No deja de sorprenderme el modo en que se encadenan distintas situaciones que coincidiendo en el tiempo, vinculan a sus participantes en un mismo espacio, en una misma atmósfera, cuestionándonos si habrá sido fruto de la casualidad, o si alguna fuerza ajena a nuestra capacidad de actuar - el destino de la Grecia clásica- ha decidido a priori que así debía ocurrir.La duda que, en un principio provoca en nosotros curiosidad y desasosiego , y, a medida que se apacigua, se transforma en convencimiento y aceptación. Estas semanas atrás dos hechos coincidentes en el tiempo se han entrelazado, que han despertado en mí la recurrente inquietud: ¿ casualidad o destino? Es así que durante el mes de septiembre los medios de comunicación se hicieron eco de dos acontecimientos culturales que tienen como denominador común a Bernardo Atxaga( pseudónimo del escritor Joseba Irazu), y que unen de nuevos dos conceptos antagónicos: el principio y el fin, el inicio y la culminación de un proceso: Este mes ha dado comienzo del rodaje, bajo la dirección de Montxo Armendariz, de la película Obaba, interpretada entre otros por Pilar López de Ayala , Juan Diego Botto y Mercedes Sampietro,, en distintas localizaciones de Navarra (el valle del Roncal) y el Pais Vasco. Película en la que el director hace una adaptación, del libro Obabakoak, obra más representativa de Atxaga. Adaptación esta dificil por la complejidad de la obra y que sin embargo, cuenta con la plena satisfacción del autor de la novela. Al tiempo que el director de cine navarro presentaba en Madrid el contenido de la película Bernardo Atxaga se encontraba en la capital española promocionando la versión en castellano de su libro «El hijo del acordeonista»( “Soinnujolearen semea “) Y es aquí donde se tensa el nudo que une esta cadena: Porque con “ El hijo del acordeonista” Bernardo Atxaga vuelve a Obaba., a ese territorio mítico , símbologia de la infancia ( no en vano “Obaba, Obabatxoa, Obabatxue ” son términos euskéricos infantiles presentes en canciones de cuna, metáfora del lugar idílico y placentero en el que el niño encuentra la calma )para dejarlo para siempre,en palabras de su autor “
Este libro recoge la nostalgia y la despedida,en él están representadas, en distinta medida, todas la obras de Atxaga: Al leerlo, encontraremos personajes que nos resultarán conocidos, temas sobre los que el autor ya ha incidido en novelas anteriores, y en más de una ocasión,tendremos la sensación paradójica de que estamos de nuevo ante “Obabakoak”, “Esos cielos”, o “El hombre en su soledad”,siendo conscientes de que todo es su vez nuevo: el mundo reducido de Obaba se amplia, la intensidad de los personajes se vincula con mayor profundidad a la experiencia humana. En “El hijo del acordeonista” Atxaga nos presenta de nuevo su paraiso, una realidad mágica situada ,como toda su obra,en el País Vasco, donde lo más cercano, lo inmediato, todo aquello que por sencillo y próximo suele pasar desapercibido porque no hemos aprendido a percibirlo, prevalece sobre lo que exageramos, idealizamos y mistificamos, inmersos en un entorno y una sociedad que nos acarrea más dolor que alegría, más pesadumbre que esperanza.
La historia, que tiene connotaciones autobiográficas, comienza en 1957 cuando David, el hijo del acordeonista, y Joseba comparten época escolar en Obaba y llega, a través de casi 500 páginas, hasta que en 1999 muere David en los EEUU, el rancho Stoneham, en Three Rivers, California, en el que había encontró la paz tras sus años como activista de un grupo independentista. Perseguido siempre por el recuerdo de Obaba,, su mundo anterior, y para dejar testimonio de su lengua, su país y su gente, David comienza a escribir un cuaderno de anotaciones en euskara. Al morir, David deja un libro en euskera contando su vida y su amigo Joseba decide reescribirlo. Este es el origen de . El hijo del acordeonista . Estamos pues, ante una modalidad del clásico “manuscrito encontrado” –en este caso, el reelaborador interviene también en la narración, no es un elemento externo –uniendo dos puntos de vista,, dos percepciones de una misma realidad . Esta estructira intemporal- la regresión en el tiempo es continua,abarcando un periodo que abarca desde la guerra civil hasta los albores del siglo XIX- permite a Atxaga intercalar historias, como las tres confesiones diferentes de los activistas detenidos, la del japonés Toshiro o el primer “americano” de Obaba.
Bernardo Atxaga con esta obra rinde homenaje al euskara y convierte en palabras del autor, “la relación de los personajes con el lenguaje,, con las palabras, y su preocupación por el futuro de nuestra lengua en un protagonista más del libro".«Los olores, los lugares, los cromatismos, , las sensaciones, sonidos del mundo rural, los olores de la casa, el atardecer,el trabajo, los rostros, los sentimientos… todo hay que saber nombrarlo.( existe un máxima en euskara, ya en desuso que significa “ todo lo que tiene nombre, existe.”- izenak daukana, bada-. La lengua escrita aparece de manera recurrente como elemento clave para preservar la memoria del tiempo, en contraposición de lo efímero que son los recuerdos. Sirva como ejemplo de lo anterior el párrafo siguiente: “…los campesinos de Obaba tenían ese aire antiguo que les hacía parecer, en sentido estricto, de otra patria. Se cumplía en ellos la definición de L. P. Hartley: “El pasado es un país extranjero donde se habla diferente”. Ejemplo de ello eran Lubis, Pancho, Ubanbe y otros muchos de Obaba. Miraban los sacos llenos de manzanas y decían, distinguiendo cada clase: “Ésta, espuru”; “ésta, domentxa”, “ésta, gezeta”. Miraban a las mariposas que se movían de aquí para allá, y no dudaban: “Ésta, mitxirrika”, “aquélla, txoleta”, “aquella otra, inguma”. Nombres carentes de sentido para quienes, aun viviendo en Obaba, habían asimilado “los valores modernos”, como era el caso de mis compañeros de colegio. Y también el mío, hasta cierto punto.
Pero no era únicamente lo que hablaban, su léxico antiguo; era también lo que callaban. Muchas palabras que hoy son de uso frecuente jamás salían de sus bocas. Sencillamente, no las conocían. Compruebo ahora, cuando voy a Visalia a comprar algo en el mall o en la tienda de música, que verbos como depress o adjetivos como obsesive, paranoic o neurotic están en boca de todo el mundo, y que son inevitables en cualquier conversación, sea o no personal.
Pues bien: yo nunca los oí de labios de Lubis, Pancho o Ubanbe. Ellos resolvían el asunto mediante dos sencillas frases: “Estoy contento” o “no estoy muy contento”. Jamás pasaban de ahí, jamás se explayaban contando sus sentimientos íntimos. Eran de otra patria, eran antiguos, de una época anterior a la proliferación de los diarios íntimos. Aunque yo me inclinaba por lo contrario"
La versión en castellano de la novela ha sido traducida por el propio Atxaga, que trabajó duramente y a diario, y por su mujer, Asun Garikano,-excelente traductora-y ha venido precedida por el gran éxito que ha tenido en euskara. Se han vendido 15.000 ejemplares de la versión original, ha merecido el Premio de la Crítica en lengua vasca (concedido por la Asociación Española de Críticos Literarios) y el Euskadi de novela, y ha sido también seleccionada para el Premio Nacional de Narrativa que finalmente ha reacaido en Juan Manuel de Prada.
Por ultimo, creo obligado señalar que yo leí el libro en euskara. El propio Atxaga ha reconocido que la versión en castellano,por la propia lengua,sea quizá más dinámica que la original.
Disfrutad de un pequeño fragmento de las primeras páginas de este libro: "Mi primera patria, la patria de mi infancia y de mi juventud, fue un lugar llamado Obaba. Las pocas veces que me alejé de allí por un tiempo, como el verano que fui enviado por mis padres a un colegio de Biarritz, o el invierno siguiente, cuando viajé con ellos a Madrid, no me sentí mejor que aquellas víctimas de la relegatio que eran desterradas al mar Negro, y ni una sola noche dejé de preguntarme cuándo podría regresar.
Recuerdo que por aquella época, o tal vez algo más tarde, cuando tenía ya trece años, contrataron un psicólogo en nuestro colegio de La Salle, y que yo fui enviado a su despacho por el prefecto; no porque fuera un alumno poco estudioso o rebelde, sino por el escaso interés que mostraba por relacionarme con mis compañeros; por mi misantropía, para decirlo con la palabra que utilizó el prefecto y que entonces me resultó nueva. Después de entrevistarme durante cuarenta minutos, el psicólogo atribuyó mi poca sociabilidad al apego que sentía por el mundo rural, e hizo constar en su informe que los viejos valores aparecían en mi mente confundidos con los modernos.
Aquel lenguaje era nuevo para mis padres, pero no así el problema. Ellos eran conscientes, y estaban preocupados. “Ya has vuelto a estar en un caserío, David. No lo entiendo”, me dijo mi padre unas semanas después del informe del psicólogo, viendo que tenía briznas de paja pegadas a la ropa. Luego añadió lo que me decía siempre, su cantinela favorita: “Hace tiempo que dejaste de ser un niño, pero aún no sabes a qué ambiente perteneces”.
Quería decir que yo era de buena familia. Y era cierto. Aparte de acordeonista profesional, él era un hombre con responsabilidades políticas, con influencia tanto en Obaba como en la provincia. Mi madre, por su parte, tenía un taller de costura que ocupaba unos cincuenta metros cuadrados de la casa donde vivíamos, Villa Lecuona.
Pero, a mis trece o catorce años, yo era indiferente a los beneficios de la posición social, y así se lo expresaba a mi padre cada vez que me recriminaba. Él se irritaba conmigo, y me amenazaba con no dejarme salir de casa o con meterme interno en el colegio, hasta que intervenía mi madre y zanjaba la discusión: “Déjale, Ángel. Acuérdate de lo que dice mi hermano. Cualquiera puede llevar un caballo al río, pero veinte hombres no pueden obligarle a beber contra su voluntad”.
Mis padres intentaban que el caballo por fin bebiera, y me siguieron mandando a la capital de la provincia –tenía y tiene un bonito nombre: San Sebastián– para que estudiara en el colegio de La Salle, aun cuando el viaje de ida y vuelta me llevara más de dos horas, y existiera la posibilidad de acudir a colegios más cercanos. Además invitaban a casa a Martín y Teresa, del hotel Alaska, o al hijo del dueño de la serrería Maderas de Obaba, Adrián. Pero, sin negarme a beber de aquel agua, sin dejar de relacionarme con aquellos amigos de idéntica posición social, yo prefería, como apreció el psicólogo, el otro mundo, el rural. Lo ignoraba todo acerca del pastoreo; no sabía cómo preparar el biberón de leche para un ternero o la forma en que había que ayudar a una yegua para tener un potrillo; pero sentía nostalgia de aquellas labores sencillas, como si alguna vez, en una vida anterior, hubiese sido uno de aquellos “campesinos demasiado felices” que elogió Virgilio.
Las listas que confeccionaba con los nombres de las personas que me eran más queridas –mis listas sentimentales– eran otra prueba de lo mismo. En la que copié en mi diario a la edad de catorce años, el primer lugar lo ocupaba mi amigo Lubis, que ya para entonces se encargaba de los caballos de Juan. El segundo era su hermano José Francisco, Pancho, que trabajaba en la serrería Maderas de Obaba y no tenía otro cometido que el de llevar el almuerzo a los leñadores que talaban árboles en el bosque. Y era un leñador, precisamente, el que seguía a Lubis y a Pancho: un muchacho de 1’90 de altura y cien kilos de peso al que todos llamaban Ubanbe, por haber nacido en la casa del mismo nombre. Así pues, mi lista sentimental la encabezaban tres campesinos. Los otros amigos –Martín, Teresa, Adrián, Joseba– venían a continuación."
Estoy en las primeras páginas.... espero que me guste al menos tanto como tu opinión. Saludos