ANTECEDENTES
El director francés Jean Jacques Annaud, que en 1986 recibió sobre sus hombros la pesada carga de adaptar al cine nada menos que una de las novelas europeas más influyentes del siglo XX, tuvo que luchar durante años para conseguir que su edición en dvd respondiera a su enorme esfuerzo.
Durante años, el único material disponible fue una vergonzosa copia volcada directamente del vhs al dvd, con una calidad audiovisual ciertamente lamentable y, como cabía esperar, desprovista completamente de material extra.
Aceptando el compromiso de luchar para que su obra alcanzara la difusión que sin duda merece, el director galo tuvo que implicarse personalmente en la recuperación del material del film y presionar convenientemente a los ejecutivos de turno hasta lograr que se hiciera justicia a su, por otra parte, magnífica película.
Lo logró finalmente y, gracias a su intercesión, desde hace pocos años disponemos de una magnífica copia remasterizada, con magníficos contrastes que resaltan la excelente fotografía del film y también contamos con las impagables opiniones del propio Annaud, que proporciona una considerable cantidad de material correspondiente a su “criatura”.
LO QUE CUENTA
Hasta una abadía benedictina del norte de Italia, enclavada en lo alto de una roca y dominada por una majestuosa torre octogonal, llegan dos monjes franciscanos: Fray Guillermo de Baskerville y su joven discípulo Adso de Melk.
Acuden para asistir a una reunión entre dominicos y franciscanos, presidida por el delegado papal, que ha de dilucidar si la Iglesia debe seguir el sendero de la pobreza o, por el contrario, acumular riquezas para mayor gloria de Dios.
Al poco de llegar, los viajeros son saludados efusivamente por Ubertino da Casale, un franciscano de avanzada edad que parece algo trastornado y que les advierte de forma un tanto enigmática de la presencia del Diablo en el lugar.
Poco después, el abad solicita la ayuda de Guillermo –cuya capacidad deductiva goza de fama entre los monjes- para descubrir el terrible misterio que se cierne sobre la abadía; uno de sus mejores ilustradores ha muerto al caer desde una torre cuyas ventanas estaban cerradas.
El fraile acepta el reto pero, en el transcurso de su investigación, para la cual sólo recibe el apoyo del hermano herbolario, tiene lugar una nueva muerte y el cadáver es encontrado dentro de una tinaja donde se guardaba la sangre de los cerdos sacrificados. Para mayor extrañeza, manchas negras de tinta aparecen en varios de los dedos del cadáver y también en su lengua.
Guillermo cree que la clave puede hallarse en la biblioteca de la abadía –la más famosa de la Cristiandad- pero el acceso a la misma está rigurosamente prohibido y no obtiene el preceptivo permiso.
Tras esta negativa se oculta la oposición del bibliotecario y la del “venerable Jorge”, fraile extraordinariamente anciano que detesta la risa y que, con motivo de la visita de Guillermo al scriptorium, mantiene un duelo dialéctico con él acerca de la existencia o no de cierto libro de Poética presuntamente escrito por Aristóteles.
En cualquier caso, en la mesa que ocupaba el traductor asesinado, el franciscano descubre un mito griego escrito con zumo de limón, que hace invisible el texto mientras no se le aplique el calor de una llama.
Cuando se dispone a observar el libro que estaba traduciendo el fraile el día en que murió, el ayudante del bibliotecario se abalanza sobre el pupitre y lo esconde bruscamente.
Esa noche, Guillermo y Adso penetran de nuevo en el scriptorium y se dirigen a la misma mesa, en la que encuentran un libro de satíricas miniaturas.
El orondo ayudante de biblioteca, escondido en las sombras, se vale de una artimaña para alejarles del pupitre y, tras apagar la luz, cierra el voluminoso texto, aplastando las lentes de Guillermo, que reposaban sobre él. A continuación, huye al exterior del edificio sin que Adso ni su maestro lleguen a identificarle. Ambos se separan para perseguirle pero no tienen éxito.
Sin embargo, el novicio va a dar a una oscura habitación donde tiene la primera y última relación sexual de su vida, al ser seducido por una muchacha.
Ésta es simplemente una joven y pobre prostituta que realiza comercio carnal con algunos monjes corruptos para poder comer. Adso cae perdidamente enamorado de la muchacha, que desaparece tan sigilosamente como apareció.
Más tarde, cuando el novicio pide a su maestro que le escuche en confesión pues le ha ocurrido algo que trastorna su conciencia, Guillermo le responde que prefiere que antes se lo cuente como amigo.
Se ve entonces en la obligación de advertirle de los peligros de confundir amor con lujuria, amén de recordarle que, como frailes, ambos les son vetados: “¡Qué tranquila sería la vida sin amor, Adso! ¡Qué plácida, qué sencilla… y qué insulsa!”.
Algunas horas después, el orondo ayudante del bibliotecario aparece, también muerto, dentro de una bañera de madera. En el cadáver se observan las mismas manchas negras que en la víctima anterior.
IMPRESIONES
Partiendo de la extraordinaria obra maestra urdida por el prestigioso escritor y catedrático de semiótica italiano Umberto Eco (autor también de la interesante “El péndulo de Foucault”), el equipo de guionistas formado por Gérard Brack, Alain Godard, Howard Franklin y Andrew Birkin acertó a construir un guión que prescinde de lo menos cinematográfico (las excelentes descripciones artísticas o las disquisiciones filosóficas que jalonan el texto de Eco) y pone su acento en los aspectos más dinámicos de esa larga y densa novela.
En un considerable esfuerzo de financiación, se optó por una coproducción netamente europea (germano-franco-italiana, para ser exactos) cuya responsabilidad se depositó en las manos del director francés Jean Jacques Annaud, brillante realizador de “En busca del fuego” (y, con posterioridad, también de “El oso”, “Enemigo a las puertas” o “Siete años en el Tíbet”). Como consecuencia de ello, la película cuenta curiosamente con un doble título oficial: “Le nom de la Rose” y “Der name der Rose”.
No se escatimaron esfuerzos ni en la búsqueda de los exteriores adecuados (la elección de la abadía que se erige en el principal escenario de la película constituye uno de los mayores aciertos del film) ni en la participación de un elenco tan variopinto como espectacular.
El escocés Sean Connery cambiaba el smoking, la pistola y las mujeres por una sobria túnica franciscana y un discípulo novato, a la vez que sustituía el estrépito de los disparos y las persecuciones que le acompañaban en sus interpretaciones del agente 007 por la mera deducción en medio de una época oscura y tenebrosa.
Por su parte, los estadounidenses Christian Slater (en el papel del joven Adso), Fred Murray Abraham (interpretando al siniestro inquisidor Bernardo Gui; otro papel arriesgado de los que otorgan carácter a un actor, como en su día hizo con Salieri, el envidioso rival de Wolfgang “Amadeus” Mozart), y el poco agraciado Ron Perlman (que aquí interpretaba al jorobado Salvatore y que en los últimos años triunfa en la gran pantalla con su saga “Hellboy”) ofrecen una réplica más que adecuada.
El contrapunto lo ponen el actor francés Michael Lonsdale (que da vida al Abad y a quien años después veríamos en la magnífica “Ronin” o en las menos buena “Munich” de Spielberg o “Ágora” de Amenábar) la bellísima actriz chilena Valentina Vargas, habitual en algunos títulos menores de la cinematografía francesa y que aquí interpreta a la “Rosa” que da título a la historia.
Para aderezar un magnífico equipo técnico en el que destaca la fotografía del italiano Tonino Delli Colli (“Érase una vez en América”, “Lunas de hiel”, “La vida es bella”), la banda sonora corrió a cargo de un inspirado James Horner (“Titanic”, “Braveheart” o “Avatar” entre los más de cien trabajos firmados por el californiano), cuya partitura es ya un clásico de la música de cine.
Centrándonos en los aspectos argumentales de la película, ésta recrea magníficamente la oscura época en que transcurre la acción, beneficiándose de una pulcra escenografía que no escatima detalles sórdidos (los desperdicios que se expulsan de la abadía, el crudo sacrificio de un cerdo, las imperfecciones físicas) y de una labor de casting que no se redujo a la elección de los protagonistas sino que buceó hasta encontrar los tipos físicos más adecuados para interpretar a los singulares monjes que pueblan la abadía. El estudio de sus nada anodinos rostros daría para un análisis en sí mismo.
Por otra parte, si en algo es fiel la película de Annaud a la novela de Eco es en el espíritu de ésta; algo que trasciende al mero respeto de la estructura narrativa o a la (por otra parte magnífica) caracterización de los personajes.
Siniestra y elegantemente sórdida –si es posible semejante combinación-, la película resulta ser un thriller nada convencional en el que predomina una atmósfera opresiva (la bruma que rodea al monasterio contribuye de forma activa a ello) en la algunos intuyen la presencia del Diablo.
Fieles guardianes de una de las mayores fuentes del saber, los monjes trabajan incansablemente en el scriptorium de la abadía, copiando textos clásicos, dibujando exquisitas miniaturas y centrándose en el elitista mundo intelectual del que forman parte.
Sin embargo, aunque se trata de excelentes artistas reclutados uno a uno a causa de su talento, entre ellos anidan la envidia, la ambición y las bajas pasiones (incluyendo los apetitos carnales y no sólo los “ortodoxos”) y entre estos innobles sentimientos tendrá que indagar el sagaz Fray Guillermo para encontrar la causa de tanta extraña muerte.
La falta de colaboración por parte de los mismos monjes que solicitan su ayuda (aunque alguno de ellos intente en vano mortificarle con su escepticismo) no será un obstáculo insalvable para Guillermo que, como un Sherlock Holmes con hábito, tendrá en el prosaico Adso a su doctor Watson particular.
La aventura y la intriga se conjugan en detrimento de la filosofía y la política eclesiástica que, por razones obvias, deben pasar a un segundo plano. No se elude dichos temas pero ambos son abordados de forma tangencial y casi episódica.
Así, por ejemplo, cuando aparece el subtema de la herejía dulcinista. Fray Guillermo explica a Adso con su habitual paciencia que los dulcinistas defendían enérgicamente la teoría de que la Iglesia debía conducirse con humildad y renunciando a los bienes terrenales. Cuando el discípulo le replica que eso es lo que también predican los franciscanos, su maestro le aclara que los dulcinistas no se conformaban con mantener sus ideas en un plano teórico sino que asesinaban a los ricos, incluyendo a los obispos de la propia Iglesia. “No hay que confundir la exaltación de la pobreza con la ciega destrucción de la riqueza”.
Esa línea de pensamiento será la que mantenga Fray Guillermo durante toda la historia, apareciendo más como un librepensador de nuestro tiempo que como un servidor de la Iglesia en esa convulsa y tenebrosa época.
Es algo claramente perceptible en sus relaciones con sus semejantes –la solidaridad con el abad, la resignación respecto a los monjes que le impiden el acceso a la anhelada biblioteca, la humildad con que acepta las reprimendas de Jorge, la benevolencia con que juzga la aventura sexual de Adso-; Guillermo representa la Luz en mitad de la oscuridad.
Una oscuridad diabólica que adopta muchas formas: la del esquivo abad, la del más irascible que venerable Jorge (a quien se le atribuye en la novela origen burgalés), la del terrible inquisidor benedictino Bernardo Gui y, sobre todo, la de la intransigencia fanática que preside la atmósfera del lugar, siempre presta a detectar la presencia del Maligno y a condenar a quien se aparte un solo milímetro de la ortodoxia oficial.
Todo ello otorga un aura de bondad y de placidez intelectual a la figura de Fray Guillermo, en la misma medida que mengua su verosimilitud pero no es algo que haya que reprocharles a los guionistas pues esa misma naturaleza –encomiable pero improbable- es la que otorgó Eco a su personaje.
Un personaje que pertenece ya, por derecho propio, a la galería de los “inolvidables” del cine y a quien ya nunca podremos desligar de la socarrona imagen de Sean Connery.
Pues no he visto esta película. Intentaré hacerme con ella porque veo que me pierdo algo bueno :P