La explicación psicoanálitica de la naturaleza y el funcionamiento de la mente humana tuvo gran repercusión filosófica. Ahora bien, en sentido estricto esta explicación pertenece más al ámbito psicológico que a lo filosófico. Lo que sí goza de un carácter claramente filosófico es la aplicación de todas estas teorías en la interpretación sociocultural.
Según Freud, los individuos y la sociedad han evolucionado de manera similar. Al nacer, el bebé se ve empujado por sus impulsos, no hay nada que frene o limite sus pasiones. Vive entregado al placer, sin restricción de tipo alguno.
Sin embargo, la necesidad de sobrevivir trae consigo la aparición de una instancia racionalizadora que oponga al principio de placer un principio de realidad, capaz de reprimir aquellas tendencias que resultan peligrosas para la autoconservación. A la larga, los individuos asimilan e interiorizan las normas paternas, de manera que se crea una nueva instancia represora, el superyo, destinado a vigilar y controlar el yo.
La sociedad pasa por un proceso parecido. En un primer momento, los hombres viven en estado de naturaleza, entregados a sus impulsos más primarios y básicos. Ninguna norma o ley les coarta o limita. Ahora bien, dado que estos impulsos son idénticos en cada individuo, se produce un conflicto permanente difícilmente compatible con la supervivencia.
A la larga, el único que puede disfrutar de los placeres que todos anhelan es el jefe de la tribu, que, para conseguirlo, mantiene esclavizado al resto. La fuerza pulsional lleva a los hombres a revelarse y a matar al jefe poderoso. Una vez suprimida la autoridad, el sentimiento de culpabilidad y la consciencia de que, sin control ni limitación, la supervivencia es poco probable, muestran la convivencia de normas. Así es cómo nacen la sociedad y la cultura. Es decir, se establece un sistema de convivencia reglamentado por normas que limitan la libertad, pero que, a la vez, garantizan la seguridad.
En su crítica cultural Freud nos ofrece una visión negativa de la humanidad donde podemos ver que los humanos son cual animales que necesitan estar controlados para evitar su autodestruccion, para ello nos lleva aun “viaje espacio temporal”, ficticio donde al igual que otros autores como Hobbes nos lleva a ese momento utópico del contrato social en el que los hombres primitivos llegaron en los orígenes de los grupos sociales para así poder sobrevivir. Con este “contrato” acaba el descontrol anárquico anterior para empezar a estar dirigidos por una serie de normas no escritas que cual superyo freudiano reprime los instintos más básicos que puedan ir en contra de este contrato social que beneficia al grupo olvidando los deseos y las pulsiones individuales, por el bien del grupo. Pero este bien del grupo, es un bien del grupo por necesidad, ya que por extensión se trata de un bien personal individual. Ya que sin este sistema de normas solo sobrevivirían los fuertes quedando los débiles pese a su potencial intelectual eliminados de la ecuación, pero ahora protegidos por el contrato social podrán todo juntos aunque reprimidos tener acceso por igual a lo que antes no tenían.
Una visión muy negativa del ser humano, donde parece que nada bueno se contiene en realidad.
Paralelismos entre la formación personal individual y el proceso de constitución social. (Comparativa entre el contrato social y la evolución infantil hasta ser un miembro de la sociedad). Aquí podemos ver la intima relación evolutiva que podemos encontrar entre las teorías sociopolíticas de Freud y sus teorías sobre la formación del individuo.
En “El malestar de la cultura” analiza Freud la naturaleza de ésta y sus consecuencias para el individuo. Ya en “Tótem y tabú” se decía que la vida en común supone una notable renuncia a las tendencias sexuales y hostiles. “El malestar en la cultura” insiste en este punto, dando más importancia, curiosamente, a la renuncia a la agresividad que a las renuncias sexuales.
El camino seguido por la cultura para imponer esta renuncia en dirigir hacia uno mismo la agresividad por medio de la conciencia moral, del superyo exigente y cruel:
“La tensión creada entre el severo superyo y el yo subordinado al mismo la calificamos de sentimiento de culpabilidad; se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo. Por consiguiente, la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo debilitando a este, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada.” (El malestar en la cultura.)
Más adelante señala Freud que “el precio pagado por el progreso de la cultura reside en la pérdida de felicidad por aumento del sentimiento de culpabilidad.” (El malestar en la cultura).
Esta situación es fatal, sustancialmente inevitable. Tal vez sea posible paliarla hasta cierto punto, rebajando las exigencias de la cultura (del superyo severo) e introduciendo ciertos reajustes (Freud piensa en la posibilidad de un futuro tratamiento psicoanalítico de la colectividad), pero la cultura hará siempre infeliz al ser humano. El pesimismo se impone, una vez aceptada la imposibilidad de eliminar ninguna de las tres instancias del aparato psíquico: el ello, yo y superyo.
Las consecuencias sociopolíticas que cabe extraer de esta estructuración del psiquismo son muy diversas, según qué instancia se considere digna de ser forzada o debilitada. Si se emite un juicio negativo sobre el ello, se pone uno del lado del totalitarismo y de la represión. Si, por el contrario, el juicio negativo recae sobre el superyo, se pretenderá imponer una actitud de tipo libertario y anarquista.
“No nos sentimos cómodos en nuestra civilización del presente” Estas palabras de Freud expresan el desencanto que le producía el hecho de que la cultura fuera incapaz de contribuir a la felicidad que todo ser humano busca. La cultura, incluyendo ahí la técnica, no ha incrementado el bienestar de la humanidad. Ha proporcionado un gran número de objetos, pero no la ha hecho feliz. “La felicidad no es un valor cultural”, la sociedad y la cultura no se proponen como objetivo proporcionar felicidad a sus miembros.
Y es que es inherente a la cultura sustituir el principio de placer por el principio de realidad. Esta sustitución genera malestar, pues se reprimen los impulsos más primarios. Si todos diéramos rienda suelta a estas necesidades, se produciría un estado de inestabilidad difícilmente soportable. Por eso la sociedad se ve obligada a pulsiones sexuales. Actividades culturales como el deporte, el baile o la creación artística son mecanismos sublimadores de estas pulsiones, o sea, formas socialmente aceptables de desviar o compensar los impulsos primarios.
Resulta inherente a la cultura sustituir la satisfacción inmediata por una satisfacción retardada y encubierta. Cuando eso se exagera y una determinada civilización se vuelve represiva en exceso y no aporta suficientes mecanismos sustitutorios, se enrarece y entra en crisis. Entonces, sus miembros no se sienten satisfechos, y se vuelven críticos y subversivos.
La sociedad que nos presenta Freud, es una sociabilidad por mero interés. Los que mantienen esta postura no niegan que el ser humano viva en sociedad. Es indudable que la mayoría de las personas vive con otras personas, con las que establece relaciones que forman lo que llamamos la sociedad. Sin embargo, estos pensadores no valoran este hecho como una necesidad natural que inevitablemente está con nosotros, sino como una necesidad que surge de nuestra debilidad. Si fuésemos capaces de satisfacer nuestros deseos y de asegurar individualmente nuestra existencia; es decir, si fuésemos autónomos, no buscaríamos la compañía ni la cooperación de los demás.
Por lo tanto el hombre no es un ser social por naturaleza, sino por interés. Su constitución no le inclina a vivir en sociedad para realizarse como tal. Lo hace para facilitarse la supervivencia, para garantizarse una cierta seguridad. El hombre, por su forma de ser, no se siente inclinado a relacionarse y cooperar con los demás; al contrario, es un ser egoísta que ve en los demás, o bien posibles rivales en la satisfacción de sus deseos, o bien a medios para satisfacerlos. Sin embargo, las dificultades con las que se encuentra y que amenazan su supervivencia le inclinan a buscar la ayuda de los otros.
Según muestra Freud en este texto, la vida en sociedad se explica como una forma de preservar nuestra supervivencia. Para Freud la conducta humana muchas veces está causada por impulsos inconscientes, fuerzas que nos mueven a actuar para alcanzar nuestros deseos y que exigen una satisfacción inmediata. La existencia de estos impulsos provoca un estado de hostilidad mutua y constante, pues casi todos deseamos las mismas cosas. La sociedad surge, entonces, con la voluntad de garantizar la supervivencia. Para ello deberá limitar esos impulsos que son la causa de la hostilidad entre hombres. La vida con los demás no es natural, puesto que se basa en la represión de nuestros instintos primarios. Sin embargo, la sociedad es necesaria ya que esta represión provoca menos sufrimiento que el provocado por la guerra de todos contra todos.
Guerra que acabaría con la especie y por lo tanto con cualquier oportunidad de perpetuarse a través del tiempo. Freud tiene una visión bastante Hobbiana del hombre, compartiendo esa famosa frase de este filosofo: El hombre es un lobo para el hombre.
Freud vivió en una Viena efervescente en iniciativas culturales y artísticas, pero muy represiva y puritana. De todos modos, a pesar de sus análisis pesimista, fue un partidario convencido de la necesidad de la cultura y la sociedad. Tal vez lo necesario era hallar el modo de conciliar los naturales impulsos humanos con las exigencias u los convencionalismos sociales. Éste era, para Freud, el gran reto del futuro.