Hoy os voy a hablar de un lugar cercano a la ciudad de Córdoba que apenas es conocido, pero que merece la pena ser visitado. Coronando la sierra cordobesa nos encontramos con ellas: son las Ermitas.
Hace tiempo que no las visito pero la paz que se respira en su interior hace que guarde un buen recuerdo de la última vez. Y hace ya tanto tiempo que estuve, que me la apunto en mi lista de visitas pendientes cuando vuelva a pisar tierras cordobesas.
UBICACIÓN E HISTORIA
Las ermitas se enclavan en el denominado Cerro de la Víbora que es parte del conocido como Desierto de Nuestra Señora de Belén. No es de extrañar, el término ermita viene del latín y a su vez del griego y significa “del desierto”. Aunque el entorno no tenga nada de desierto y esté rodeado de vegetación por todos los lados.
Fueron fundadas con la intención de ser el punto de acogida de los ermitaños que se dispersaban por Sierra Morena.
Como sabemos, los ermitaños son personas que se apartan del mundo y de la sociedad para así alcanzar la plenitud en su relación con Dios. El eremitismo tuvo un gran apogeo en la antigüedad, y quizá las ermitas de Córdoba fueron uno de los últimos puntos de residencia de los ermitaños que quedaban ya en el siglo XVIII (fecha de construcción de la primera ermita). En total son trece ermitas rodeadas de árboles.
En este maravilloso lugar, la naturaleza proporcionaba el espacio necesario para el retiro espiritual de los ermitaños.
Junto a ellas se encuentra una explanada que es denominada,
El Balcón del mundo, y ya os podéis imaginar por qué. Desde ella se puede divisar la llana ciudad y la campiña cordobesa.
Curiosamente a la derecha de esta explanada se hizo construir El sillón del obispo, con muy buenas vistas…. y una cruz de mármol blanco. En este sillón hoy en día dice la gente, que si te sientas, te casas.
La impresionante visión que desde este punto se tiene sobre todo el valle del Guadalquivir seguro que propiciaba la meditación y el retiro.
En el siglo XIX con la desamortización, los ermitaños fueron expulsados de este idílico lugar. Pero nueve años después consiguieron volver y se mantuvieron casi hasta los años 60.
La labor de los ermitaños cordobeses fue muy apreciada en su momento. Repartían alimento entre los pobres. Es por ello que el camino de acceso a las mismas llegó a denominarse por los lugareños como
La Cuesta de los Pobres, por el gran número de ellos que acudían a recibir la ayuda de los ermitaños. Actualmente este tramo se incluye en una ruta senderista, muy transitada por los cordobeses en los soleados fines de semana. Es más, es común oir decir en Córdoba, “estoy tan cansao que parece que he ido a la Ermita”. Supongo que debe ser escarpado y en pendiente.
Cercana se encuentra
La Cueva de los Pobres que servía de refugio a los indigentes mientras esperaban el plato de comida que los ermitaños les ofrecían una vez al día.
Dentro de esta cueva se han descubierto restos del Neolítico y, hoy en día, es utilizada como rocódromo para escaladores.
Los ermitaños, cultivaban la tierra y recogían aceitunas y realizaban actividades artesanales. Gracias a todo esto conseguían su propio sustento.
Tras la desaparición de los ermitaños los frailes carmelitas se han hecho cargo de las ermitas.
DESCRIPCIÓN
En cuanto al recinto en sí, el acceso al santuario se realiza por una puerta con un mensaje “Bendita soledad” desde la que se accede a un paseo de altos cipreses. Es un camino de piedra, que ya impresiona y te hace percibir esta soledad y recogimiento con el que vivían los ermitaños. Dicen que estos cipreses se plantaron para orientar a los fieles que subía a las Ermitas y así evitar que se dispersaran y rompieran la quietud del lugar.
Al borde del camino se encuentra la Cruz del Humilladero, con una hornacina con una calavera y un azulejo con la siguiente inscripción: Cómo tu me ves, tú te verás. Como yo te veo, yo me ví. Piensa bien y no pecarás Son varios los textos que encontraremos a nuestro paso y que nos harán sobrecogernos.
Un camino a la derecha os lleva a la Ermita Mayor y otro a la izquierda a la capilla y el cementerio.
Desde aquí se pueden divisar las ermitas, que ya nos hacen imaginar cómo eran los ermitaños, seguramente barbudos y desliñados y vistiendo austeros hábitos.
La ermitas, son un conjunto de trece blancas y pequeñas casitas, trece humildes viviendas que se dispersan por todo el recinto. La verdad es que llaman la atención, por su pequeño tamaño y por su austeridad y nos hacen suponer lo duro que tenía que ser vivir en ellas.
Puede visitarse la ermita de la Magdalena en la que aún se conservan los muebles y enseres propios de la vida cotidiana de los ermitaños.
Se comenta que a pesar de vivir en comunidad, los ermitaños hacían su vida en su solitaria celda y que sólo se reunían para comer. Además sólo podían intercambiar unas pocas palabras y siempre en voz baja.
A continuación nos encontramos con el cementerio, donde los propios ermitaños eran enterrados en el máximo anonimato, tumbas cubiertas por lápidas blancas encaladas donde no aparece inscripción alguna.
Cuenta con una recoleta iglesia, donde los ermitaños realizaban sus ejercicios espirituales, precedida de un letrero que nos dice Silencio.
La iglesia, alberga variadas obras de arte. Es de cruz latina, con el suelo y la cúpula de mármol. Tiene tres altares, el mayor, que se dedica a la Virgen de Belén, con un cuadro de ésta con marco de plata. Los otros dos altares están dedicados a S. José y a S. Pablo y S. Antonio Abad.
Hay también una pequeña capilla que usaban los ermitaños como sala Capitular.
Volviendo de nuevo por el Paseo de los Cipreses, y antes de salir, se puede bajar al mirador, que está presidido por un monumento al
Sagrado Corazón que, con los brazos extendidos, parece estar bendiciendo a la ciudad de Córdoba. Habiendo soportado durante muchos años la solanera de los 40 grados de Córdoba, ha tenido que ser restaurado en varias ocasiones.
Este colosal monumento es visible desde la ciudad ya que, convenientemente iluminado, se encuentra en la cima de la Sierra cordobesa.
Incluso en la llegada a Córdoba por la A4 se puede ver como una luz blanquecina, quizás algo fantasmagórica, que nos avisa de la proximidad de la ciudad.
RASTROS DE LAS ERMITAS EN LA LITERATURA
Os transcribo un poema de A. F. Grilo que expresa muy bien la sensación que te invade al hacer esta visita. Espero que os guste:
Hay en mi alegre sierra
sobre las lomas,
unas casitas blancas
como palomas.
Le dan dulces esencias
los limoneros,
los verdes naranjales
y los romeros.
Allí, junto a las nubes,
la alondra trina;
allí tiende sus brazos
la cruz divina.
La vista arrebatada
vuela en su anhelo
del llano a las ermitas,
de ellas al cielo.
Allí olvidan las almas
sus desengaños;
allí cantan y rezan
los ermitaños.
El agua que allí se oculta
se precipita,
dicen los cordobeses
que está bendita.
Prestan a aquellos nidos
los querubes,
guirnaldas las estrellas,
mantos las nubes.
¡Muy alta está la cumbre,
la cruz muy alta!
¡Para llegar al cielo
cuán poco falta!
PARA VISITARLAS…
Para acceder a las Ermitas hay que tomar la carretera de Trassierra y coger un desvío hacia la derecha en el Km 9 que nos lleva directamente al Desierto de Belén, situado a otros cinco o seis kilómetros.
En cuanto a los horarios. Se pueden visitar
- por la mañana de 10:00h a 13,30h
-por las tardes dependiendo la época del año. En invierno de 16:30, hasta la caída del sol y en Julio y Agosto de 17:00h a 19:45h.
El
precio de la visita es de 1,50€ los adultos y 0,70€ los niños, debiendo consultar los grupos precios (Tlf. 957.266607)
MI EXPERIENCIA
Recomiendo la visita a las ermitas, aparte de ser un sitio con mucho encanto, tras tu estancia sentirás una gran paz interior. El conjunto de viviendas te hace trasladarte a la soledad de la vida del ermitaño, de cómo el ayuno, la oración, la humildad y la fé eran sus premisas fundamentales. El misterioso silencio que se respira en el santuario, el ver las ermitas deshabitadas, el olor a romero de la campiñas cordobesas y las inmejorables vistas te van a hacer que disfrutes de este mágico y apartado lugar.
Si eres muy charlatana como yo, te recomiendo que estés sólo un ratito porque si no se apoderará de ti una sensación creciente de claustrofobia. Es broma, merece la pena, pero insisto, sólo para estar de visita. No me veo ni un solo día encerrada entre esas cuatro minúsculas paredes, sin radio, ni tele, ¡ni ciaoooo…!, durmiendo en un triste camastro y comiendo unas habas (su comida habitual) en un cuenco de…¿cerámica?, ¿madera?...¿quién lo adivina?. ¡La parte superior de un cráneo!. Vamos, esto sí que es un desprecio total por los elementos mundanos
de la vida.
buena opi, besos¡¡