Siempre había permanecido oculta ante la atención de los buenos turistas que siempre recelamos de su visita; sabíamos de sus joyas y de su belleza y sin embargo algo nos hacía ponernos a la guardia en cuanto se ponía en la mesa la visita a fondo del país que reunía las cuatros partes de un mismo todo.
Pasaron las cosas que pasan en la historia de las naciones, las guerras se fueron cebando con pueblos bellos y ocultos y dejaron a la luz problemas internos y sin embargo, algunos lugares quedaron callados como temerosos de que alguien profanase su suelo. He aquí donde se encuentra Eslovenia, una bella entre el mar y la montaña. Escondite de piedra que refuerza su carácter con unos paisajes capaces de acallar los más altos programas informativos.

Nos pusimos a ello, había que hacer un viaje de toma de contacto a quizás el mejor lugar que escondía sus entrañas rocosas. El castillo encerrado en una cueva inmensa que servía de protección a sus espaldas en aquellos guerreros años medievales. Ducado de un hombre que acogió al Gran Inquisidor enviado por Roma a lugar que se distinguía precisamente por su gran fe. Y se levantó el gigante y se conserva allí ante la mirada incrédula de muchos. Nevada en invierno, centro de torneos medievales en verano bajo un sol de justicia. Y naturalmente la quisimos ver cuando ese manto de fría nieve la cubre para hacerla aún más hermosa.
El camino estrecho, abierto por las máquinas de la barrera nevada se nos ofreció primero para visitar una de las grutas más grande del mundo que puede ser visitada. 20 kms de largo que la hacen deseada y temida. Postojnska es el nombre de esa serpiente que nos ofrece la entrada en tren para una visión más ligera y fácil en algunos lugares, después el paseo entre puentes o acantilados fortalecidos por maderas nos deja atónitos ante la belleza natural del fondo de la tierra. Poca gente hace que podamos disfrutar de tal belleza y la salida a la luz del sol se nos antoja como un sacrilegio que podemos hacer ante el gigante que nos ha acogido en su vientre durante tres horas.
Después en coche particular hacemos el trayecto al castillo de la montaña y dando una vuelta a un recodo del camino, entre nieve y roca nos encontramos la visión más hermosa de la que es difícil olvidarse. El coloso colocado en una cavidad natural de la montaña, fue edificado por el Gran Duque defensor de la fe que lidió y venció en múltiples batallas. Y su castillo aún se levanta orgulloso con el escudo ducal aún pintado de rojo en una de las fachadas que se ven a larga distancia.
Y dejamos el coche de cuatro plazas en un aparcamiento lejano al castillo porque realmente lo importante es verlo desde lejos pero acercándose a nosotros o nosotros a el. Y allí estaba el escudo en rojo en paredes comidas por la humedad pero que la embellece aún más. La llegada al portón principal nos llena de temor, quizás porque todas estas tierras nos traen historias de vampiros y ultratumbas y de muertos vueltos a la vida; aunque debo confesar que me encanta.
Y esa sensación que estás siendo observado por alguien invisible, eso mismo que sentí cuando visité el castillo de Vlad en Rumania. Preparado para ser visitado todo el año, las maderas nuevas han sido las sustitutas de pasillos cortados por las rocas caídas y esas paredes de muchas estancias que son rocas de la misma montaña. La entrada a la capilla y pequeño museo donde se esconde imágenes religiosas, vitrinas con utensilios personales de vidrio y plata, es algo que no se olvida pues la llamada "puerta" es una roca rota a golpe de martillo de dintel redondeado y los colores naturales de la roca, blanca y rosa y un poco de rojo natural que hacen de marco.
Paseamos por las estancias, la sala de estar con chimenea gigantesca, la alcoba de los duques con ventanas que conservan la madera original, pieles de animales cazados adornan paredes y suelos. El camino del visitante ha quedado limitado con cordones rojos para que no se profane lo que los señores usaron y pisaron.
La habitación del Gran Inquisidor, donde una figura de madera sustituye al hombre más temido de su tiempo, sentado ante su mesa de madera negra, con austera silla y chimenea que era el único elemento que proporcionaba calor a la estancia. Es difícil no quedarse mirando fijo al Gran Señor de la Fe, pues parece que nos observa a través de sus ojos perdidos en el tiempo. Y nos asomamos a la gran azotea que es la parte más alta del castillo, sirviendo de techo la roca de la montaña, desde allí y con el gran cañón aún existente en el lugar no había enemigo que se atreviera a acercarse a la fortaleza. Su ángulo de visibilidad es único.
Bajamos hasta las mazmorras, y nos sorprende ese muñeco que cuelga del techo de piedra donde se sometía a los "herejes" a severas disciplinas.
El ambiente está cargado de humedad y casi nos da un mareo fatal cuando asomamos la cabeza hasta el barranco natural que hace de foso al castillo y donde se escondía la puerta secreta que hasta el siglo XIX no fue descubierta por donde entraban las viandas, los guerreros y los caballos cuando el castillo estaba sitiado por otro señor ducal de terrenos limítrofes con este gigante que quería sumarla a sus territorios.
Y después de un día lleno de sorpresas nos cobijamos de nuevo en la casa-hotel que nos ha brindado la oportunidad de pasar las dos noches en este lugar especial, lleno de encanto, de historia y de asombrosa belleza dentro de un tiempo de nieves y de frío ... era lo suyo
DAMADENEGRO 08/08/2008 (día en que comienzan las Olimpiadas en China).
Me encantaria tener tiempo y dinero apra viajar y viajar. Besitos