ANTE EL DESNUDO...

5  08.12.2004

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Recomendable: Sí 

olimpo

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Recogió sus artilugios, la paleta de colores, su paraguas marrón de cuadros y su habitual sonrisa de tuerca. Se encaminó hacia el estudio de pintura situado en la avenida paralela a la de su casa. Le esperaba un día largo, debía terminar un paisaje que una familia adinerada le había pedido con especial interés, se trataba de un paisaje de la costa gallega para el cual había empleado una fotografía en color sepia. Tan sólo le quedaban los últimos retoques. Para la próxima semana debía tener terminado el retrato de un niño regordete vestido de primera comunión, que el mismo padre del chiquillo le había encargado. Éste y otros numerosos pedidos corroboraban su prestigio en el ámbito de la pintura debido a su magistral complicidad con los pinceles, a su pericia en el trato con los lienzos y a su espléndido empleo de los colores. Tan pronto pintaba un rostro como la textura del agua en un estanque. Nada se le resistía. Sus técnicas pictóricas eran impecables.

El caso es que ese día, camino del estudio de pintura, los nervios se apoderaron de su estómago, algo inquietaba sus manos pintoras. Dos días atrás le habían hecho una petición muy particular y muy diferente al resto de los encargos. Se trataba ni más ni menos que de retratar el cuerpo desnudo de Sheila, una muchacha de veintiocho años y dispuesta a posar tal como vino al mundo. Nunca antes se había encontrado con semejante petición, había pintado cuadros de naturaleza muerta, campos atestados de girasoles, amapolas, calles concretas de ciudades soleadas o de pueblos grises, había retratado caras de todo género, arrugas heredadas por los años, o rostros joviales que denotaban el guiño inequívoco de la seductora pubertad. Incluso llegó a reflejar el rictus del vacío de viudas, cuyos semblantes aún portaban la presencia suicida de la soledad más intransigente. Concebía los ojos como grandes rosetones del alma, avisperos de infinito brillo recalcados en el iris de las pupilas. Todo aquello que pintaba eran vivos testimonios, el reflejo más obediente de la obstinada realidad de las miradas o los labios. Lo cierto es que a pesar de una sólida carrera artística como la suya, esa mañana cuando se acercaba al estudio, sufría un gran nerviosismo. Sheila, la nueva aspirante a posar sin reparo, ya estaba esperando abajo, en la casapuerta. Se saludaron con una sonrisa de cortesía y subieron en el ascensor sin cruzar palabra, no había confianza, el silencio se deshacía por el tosco mecanismo de aquél viejo montacargas que ascendía hacia el último piso del edificio. Sheila podía presumir de una espléndida cabellera que brillaba en consonancia con el color avellana de sus ojos; el blanco de su piel se asimilaba al color inmaculado que adquieren las alamedas nevadas en invierno. Llevaba una bufanda roja de lana y unos guantes negros que arrastraban a intuir unos dedos femeninos y delgados. No era una mujer guapa pero sí increíblemente atractiva. Su interesante residía en la emisión de un misterioso resplandor que abordaba en sus pestañas al parpadear. Pensaba que no hay atractivo que se preste a ser explicado, sólo un pincel, una pluma o el cincel de un escultor son capaces de reflejar lo inexplicable. De hecho, en sus clases de pintura afirmaba a sus alumnos que a veces es difícil trasladar al lienzo la luminiscencia de los atractivos. Es lo que tiene el misterio del arte, sabe captar el abstracto brillo de la realidad más huidiza. Ése es el secreto del arte.

Entretanto, las manos que retrataría el resto de su piel oculta bajo esos guantes y bajo esa bufanda y bajo aquél abrigo negro de pana que la enfundaba, empezaban a ser unas manos intranquilas que procuraban burlar un nerviosismo sin razón de ser. Intentaba convencerse de que aquél encargo era sólo un gaje más de su oficio con la única diferencia de que esta vez debía pintar un desnudo, lo cual no tenía por qué ser motivo de escándalo ni dar cabida a insidiosos prejuicios morales.

Por fin el ascensor se detuvo frente a la puerta del estudio. Era un piso antiguo pero acondicionado con un calefactor para que la humedad del inmueble no perjudicase el estado de las pinturas. Sheila repasó la peculiaridad de aquél lugar lleno de lienzos apaisados, algunos enormes y asombrosos… Permaneció callada mientras observaba a su alrededor con los ojos tan abiertos como los de una niña impresionada, posiblemente era la primera vez que entraba en un estudio. El olor era extraño, olía a pintura pero resultaba agradable, letárgico. Sheila, embobada aún por todo lo que la rodeaba, atendió a pasar a un pequeño cuartito para desvestirse, Entretanto, el lienzo empezaba a ser colocado sobre un pequeño caballete, listo para manifestar aquella atrayente anatomía.

Transcurrieron cuatro o cinco minutos, el tiempo necesario para que Sheila se despojara de aquellos guantes, del pesado abrigo, de su bufanda roja y del resto de las prendas que cubrían su cuerpo. Finalmente se quitó la ropa interior, enrollándose luego en una toalla con la que se acercó al sofá que había situado bajo la ventana. Una vez allí, dejó caer al suelo la toalla y, siguiendo las directrices del maestro, acomodó su cuerpo a lo largo del sofá tapizado en color albero. Mientras el pintor cogía la paleta de colores frente al lienzo, observaba tímidamente cómo la luz ensayaba en la piel de Sheila un efecto asombroso y de lo más artístico. De pronto contempló cómo la circunferencia de sus pezones empezaba a estrecharse mientras aquellos cabos salientes y rosados se vigorizaban por el frío o quizás por el pudor, o quién sabe si a consecuencia de una incipiente excitación. Las manos del artista empezaron a perfilar lo que parecía un simple boceto, ligeras líneas que evocaban difusamente un cuerpo femenino, el mismísimo cuerpo de la modelo. De pronto ésta tosió de modo brusco, tal vez como respuesta nerviosa a la mirada del pintor que por primera vez se posó en el pubis de la chica. En el fondo sabía que el objeto de esa mirada no era otro que el de trasladar su visión al lienzo. Pero lo cierto es que había demasiado silencio en el estudio, sólo la respiración susurrante de los pinceles se oía vagamente como un eco apenas perceptible y en ocasiones crispante. Demasiada, demasiada tensión…

El pintor proseguía con su labor y, entre una y otra pincelada, clavaba su iris en el pliegue de sus ingles, en sus delgados codos, en la línea concluyente de sus cejas, en la sedante exactitud de su vientre o en las delicadas hebras que recubrían su pubis, como un narcótico espacio de sensaciones prohibidas. Así interpretaba el maestro aquella anatomía que en ocasiones le obligaba a tragar saliva, estupefacto, intimidado a veces por esa belleza perversamente descarada. No hay nada más agradablemente perverso que la belleza, pensaba. La chica intentaba estar lo más quieta posible, su pierna derecha debía estar ligeramente encima de la otra mientras una de sus manos habría de mantenerla posada sobre el muslo.

Por primera vez el pintor reparó en un pequeño antojo con forma de racimo, situado en el brazo derecho de la chica. Su cuerpo, femeninamente extendido a lo largo del sofá se le antojó apetecible y mientras el pincel besaba el lienzo, una corriente de euforia se abría camino entre sus trazos. También se sintió sobrecogido por un pequeño tatuaje ubicado bajo su ombligo, poseedor en sí de algún halo misterioso. Se trataba de una criatura angelical con dos alas desplegadas, mirando hacia abajo a la vez que -contradictoriamente- en una de las manos de aquél extraño ángel tatuado había un diminuto tridente que señalaba al sexo de la chica con clara alevosía. El pintor quedó atraído por aquél simbolismo labrado sobre la carne blanca de la secreta Sheila, un simbolismo que abarcaba la dualidad de ángel y demonio, representada por las alas y el tridente de aquella criatura ambigua que llevaba tatuada en su pubis.

Transcurrieron dos largas horas y el dibujo iba tomando forma. El contraste de los claroscuros y las precisas líneas iban poco a poco definiendo el contorno inverosímil de aquél cuerpo que había despertado el instinto más profundo del artista. Al término de la sesión, el maestro le indicó a Sheila que el trabajo había finalizado. Ésta asintió con una mueca de notable conformidad y tras un guiño espontáneo se levantó del sofá en dirección al vestidor. El pintor suspiró con cada uno de sus pasos discretos y concisos, y empezó a recoger sus herramientas con aparente normalidad.

En pocos minutos, Sheila salía del cuarto vestida mientras se abotonaba su abrigo de pana y terminaba de enroscarse la bufanda al cuello. Le agradeció el tiempo empleado con ella y tras una educada despedida, se marchó con una media sonrisa que dejó al pintor aletargado. Éste se dirigió hacia la ventana con el fin de contemplarla una vez más. La chica cogió la calle hacia arriba y desapareció tras doblar el quiosco de la esquina. El maestro se acercó al cuadro para recrearse en aquellos trazos que evocaban las curvas de la modelo, ya ausente. Éste, cabizbajo, se sentó en el sofá, el mismo sofá donde la chica había estado dos largas horas. Aún olía a su frutal aroma, la única huella palpable de su reciente presencia en aquél estudio. Unos últimos retoques y el lienzo sería vendido a su dueña. Lo que más inquietaba al pintor es que, a pesar de los numerosos cuadros que había pintado hasta la fecha, era la primera vez que sus pinceles rozaban la hermosura sobre la piel de los lienzos. Nunca olvidaría aquél encargo. Tampoco la mirada de aquél ángel tatuado, que posiblemente escondía algo más que un secreto.


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Comentarios sobre esta opinión
Nanako

Nanako

15.01.2007 21:16

Muy bonito y lo escribes de modo qe no es dificil imaginar el escenario beshis

Yasire

Yasire

14.11.2005 00:07

Precioso. Qué más te puedo decir? Me quedo atascada cuando leo algo que me gusta demasiado porque todas las palabras serían pocas... Besote!

Gaviola

Gaviola

12.01.2005 20:01

Me encanta cómo escribes y describes, se mete uno en el personaje con una facilidad pasmosa con tu relato....Te añado a mi red para seguirte la pista...Un besote..Muaccss..

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