiente sueño. Indiferente, gélida, productora, eterna, inmutable, es el principio femenino, conservador, depositario de la vida. En Erda no hay bien ni mal, sólo hay existencia. Al existir, es. Al ser, piensa. Cuando Wotan, en el tercer acto de Siegfried, la interroga al borde de la desesperación, responde solemne:
Mi dormir es soñar.
Mi soñar es pensar.
Mi pensar es la sabiduría.
Erda nada tiene que decir o revelar. Al conocimiento de su sabiduría se llega escuchando atentamente las "Voces de la Naturaleza". Las primeras que vemos y oímos son las hijas del Rhin. Velan el reposo del oro que yace en el lecho del río. Cantan el gozo que causa en la naturaleza el destello arrancado por el sol al inerte mineral. Pero también conocen la siniestra utilidad que puede asignársele. Su grito de júbilo, en modo mayor, expresará a lo largo de toda la obra, mediante el paso a modo menor, el poder totalitario del anillo y la servidumbre que su posesión genera.
Otra voz, deliciosa, es la del pájaro del bosque. Comentador diurno de las cosas como son, de él obtendrá Siegfried importantes revelaciones. Otras criaturas del bosque, como el oso, los peces de plata en el arroyo y otros, no tienen individualidad; pero como murmullos de la selva dan forma a la Voz arquetípica que despierta en el corazón del solitario muchacho insondables anhelos de confraternidad con su propia especie. También son voces el soberbio corcel de Brünnhilde, Grane, y los temidos cuervos de Wotan. Circunstancialmente, Alberich, convertido en reptil y sapo, y Fafner, el que fuera un gigante, transformado en dragón o más bien en gusano gigante, guardando inactivo el tesoro ganado en fratricidio, se incorporan torpemente, gracias a la potencia mágica del yelmo, a las auténticas Voces de la Naturaleza.
Las más importantes de todas son las Nornas o Parcas, oráculo profundo de la noche, tejedoras del hilo que enlaza el pasado, presente y futuro, susurros del inconsciente colectivo.
La potencialidad dinámica de la naturaleza en reposo se manifiesta en dos grandes principios vitales. El primero de ellos es el agua, que, manando gota a gota por entre las raíces del Fresno del Mundo, del que cuelgan las estrellas de la bóveda celeste, forma la majestuosa corriente del Rhin. El sosegado pero constante fluir del río es el latido del cósmico movimiento casi anacrónico de la naturaleza. A este testigo fluyente del devenir está confiado el eterno reposo del oro en su estado original. El otro principio es el fuego: calienta y abrasa, vivifica y destruye, es inaprehensible, ingobernable, mágico, misterioso; es la energía, la libertad errátil y sin riendas. Por esta razón el personaje escénico en el que se concreta, el astuto semidiós Loge, llega a ser el más fascinante y sutil de toda la Tetralogía. Los dos principios protagonizarán la venganza final de la naturaleza sobre el orden que no supo respetarlos.
Finalmente, el mundo que alienta el sueño de Erda está formado por tres estratos, reflejados en un espejo esperpéntico. En la base, los angostos subterráneos sin luz y sin belleza, donde la tierra es sólo geología. Los nibelungos, que habitan este paraje, son enanos, negros, escurridizos, van llenos de polvo y se parecen a acorazados insectos. Su raza, antigua y aislada, ha trabajado con placer los minerales para producir adornos sin mercado ni valor agregado. La superficie del mundo es el bosque milenario atravesado por el Rhin. En el centro de la floresta, arrogante, llenándolo con sus ramas, principio masculino de la ensoñecida naturaleza, se yergue imponente el Fresno del Mundo. Las nocturnas Nornas anudan en sus ramas la cuerda del destino. Brota entonces la suprema armonía entre Erda, la gran madre, y el fálico árbol vigoroso. Habitan el bosque los últimos vástagos de ruda estirpe, Fasolt y Fafner, gigantes de ciclópea fuerza, pero de escasa inteligencia, que arrastran por la superficie de la Tierra su enorme soledad. Últimos individuos de su progenie, sin hembra, sin amor, están condenados a la extinción. Trabajan la dura roca para otros, para los hermosos dioses que habitan las resplandecientes alturas.
Ágiles, luminosos, jóvenes, los privilegiados dioses atesoran bienes y virtudes. Wotan, el primero de ellos, posee valor, arrogancia, y voluntad. Fricka, su esposa, ejerce el matriarcado hogareño. Freia, adorable y frágil cultivadora de las manzanas de oro, perfuma de juventud y placer la atmósfera vital de sus hermanos. Donner blande el martillo que produce el rayo y el trueno. Froh hace nacer el arco iris tras la tormenta y modela la forma ideal de belleza que llamamos arte. Carecen, sin embargo, de la inteligencia o poder necesarios para gobernar sobre los otros estratos del mundo. El poder se obtiene sólo a cambio de un renunciamiento. Mas nos falta aún el espejo.
El Oro del Rhin desarrollará íntegramente su acción en la esfera de los estratos del mito. La Walkyria y Siegfried producen acciones paralelas o de ósmosis. El Ocaso de los Dioses, por consciente paradoja con su título, nos muestra el lado de acá del espejo. La naturaleza humana de Siegmund, Sieglinde, Siegfried y Brünnhilde, despojada de su divinidad, exige la extrapolación del mito en el mundo inmediato de los hombres. El mundo neurasténico de Hagen, Gutrune y Gunther.
El atentado original
Erda reposa en un suave sueño. Mana a la sombra del Fresno la fuente, como sucedió desde el principio. Hay una irrupción extraña. Wotan ha llehado hasta el centro del bosque. Sus sediebtos labios aplacan el ardor en la fresca corriente. Su mano, en osado gesto, arranca del árbol una de las ramas. Aceptó perder en el empeño uno de sus ojos. No conseguirá así la sabiduría, que su impetuosa juventud no anhela, sino la identidad en el poder. Cambia su hermosa integridad física, armoniosa, por la posesión de la masculina rama del fresno. Con ella confeccionará la soberbia asta de su pujante y fálica lanza. Una de las Nornas relata cómo esta acción interrumpió la armonía del estado natural:
Durante mucho tiempo ha venido
Consumiendo al bosque la herida.
Marchitas cayeron las ojas,
Perdió el árbol su lozanía y vigor.
Entristecida, secóse la fresca fuente.
Y confuso vino a ser mi canto.
Con esta acción, no estamos en presencia de un pecado original, ni asistimos a la evolución de una cosmogonía de oriental espiritualismo, donde el hombre cae de un estado de gracia en otro de miseria y nostálgico llanto. El necesario sacrificio que hace Wotan de su perfección corporal es el cruento pacto que su voluntad impone a la naturaleza, un do ut es que le confiere el derecho en erogirse en el ordenador del mundo alterado por su agresión. Roto el equilibrio natural, inerme Erda, la voluntad de poder de Wotan lo eleva a activo señor del mundo. Todos los estratos del mito reconocerán la potencia remodeladora del dios. Wotan será también el dios fuerte del mundo humano. El estático Fresno ha cedido su viril naturaleza a la lanza erecta. Sostenida por el puño de Wotan, la lanza, el primero de los cinco objetos-símbolo que articulan la Tetralogía, anuda lazos de acatamiento universal mediante caracteres rúnicos grabados en su asta. El lenguaje escrito representa la ley. Nibelungos, gigantes y dioses se someten a la autoridad del fuerte. Invluso Loge deja de ser formalmente libre y errante para murmurar al oído de Wotan astutos consejos. La sabia comunicación entre el mundo y la naturaleza ha sido cercenada. Las Nornas han de atar su cuerda a uno de los abetos del bosque y se interrogan entre sí. Desde su gloria de conquistador, el primero entre los dioses, guiado por la inteligencia de Loge, otorga una constitución pactada que todos aceptan como orden de derecho. Eternamente jóvenes los dioses gracias al alimento suministrado por las doradas manzanas de Freia, el nuevo equilibrio ha nacido con voluntad de permanencia.
Es un orden sólido mientras no se esclerose e incurra en contradicciones. Pero acusa debilidades de base. Su justicia no es natural, sino que impuesta - aunque acatada - desde una posición de fuerza. Falta en él la capacidad para evolucionar hacia posiciones de equilibrio en la igualdad voluntad-naturaleza. Es una construcción voluntariosa y sentimental, sensible a las perplejidades del dios que la ha levantado. Y este dios dice a Fricka:
Invariablemente sólo quieres
Entender lo habitual,
Mientras que mi ser
Me inclina hacia lo nuevo.
El orden de Wotan despierta también en las criaturas a él obedientes conciencia de frustración. El equilibrio de la ley ha sido siempre muy delicado.
La actuación enfrentada de Wotan y Alberich
Alberich es el primero entre los nibelungos. Contrafigura de Wotan, es el señor de las tinieblas, como el dios es el señor de la luz. Vive angustiado en la neurosis de sus imposibilidades, anhela la claridad y desea el placer. En su búsqueda se desliza por entre las grietas de su medio subterráneo hasta las profundidades subacuáticas del Rhin. Desde ellas implora de las ondinas un afecto ajeno al orden natural de las cosas. Las Voces de la Naturaleza sólo pueden romper en un tumulto de burlas y risas al escuchar la pretensi{on del nibelungo. No sería razonable esperar del enano que la evidencia de su miseria despierte en él una autodisciplina de la resignación. Por el contrario, brota espontáneamente un feroz e indiscriminado sentimiento de venganza. Éste es el instante de la revelación inocente del oro. Los rayos solares le arrancan iridiscentes fulgores. Las profundidades del río resplandecen en esta fiesta de luz. Las ondinas invitan a Alberich a gozar del prodigio natural. Pero el nibelungo se reconoce entonces más repulsivo y desgraciado. Pregunta cegado por el incomprensible brillo y la naturaleza contesta por medio de Wellgunde, una de las hijas del Rhin:
El dominio del mundo
Alcanzaría para sí
Quien se forjara
Con el oro del Rhin un anillo
Que confiere un poder inmenso.
Woglinde, la segunda de las tres ondinas, añade:
Tan sólo quien rechace
El poder del amor;
Tan sólo quien reniegue de sus delicias,
Solamente él obrará el prodigio
De obligar al oro a trocarse en anillo.
La suerte está echada. Alberich decide un nuevo y doble atentado: contra la naturaleza, mediante el despojo del oro, y contra Wotan, al pretender de establecer un tercer orden mediante el poder del anillo.
No hay rastro en el nibelungo de un sentimiento noble de reivindicación, de retorno a la justicia natural o de conquista de la luz negada a su pueblo. Para él, el oro es el único instrumento de poder. Al igual que el dios cedió uno de sus ojos, el enano adquiere el tenebroso derecho a forjar el anillo previa definitiva renuncia al amor. Nace así entre las garras de Alberich el segundo de los objetos-símbolo de la Tetralogía, el esperpento de la lanza, la sortija que da nombre al ciclo. Si la lanza retomaba activamente la la potencialidad potencia viril del Fresno, el anillo del nibelungo resume en su circunferencia sin principio ni fin la naturaleza castrada.
El círculo áureo es, en el puño de Alberich, el símbolo del terror. Totalitarismo y dictadura. No es, por tanto, el anillo la exacta compartida por la lanza. Ni siuiera expresa la degradación de sus aceptables virtudes. El tema musical que caracteriza al anillo, variado al modo mayor, es el mismo que describe la solemne altivez del Walhalla, la fortaleza de los dioses, excrecencia de un poder justo que deviene en abuso. El anillo coincide con el Walhalla en cuanto la fortaleza de los dioses es una injusta manifestación de extemporáneo poder. La lanza era una forma de sufragio universal dirigido. El anillo es un diktat totalmente impuesto. Alberich ni otorga constitución ni somete su imperio al control de la ley.
Sin amor, sin belleza, sin sabiduría, sin inteligencia, hinchado de triunfalismo y desprecio, enemigo visceral del dios, el nibelungo comienza por aherrojar a su pueblo e imponerle un brutal sistema de producción industrial generador de una plusvalía que él va a tratar de utilizar para tratar de derrocar al dios burgués que habita en las alturas. No existe en la historia de la narrativa descripción más perfecta de los efectos iniciales del paso de la era artesanal a la industrial, de la transformación de una economía familiar en otra de fábrica.
En ningún otro lugar puede hallarse grito más desesperado de la explotación de un pueblo devenido en proletariado que en las sombras donde resuena la rítmica forja sin remisión de los nibelungos. El terror del mundo subterráneo es absoluto, porque Alberich ha hecho forjar el tercero de los símbolos-objeto de la Tetralogía. El Tarnhelm, o Yelmo Mágico trabajado por Mime, desdichado hermano de Alberich, es la negación de la identidad real de las cosas. Simboliza el engaño, la mentira, la hipocresía, la propaganda. Cubierta la cabeza con el yelmo, Alberich será falso dragón o sapo, impune mano que golpea, control policíaco, espía de la libertad. El yelmo servirá para que Fafner se desfigure en bestia inmunda y para que, en desdichada jornada, Siegfried, con la apariencia de Gunther, arrebate violentamente a Brünnhilde el anillo entregado en prueba de eterno amor. La potencialidad deformadora del yelmo nutre el brevaje que hará degenerar a Siegfried en tonto útil. Su ambigüedad logrará que el héroe olvide a Brünnhilde, la mujer, por Gutrune, el objeto.
Paralelamente Wotan, instado por Fricka y los dioses varones, a excepción de Loge, decide construir, para su mayor gloria, el soberbio Walhalla, cuarto de los objetos-símbolo de la Tetralogía. Ha pactado con lo gigantes: el castillo a cambio de Freia, diosa del amor y la juventud. Léase también el abandono del amor por el poder. Los gigantes han sido sinceros en el pacto, ya que necesitan imperiosamente una hembra para poder perpetuarse. Pero Wotan pacta con el pensamiento puesto en interesar en otra contraprestación a los tan rudos necios. Ha enviado a Loge a recorrer el mundo en busca de un sustitutivo. El conflicto se plantea cuando los gigantes reclaman el cumplimiento del pago, obligación inexcusable del dios.
Loge, lúcido y clarividente, pide al altivo jerarca que despoje al enanode la sortija y la devuelva al Rhin. Pero el anuncio de la potencialidad dominadora del anillo ha trastornado el equilibrio del dios. Fafner sueña con la revancha de su raza, y convence a su m{as sentimental hermano: sólo el oro puede valer lo que significa Freia. Fricka considera que las joyas del tesoro la harán más atractiva a los ojos de Wotan. También el dios ve excitado su apetito de poder. Los gigantes llevan a Freia a sus dominios. La lejanía de la diosa enturbia las hasta ahora claras coordenadas del mundo de las alturas. Rápidamente, se marchitan las cualidades de los dioses. Éstos descubren atónitos cuan necesaria les era la florida juventud de Freia.
Dilema insuperable y situación límite
Wotan desciende a las cavernas de los nibelungos, guiado por Loge. La lanza y la inteligencia va a triunfar sobre el torpe tirano. Envuelto en las argucias del dios del fuego, Alberich se transforma, usando el Tarnhelm, primero en gigantesco y espantoso reptil y después en diminuto sapo. En este instante es apresado, porque al convertirse en una de las Voces de la Naturaleza que hubo de doblegarse ante la voluntad del poder del dios, queda sometido a su imperio. Arrastrado prisionero a la superficie que anhelaba como dictador, ha de entregar tesoro y yelmo, que piensa reponer, pero se resiste fieramente a la privación del anillo. Wotan se la arrebata por la fuerza. El nibelungo es devuelto a la oscuridad de su reino. Sin belleza, sin amor, sin poder, impotente para la venganza inmediata, sucumbe a un odio feroz e implacable. Lanza una maldición al anillo y sus futuros poseedores con las siguientes palabras:
Puesto que me exigió una maldición,
¡Maldito sea este anillo!
Enferme la inquitud a quien lo guarde;
Corroa la envidia a quien no lo tenga.
¡Ate el miedo al cobarde a la amenza de la muerte!
Así, mientras viva, irá muriendo:
Porque el anillo del señor
Es ahora el anillo del esclavo.
La maldición de Alberich no es elemento mágico, irracional, injustificado. El nibelungo se limita a proclamar la potencialidad destructiva de la sortija. Quien la posea, vivirá la dura soledad del poderoso. Quien la anhele, tendrá que matar para arrebatarla. El anillo producirá terror, miedo, esclavitud, envidia, asesinatos. Pronto va a producirse la primera y sangrienta pugna por el dominio de la joya. Wotan, tras una vergonzosa confrontación de Freia con el tesoro del nibelungo, que sustituye pieza por pieza a las manos, los cabellos y los ojos del amor, se aferra al anillo aun a costa de la definitiva pérdida de la dulce diosa. Las estructuras de su orden vacilan sobre sus cimientos. Está a punto de saltar en añicos el pacto, podríamos decir, el orden constitucional. El dios va a dar el paso totalitario inherenta a las situaciones límite de orden conservador. Surge entonces desde su sueño Erda: la naturaleza había soportado la violencia original del dios, porque, si bien la alteraba, no la desruía; había tolerado, aunque con evidente conmoción, el nuevo atentado del nibelungo.
Pero no puede presenciar impasible la catástrofe moral de Wotan, que pretende arrasarlo todo para implantar el mismo estado de terror pretendido por Alberich. El nibelungo es el único dueño del anillo, porque el precio de su forja fue la renuncia al amor, como el acceso a la lanza le costó uno de sus ojos. Pero la lanza, utilizada como fuente de derecho, podía llegar a tener una justificación, a diferencia del anillo. La ley de la lanza obliga a Wotan a devolver a las hijas del Rhin la sortija, para que, fundida nuevamente en su oiriginal condición de inocente mineral, repose eternamente en el lecho del río, restituyendo así el equilibrio natural. Pero es también obligación de Wotan pagar el Walhalla a los gigantes con Freia o con el oro. Ante este dilema insuperable, lejana aún la hora de las Nornas, enmudecidas todas las Voces de la Naturaleza, latente por doquier el odio de Alberich, arrebatado de nuevo Wotan por la tentación de poder, surge Erda para advertir el peligro y murmurar su consejo:
¡Cede, Wotan, cede!
¡Escapa a la madldición del anillo!
Su posesión
Te impulsará sin remedio
A la total ruina.
Cuando Erda se esfuma, el dios se desprende del anillo y recupera a Freia. Con este gesto parece haber logrado la serenidad de sus propias reglas y la pompa del Walhalla. Pero la angustia y el temor han abierto una honda sima en la monolítica arrogancia que lo caracterizaba. Ve estallar ante él una lucha fratricida. Fafner abate a Fasolt para obtener su posesión él solo. El anillo forjado y maldito por el nibelungo se cobra el primer tributo. En el atardecer, la resplandeciente fortaleza adquiere sombríos tonos de ocaso. Sólida, firme e inigualable, inspira a su dueño la seguridad perdida. A su vista, la inquietud de Wotan genera en este instante una violenta decisión de lucha. Vibrante y afilado surge el motivo orquestal de la espada, quinto y último de los objetos-símbolo de la Tetralogía. Ya no es la ley, sino la violencia, la norma que va a regir los destinos del mundo. Wotan, que piensa sólo en evitar por todos los medios que Alberich recupere su sortija, concibe un plan de ataque de vastas proporciones. Cuando se encamina al Walhalla por el arco iris de Froh, en compañía de los exultantes dioses, no sabe que va a penetrar en la que será su última trinchera. En tragicómica escena, es Loge el encargado de hacer llegar a las ondinas, que reclaman la devolución del oro, la altiva respuesta de Wotan:
Oíd lo que Wotan tiene que decir:
¡Nunca más las iluminará
el oro, muchachas!
¡Desde ahora recibirán la luz
del divino fulgor de los dioses!
Pero la situación real había sido precisada pocos momentos antes por este mismo maquiavélico portavoz:
Hacia su fin corren
Los que se creen tan fuertes en su ser.
Casi me averguenzo
De colaborar con ellos.
Esperaré la mejor ocación
Para volverme nuevamente
En ondulante flama.
Las Voces de la Naturaleza, las burladas hijas del Rhin, proclaman la condición moral del triunfalismo. Por encima de la pompa obtusa de los dioses, al pie del lujoso arco iris del arte controlado, Erda expresa su sabiduría y su queja por voz de las ondinas:
El amor y la fidelidad
Sólo viven en lo profundo.
¡Falso y podrido es
quien allí arriba se alegra!
¿Cómo detener la rueda?
Ésta es una pregunta que hará Wotan a Erda mucho tiempo después, en la alborada del fin de su orden. Viejo, cansado, el otrora poderoso dios sólo anhela el reposo de la muerte.
Cuando el Walhalla, al final, es una gigastesca antorcha, la orquesta expone por última vez un tema que unos llamas de "la redención por el amor" y otros de "la salvación". ¿Redención? ¿Salvación? ¿Para quién? No regresa la música al acorde de si bemol mayor que da inicio a El oro del Rhin. No se resuelve la Tetralogía en el eterno retorno al estado natural. No existe ya el Fresno del Mundo, como tampoco existen las castas del mito. Erda duerme de nuevo, Loge recorre el espacio a su errante antojo, fluye el río y, en su lecho, las hijas del Rhin juegan en torno lo último que queda de un mineral carente de significado. Ya no existe la voluntad de poder.
¿Fue Wotan un error? ¿Fueron Siegfried y Brünnhilde una pasión inútil? Richard Wagner, como Erda, no da respuesta. Más de cien años lleva su obra provocando los más encontrados comentarios, quizá porque Wotan y su estirpe son una pasión necesaria e irrepetible cuya causa siempre ignoraremos.