El vicio apoyado en el brazo del crimen

5  01.02.2005

Ventajas:
Josep María Flotats y Carmelo Gómez realizan una interpretación magnífica .  Los diálogos son brillantísimos .

Desventajas:
La imposibilidad de detener la insalivación producida por las viandas degustadas por los actores .  La tentación de invadir el escenario y secuestrar el plato de trufas del Périgord (aunque fueran de atrezzo) .

Recomendable: Sí 

Malevaje

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Durante las pasadas vacaciones Malevaje (que soy yo) se escapó durante tres días a Madrid. ¿Las razones? Ninguna en particular. Quizás la necesidad de “quitarme del medio” para dar carpetazo a un último trimestre del año francamente olvidable. Y ya de paso, satisfacer esa pequeña necesidad de nostalgia que todos tenemos. Acudir nuevamente a esos espacios que, de modo trascendente o anecdótico, fueron y son importantes para eso que se llama “memoria sentimental”.

Así, di mis paseos mitómanos ¡y tan diferentes! por unos cuantos lugares de la capital (verbigracia, siempre que voy a Madrid no dejo de buscar infructuosamente a Chencho en la Plaza Mayor o de tomarme un café en la esquinita de la barra del Gijón y mirar de reojo a las mesas), hice algunas compras navideñas, visité algún museo que otro (el del Jamón es siempre preceptivo y qué demonios, siempre resulta el más interesante), y me di algún homenaje gastronómico que otro, en busca del improbable cocido madrileño no adulterado para turistas.

Y por qué no, siempre voy a ver alguna representación de teatro, que es casi lo único que envidio de Madrid: la amplia oferta de ocio en general y de montajes teatrales en particular. Los que me conocen por estos lares ya saben perfectamente que, como le pasaba a Don Paco Martínez Soria, “la ciudad no es para mí”, y que capitales como ésta me encantan… sólo para pasar unas vacaciones.

Y dos fueron mis elecciones para esta visita relámpago. La primera, el enésimo montaje de mi queridísima Venganza de Don Mendo, obra que por muchas veces que vea nunca dejará de divertirme, aunque en esta versión a duras penas reconocí alguna línea del original entre tanta morcilla teatral. Y la segunda, una representación que llevaba anotada cuidadosamente en mi particular cuaderno de viaje desde que me enteré de su existencia en alguno de esos suplementos culturales que desarrollan la musculatura del brazo que lleva el periódico (en realidad no llevo cuaderno de viaje, pero quedaba muy bonito decirlo). Una obra de carácter histórico que recrea uno de esos puntos de inflexión que hicieron cambiar el curso de la Historia. ¿Aún no he dicho su nombre? “La cena”, del autor francés Jean Claude Brisville. ¿Se ha quedado usted, amable lector, tal y como estaba antes de leer esto o lo que es lo mismo, no le suena de nada ni el uno ni la otra? No se preocupe, en su momento a mí me pasó exactamente lo mismo, aunque ahora nos suene algo por el hecho de ser candidata a varios premios Max.

Vamos a ver. Según el programa de mano que aún conservo, el autor, parece ser que aún vivo, ha sido galardonado con los premios más prestigiosos en literatura dramática en Francia, especializándose en obras de contexto histórico, con un trasfondo ocupado por protagonistas de la política, de la literatura y del pensamiento. Un planteamiento al que no es ajena esta obra. Aquí… ¿cuándo se cena?:

Francia, julio de 1815. Los Cien días de Napoleón habían terminado con la derrota en Waterloo, creándose un vacío de poder. El emperador corso abdica en favor de su hijo, el hipotético Napoleón II, por otra parte, el exiliado Luis XVIII se frota las manos ante la perspectiva de volver a reinar en Francia, en tanto que la Cámara nombra a un presidente de Gobierno Provisional con las intenciones de reinstaurar el espíritu de la Revolución. Entretanto, las potencias vencedoras en Waterloo ocupan París. ¿Quién gobernará Francia? ¿El Imperio, la República o la Monarquía? ¿De quién es Francia en ese momento? De quien la quiera… o de quien decidan unas pocas personas.

¿Quiénes son los influyentes personajes que pueden hacer decantar la balanza hacia cualquiera de las partes? Fundamentalmente dos. El primero, el Príncipe de Benevento y sempiterno Ministro de Asuntos Exteriores Charles Maurice de Talleyrand, un aristócrata cojo, obispo excomulgado, descreído, hedonista, sibarita, cínico y libertino. El segundo, el Duque de Otranto y sempiterno Ministro de Policía, Joseph Fouché, ex seminarista, manipulador, correveidile, chaquetero, intrigante, inmoral y asesino. Dos auténticas joyitas unidas por su total falta de escrúpulos. Pero dos personas inteligentes y brillantes, cuya sangre fría y espíritu de supervivencia política los hizo indispensables a la República, al Directorio, al Consulado, al Imperio y a la Monarquía.

La obra de Brisville recrea una hipotética cena mantenida entre ambos personajes durante el periodo de inestabilidad política tras la batalla de Waterloo, una cena en la que se decidió el destino de Francia y por extensión, el de Europa. ¿Quiénes son los encargados de encarnar a estos personajes? Dos conocidos actores, Josep María Flotats y Carmelo Gómez, que se hacen cargo de Talleyrand y Fouché, respectivamente.
Fotos de La cena (Jean-Claude Brisville)
  • La cena (Jean-Claude Brisville) Fotografía 107623 tb
  • La cena (Jean-Claude Brisville) Fotografía 107624 tb
  • La cena (Jean-Claude Brisville) Fotografía 107625 tb
  • La cena (Jean-Claude Brisville) Fotografía 107626 tb
La cena (Jean-Claude Brisville) Fotografía 107623 tb
El cartel de la obra
Definitivamente la cosa, quiero decir la obra, pintaba bastante bien, así que el 27 de diciembre a las 21:00, hora de cenar, acudí en ayunas (¡maldición!) al Teatro Bellas Artes para ver

***La Cena***

Esa noche debía ser cena de gala ya que en el patio de butacas del teatro (que no conocía y me sorprendió por la estrechez de sus butacas) varios eran los rostros conocidos, incluyendo un Defensor del Pueblo en ejercicio y un gallardo ex – Presidente de Comunidad Autónoma y hoy en día, alcalde capitalino. ¡Políticos en una obra sobre política! ¿Irían a tomar apuntes? ¡Quién sabe! Este tema daría para muchos comentarios, pero voy a callarme porque ya empieza la función.

***Palacio de Talleyrand. Noche del 6 al 7 de julio de 1815***

La obra empieza con una conversación entre dos de los criados del Príncipe de Benevento, representantes en esta obra del pueblo, sujeto siempre activo en toda confrontación bélica o social y siempre pasivo a la hora de tomar las decisiones. Ya saben eso de “todo por el pueblo y para el pueblo, pero sin el pueblo”. Estos personajes, mientras preparan la mesa de una cena para dos todavía misteriosos comensales, expresan su queja por las múltiples levas de reclutas que han desangrado la juventud de Francia en los campos de batalla de media Europa, y su descontento por la situación de inestabilidad política y la ocupación extranjera. Pero su actitud relajada pronto se ve modificada por la llegada de los protagonistas, pasando de una actitud crítica y desganada a la más servil de las poses.

Dos protagonistas que entran a la par en el salón - escenario. El más afrancesado de los actores patrios, un Josep María Flotats espléndido y vestido para la ocasión con ropajes de gala palaciegos ejerce de anfitrión encarnando a un Talleyrand exquisito y parlanchín. Por otra parte, Carmelo Gómez – Fouché aparece con casaca marrón y actitud altiva. Aunque jamás se han llevado bien, pronto reconocen que son los personajes con más capacidad de decisión que quedan en Francia y que de sus preferencias dependerá el destino más inmediato de la Nación. Durante la hora y media aproximadamente que dura la función (y la cena) los actores discutirán sobre lo divino y lo humano, jugando hábilmente las cartas de las que disponen para desacreditar a su rival y hacer ver su mayor influencia a la hora de elegir el futuro político del país. ¿Y de qué hablaron durante tan larga velada? Veamos algunos de los temas:

***Preferencias en política interior***

Fouché había sido nombrado Presidente del Gobierno Provisional por la Cámara y los Pares. Por tanto, estaba en una situación privilegiada como Jefe de un Estado aún sin constituir. Después de toda una vida siendo el eterno hombre en la sombra, por fin se le había presentado la opción de ocupar el máximo Poder posible. Una República presidida por él. Una posibilidad que no estaba dispuesto a rechazar. Por otra parte, Talleyrand no aspiraba a tanto. Con su vida disipada tenía más que suficiente. Pero para poder mantener su círculo de relaciones sociales debía obtener un alto cargo en el futuro gobierno de Francia, para lo que había ya la Restauración borbónica en la persona de Luis XVIII.

***Desconfianzas mutuas***

Fouché había sido el Ministro de Policía más siniestro e intrigante que Francia había conocido. Había tejido una inmensa red de contactos y espías que le daban cuenta de todo los que se decía, pensaba y hacía en cada casa. Sus infiltrados abarcaban todos los estamentos sociales, desde la mismísima Josefina, que le comentaba periódicamente lo que Napoleón le decía (¡y hacía!) en la cama, hasta criados e incluso ministros que le tenían al corriente de todas las intrigas del país. Por supuesto, Talleyrand no era ajeno a este espionaje, ya que Fouché conocía todos los detalles de su disipada vida. El Ministro de Policía era un personaje muchísimo más poderoso por lo que callaba que por lo que decía. Una sola intriga en su contra y no dudaría en destapar la caja de los truenos en forma de información comprometida. En ese sentido, Fouché era mucho más poderoso que Talleyrand,

Pero el antiguo obispo tampoco le iba a la zaga en influencia. A fin de cuentas, el Ministro de Policía era un personaje siniestro, al que todos temían y odiaban, que no se caracterizaba ni por su facilidad de trato ni por su habilidad por mantener unas relaciones sociales cordiales con los más poderosos. Si Fouché era la hormiga de la fábula, Talleyrand era indudablemente la cigarra, una cigarra a la que conocían todas las personas influyentes de Francia y del extranjero, y un personaje muchísimo más carismático que su adversario. El rey de las frases agudas e ingeniosas, capaz de derrumbar un proyecto político con un acertado sarcasmo pronunciado en el momento adecuado. Fouché era detestado por todos, y Talleyrand era perfectamente capaz de poner a todo el mundo en contra del señor Duque.

***Trapos sucios***

Y claro está, cada uno trataba de tumbar a su adversario con un golpe certero. Para lo cual no dudaba en hacer uso de todos los antecedentes que pudieran perjudicar al otro. ¿Qué pasado tenía cada uno que trataba de mantener oculto a los ojos de la opinión pública y de las potencias extranjeras? Fouché, el chaquetero por antonomasia sólo había tenido una idea política en toda su vida: Estar con la mayoría, fuera quien fuera ésta. Por poner un ejemplo, durante la ya cada vez más lejana Revolución, no había dudado en pasar del bando girondino al jacobino y viceversa, según soplara el viento más favorable. Además, sobre sus espaldas recaía una escalofriante serie de asesinatos y actos perversos. Durante la época más sangrienta del terror había sido destinado a Lyon para reprimir todo movimiento contrarrevolucionario. Inventor del fusilamiento a cañonazos, no dudó en apuntar los cañones de un regimiento para liquidar a doscientos insurgentes a la vez. “¡Es que eran muchos y así era más rápido!”, se quejaba Carmelo “Fouché” Gómez durante la representación. De hecho, se dice que la expresión “matar moscas a cañonazos” nació en esa época. Además, el antiguo seminarista no había dudado en profanar iglesias, asesinar sacerdotes, celebrar misas negras y detener y liquidar a todo presunto practicante de la proscrita religión católica. Parafraseando al Tenorio este personaje por donde quiera que fuera, la razón atropelló, la virtud escarneció, y en todas partes dejó memoria amarga de sí. El apodo de “le mitrailleur de Lyon” se lo mereció, sin duda.

Pero había más. Las potencias ocupantes querían para Francia cualquier cosa menos el Imperio. Nada de Napoleón II, s’il vous plaît. Y entre la República y la Monarquía tampoco había duda: La Monarquía debía ser restaurada, a fin de cuentas todas las casas reinantes de Europa eran primas hermanas más o menos lejanas. ¿Y qué tenía que ver Fouché con o mejor dicho en contra de la Monarquía? Es sencillo, durante el auge revolucionario del Terror y siendo representante en la Convención, votó a favor de la muerte de Luis XVI. Y francamente, quedaría bastante feo que uno de los antiguos asesinos de su hermano ocupara cargo en la corte de Luis XVIII.

Ahora vayamos con Talleyrand. El antiguo Ministro de Exteriores no había dudado en lucrarse de cualquier forma durante el mandato del corso. Por ejemplo, parece ser que Napoleón consintió en reducir a la mitad una pingüe renta anual que debía pagar España a Francia en concepto de una indemnización de guerra. La comunicación diplomática se produjo en las más altas esferas entre el Ministro francés y nuestro Príncipe de la Paz, Godoy. Esta comunicación se interrumpió de inmediato cuando estos personajes decidieron repartirse esta mitad de la renta al cincuenta por ciento, sin que ni Napoleón ni Carlos IV se enteraran, Por no hablar de todas las maquinaciones del Ministro francés con Austria, Prusia, Inglaterra y Rusia en contra del Emperador.

Y por si fuera poco, Fouché estaba al corriente de todos los detalles de la libertina vida de Talleyrand, cosa normal ya que también tenía a sus criados en su vastísima nómina de espías. Una inacabable lista de amantes de Benevento figuraba en los archivos del Ministro de Policía, incluyendo su por entonces actual relación con una jovencísima sobrina. ¡Si los programas tipo Aquí hay Tomate y Salsa Rosa hubieran existido por entonces! ¡Ay!

***El desenlace***

Estos personajes, que en el fondo jamás se llevaron bien, reconocen que en tamaña situación límite se necesitan más que nunca. Cualquiera puede hacer mucho daño al otro y no pueden correr el riesgo de darse mutuamente la espalda. Así, y tras mucho discutir, deciden optar por la misma opción política: La monarquía. Aunque a Fouché no le hiciera demasiada gracia renunciar al máximo poder, la promesa de ocupar nuevamente el Ministerio de Policía de Luis XVIII acaba finalmente por ofrecerle consuelo suficiente para poder seguir tramando e intrigando desde la sombra. Así, al día siguiente Joseph Fouché prestó juramento de fidelidad al rey, bajo la atenta mirada y la conformidad de Talleyrand. De este modo, esta pareja que Chateaubriand describió como “el vicio apoyado en el brazo del crimen” volvió a sobrevivir a otro cambio político sin por ello perder nada de poder.

***Gastronomía***

¡Estamos hablando de una obra que se llama la Cena! ¡Y además de una Cena en casa de un gastrónomo sibarita! Por tanto, muchos y deliciosos fueron los platos servidos o al menos anunciados en la mesa del Señor (Talleyrand). ¡Lástima que fueran tan pocos los elegidos para degustarla! Un menú compuesto por exquisiteces de la comida francesa, y platos de dimensiones pantagruélicas que podrían satisfacer al mismísimo Brillat-Savarin. Desde foie-gras con trufas del Périgord hasta salmón a la Royale y filetes de perdiz a la Colbert, todo regado con gran variedad de vinos: borgoña, champán y coñac. Un menú que dejó satisfechos a ambos comensales; a Benevento por su calidad y variedad y a Otranto por su cantidad. Y también, dicho sea de paso, despertó el apetito a todos los espectadores que observamos boquiabiertos y por qué no decirlo, babeantes, tamaño despliegue gastronómico.

***Los actores***

Ya conocía la fama de Josep María Flotats como brillantísimo hombre de teatro. Y este papel seguro que no desmerece en absoluto su reputación. El más afrancesado de los actores patrios se sale en el papel del viejo hedonista, realizando una interpretación magnífica. El Talleyrand de esta obra de teatro varía su estado de ánimo según la situación: sabe ser complaciente y adulador cuando debe recobrar la confianza de Fouché pero también enseña los dientes cuando necesita recordar a su adversario la indudable influencia que aún posee a los ojos de media Europa. También es destacable que la particular dicción (afrancesada) de este actor es en este caso muy apropiada para la interpretación del Príncipe de Benevento, un personaje que muestra el típico, y que nadie se enfade, amaneramiento frívolo tan propio de una aristocracia en esa época en franca decadencia, que tras perder los privilegios de sangre comenzó a perder los privilegios económicos para quedarse únicamente con el orgullo y la vanidad. Muy bien por el señor Flotats.

Por otra parte, admito que Carmelo Gómez me inspiraba cierta desconfianza. Siempre me ha parecido un actor capaz de lo mejor y de lo peor, y casi más de lo segundo que de lo primero. Además, el personaje de Fouché siempre lo había imaginado (y gran parte de la culpa la tiene Stefan Zweig en esa soberbia biografía que escribió sobre el Duque de Otranto) como alguien muy delgado, antítesis de la apariencia física de Gómez, que como diría el gran Forges, está asaz cachas (también algo fondón, pero eso es otra historia).

Sin embargo, debo reconocer que mis prejuicios (como casi todos los prejuicios) se equivocaron, transformándose en perjuicios para quien los tiene. El actor se convierte en un Fouché magnífico, encarnando a la perfección al intrigante que se sabe más temido que poderoso. El Duque de Otranto también cambia de humor durante la obra: manifiesta desde una actitud amenazadora y brutal hasta un temor nada disimulado ante la perspectiva de quedarse sin ningún tipo de apoyo. Muy bien por el señor Gómez.

***Resumiendo que ya va siendo hora***

La obra me pareció magnífica. Ofrece un fresco vivísimo y agilísimo (y basta ya de tanto superlativo) de una época que me parece apasionante. Además, el espectador no necesita ser poseedor de amplios conocimientos de historia de Francia (Comentario personal: menos mal) para comprenderla en su totalidad. Aunque algún personaje que se nombra pueda escapársenos (o dos, o tres…), los temas que en ella se tratan (el poder, la ambición, el orgullo) son universales. Las interpretaciones son muy buenas (supongo que parte del mérito debe otorgarse al director, el mismo Josep María Flotats) y los diálogos son sencillamente brillantes. Desde pequeños pildorazos de humor irónico (“¡Oh! ¿Qué se puede esperar de un país con cincuenta religiones y un solo plato?” – Dice Talleyrand de los Estados Unidos -) hasta frases que mueven a la reflexión personal por contener buena parte de verdad (“Usted es tan hedonista porque en el fondo se detesta a sí mismo” – Acusa Fouché a Talleyrand -) La búsqueda del placer como engaño del dolor. Genial. Y en parte acertadísimo. Confesiones a altas horas de la madrugada que nos revelan que en el fondo, ambos personajes se parecen muchísimo más de lo que cabría esperar (Infancias infelices, carencias afectivas) y un brillantísimo monólogo acerca del coñac y la liturgia de su consumo a cargo de un impagable Flotats. Y sobre todo, el epílogo de la obra a cargo de los mismos criados que se encargaron de abrir el telón, en el que queda de manifiesto esa máxima de cuyo autor ahora mismo no me acuerdo que viene a decir que en política “todo debe cambiar para que las cosas sigan como antes”.

***Estrambote***

Y ahora sólo resta ver cualquier telediario o leer algún periódico y reconocer a Fouché o a Talleyrand entre los protagonistas de sus noticias. Estos personajes no murieron con su época, siguen vivos, aunque con otros rostros y otros nombres, posiblemente en algún cargo público o partido político. Reconocerlos es un ejercicio descorazonador, pero a su vez apasionante, saludable… y divertidísimo. Ahora mismo se me ocurren varios nombres.

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Comentarios sobre esta opinión
Doogran

Doogran

24.10.2009 19:38

La literatura francesa no es lo mío, aunque la opinión es muy completa.

cronopio2

cronopio2

30.05.2006 13:50

La obra es sensacional y la opinión le hace justicia, está bien documentada y escrita además con humor. A raíz de ver la obra compré "la cena" junto a otro diálogo apócrifo entre Descartes y el joven Pascal (más flojo que "La Cena") y una tercera obra ("l'antichambre") sobre el mundo de los salones (bastante divertida e irónica, pero más trasnochada en cuanto al tema). El autor daría para una obra de teatro en sí mismo: tras una larga vida de permanecer callado, de hacer con modestia un trabajo de simple edición, comenzó a escribir tras su retiro. Hoy en día parece que quien no ha triunfado antes de cierta edad es un fracasado o algo así, y yo me pregunto si el hecho de propulsar al triunfo a gente que no vale tanto no es el auténtico fracaso para el mundo. Quiero decir que sin ese bagaje de cultura y de reflexión las obras de Brisville no tendrían la misma sutileza e inteligencia, característas que faltan a menudo el análisis de las situaciones que se hace en los medios de comunicación. El mensaje, como apuntas, es imperecedero y escucharlo una lección de sentido crítico que, dadas esas carencias en los medios, nos hace mucha falta para ser menos crédulos y manipulables. Debiera ser lectura obligada en enseñanza secundaria.

RosadeJerico

RosadeJerico

27.01.2006 20:50

saludos no la he visto pero después de recrearme en tu opinión tiene que ser una gran obra, y tu opi me parece genial. saludos

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