EN EL NOMBRE DEL PADRE

5  09.02.2010

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La hermana Teresa corre con un pequeño en brazos acabado de nacer, allí en esa tienda de campaña que la Cruz Roja ha habilitado para que sirva de Hospital, varios Médicos Sin Fronteras se apañan con los heridos, algunos están en sus últimos momentos y es allí donde entra el padre Samuel para darles un poco de calor con sus hermosas palabras. Hay gritos de dolor, otros niños se acurrucan en los rincones con los ojos llenos de terror a pesar de que han pasado algunos días del fatal terremoto que sacudió la tierra de nadie, la tierra de los que nos tienen tierra, la tierra del vudú y de la magia negra que poco o nada ha podido hacer en este ocasión por salvar a los santones que también han muerto junto con los iniciados en esta suerte de magia.

Salgo del ambiente cargado de dolor y de olor que dan náuseas, a mi derecha se queman las vendas chorreando sangre y algunos restos que han sido amputados, todo parece un mercado del terror. Mi vista se pierde en un horizonte de desolación con edificios a medio caer, habitaciones al aire libre que dejan ver su antiguo contenido lleno de polvo y ruina, la gente se mueve como si fuesen verdaderos zombies quizás porque es la verdadera definición de esta marea humana que se tambalea no se sabe a dónde ni cómo. Se miran unos a otros, se tapan para que no vean los destrozos que en sus cuerpos han dejado como firma el terremoto, unos corren por la inexistente calle llevando algo que han robado en algún almacén en ruinas.

Llegan los camiones llenos de provisiones, se amontonan, se pelean, se quitan los sacos de grano, o las cajas con galletas y otros alimentos primordiales... tiene que venir el ejército americano por supuesto, quién puede poner orden aquí si no son ellos?. Y me siento en una piedra, me limpio el sudor y mis manos me hacen recordar las cremas que tengo en mi casa para que no se sequen con el frío; menuda idiotez¡, me digo a mi misma; aquí no hace falta hidratarse porque ya se está vacío de todo.

El padre Samuel, de los jesuitas que han llegado a la isla se sienta a mi lado y con una mirada tratamos de definir lo que ambos pensamos desde tan diferentes puntos de vista. Una mujer y un sacerdote. Un hombre que se apoya sobre una rama de un árbol llega hasta su lado, le pide en francés que le dé su bendición, el padre Samuel como ha hecho siempre en todos los lugares donde el miedo y el terror sacude a los más débiles, le acaricia la cabeza y se deja besar. Mi ojos se clavan en el sacerdote porque aún no puedo comprender donde encuentra la fé dentro de este infierno.

Me seduce la idea de tanto y tanto como se está organizando en los países desarrollados para ayudar a esta isla de desgraciados que antes y después del terremoto se codeaban con la miseria y la muerte. Me imagino a las grandes naciones organizando maratones con nombres conocidos de actores, actrices y cantantes de primer orden, amontonando dinero que irá a parar a estos haitianos, me pregunto cómo le darán el dinero. Lo harán directamente, poniendo un fajo de billetes en sus manos para que compren dónde?. Cambiarán el dinero conseguido por alimentos y medicinas... pero dónde está la que se necesita ahora mismo, salvo estos médicos y los venidos de otros países cuyo cometido es buscar supervivientes y gente voluntaria que hace el bien in situ, poco me imagino que harán esos montones de billetes o de cajas de alimentos que se aburren en los depósitos de los aeropuertos esperando venir hasta este lugar que muere poco a poco.

Me alucina contar los nombres conocidos de políticos, artistas de todo orden, gente de gran fortuna que se han hecho la foto allí mismo o en sus canturreados mítines para coger dinero con destino a esta isla maldita. Me alucina pensar que antes del terremoto aquí se moría en la calle sin más y sin embargo nadie hacía nada. Me hace sonreír la ira del pequeño francés con la llegada del ejército americano; una invasión programaron algunos jefes de los países más desarrollados desde detrás de sus mesas de maderas nobles. Un ejercito para poner un poco de orden por lo menos, quién lo tiene preparado para entrar en pocos minutos? solamente quien lo ha hecho, los Estados Unidos. Con alguna intención dicen otros, quizás porque su codiciada Cuba esté relativamente cerca y es como cerrar la tenaza cuando Fidel muera.... quizás sea éso?

Mucha ayuda de todo el mundo, pero apilada en los aeropuertos de salida y metidas en camiones o en aviones que vienen y van porque no pueden aterrizar en un aeropuerto que haría temblar a cualquiera. Se pierden por el camino o quizás la mayoría se deteriora por el tiempo transcurrido entre la salida y la llegada. Mientras los soldados forman filas de mendigos que buscan algo que llevarse a la boca.

Se está controlando todo en Puerto Príncipe, la gente ha comenzado a comer por lo menos un poco al día con la ayuda que llega, pero no pueden tener el lujo de comer por los menos cuatro veces al día, porque no hay para tantos aunque los envíos sean muchos, se aburren en los camiones, en los aviones, en los depósitos porque no hay nadie que los lleve hasta ellos. Se enfadan los soldados, se agolpan los hambrientos, los niños son pisoteados por los mayores, hay miedo.... mucho miedo.

Me ha gustado como se ha movido el mundo, tan desinteresado ha sido su porte ante la miseria de la isla que ha sacudido el terremoto; pero me pregunto por qué ahora y antes no?. Nadie había visto la miseria que se respiraba en esta isla precisamente cuando está colocada en un lugar para el veraneo y las vacaciones de los que más dinero tienen?... por lo visto nadie se había dado cuenta.

El padre Samuel me mira, quizás intentando adivinar que se oculta tras mi mirada perdida en el horizonte; la devuelvo con una sonrisa a su preocupación por si me encontraba bien. Bien, que palabra más anacrónica en este lugar de muerte y de dolor. Nos levantamos, es la hora de rezar un poco. Algunos dicen que no sirve para nada, que es como rezar en el infierno. Pero lo hacemos porque hay quien se siente reforzado con ello. El padre Samuel ha instalado un altar con dos sillas y una tabla, un paño blanco que Sor María de las Hermanas de la Caridad le ha colocado sirve para adornarlo un poco. Sor María lleva veinte años viviendo en Haiti, qué podrá contar ella de lo que aquí pasa todos los días aunque no haya terremoto. Sor María y yo nos agarramos de la mano, mientras el Padre Samuel nos da la Comunión con pedazos de pan duro bendecido, los haitianos se esconden en un principio, pero después comienzan a entrar en la improvisada capilla para tomar un poco de pan duro, quizás lo más parecido a la primera cena. Tenemos que ir a por más pan, porque algo se ha movido entre el barullo de gente que se agolpa en la entrada de la capilla. La fé hace milagros, me dice Sor María.

La fé..... Dios mío que es la fé en este lugar de horror y destrucción. Y en ese momento nos duelen los oídos con dos aviones que aterrizan en el próximo campo. Llegan más cajas con víveres; dónde las colocarán, llegarán hasta las manos de los nativos?..... sin respuesta, me lo imaginaba.

Llenamos dos ollas hasta arriba de migotes de pan duro como piedra, el padre Samuel hará el milagro de ponerlas un poco blandas con el agua de un cántaro que tiene un color que nos hace dudar. A los mejor ya estamos también contaminados por algún bichejo malo. Qué más da.....

Se termina la comunión, hay algo en la mirada de algunos que antes no había; me imagino que será la fé que me contaba Sor María. Los americanos llegan con un camión otra vez, corren, vuelan, gritan, pisotean a los más pequeños y débiles, no hay manera de poner orden, se pelean. El americano de casi dos metros de altura tira los paquetes al aire, no llegan al suelo, miles de manos negras y llenas de dolor y pena se aferran a ellos como si fuese su más preciado trofeo, digo preciado?... qué barbaridad¡, es el único tesoro ahora.

Se cumple mi quinto día, tengo que marcharme y me duele. Siento el beso de Sor María como de un adiós... me parece que no nos vamos a ver más. Dos chicos se acercan a mi, me besan las manos.... Dios qué he hecho yo?.. me vuelven a besar y me entregan un fantoche hecho de trapo; en otro tiempo me imaginaría que sería algo de magia negra y diría que no; hoy no hay magia negra ni blanca que valga aquí en el infierno en tierra. El padre Samuel me da su bendición y una carta para su madre que vive cerca de mi casa. Mujer santa, hombre santo.... qué poca cosa verdad? y tanto significado para el que nada tiene.

Me monto en mi avión, aterrizan dos más antes que parta de allí, se llevan montones de cajas y de sacos hasta los almacenes que custodian militares. Hay montones y montones de sacos de comida y sin embargo, hay hambre. No lo comprendo.

El ruido del motor me hace volver a la realidad. El avión se mueve y comienza a tomar velocidad, me vuelvo y por la sucia ventanilla veo al Padre Samuel levantar la mano. Adiós hombre de Dios.

DAMADENEGRO 9/2/2010


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Comentarios sobre esta opinión
hinata23

hinata23

13.02.2010 01:22

Una manera muy interesante de acercarse al drama humano. Gracias.

javierdd

javierdd

13.02.2010 00:34

Muy bien relato. Saludos.

pedroemilio

pedroemilio

12.02.2010 09:37

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