Primeras influencias del inadaptado Uno
Uno, hacía camino al andar en sus primeros años españoles intentando leer libros de tono orientalista como Curso Adelantado de Filosofía Yogui y Ocultismo Oriental, de Ramacharacha Yogi, libro por lo demás espléndido, que uno no cejaría en contiunuar aprobando su lectura en los momentos actuales, aunque lleve más Aristóteles y más Kant a sus espaldas, cuando deben haber pasado ya unos cuantos años de las citadas influencias.
Otra de tales influencias, cómo no, lo sería también Psicoterapia del Este, Psicoterapia del Oeste, de Allan Watts, y algún otro sucedáneo dedicado al zen magistralmente llevado a cabo por el mismo autor. Tales eran los libros más arriba catalogados como de ayuda, si bien, y dentro del ambiente en el que uno estaba inmerso por entonces, (el de los semiprofesionales de la música), empezaría a correr como manual del buen hacer y enfocado de manera más o menos directa a la práctica del instrumento (músicos de renombre interncional, como el celista LLuis Claret hicieron de él punto de referencia para sí y sus émulos) el librito de Eugen Herrigel, El Zen en el tiro con Arco.
Estas influencias, esencialmente a-cristianas, añadidas a las prácticas sedativas y reeducativas de la vida no provenientes de libros sino de maestros, contribuian a crear el suelo de una nueva y contracultural manera de ir contracorriente respecto a la ajetreada e incomprensible vida del ciudadano tipo, acostumbrado a torturarse el cuello con rigurosos nudos de colores, acompañados de su correspondiente uniforme de hombre integrado en la sociedad del dinero, de la prisa desesperada por llegar a tiempo a donde sea, para acabar huyendo despavorido de la ciudad llegado el viernes y encontrarse con un saludable atasco de 20 kilómetros en carretera.
Uno, en el afán de parecer intelectual, ya había intentado leer a los 20 años las orteguianas Lecciones de Metafísica acompañando sus paseos por el parque, lo que da cuenta también de una marcada tendencia por los temas abstractos, hasta el punto de haber leído El Análisis del Carácter, de Reich, mucho antes de caer en la cuenta de que la novela negra podía llegar a ser muy estimulante y, si se quiere, educativa, dado que, mediante ella, uno ejerce el hábito de leer mientras se deja llevar por la imaginación, aspecto que, por entonces, se hallaba en recesión.
No. Uno había de ser profundo en especial desde que decidió alejarse de los estudios académicos, abandonando a su vez la pasión cultivada en la década de los sesenta por la música de los Beatles, las cumbias colombianas, la canción moderna importada de la Argentina, y otras joyas confirmadoras de estar viviendo una rabiosa adolescencia playera. Uno dio todo eso a cambio de los nocturnos, valses y polonesas de Chopin, así como de los conciertos de Beethoven, en especial de El Emperador, interpretado por Wilhelm Kempf o, en el peor de los casos, interpretado por quien fuera. Pero la versión mencionada sería la que, en la escucha apasionada de los arpegios introductorios a la tonalidad de Mi bemol, uno se vería impulsado a pronunciar en voz queda un: no pararé hasta conseguirlo (que ya está conseguido y tampoco ha pasado nada).
De cualquier manera, ello bastaba para convertirlo a uno en un marginado social en un ambiente dominado por ese especimen de la contracultura denominado "progre" que pululó por la última España de Franco, muchas veces disfrazdo estudiante de filosofía, o estudiante de lo que fuera con tal de verse provisto de estatus suficiente como para pasarse la vida protestando, para colgarse una pancarta a la espalda, para erigirse en abanderado de la queja en estado puro. Para el joven "progre", inofensivo consumidor de "maría", quedaban por delante unos pocos años, los últimos para tener de qué protestar, por lo menos de la manera ejercida hasta mediados de los setenta.
Uno, no obstante, joven de clase media de pelo corto, perteneciente a una familia "bien", estudiante de conservatorio, y seguidor acérrimo de los conciertos en los dos teatros principales de la ciudad y otras salas importantes, estaba obsecado por pasar a la posteridad como posible camino hacia la superación de la muerte, en el marco de un "figurar en las enciclopedias del futuro", señal inequívoca de aferrarse como sea a la supervivencia; y es que, la supervivencia, en las sociedades occidentales que no carecen de tres comidas diarias y un que otro tenempié, la supervivencia consitía en hacerse con un nombre de suficiente arraigo en el recuerdo del colectivo, como para proyectarse más allá de una muerte tan sólo aparente, pero inviable tras haber sobrepasado el umbral de la fama. De la fama como pianista clásico, se entiende.
Uno pretendía llegar a convertirse en un nuevo Artur Rubinstein, prototipo admirado, con vitalidad suficiente por abandonar a su mujer ya cerca de los 90 años y asociarse con su secretaria (¿se trataría en ese caso de un excedente de dinero, de libido o de ambas cosas?), quien acabaría cuidando de él en una silla de ruedas, nonagenario ya, y, como pasaría con Claudio Arrau más adelante, después de prolongar su vida de concertista trotamundos hasta edades impensables (sobre todo teniendo en cuenta la energía que requiere un instrumento tan físico como el piano) aun arrastrando (seguimos con Rubinstein) un casi invsible mal de Parkinson.
Uno, por tanto, debería esforzarse por llegar a tocar algún día mítico, los 19 +2 Nocturnos de Chopin, (sueño por cierto que, y como suele pasar, una vez hecho realidad, dejaría de tener el carácter de proeza adjudicado en la adolescencia).
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