La gruta del amor perdido

3  14.10.2005

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Alas.Doce

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usuario desde:26.09.2005

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Mensajito de Alas Doce: Nenes y nenas guap@s tod@s, que he ido a buscar a mi novio al aeropuerto, que se me había ido una semana de vacaciones a su pueblo (Montoro, en Córdoba) y ha vuelto hoy, y entre unas cosas y otras (je, je, je) no he tenido tiempo de escribir la opi de las doce, así que voy a colgar otro de los cuentos que necesito revisar para ponerlos al día y mandarlos a concursetes. Espero que os guste. La revisión es del 2002, pero la primera versión la escribí haciendo la mili, allá por el 1994. :)

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La gruta del amor perdido

Sé que necesitaría mucho más tiempo del que dispongo para poder dejar, por lo menos digno, este documento. Pero voy a morir, y no quiero hacerlo sin dejar por escrito las razones que me han llevado hasta aquí.

No estoy loco, y si algún día llegué a estarlo, solo puedo culpar de ello al amor.
A mi amor por Míriam.

La conocí en la tienda de deportes. Cuando entró fue como si hubiera llegado la primavera en el mes de enero. Me quedé embobado, sin poder apartar la mirada de sus ojos, tan negros como mi espíritu hasta aquel momento. Aquel día las ventas habían flojeado; no había habido ningún otro cliente en toda la mañana, por lo que mi padre fue a recibirla.

- Muy buenos días, ¿qué desea?

Ella me miraba tan fijamente que creí saber lo que deseaba.

- Necesito un juego de raquetas.
- ¿Profesional?
- A ser posible.
- Juan, enséñale a esta señorita las...

Yo permanecí donde estaba, sin poder apartar la mirada, medio escondido tras una de las estanterías, sin pensar en nada más que en su mirada, y sin llegar a creerme que me estuviera mirando a mí, desde el mismo momento en que entró. Incluso cuando hablaba con mi padre, me miraba a mí.

- Juan, ven aquí. ¿No me has oído?

Me aproximé sintiendo como el rubor se adueñaba de mis mejillas, y al elevar la mirada y encontrarme con su rostro tan cerca del mío, me quedé sin respiración. Y ella sonrió.
Dios, que sonrisa. Sentí como mis pies empezaban a bailar un son que hasta aquel instante me era desconocido.

Le enseñé todas las marcas que teníamos. Le fui pasando una tras otra todas las raquetas, mientras le hablaba de los materiales, el tensado, el peso y los diseños, comportándome como el perfecto vendedor, pero con el único propósito de retenerla un rato más a mi lado.

Me estaba preguntando como iba a ingeniármelas para averiguar, sin ser demasiado directo, de donde había salido un ser que tenía más de divino que de humano, cuando me facilitó sin más todo lo que yo no me hubiera atrevido a preguntar.

- Juan... ¿sois del barrio, o solo tenéis la tienda aquí? Es que nos acabamos de mudar y no conozco a nadie...

Aunque no hubiera sido del barrio, le habría dicho que sí, y me habría comprado en él un piso por la tarde, con tal de estar cerca de ella. Pero vivía justo encima de la tienda, lo cual me salió más barato.

Antes de irse, cuando ya había comprado su par de raquetas, me invitó a merendar en su casa. Me faltó tiempo para contestar que sí, encantado, será estupendo, sin ti mi vida no tendría sentido, eres mi cielo, mi mar, mi estrella polar y mi luna, insólita deidad, belleza gatuna...

Entonces invitó también a mi padre, y yo me caí al suelo de culo de la impresión.

...


Merendamos en su casa, cenamos también allí, y yo me hubiera quedado también a dormir, si los padres de Míriam no me hubieran echado, aunque muy amablemente.

A partir de entonces Míriam se convirtió en la sangre que corría por mis venas, en el aire que me hacía falta respirar... Era mi droga, mi bebida isotónica, mi vitamina, y un dulce pastelito de la pantera rosa.

Salimos juntos seis meses, y ese tiempo es lo único realmente grande que he tenido en mi vida. Todo era sencillamente perfecto.

Hasta que tuve la primera pesadilla.

...


Me tiembla tanto el pulso que no creo que pueda acabar. ¿Y qué importancia tiene ya? Quizá nunca me encuentren, y aunque lo hagan, la humedad se habrá encargado de destrozar esta agenda. Aunque, de todas formas, tampoco puedo hacer mucho más que escribir.

Sí al menos hubiesen sido pesadillas normales... Pero las mías no esperaban a que estuviera dormido. En cualquier momento del día aparecían ante mí extrañas visiones. A veces eran manos, cientos de manos a las que faltaban dedos. Otras veces eran rostros sin ojos, o sin boca. En una ocasión vi a una madre buscando desesperadamente a su hijo, y sabíamos, tanto la visión como yo, que lo había perdido para siempre.

Y un día, mientras trabajaba, me vi a mí mismo sin Míriam.

Dejé la tienda, salí en su busca con el corazón golpeando furiosamente en el pecho, dejando preocupado a mi padre, pues no supe decirle lo que me estaba pasando, ni adonde iba.

La encontré, la abracé, la besé, la sentí en mis brazos y lloré en los suyos. Le hablé de mis visiones, de aquellas pesadillas que trataban de decirme que la iba a perder.

Me dijo que lo único que podría separarnos sería la muerte, y que dudaba incluso que ella fuera capaz de romper algo como lo nuestro. Y, por supuesto, que no pensaba morirse todavía.

Quise creerla. Me aferré a su optimismo, y traté de ignorar las visiones.

...


La perdí una semana después. Habíamos ido de fin de semana a la costa. Hubiera jurado que el mar estaba en calma, que no había peligro alguno. Y sin embargo, regresé solo a la orilla.

...


No sé en que momento comencé a pensar que debía despedirme de ella. Descubrí la necesidad de olvidar, y la fuerza para reconstruir mi vida. Con Míriam había descubierto que la vida era maravillosa. Ella podía no estar ya, pero su alegría, y su forma de ver la vida me habían cambiado. Podía haber un futuro para mí, pero antes necesitaba decirle adiós.

Puede (supongo que es así) que no estuviera del todo en mis cabales. Puede que ni siquiera ahora, que todo está tan claro en la oscuridad que me rodea, lo esté del todo.

Decir adiós a Míriam, decirle que la quise más que nada en el mundo. Decirle que me enseñó a vivir. Y despedirme de ella.

...


Primero fue la vidente. Me estuvo sacando los cuartos durante meses. Los astros no estaban en la posición adecuada, los espíritus estaban inquietos, la luna no era propicia, en día impar no era bueno hablar con los muertos... Necesitaba dinero para un incienso especial que, al ser respirado, transportaría nuestros sentidos a la dimensión donde habitaba Míriam. Necesitaba dinero para alquilar un local situado en la parte de la ciudad con la realidad menos nítida. Dinero por cada sesión, por cada consulta, para sus cartas astrales, para teñirse el coño de rubio.

El día en que por fin se dignó a intentar el contacto llevé conmigo a Pedro, mi mejor amigo, para que fuese testigo. A la vidente le pareció mal, no le hizo ninguna gracia, pero tragó, y creo que al final eso le salvó la vida. He de admitir que cuando se puso a estrujar aquel pañuelo que regalé a Míriam a los siete días de empezar a salir con ella, y habló con una voz que parecía poseer algún matiz de la voz de mi novia desaparecida, estuvo a punto de convencerme. Pero a Pedro no. Y fue él quien empezó a hacer preguntas a la vidente, preguntas sobre cosas que a buen seguro solo podíamos saber Míriam, yo, y él, a través mío. La mala puta las contestó con evasivas. Allí no estaba Míriam, solo había una vieja bruja que se ganaba la vida aprovechándose del dolor de los incautos.

Le di una paliza que espero no olvide en su vida, y solo Pedro consiguió detenerme antes de que la matara.


Después vinieron todo tipo de charlatanes. Todos tenían métodos infalibles para hablar con los muertos. Ellos tenían sus métodos y yo cada vez menos dinero.

Por otra parte había dejado el trabajo. Ocupaba todas las horas en la búsqueda. La necesidad de despedirme de Míriam cada vez era mayor. No podía abrir nuevas puertas en mi vida sin cerrar aquella.

Pedro me propuso entonces la ouija.

Reunimos algunos amigos y conseguimos que mi suegra (empecé a llamarla suegra el mismo día que Míriam dijo sí a mi propuesta de salir) nos dejara hacer la sesión espiritista en la habitación de su hija, que había permanecido cerrada desde su muerte, por falta de ánimos para enfrentarse a las muñecas huérfanas.

Aquella noche hablamos con las más famosas apariciones, desde Lola Flores al mismísimo Satanás, pasando por Mussolini, Elvis y Fabián, un vecino del barrio que murió hace siete años. Pero Míriam no apareció, y yo empezaba a perder la esperanza.

...


Encontré el manuscrito por casualidad. Estaba bajo el colchón de la cama de Míriam. Había ido a su casa a ver a mi suegra. Nos sentamos a hablar de Míriam en su cama, vacía desde hacía un año, y lo sentí bajo el colchón. Mi suegra no lo había visto antes.

La letra parecía la de ella, pero había también dibujos, y mi suegra me aseguró que Míriam no sabía dibujar tan bien. Además, Míriam no solía escribir, no tenía esa afición.

El manuscrito hablaba de "La gruta del amor perdido".

La situaba en algún punto de la costa. Explicaba como llegar allí. Los dibujos, exquisitamente realizados, mostraban la entrada, y los diferentes pasadizos de la gruta. Había que llegar al centro de la misma, porque allí, los antiguos habían construido un puente entre el mundo de los vivos y el de los no vivos. La gruta era utilizada por los amantes que hubieran perdido su pareja, y no hubieran podido despedirse debidamente.

Mi suegra dijo que era un cuento precioso, y se entristeció porque descubría tarde uno de los talentos de su hija.

Yo, en cambio, no veía el cuento por ninguna parte. Aquello era un mensaje de Míriam para mí.

...


Viajé a la costa y busqué la entrada de la gruta de la que hablaba el manuscrito. No me sorprendió encontrarla, exactamente igual que en los dibujos.

Entré y comencé a buscar, esperando encontrar a Míriam detrás de cada recodo.
La gruta tiene infinidad de bifurcaciones. Llevo cerca de dos semanas perdido en la oscuridad. No tengo comida. Bebo de pequeños charcos salados que se forman en algunas zonas. Hace días que no siento los dedos de los pies. Supongo que se han congelado.

Me es imposible seguir buscando la salida. Solo puedo esperar el final, y espero que llegue pronto.

He tenido tiempo para pensar, para comprender la locura de lo que me propuse. No sé quién puso allí aquel manuscrito. Quizá fue Pedro, o cualquiera de los amigos que estuvimos en aquella habitación la noche que hicimos espiritismo. Quizá solo era un broma de alguno de ellos. Pero pienso que para ser una broma se tomaron demasiadas molestias. Sin embargo, no me atrevo a pensar en que buscaran un fin más oscuro. Un fin que podría ser, precisamente, el que al final he acabado encontrando.

A quien encuentre esto, si la maldita humedad no acaba destruyendo mis palabras, le pido que busque a mi familia, para que sepan como acabé mis días. Y, si es posible, y si lo hubo, que encuentren a mi asesino.

He visto la muerte y sé que se me lleva.


Juan.



...


Informe del jefe de departamento de la policía costera.

El día siete de marzo de 2002 encontramos el presente manuscrito en una de las grutas de la costa de Jiba, junto al cadáver de Juan Cristobal Campos. El cuerpo se ha encontrado a quince metros de la entrada, tras el primer recodo. La investigación presenta demasiados interrogantes. ¿Fue realmente Campos quien escribió el manuscrito adjunto, en la oscuridad de la gruta? ¿Cómo es posible que estando tan cerca de la salida no oyera el ruido de las olas que rompen en la misma entrada de la laberíntica gruta? ¿Y como ha llegado al lugar de los hechos el cuerpo de la joven que encontramos junto a Campos?

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Alas Doce

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Comentarios sobre esta opinión
morexosa

morexosa

21.10.2005 16:25

Jo, qué escalofriante... y qué tristes tus historias de amor!

davidcocinero

davidcocinero

15.10.2005 18:56

Rapido,llama a MULDER o a SCULLY.Es un caso para ellos,como giras la historia chaval.Empiezas con un instante de baba con el amor llegando,y acabas con un asesinato.Un mu bien pa ti.cacho perro.

mariviki

mariviki

15.10.2005 16:15

una maravilla, no te digo más.

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