Esperanza
04.06.2003 (05.06.2003)
Ventajas:
bueno, se acabaron las chorraditas
Desventajas:
que viene el coco
Recomendable:
No
 Froscas
Sobre mí:
touch my tears with your lips
usuario desde:02.01.2003
Opiniones:102
Confianza conseguida:51
Esta opinión ha sido evaluado como muy útil de media por 32 miembros de Ciao
- Ja, ja, ¡primeeee! ¡Te gané, tortuguita, ja, ja! -Jorge gritaba sudoroso su emoción. Ponía su típica voz de narrador de baloncesto retorciendo la cara para agravar unos inmaduros chillidos de niño despreocupado.-¡El público puesto en pie saluda al campeón que da la vuelta de honor –giro, giro, giro- agitando la bandera de la victoria...! Pronto enmudeció. Su mano en la cerradura ya no sostenía orgullosa las llaves de casa, símbolo de confianza y madurez recibido con alegría y llavero de dibujo animado sensible al calor. Supongo que en ese momento debía estar tan violáceo como lívido su rostro de primavera, tostado de inocencia. La puerta se abría poco a poco, efectista suspense, para dejar salir la luz y el aroma del horror. Un ojo la había bastado a Jorge para atiborrar su universo de incomprensión. Dos me bastaron a mí para tapar los suyos cuando, despacio, atravesé la línea de meta en el descansillo. Cuarto Izquierda. Todos los días mi vida de fracaso escolar empezaba con el deber doméstico. Periódico. Diario y compra. Pan y fruta. Cama y Jorge, la gran esperanza blanca. Después de aguantar la angustia cotidiana de la charla paterna inducida por la santa preocupación materna, me tocaba dar mi mano a la roja criatura que abandonaba canturreando el patio escolar de cromos y dibujos. El niño no esperado... el error menopáusico, el pequeño indefenso. Sólo había dos cosas que pudiera temer la pequeña máquina de saltar, la nueva temible palabra aprendida (“divorcio”) y las broncas a su hermano mayor. Su hermano mayor era el todo. Es mi hermano, decía. Se lo diré a mi hermano, amenazaba. Y con razón. Todo empezó cuando apareció el “tío” Pedro. Amigo de la universidad de papá, insistía en considerarnos nuestros sobrinos y le hacía gracia que Jorge le llamara tío. Su tono aún más infantil, hace cuatro años, dotaba de cierta ambigüedad a la palabra, mucho más suave que mi apostado sonsonete vallecano. Hola, tío. Andaba buscando trabajo y, dado que Jorge insistía en dormir conmigo, “había sitio de sobra”, en palabras de mamá. Claro que había sitio de sobra. Tres meses de sitio hubo.Pedro me temía. Buscaba en mis ojos la culpa de sus pecados. Yo lo notaba y el notaba que yo lo notaba. Por eso, así pensaba yo entonces, siempre estaba junto a Jorge, contestando paciente a sus infinitos porqués. Papá estaba demasiado ocupado, “trayendo el pan a casa, ¿para esto? Eres una vergüenza, no se a quién habrás salido”. Pues a ti, claro, deberías estar orgulloso, ahora ya no podrás lamentarte. Quizá de haber sido un poco más listo y menos chulesco el hermano mayor podría haber adivinado la verdad. Quizá me hubiera sido más útil indagar en los temores del tío Pedro en lugar de colocar la careta de “te tengo calado”. Pero ya es tarde. Es lo malo de considerar a tu madre un mueble. Nunca te esperas que tenga vida, y menos secretos. Lo que tenía que pasar pasó. Papá traía pan de un congreso dominical, mamá cocinaba eternos dulces en su trinchera de pucheros y el tío Pedro leía el suplemento semanal. Creo que porque no traía ofertas de empleo. Noche de fiesta y noche de sueños rotos. Castigado por mi vandalismo absentista, se me tenía prohibido salir. A mí las prohibiciones me daban igual, pero me gustaban los fines de semana con el enano. El sábado parecía una personita absolutamente feliz. Una recarga de energía para mi vida de recadero. Seis meses de libertad vigilada, dentro de tres cumples dieciocho, la próxima a la cárcel. Sí, mejor no salir. Salir, salir... Mejor no salir... Jorge había ido por un vaso de agua, siempre bebía en las madrugadas calurosas. Para él, no llamar a mami para que le llevara el frescor a su camita era toda una aventura de madurez. Volvió al rato. Se acostó muy despacio... algo extraño. Normalmente se dejaba caer en el colchón, siempre pensé que se quedaba dormido en la caída. Sin darme cuenta, había aprendido como un perro a reconocer los movimientos de mi familia. Esa manera de sentarse en la cama no era propia de Jorgito. Cómo tampoco lo era sollozar y arroparse con la manta en pleno mayo. Mi hermano lloraba, no sollozaba.-Chss, enano, ¿qué te pasa? ¿Te has vuelto a dar con la cabeza en la mesa de la cocina? -...-Chss, Jorge, ¿qué pasa? -Shhh...Nada...-¿Cómo que nada? Dímelo anda y no seas nenaza. -No se... oí a mamá llorando y... y..., no sé..., creo que el tío, el tío, le estaba haciendo algo, algo, le decía cosas raras... no sé, la puerta estaba entreabierta... no, no sé, no sé. ¿Cuándo viene pap...aaaa..á?Algo empezó a retorcerse en mis tripas a medida que Jorge contaba la eterna historia del hombre. No sé qué imagen se formó en su cabeza y tampoco puedo entender qué concepto exactamente le hacía llorar. Siempre pensé que los niños comprenden más de lo que parece. Yo así lo sentía de pequeño. Y a veces los niños recuerdan. A veces recuerdan cosas a pesar de ser increíblemente pequeños. A veces los recuerdos se comprenden mucho después. Varios velos empezaban a despejarse en mi cabeza mientras otros tantos cubrían mi memoria. ¿Mamá? ¿Mi madre? Creo que mi vida siempre estuvo ocupada por mi padre y creo que fue en ése momento cuando vi la verdad. De día mamá hacía la comida y mi padre llevaba los pantalones de la casa. De noche, tras esa puerta, los pantalones desparecían y la verdad afloraba. Sentí lástima por mi padre. Por primera vez. En realidad, era un pobre hombre... Pero era mi padre. -Chss, cállate. A Papá no le digas nada de esto. ¿Recuerdas cómo se puso cuando le juraste que el Teletubbi morado salió de tu armario y que quería comerte? No has visto nada, eres muy pequeño y no deberías tragar tanta tele. Duérmete y olvídate de todo.Increíblemente así ocurrió. Puede que mi palabra fuera ley para el enano, o puede que su mente fuera más inteligente que él. El caso es que lo olvidó. El lunes hablé con el “tito Pedro” y con mamá. Fuera máscaras. -Quiero que te vayas hoy mismo. Dile a Jorge y a Papá que has encontrado trabajo, o invéntate lo que quieras. Pero no vuelvas a pasar una noche en esta casa. O lo diré todo.Pedro miró al suelo confundido. Bien. Lo que no esperaba era la reacción de mi madre. Su habitual rostro de maruja embobada se transformó monstruosamente. Y eso que únicamente esbozó una sonrisa irónica. -¿Ah, sí? ¿Se lo vas a decir a tu padre? ¿Y a quién crees que creerá? ¿A su hijito presidiario o a su amantísima esposa? Me da igual que nos hayas descubierto, ya estaba harta de jugar a escondidas. Si crees que sabes algo estás muy equivocado.-Yo no os descubrí, fue Jorge. Los dos dieron un respingo. Estaba acostumbrado a que el pequeño recibiera más atención que yo, pero aquello era demasiado. En realidad el enano no diría nada y jamás me atrevería a usarlo como arma. Pero ellos no lo sabían.-¿Qué vio? –dijo mamá. Pedro permanecía callado. Es increíble lo poco que conocemos a las mujeres los hombres. Incluso a nuestra propia madre. -Pregúntaselo tú misma. ¿O prefieres que lo haga yo?Mamá me sopesó con la mirada. Después de un par de frases todo se reducía a ese cruce de ojos. Lo único que le importaba a mi madre era saber si yo me atrevería a hacer daño a su hijito o si era un farol. Yo había jugado mucho a las cartas. Y acostumbraba a ganar. -Pedro, coge tus cosas. Será mejor que te vayas, ya nos veremos.-Pero... -Vete. Si no lo quieres hacer por mí, hazlo por Jorge.Así quedó la cosa. Pero no acabó. En realidad fue el principio... Cuatro largos años de familia feliz. Creo que mi madre tenía razón cuando dijo que le daba igual que los hubiera descubierto. La muy hipócrita jugaba con fuego en las narices de papá, todo severidad el pobre, que no se enteraba de nada. Jorge disfrutaba con sus construcciones, papá miraba el reloj y mamá iba a la peluquería a joder con el tito Pedro. Papá ni siquiera se fijaba en que mamá volvía peinada como antes. Ni siquiera se fijaba en que, en realidad, muchos días llegaba despeinada. ¿O sí se daba cuenta...? El caso es que pronto dejó de mirar el reloj. Estaba demasiado ocupado observando cómo los cubitos de hielo se derretían en su whisky. Comenzó a beber. Comenzó a morir. Estaba muerto.Empezaron las palizas. Al principio papá esperaba a que Jorge saliera del salón para descargar su frustración conmigo. Me llamaba vago, delincuente, hijo de mala madre, bastardo... todo lo que su lengua de trapo le permitiera pronunciar. Después llegaron las agresiones absurdas. Me tiraba la cartera a la cara cuando llegaba del trabajo para saborear el contenido del microondas. Arrojaba su ancho vaso de penas, con más ira que tino, y me pedía amablemente que limpiara los cristales, “a ver si se te clava alguno en los cojones”. Y ya le daba igual que Jorge apareciera en ese momento botando su pelota de baloncesto. Volví a sentir la mirada de incomprensión en los ojos llorosos de un niño ya mayor. Creo que Jorge odiaba a mi padre. No entendía que yo no me defendiera o que siguiera acompañándole todas las tardes de ebria soledad. A fin de cuentas era mi padre. Los niños pequeños son incapaces de sentir lástima. Todavía son humanos. La Policía vino a tomar huellas y a llenar su conciencia laboral de preguntas tan frías como un formulario burocrático. Una psicóloga se llevo a Jorge. Me alegré de que fuera una mujer. No sé por qué. Varón de 48 años... en estado de ebriedad..., carótida..., herida inciso contusa..., hora estimada de defunción... A esa misma hora yo solía ir a recoger a Jorge. Pobre. Le conté todo a la policía. Como el tío Pedro, sob, sob, parado, andaba escaso de dinero y las adúlteras relaciones, sob, sob, que mantenía con mamá. Encontraron el seguro de vida. Mi madre esta vez se pasó de lista. El cúmulo de móviles era tan evidente que parecía un caso de serial televisivo. También encontraron una pluma estilográfica, chorreando sangre coagulada en tinta azul. Al parecer la coartada de mamá y Pedro era bastante endeble. Estaban los dos solos, en la cama de un pútrido motel de barriada en el que los dueños nunca saben nada. En el que los viandantes jamás se paran a observar a un pequeño delincuente forzando un coche y abriendo un salpicadero. Conspiración, encubrimiento, homicidio con agravantes, asesinato. Aquella mañana llegué al colegio de Jorge un poco más tarde de lo habitual. Pero él no diría nada.
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09.06.2003 00:13
Al principio, mientras iba leyendo, imaginaba a los Alcántara (que no lo veo mucho, pero me cuadraba la imagen de los niños en la cama, en la habitación...). Evidentemente, cuando empezó lo escabroso, p´asé a imaginarme a... pues a saber, a cualquiera de las familias españolas, que parece que pocas se libran de tener un cadáver en el armario. Y qué triste... Esta me ha gustado, incluso ha sido más liviana. Me recuerdas a alguien... cuando dé con el nombre, te lo transmitiré :p
08.06.2003 02:03
Hijoooooooooooo, hay historias que no deberían perderse en el limbo nunca, y todas las tuyas son de ese tipo :) ... Joer, que nivelazo y que capacidad de creación que tienes. Me has picado, y ahora atacaré yo con un relato el lunes, si por fin encuentro tiempo para ello. Por cierto, vengo de contrastar pareceres con Dios... ops, perdón, quería decir Ladysilvia, la portadora de toda razón inquebrantable, jeje. Me parece que necesita ayuda la mujer... y urgente, porque lo que ha escrito sobre la tal amparo, no tiene nombre. En fin, un abrazote hijo mío!!
07.06.2003 11:35
QUE ES Ma¤ana? respondedme en mi TODO SOBRE MI plizZ