El rival mas debil

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Opinión sobre "El rival mas debil"

publicada 06/06/2002 | Mercuzzo
usuario desde : 30/11/-0001
Opiniones : 129
Confianza conseguida : 0
Sobre mí :
No para mí
Ventajas si eres masoca...
Desventajas te sientes insultado, la poca gracia que tiene, Nuria González...
muy útil
Calidad de los presentadores
Calidad del contenido
Idea
Calidad de los participantes
¿Cómo se compara con programas similares?

"Juan Pérez y el caso del Gato Bizco, 4"

Eran las siete de la tarde, pero aún brillaba un sol de justicia en Santander cuando por fin abandoné la mansión de Gregorio Echandía.

Había pasado la tarde entrevistando al personal de servicio y comprobando los sistemas de seguridad, para averiguar tan solo que carecía de la más mínima pista. Ninguna grabación de las cámaras mostraba al ladrón dando el cambiazo en la biblioteca, ningún guardia de seguridad había visto nada extraño desde que la semana anterior llegara el Gato Bizco a Santander. Según sus propias palabras, era totalmente imposible que alguien lograra siquiera saltar los muros que rodeaban la mansión sin ser detectado. Que además hubiera sido capaz de llegar hasta la biblioteca, alzar la vitrina y cambiar el Gato Bizco por una imitación era totalmente inconcebible.

La alternativa, por supuesto, era que el culpable fuera alguien de dentro, pero el servicio estaba descartado. Tanto las doncellas, como Sebastián, como los cocineros y el personal de limpieza llevaban años trabajando en aquella casa y eran de total confianza. El único elemento extraño era el personal de seguridad, y a tal fin había interrogado a cada uno de los agentes de guardia, así como al responsable de la empresa de la que provenían: todos sus expedientes eran irreprochables.

-Francamente, don Gregorio -dije una vez terminada la ronda de preguntas-, no me quejaré de mis honorarios, pero debo decir que este caso debería llevarlo la empresa aseguradora. Porque la estatuilla está asegurada, ¿me equivoco?

Don Gregorio clavó sus ojos verdes, musgosos, sobre los míos y sonrió al oír mis palabras.

-En efecto, está usted en lo correcto, pero no hemos dado parte aún al seguro. Comprenderá usted en este caso toda publicidad sería molesta, estando como está "El Corte Inglés" implicado en el asunto.

Asentí con la cabeza. Una investigación oficial sería lo último que desearían.

Seguimos comprobando el sistema de seguridad. Llegué incluso simular el robo -siempre con el consentimiento de Don Gregorio-, colándome a hurtadillas en la biblioteca y alzando la vitrina para coger así el falso Gato Bizco. Antes incluso de que pudiera dar dos pasos con la estatuilla entre mis brazos, sonaron todas las alarmas de la casa y se personaron dos de los agentes con las armas (ilegalmente) desenfundadas. Afortunadamente, la conexión telefónica con la jefatura de policía había sido desconectada minutos antes para el experimento.

Deposité de nuevo la estatuilla dentro de la vitrina y el ensayo se dio por concluido. Todos los sistemas de seguridad funcionaban a las mil maravillas.

Me encontraba ante el sueño de cualquier Holmes, de cualquier Poirot: el eterno misterio de la habitación cerrada. En un breve lapso de tiempo de apenas unas horas, el ladrón había conseguido burlar todo los dispositivos de vigilancia y dar el cambiazo ante las narices de los empleados de seguridad, todo ello sin dejar una sola pista.

-Si le soy sincero, Don Gregorio, dudo de que seamos capaces de localizar el Gato Bizco. Teniendo en cuenta que el asunto no se ha hecho público, podría estar ya en el otro extremo del globo.

-No lo creo -respondió Don Gregorio-. En mi opinión, intentará vender la estatuilla al mejor comprador que va a poder encontrar en tan breve lapso de tiempo y en las cercanías: ¡yo!

Aquello, por supuesto, tenía sentido. Asentí lentamente con la cabeza.

-En ese caso, ¿para qué me necesita usted? Pague el rescate, o utilice a su equipo de seguridad para detenerle cuando llegue el momento del canje. No acierto a ver qué pinto yo en todo esto.

-Usted es mi bala en la recámara, por si se da el caso de que yo esté equivocado. Por otra parte, quizá no sea necesario siquiera llegar pagar el rescate, si usted le localiza antes.

Y así habían pasado las horas en la mansión que se alzaba frente a las playas de El Sardinero, junto al Gran Casino, hasta las siete de la tarde, cuando Sebastián me condujo en un flamante Mercedes hasta la taberna de Jacobo, en la calle de El Arrabal.

La pequeña calle peatonal estaba abarrotada de ingleses con chanclas, en transición a gambas con chanclas, y adolescentes cogiditos de la mano. Caminé con el ceño fruncido, esquivando a los turistas que caminaban con paso vacilante, buscando en vano una droguería donde comprar Aftersun, y llegué hasta la entrada de la taberna.

Uno no se espera una taberna como la de Jacobo en plena calle Arrabal, aunque en cierto modo, cuando la encuentras sientes que ése es el tipo de comercio que debería haber allí, en lugar de tanta tienda de diseño retro con escaparates de a cuatrocientos euros la camisa: la puerta renegrida, apolillada, las ventanas sucias, las moscas que se empecinan en quedarse y el interior oscuro de la taberna eran exactamente lo que aquella calle necesitaba.

Al cruzar el umbral sonreí con alivio al frescor que azotó mi cara e hizo que se erizara el vello de mis antebrazos. Dentro no había nadie, excepto el buen Jacobo Novoa, el dueño, y el televisor en una esquina, a todo volumen.

-¡Juan! -me saludó-. Pasa, pasa... ¿te pongo un vino?
-Pónmelo, sí -respondí, sentándome junto a la barra-. Escucha, tengo que proponerte un negocio...
-¡Calla! -ordenó él, mientras llenaba el vaso con la mirada fija en el televisor.

Me volví hacia la esquina. La pantalla mostraba un plató azul, futurista, lleno de focos, que reconocí sin dificultad como el de 50x15. Sin embargo, al instante rechacé mi hipótesis: la presentadora que hablaba ahora no era Carlos Sobera, a menos que éste se hubiera sometido a una fallida operación de cambio de sexo. En aquellos momento, la presentadora abría los ojos y hablaba con un tono monocorde y vacío. Todo en su porte, su traje frío de ejecutivo, el estirado moño, sus ojos de pez, el rictus de sus labios, hacían entender que para ella la palabra orgasmo había sido siempre una entelequia.

-"El rival más débil" -me informó Jacobo, sin separar su vista de la pantalla.

«Habéis conseguido cincuenta euros de los posibles ocho cientos de esta ronda. Francamente, dais asco -dijo la presentadora-robocop con su voz fría y sin vida- ¿Para qué os habéis tomado la molestia de presentaros a este concurso? Decididamente, vamos a despedir a nuestro encargado de castings: el grupo de parvulario lo habría hecho sin duda mejor».

A continuación, los participantes escribieron unos nombres en una pizarras y, tras una nueva descalificación por parte de la presentadora, uno de ellos abandonó el plató.

Cuando pasaron a publicidad, momentos antes de comenzar la ronda final, Jacobo se volvió de nuevo hacia mí.

-Es la pera este programa. La pera -dijo, sonriendo, mientras me alcanzaba el vaso-. La Nuria González se sale, les pone a todos en su sitio, claro que sí -concluyó con una risita entre dientes, y procedió a resumirme el argumento del programa.

Al parecer era el típico concurso de cultura general (no estaba tan descaminado al identificarlo en un primer momento como 50x15), sólo que en éste, cuando alguien se equivocaba era insultado por la presentadora al terminar la ronda. Más tarde, entre los concursantes, elegían a quien querían expulsar del programa mediante un sistema de nominaciones similar al de Gran Hermano. A tal fin disponían de las pizarritas que yo ya había visto, donde escribían el nombre del candidato.

Pero el tirón del programa, el quid del asunto -según me explicó Jacobo- estaba en las puyas que continuamente soltaba la Nuria González, la presentadora. Se les quedaba unas caras a los pobres...

-De todas formas -terminó Jacobo-, se lo tienen merecido. Ir a un programa a que te insulten, hacer el ridículo ante toda España para que al final uno sólo de ellos (y generalmente no el mejor preparado, que es eliminado antes del final para quitarse al rival de encima) acceda al dinero acumulado. ¡Y es que encima el dinero acumulado no suele pasar de los cuatrocientos euros! Hay que ser gilipollas... se lo tienen merecido, claro que sí.

-Escúchame, Jacobo -le interrumpí. En el televisor una chica decía que en el fondo estaba bien, que le gustaba tener la regla; tenía más gilipollas en nómina la televisión que los concursantes de "El Rival más Débil"-. Tengo un asunto. Y es un asunto serio, un buen pellizco.

-Vaya, se acabaron la vacas flacas, ¿eh? Te habría puesto un vino decente, de haberlo sabido. ¿De qué se trata?

-No puedo darte detalles. Pero "alguien" ha robado "algo", y otro "alguien" (que por cierto vive en esa mansión de cuatro pisos junto al Gran Casino y tiene una hija que está de muerte, ¿te suena?) me ha contratado para lo recupere.

Jacobo silbó al otro lado de la barra.

-¿Gregorio Echandía? Suena bien. Un consejo, pídele el triple de lo que te ofrezca; ese cabrón tiene fama de usurero.

Murmuré una maldición. Sólo había conseguido el doble.

-Ya veremos -respondí-. El caso es que no me vendría mal un mano.

-Mientras no haya tiros, sabes que puedes contar con los cinco dedos de la mía. Y si está metida la hijita del industrial, con los veintiuno. ¿Qué hay que hacer?

-De momento poca cosa. Pero puedes hacer algunas preguntas. Averiguar qué gente nueva del ambiente ha llegado recientemente a Santander. Si se han hecho compras extrañas en tiendas de electrónica. Si ha habido algún movimiento fuera de lo normal en el "mercado". Ya sabes, en tu ambiente.

-Haré lo que pueda, pero sería útil saber de qué estamos hablando en concreto.

-Una estatuilla, aproximadamente de este tamaño. Egipcia, y es más de lo que te puedo decir.

-Muy bien, pero... -dejó la frase en suspenso. En la pantalla se agitaba la cortinilla de TVE para dar paso al imperturbable rostro de la presentadora, que nos miraba con indiferencia.

«Comencemos ahora la última ronda -dijo, y siguió una toma cenital del plató, con los focos bailando y la música del programa sonando atronadora».

Jacobo había desaparecido ya del bar. Ya no estaba allí. Sus ojos estaban clavados en el televisor y lo contemplaban con veneración, sin parpadear.

Terminé el vaso de un trago y me encaminé a la puerta de la taberna. Mientras esperaba en el umbral a que mis ojos se acostumbraran de nuevo a la luz de la calle, oí la voz de Jacobo a mis espaldas:

-Richelieu... Richelieu... tú eres tonto. ¡El conde-duque de Olivares, cretino! ¡El conde-duque de olivares!

Conteniendo una sonrisa, abandoné la taberna.

(CONTINUARA)

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Comentarios en esta opinión

  • tom_ktl publicada 04/12/2002
    "Tanto las doncellas, como Sebastián, como los cocineros y el personal de limpieza llevaban años trabajando en aquella casa y eran de total confianza" por muchos millones de euros hasta me traiciono a mi mismo xDDDDDDDDDDDD sigo sin entender lo del corte ingles tioooooooooo!!!! sobre el programa no le veo sentido. A ver tu sabes que vas al programa a que te lancen una serie de insultos prefabricados no? pues que mas da? lo que no se es si se puede contestar xDDDDD la cosa es que el programa solo lo vi un dia y me mato de aburrimiento, no le vi la gracia, ya no lo veo, aun lo hacen?
  • marosan publicada 14/08/2002
    Lo del "útil" es porque me hubiese gustado leer hasta el final la historia detectivesca que nos cuentas, antes que verla usada como cortina de humo para escribir unas pocas palabras sobre este concurso. Perdona que te diga, pero tu opinión me parece un tanto confusa. Saludos.
  • Peter publicada 13/08/2002
    Jeje, yo en ese sentido, con ella sí que sería masoca, no me malinterpretéis por favor XD.
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Incluido en Ciao desde: 27/05/2002