Ventajas Que es una parte más de una trilogía de éxito
Inconvenientes Que no es el final de la trilogía, sino sólo su principio
Cuando acabé de ver "Hannibal" supe al punto que era seguro que habría una continuación, una tercera película de esta saga de "El silencio de los corderos", pues su final era lo suficientemente poco concluyente como para dejarlo entrever así, pero lo que no imaginé fue que esa tercera parte no iba a ser -como yo había sospechado- una recreación de la vida en libertad tras su periplo florentino, y con una sola mano, del antropófago con más glamour que ha gestado la industria del cinematógrafo, sino que consistiría en una mirada atrás hacia los años en que Hannibal Lecter, por aquel entonces un reputado psiquiatra con unos gustos artísticos sumamente refinados y unos hábitos culinarios un tanto "peculiares", está disfrutando de sus últimos momentos de libertad y acaba perdiéndola por la sagacidad de un joven investigador del FBI que descubre que ha sido él el causante de una serie de asesinatos misteriosos. A partir de ese momento, y hasta que acabe la cinta, toda la existencia del caníbal Lecter transcurrirá en una sórdida mazmorra hospitalaria que, en vez de barrotes, tiene una especie de cristal antibalas: la misma celda que ya tuvimos ocasión de ver en "El silencio de lo corderos".
He preferido hacer esta presentación de la película porque, a mi entender, ese inicio constituye la parte verdaderamente original de esta entrega, pues el resto de la película no me lo ha parecido tanto, sino que me ha resultado, en lo esencial y con la salvedad de algunas escenas puntuales, demasiado basado en aquella primera parte que tanto éxito tuvo. Al igual que en ella, ahora también vemos a un agente del FBI intentando aprovechar los conocimientos psicopáticos del encarcelado caníbal Lecter para dar caza a un asesino en serie que anda suelto sembrando el terror en varias ciudades y cuya "especialidad" es el asesinato ritual de familias enteras. Sobre este asesino diré que está interpretado por Ralph Fiennes, al cual ya sólo le quedaba interpretar un papel como éste para granjearse fama de actor duro e insensible después de que pocos años atrás lo viésemos encarnando a un despiadado jefe nazi de campo de concentración en "La lista de Schindler". No sé si se podría haber escogido a algún otro actor que tuviese una cara de malo de la que Fiennes carece, aunque quizás esa elección haya sido acertada en el sentido de que, como está generalmente admitido, un asesino en serie no se distingue por ningún rasgo físico en concreto y que puede ser, en apariencia, la persona más normal de mundo. Es más, en el caso concreto de esta película, hasta el labio leporino con el que han maquillado a Ralph Fiennes y la introversión y pusilanimidad que éste le hace adoptar sirven para que el público (sobre todo el femenino) se sienta tentado a mostrar una actitud piadosa y condescendiente hacia él, muy al contrario de la repulsa que pueden suscitar el cinismo y manifiesto sentimiento de superioridad de Hannibal Lecter. Y es que en términos psicológicos, el de los asesinos en serie es un mundo donde hay mucho por explorar.
Y más emotividad aún pueden provocar las imágenes en las que, a modo de recuerdo, el asesino en serie Fiennes evoca su infancia. Son de lo más parecido a "Psicosis", con la salvedad de que en esta ocasión el papel tiránico e intransigente no lo asume la madre sino una abuela, a la cual se nos presenta casi como una castradora psicológica cuyo fantasmal recuerdo persigue al asesino hasta hacerle casi perder la razón y contra el que el "infeliz" se revuelve furioso pero sin verse capaz de escapar a su nefasto influjo.
Así pues, quedan confrontados en la película, para que el espectador pueda compararlas, dos actitudes psicopáticas diferentes pero convergentes en sus aterradores resultados finales: por un lado, la del doctor Lecter, que es un asesino refinado que mata porque detesta la vulgaridad y cree que la mejor manera de eliminarla del mundo es acabando con la gente vulgar; por otro lado, la del Dragón Rojo (Ralph Fiennes), un asesino visceral que mata porque detesta ver la felicidad que rezuma una familia constituída y bien cohesionada, quizás porque a él se le privó, en su infancia, de vivir en el seno de una familia feliz y él mismo no llegó a conocer la felicidad ni sabe lo que es en el actual momento de su vida. El primero es un arrogante que mata porque le gusta matar autocomplaciéndose con el pensamiento de que le está haciendo un favor al mundo quitando de en medio a los ineptos; el segundo mata impelido por un oscuro impulso que surge de las más recónditas entrañas de su mente, forjada ésta en un ambiente familiar desapegado e inhóspito. El doctor Lecter no siente ningún remordimiento por su víctimas, pues se ve a si mismo como un mejorador de la especie y se siente feliz asumiendo ese papel; el dragón rojo tampoco siente remordimientos por sus víctimas pero, a diferencia de Lecter, se le ve constantemente atormentado en su fuero interno y hay ocasiones en las que parece que desea tener la suficiente fuerza de voluntad para sustraerse de si mismo. Quizás, en último término, la mayor diferencia entre ambos personajes estribe en el ámbito moral: el doctor Lecter mata a pesar de que -aun siendo un psicópata- sigue teniendo la suficiente capacidad de discernimiento como para saber distinguir entre el Bien y el Mal y, haciendo uso de su libre albedrío, opta por el Mal; podría haber escogido no matar, pero hace mucho tiempo que descartó esa elección. Por contra, al Dragón Rojo no se le ve esa capacidad de elección, sino que parece que su camino de terror ha sido trazado por una voluntad ajena a la suya y que él, ya sea por incapacidad de lucha o por acomodo con la situación, no ha sido capaz de evitar.
Pasando ahora a lo que es la labor de investigación policial destinada a averiguar la identidad del asesino en serie, diré que me ha dejado un sabor agridulce. Admito que los argumentos y razonamientos que se hacen a lo largo de la cinta para tal averiguación me han parecido muy coherentes y bien hilvanados, pero no me han convencido ni la rapidez ni la cuasi infalibilidad con las que son formulados: al fianl se tiene la impresión de que las pesquisas policiales han sido demasiado pulcras, sin errores y sin pistas falsas, lo cual es algo poco realista; parece como si a los agentes del FBI no les costara ningún trabajo encontrar una aguja en un pajar y que cuando se enfrentan a un montón de datos dispuestos sobre una mesa son capaces de encontrar el hilo conductor que están buscando con tan sólo echar una mirada inquisitiva.
Vista la película, parece como si para ellos fuese de lo más natural llevar a buen puerto, sin demasiado esfuerzo mental, una investigación que, en la vidad real, supondría un serio quebradero de cabeza para el equipo investigador más cualificado, tal como realmente ocurre cuando una fuerza policial se tiene que enfrentar al reto de capturar a un asesino en serie. Supongo que tal facilidad ficticia será debida a una exigencia del tiempo de duración de la cinta.
Rectifico parcialmente lo que acabo de decir: sí hay una pista falsa, casi al final de la película, aunque no voy a desentrañar su naturaleza pues supondría destripar la trama, pero aun así la sagacidad y capacidad de juego psicológico del agente protagonista del FBI es tal que acabará tomando las riendas de la situación.
En definitiva, y haciendo una comparativa de la trilogía, diré que, como pasa casi siempre en este tipo de entregas cinematográficas, la primera ("El silencio.....") fue la mejor y que como ella no ha habido otra. Tenía el suficiente punto de intriga como para mantener al espectador pegado a la butaca con la boca medio abierta y a medio llenar de palomitas, al tiempo que la espectacular fuga de Lecter invitaba a esperar expectantes la segunda entrega ("Hannibal") que, quizás por transcurrir en la medieval y renacentista ciudad de Florencia, tenía un ritmo más atemporal, más pausado y, en ocasiones, incluso aburrido, sobre todo por esa especie de relación amor-odio que se entabló gradualmente entre el doctor Lecter y la investigadora Clarisse, una relación que rozaba lo ridículo por lo impropia y lo platónica que se veía; por si fuera poco, en aquella ocasión, la nueva huída de Lecter (ahora convertido en manco) ya no suscitó entusiasmo, sino una cierta decepción, pues el público puede aceptar que el malo, malísimo, se escape una vez, pero dos son ya demasiadas. De esta tercera entrega destaco, como ya he dejado entrever, el duelo interpretativo Hopkins versus Fiennes, que aunque no llegan a coincidir en ninguna escena, sí están a la suficiente altura intrerpretativa como para que la distintas concepciones de mentalidad psicópata que ambos encarnan impregnen poderosamente la cinta, lo cual en si mismo llega a convertirse en defecto a partir de cierto momento, pues ha sido esa confrontación de mentes enfermas lo que ha restado protagonismo a la parte de la película en la que se aborda la investigación policial, que es, al fin y al cabo, lo que la mayor parte del público desea ver.
Así pues, no voy a dejar de recomendar ver esta película, pero sólo con tres estrellitas y sólo por el hecho de que creo que cuando existe una trilogía es mejor ver todas sus partes para formarse una idea del conjunto pero, eso sí, no es esta película tan entusiamante como lo fue la primera pues, al estar el argumento muy basado en ella, el espectador puede tener una sensación de déjà vu, de que no se ha hecho otra cosa que un remake con algunas caras nuevas en el que el principal atractivo es la reaparición de ese genio interpretativo que es Anthony Hopkins, el cual corre el peligro de que se le empiece a encasillar con este personaje, lo que sería demasiado peligroso a la hora de abordar la filmación de una cuarta entrega que, de prodcurise, espero y deseo que aborde el tema que muchos hemos deseado, como es que el doctor Lecter vuelva a su lóbrega celda antes de que se le ocurra la idea de montar un restaurante con las más exquisitas especialidades antropofágicas.