13 rue de la almeja

3  22.06.2009

Ventajas:
Pajas mentales

Desventajas:
Pajas mentales

Recomendable: Sí 

Cristinita19

Sobre mí:

usuario desde:28.02.2008

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Nota de la autora: Quienes me leéis habitualmente sabéis que no suelo escribir textos típicos, que siempre termino desvariando de forma exagerada (por motivos que ahora no vienen al caso). ¿Por qué lo digo? Porque estáis a punto de asistir a una de mis mayores idas de olla hasta la fecha. Para honrar a la Choni, mi alter ego, he decidido escribir una historia con su puntito freak, o su puntazo, eso va a gustos. Os ofrezco, pues, un punto de vista tan erótico como particular.


BSO (opcional, claro): http://www.youtube.com/watch?v=H27XeWK7DfI


______________________________________________________________


Tengo 75 años y una historia que contar: la de mi vida.


No conozco a nadie como yo, así que supongo que seré único en mi especie, me siento honrado, pero a veces no puedo evitar preguntarme por qué a mí, qué he hecho yo para merecer esto. Cuando llegué al mundo esperaba una plácida existencia, acomodarme, que me cuidaran y me mimaran. Vivir entre algodones.


Mi primer año de vida fue un infierno: mi vecino, que vivía en la parte de atrás, arrojaba toneladas de mierda por la ventana que daba al patio común del bloque. Los Servicios Sociales tenían que limpiarlo y vaciarlo varias veces al día, no saben cuán agradecido estoy por ello, aunque aprovecho para mencionar que no eran tan rápidos como debieran, en ocasiones el hedor que desprendían los desechos de mi vecino era tan fuerte que yo perdía el sentido. También conocí por aquel entonces a mis vecinos los de arriba, vivían dos pisos por encima y también eran algo sucios, varias veces al día inundaban mi ser con un líquido amarillo y apestosillo que yo arrojaba al patio común. Es cierto, yo también ensuciaba y no me enorgullezco de ello, pero era un recién nacido y el patio absorbía aquel líquido sin problema, dejando un leve rastro de olor. Desagradable, aunque no podía compararse a lo de mi vecino el de atrás, cerdo asqueroso carente de control.


Viví así durante un año, quizá algo más, hasta que comprendí que lo que hacía no estaba bien, que debía aprender a controlar mis instintos. Mis reacciones eran normales, a nadie le gusta que le mojen sin previo aviso y lo normal cuando esto sucede es que trates de escurrirte, pero algo en mi interior me decía que no, que eso no era correcto, que debía aguantar hasta que viese el campo libre, hasta que me asomase al exterior y el suelo estuviese lejano. Y tras años de esfuerzo, aprendí la primera lección valiosa de mi vida: resignación, hay normas obligadas de aceptar, a mí me habían tocado unos vecinos carotas y tenía que joderme. Aprendí la importancia del afán de superación, la importancia de la fuerza de voluntad. Ver, día tras día, cómo me hacía fuerte, cómo me superaba a mi mismo, sentirme crecer y ser el rey del mundo. Me sentía pletórico, durante años me retaba a mí mismo a ver cuánto tiempo era capaz de aguantar con el líquido en mi interior hasta que quitasen el suelo falso del patio y ver aquel pozo dónde yo vaciaba el mejunje.


Eran tiempos dorados, un pasado mejor.


Creí que ya había conocido mi destino y una vez asumido que me iba a pasar la vida recogiendo y vaciando líquidos, empezaron las transformaciones, mierda. Cuando experimenté el primer cambio, debía tener unos 11 ó 12 años, una pelusilla negra empezó a recubrir mi extensión corporal, lampiña hasta ese momento. Traté

Fotos de GH Ciao 2008 - Prueba XII
GH Ciao 2008 - Prueba XII Chete escultural
Chete escultural
de arrancármela, pero recordé que soy manco, así que tuve que asumir que a partir de entonces, sería un ser peludo además de oloroso, se me ha olvidado mencionar el tufillo tan peculiar que desprendo desde que era niño.


Después del vello se me juntó todo, un cúmulo de novedades que a punto estuvieron de hacerme perder la razón, pero una vez más, conseguí adaptarme, me enfrenté a las adversidades y luché para adaptarme al mundo cruel en el que me ha tocado vivir. Los únicos vecinos que parecían normales se volvieron locos. Un día, sin previo aviso, me vi cubierto de una sustancia caliente, con olor a hierro, pegajosa. Traté de retenerla, tal como hacía con el líquido dorado, pero me fue imposible, jamás logré controlar aquella masa de color marrón-rojizo que mis vecinos se empeñaban en lanzarme una vez cada mes; menos mal que los Servicios Sociales volvieron a echarme un cable, introduciendo cada cierto tiempo a un amiguito blanco (cada vez era uno nuevo, sospecho que tras cumplir su función los exterminaban, pobrecitos) que absorbía aquella sustancia y me hacía compañía.


(...)


Tras soportar estoicamente aquel baño rojo que duró 5 días con sus respectivas noches, me sentía más maduro, realizado, había dejado de ser un niño y yo mismo notaba cómo empezaban a cambiar mis intereses. De la noche a la mañana, establecí una conexión mística con el vecino del ático, considerado una eminencia en el vecindario, un gurú de la sabiduría, el líder espiritual de la comunidad. Teníamos feeling, cuando a él le gustaba algo, un cosquilleo me recorría entero y, por primera vez en mi vida, necesitaba que alguien me acariciase, me besase y me prestase atención. Y una vez más, los servicios sociales se encargaron de velar por mi bienestar. Aplacaron ese cosquilleo a base de roces, que al principio fueron torpes y que, poco a poco, se fueron familiarizando con mi cuerpo, explorando cuidadosamente todos y cada uno de mis rincones, haciendo que mi piel exudase una extraña sustancia transparente, sin llegar a ser líquida, algo gelatinosa. Al igual que me ocurría con el brebaje rojo, tampoco podía retenerla en mi interior, empezaba a sentirme frustrado porque sólo podía hacer frente al mejunje dorado. Y lo intenté, vaya que sí, pero aquella sensación era tan placentera que siempre terminaba abriéndome y soltando aquel flujo interminable. Puede que nunca me lo haya tomado en serio, quizás sí, pero es que cuando aquello emanaba de mí, no podía controlarme, me perdía en una espiral de infinito placer, que me transportaba a un universo paralelo, donde yo era el rey, donde mi función se reducía a disfrutar de las caricias sin par que me proporcionaban los Servicios Sociales. Además, había aprendido a escupir.


Dios proveía.


Aunque nadie me lo dijo, yo lo sabía: el haber aprendido a escupir indicaba que algo en mí había cambiado, había crecido. Estaba preparado para relacionarme con amigos externos a mi vecindad, lo cual marcaría un punto de inflexión en mi monótona vida de "recoge y vacía". Aunque nunca he llegado a verle personalmente, mi relación con el vecino del ático se fue estrechando, manteníamos una conexión mística que nos hacía desear las mismas cosas, una especie de efecto mariposa a la inversa: cuando él sufría un terremoto, yo batía las alas... ¿o era al revés?


El caso es que durante algún tiempo viví por y para los Servicios Sociales, yo cumplía con mi labor de contenedor de líquido dorado y, a modo de recompensa, ellos me acariciaban todas las noches hasta que yo empezaba a producir aquel flujo blanquecino que más tarde escupía. Debía de ser muy eficiente en mi trabajo porque los Servicios Sociales decidieron compensarme aún más presentándome a amigos del exterior, de todos los que conocí, ninguno vivía en mi vecindad. Me visitaban esporádicamente, a veces varias veces al día, pero casi siempre eran visitas efímeras, aunque, todo hay que decirlo, me servían más que de sobra para alcanzar mi nirvana particular. Mucho mejor que los SS. Aquellos seres parecían comprenderme de veras, se acoplaban perfectamente a mi interior, se deslizaban dentro de mí haciéndome sentir la estrella del firmamento.


La primera vez que una de ellas me visitó, tenía 16 años y una breve, a la par que intensa, experiencia con los SS. No fue suficiente, nadie me había preparado para lo que vendría, nadie me dijo que para sentir placer, primero hay que sufrir dolor. Nadie, nadie, nadie… ella quería ser mi amiga, y con el tiempo se ganó mi amor y respeto, pero nunca podré olvidar aquella primera vez, cuando sin previo aviso se presentó ante mí, me miró unos instantes tras su capucha transparente y, aprovechando que yo andaba por el sexto cielo, me atravesó sin miramientos. Se coló dentro de mí, iba como una loca, quería colmarme entero y, sin querer, debido al ímpetu, desgarró la mosquitera que separaba mis partes. Me hizo daño, lloré. Salió un líquido rojo, parecido al que mis vecinos me arrojaban cada mes. Supe que se llamaba sangre. Bonito nombre, ¿no creéis?


Tras causar aquel destrozo de mobiliario, ella se disculpó moviéndose lentamente dentro de mí, acariciaba mi interior con dulzura y delicadeza y pronto me olvidé de aquel dolor agudo, concentrándome en sentirla, en disfrutarla y deseando que se quedase siempre conmigo. Los calores me invadieron de nuevo, el flujo transparente que yo exudaba facilitaba sus movimientos, que fueron acelerándose poco a poco, y de paso, me aceleraron a mí. En cuestión de segundos, aquellos movimientos dulces se transformaron en urgentes, salvajes, apresurados. Una vorágine de sensaciones que me hizo perder el sentido, acabé escupiendo como nunca, todo mi ser latía de gozo; abracé a aquella nueva amiga, empapándola con mi esencia, haciéndole saber cuán agradecida estaba por su visita e invitándola a volver siempre que quisiera. Ella me correspondió escupiéndome, lo vi, más no lo sentí, su capucha evitaba el roce directo. Seguro que iba protegida porque sus escupitajos eran venenosos, y ella no quería hacerme daño.


Siempre lo supe.


Qué feliz fui durante aquel tiempo, junto a ella todo era goce y felicidad, junto a ella el tiempo pasaba volando, me hacía olvidarme de mi penosa vida de recoge líquidos al que a veces recompensan con caricias los servicios prestados. Pero ella lo hacía por altruismo, por altruismo y por correrse, claro.


Un día alguien decidió que yo merecía un homenaje real, en el que rozaría el cielo y vería a aquel al que llaman Dios. Y vaya si lo rocé, y vaya si lo vi. Percibí las caricias del más experto trabajador social, sabía cómo hacer que yo me sintiese especial, me sonrojaba y me hacía exudar aquel flujo por litros. Cuando estaba a punto de escupir, paró en seco, haciendo que mi vecino el del ático gritase enfurecido. He de decir que durante estos momentos de gozo era cuando más intensa se hacía nuestra comprensión, cuando más unidos nos sentíamos. Nuestra conexión era tan mística que llegábamos a ser un sólo ser, aquella fue la primera vez que nos miramos sin ver, nos tocamos sin rozarnos, nos escuchamos sin oír y nos sentimos tan cerca, no pudiendo estar más lejos el uno del otro. Decía que cesaron de repente las expertas caricias de aquel trabajador social, y me entristecí profundamente. Pero al poco rato me dí cuenta de que alguien externo estaba humedeciéndome, era un ser peculiar, alargado, de color rosado, estaba mojado y se deslizaba con una facilidad increíble a lo largo y ancho de mi anatomía. Jamás, hasta el momento, había conocido un placer tan sutil, pero a la vez tan, tan intenso. Aquel ser exploró las nuevas grutas del placer, primero con lentitud, deleitándose en mi parte externa, aumentando progresivamente el ritmo de sus roces, hasta que, inesperadamente, se coló en mi interior, se mezclaron nuestras humedades, luchamos por ver quien mojaba a quien. Hasta que salió de mí. Se concentró entonces en esa protuberancia que crece cuando algo me gusta: la pepitilla de oro. La mimó, la besó, la rozó y acarició con deleite, haciendo que ésta se hinchase y enrojeciese. Y de repente, estallé. Estallé y me fragmenté en mil pedazos, perdí la consciencia, perdí la noción del tiempo y un millón de fuegos artificiales resonaron en mi mente e inundaron mi visión. Me sacudía de forma violenta, no sabía quién era. Aún hoy, cuando realizan esta practica conmigo, pierdo la objetividad, el norte y los papeles. Cunnilingus, le dicen, aunque para mí siempre será el torbellino de luz y color.


Tras aquel primer torbellino de luz y color, una amiga nueva me visitó, no llevaba capuchón, iba a cara descubierta. Qué osada, pensé. Fue mi primer vis a vis, y trajo consigo unas consecuencias nefastas. Cierto es que disfrute como un cochino revolcándose en su propia inmundicia, y que cuando mi amiga, la osada, me escupió, sentí que había llegado a la cima del gozo. Tardé casi un mes en darme cuenta de que algo había cambiado, por primera vez en años, mis vecinos de arriba no me arrojaron la acostumbrada cantidad de sangre. En su lugar, algo del tamaño de un garbanzo hermoso se había instalado en mi interior. Ese garbanzo hermoso fue creciendo, se hacía fuerte según pasaban los días e iba conquistando sin miramientos mi territorio. Se transformó en el ser más extraño que jamás vi, cada día le crecía algo nuevo. Yo luchaba por echarle de allí, quien okupa, preocupa, y al fin, tras 9 meses de encarnizada pelea, conseguí que saliese, causándome con ello un grandísimo dolor físico. No te jode que tuve que echarlo por la única ventanita que poseo… menos mal que esa ventana se adaptó, ensanchándose hasta adaptarse a aquel ser que me había hecho perder mis habilidades como recogedor de líquidos dorados. Desde entonces, mi vida no es lo que era. Aquel cabrón se aprovechó de mi hospitalidad y cuando conseguí largarlo, el daño ya estaba hecho. Y era irreparable.


A partir de aquello todo fue en declive, descontrol, sequedad, pérdida de elasticidad y lo peor, otra amiga que se presentó sin capuchón y que me dejó otro regalón del que también tuve que deshacerme. Mierda, mierda y triple mierda. Menos mal que de vez en cuando aún me visitan los Servicios Sociales y alguna de mis amigas encapuchadas.


Son esas pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena.


_______________________________________________________________


Soy un chete y ésta es mi historia


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Comentarios sobre esta opinión
piquitodeoro

piquitodeoro

20.10.2009 14:09

Con ésto Woody Allen te monta una peli que lo flipas. El de la foto me dio una pista y pensé que estaba mejor acabado que el de Patch Adams. En fin, tus cosas tuyas supongo.

Laranina

Laranina

15.08.2009 23:26

Jajaja, me he partido la caja leyendo esta opinión. Un texto muy original y bastante realista. Adorada "pepitilla dorada"... Una lectura muy interesante, un saludo.

RISTO______

RISTO______

25.07.2009 05:38

"La pepitilla de oro" era como te llamaba tu madre cuando eras pequeña? A mí es que mi madre me llamaba "falín forty-niners" y parece que no andaba mal encaminada. Adeu

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