NOCHE Y NIEBLA - MI PRIMERA NOVELA CORTA PUBLICADA
06.09.2011
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 john_andy
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Introducción: La intención de este texto no es un análisis objetivo de “Noche y Niebla”, porque no podría adentrarme en su profundidad con la claridad de ideas que tal vez consiga en el análisis de otras historias. Soy, por tanto, perfectamente subjetivo en esta ocasión. Lo que deseo, en realidad, es compartir con vosotros lo que he sentido durante el diseño, la planificación y la construcción de un proyecto que, en un sentido, es el resultado de mi tiempo en esta comunidad.
Sin el apoyo obtenido durante estos años, sin el cariño y el amor que me habéis regalado, jamás me habría sentido capaz de hacer realidad este sueño.
Os hago partícipes de mi alegría porque sois parte de su simiente.
Inicio: “Noche y Niebla” surge, como muchos otros de mis textos, de un sueño. Un sueño lo suficientemente vívido, crudo, agotador y espeluznante como para obsesionarme durante la vigilia. Un sueño tan impactante que no tuve más remedio que investigar, histórica y emocionalmente, su origen. Y lo que descubrí, me conmovió.
Adoro ese sentido vago e intuitivo del conocimiento en los sueños, esa burda sapiencia de tres al cuarto que se te clava, sin embargo, en la piel. Una seguridad de recuerdos inexistentes y pasados perecederos. Lo que sabe un sabio que nunca lo fue. Y en el sueño supe dónde estaba, supe quién era, supe qué ocurría, y especialmente, supe que sufría. Sentí el dolor de los muertos sin huesos, de las madres de ojos llorosos y de los niños que no han de nacer. Sentí la vergüenza de los incompetentes y el orgullo de los descerebrados. Sentí que aquel era el día de nuestra muerte.
Estaba en un cuarto que hedía a humedad, a sangre y a insomnio. De las paredes colgaban terrores como diablos de fauces oxidadas, y me atería el frío inmisericorde de mi propio aliento. Tras la puerta esperaba diligente la tragedia. Y no estaba yo solo. Había más dolores y más cauces a punto de quebrarse y más viudas ennegrecidas y madres enlutadas. Éramos un ejército de niños derrotados. Todos despavoridos. Todos ya medio enterrados.
Entró él, como una puñalada en un miembro dormido, incisivo y procaz, sordo y latente, y se me acongojaron la alegría y el hambre. Un verdugo de estrellas en el pecho y vacío por mirada.
…Y comprendí.
Comprendí como comprenden las viejas sin memoria y los huérfanos sin futuro.
Y tras la comprensión, llegó el deseo de escribir.
Investigación: Cómo lo sabía, no podría explicarlo. Pero lo sabía. Estaba en Argentina, durante la dictadura de principios de los ochenta. Y era un “subversivo”. Encerrado, esperando un destino que no era sino un veredicto. Iba a ser castigado, ajusticiado, aleccionado. Y dolería, por supuesto que dolería.
¿Y qué sabía yo sobre la dictadura argentina? Absolutamente nada. Así que me dispuse a aprender.
Descubrí que la dictadura comenzó con un golpe de estado en el que se derrocó al gobierno elegido constitucionalmente, presidido por María Estela Martínez de Perón, para sustituirlo por una junta militar encabezada por los comandantes de las tres Fuerzas Armadas. Descubrí que, entre las primeras medidas tomadas, se suspendió toda actividad política, se censuraron los medios de comunicación, se clausuraron locales nocturnos,
Fotos de Noche y Niebla - Juan Andrés Moya Montañez
se prohibieron las huelgas, se intervino el órgano máximo de justicia, se ordenó a los hombres llevar el pelo corto, se disolvió el Congreso, y se quemaron miles de libros y revistas.
El terrorismo de estado abarcó acciones tales como la designación de campos de concentración, el espionaje de sectores contrarios al régimen, o el tráfico de bebés nacidos de madres en cautiverio.
Las minorías fueron vapuleadas. Estudiantes universitarios, homosexuales, librepensadores, artistas, periodistas, ateos o judíos, entre muchos otros, fueron perseguidos, encerrados en campos de confinamiento ilegales, interrogados, torturados y finalmente ejecutados.
Una de las medidas predilectas del régimen consistió en las desapariciones forzosas de detenidos. Destacan los llamados “vuelos de la muerte”, que consistían en arrojar al mar, en pleno vuelo, a personas anestesiadas. Los cuerpos eran enterrados rápidamente por la Policía Nacional si las corrientes los arrastraban hasta las playas.
Algunos organismos internacionales calculan que durante los años 1976 y 1983, cerca de 15000 personas fueron asesinadas, y más de 30000 siguen hoy desaparecidas.
Y en aquel sueño, yo fui una de ellas.
Cuánto más descubría, más necesitaba indagar. Consulté libros de historia, leí documentos oficiales, escuché entrevistas a supervivientes, a testigos, a jefes militares, a jueces, a filósofos. Visioné películas, analicé libros, e incluso escuché canciones inspiradas en lo que ocurrió. Pero necesitaba más, necesitaba contar lo que sentí en aquel sueño, lo que sufrí, lo que temí y lo que deseé.
Y de ahí surgió “Noche y Niebla”, de un ansia desmesurada por expiar mis propios pecados, por soliviantar mis pesadillas y por aplacar el dolor.
Quise contar la historia de la infamia humana y la deyección social. Quise sonrojar al violento y sofocar al autoritario. Quise que los hijos que no tengo atestigüen los errores de sus mayores.
Porque esta es vuestra historia. Porque esta es nuestra historia.
Argumento:
Ojalá todos y cada uno de vosotros pudierais leer “Noche y Niebla”. A los que podáis, por favor, ignorad este apartado, y adentraos en la historia sin tener noción alguna sobre ella. A los que no podáis, os dedico esta sección.
Lucía tiene siete años y está profundamente enamorada de Carlos, su padre. Un hombre exacto en su cometer y prolijo en carantoñas, dulce pero regio, abnegado y afable. El padre perfecto que todas las niñas perfectas perfectamente desean. Y por eso, cuando resuelve marcharse de Argentina, con su familia a cuestas, rumbo a España, no tiene Lucía más que una pregunta en los labios y la sincera aceptación del que sinceramente acepta. “Monstruos, mi hija” –asegura él en la cubierta de aquel barco-, “el país se llenó de monstruos, y ahora son ellos los que mandan”.
Y con el devenir de los años se le deslengua el acento a Lucía tanto como le crece la admiración por su padre, al que le tiñen de canas los días y le apagan la mirada las noches. Su madre, Gabriela, es otra cosa. Ella parece mirar desde el balcón de su comodidad sin inmiscuirse demasiado. Demasiado cercana para tan lejana. Demasiado atenta para tan distraída. Callada y callada, como mordiéndose la lengua para no contar un secreto.
Dieciocho años tras la llegada a España, Carlos sufre un derrame cerebral que lo arroja contra las cuerdas de su existencia. Se le acaban los días, y a Lucía se le inician los temores. Tal vez porque a su madre se le ha soltado la lengua: “A veces, Lucía, las mentiras son más fáciles de llevar en la espalda que algunas verdades. Con la mentira podemos jugar a creerla o no creerla, y es como un globo que se hincha y se deshincha a tu gusto. Pero las verdades...las verdades son de plomo, mi hija, y si te atas a ellas para que no manden a volar, pueden acabar por arrastrarte hasta el fondo del mar”.
Un día, mientras Lucía lo contempla en su convalecencia, una anciana entra en la habitación, y pregunta por su padre. Al principio, cree que se trata de alguna conocida de Argentina, a juzgar por su acento. Pero no podría estar más equivocada. “Vengo a ver cómo se muere este hijo de puta” –espeta la anciana, ante el total desconcierto de Lucía, y acto seguido arroja sobre él un recorte de periódico. La joven expulsa a la anciana de la habitación, y una vez a solas, lo lee. Se trata de la noticia del hallazgo del cuerpo mutilado de un estudiante que había desaparecido durante la dictadura. El estudiante no es otro que el hijo de la anciana. Se relata cómo había sido secuestrado varios días antes, y supuestamente torturado en un enclave ilegal conocido como “La Escuelita”. El responsable de “La Escuelita”, según detalla el periódico, es Carlos Alberto Barda, su padre.
Ante la insistencia de Lucía, su madre no tiene más opción que confesar por qué huyeron, en realidad, de Argentina, una vez descabezada la junta militar, y con cada palabra se resquebraja algo más la cordura y la moral de la joven. Aquel hombre cariñoso y atento, aquel padre perfecto que todas las niñas perfectas perfectamente desean, había sido, de hecho, un sádico asesino, inhumano en su crueldad, atroz y desalmado. Un militar sin escrúpulos responsable del asesinato de decenas de estudiantes imberbes y enemigos imaginarios.
Y Lucía se enfrenta al vértigo de su propia decisión, al peso de la decencia estrangulándole el estómago. ¿He de perdonar a un asesino al que amo? ¿He de desamar a un asesino al que no perdono?
Movida por una curiosidad enfermiza, deseando saber todo lo que nunca le contaron, Lucía comienza a indagar sobre el arresto y el asesinato de Fernando, el hijo de la anciana, y por extensión, sobre la ejecución de tantos y tantos otros. A medida que descubre la barbarie cometida por las juntas militares, el odio hacia un hombre con dos caras, la de padre y la de asesino, se vuelve más intenso. Como intensa se vuelve la culpabilidad. ¿Debería haber sido consciente de todo ello?, ¿debería haber puesto en entredicho la máscara inmaculada de su excelencia? ¿Por qué no sospechó? ¿Acaso no quiso sospechar?, ¿acaso no se atrevió a sospechar?
“Ojalá te hubieras ido mucho antes de esto, antes de todo” –le susurra, en una ocasión, al oído. “Ojalá yo me hubiera enterado después. No tendría que mirarte a la cara ahora y ver cuánto me has engañado, qué poco nos has querido”. Y esta frase resume lo que siente Lucía. La hecatombe que supone para ella tener que llorar la marcha de su padre con el corazón ennegrecido y la mente atribulada. Si tan sólo se hubiera enterado después, tras su muerte, habría tenido el privilegio del duelo. Habría podido lamentarse con honestidad. Pero ahora, ahora tan sólo le queda el rechazo y la aversión. Hacia su padre, hacia su infancia y hacia sí misma.
Opinión Personal:
Creo que “Noche y Niebla” habla del gran sacrificio que suponer amar a alguien. Amamos de modo incondicional, sin saber la verdad, sin que exista, siquiera, verdad alguna que saber. Amamos porque no tenemos otra elección. Y amamos aquello que nos entusiasma y aquello que nos molesta. En este caso, amamos a nuestros padres, que son los grandes desconocidos de nuestra vida. Han quemado muchas de sus etapas antes de que naciéramos. No es hasta la edad adulta, hasta los veinte o veinticinco años, que podemos verlos como iguales, como otros seres humanos, con sus luces y sus sombras. Hasta ese momento, son ángeles y héroes y reyes y dioses, ajenos a toda imperfección. Y al idolatrar sus figuras, idolatramos también sus pasados. Pero, ¿qué sabemos realmente de ellos? ¿Fueron amigos leales o déspotas?, ¿llegaron a dónde están a través del mérito o la farsa?, ¿adoraron, como prometieron, o fingieron, como callaron? No podemos saberlo sino a través de la crónica y el recuerdo. Y los recuerdos no son exactos.
Lamentablemente, la historia de nuestros países está manchada de sangre y miedo. Nuestros padres o nuestros abuelos o nuestros bisabuelos o nuestros tatarabuelos…algunos tuvieron que elegir entre morir y matar, entre ganar o perder. ¿Y qué escogieron? ¿Fueron dignos o desleales? ¿Y qué escogeríamos nosotros? ¿Somos conscientes de que nuestros demonios nos van a perseguir siempre, y quizá, tal vez, a todos los de nuestra estirpe?
Somos descendientes de asesinos, maltratadores, violadores, terroristas y criminales. Somos los ancestros de los de sucia calaña. ¿Y qué podemos hacer ante ello? ¿Hasta dónde puede abarcar nuestro perdón?
Pero también somos los hijos de poetas, de filántropos, de bienhechores, de iluminados y de salvadores. Supongo que debemos aceptar la imperfección de nuestros antepasados, y por ende, nuestra propia imperfección.
“Noche y Niebla” es, también, una oda a la libertad, compuesta desde el agónico pesar de su protagonista. Lo único que nos protege contra la sinrazón de la violencia es nuestra capacidad para amar con más intensidad que el que odia. Y si algo caracteriza a todas las dictaduras es el acérrimo, profundo y execrable odio que sienten por cualquier forma de libertad. Las víctimas de mi historia lo son, también, del deseo de poder de algunas secciones de la sociedad. Son los mártires del miedo a lo distinto, a lo diferente, a lo desigual.
Siento que, a medida que la situación económica empeora, Europa mira de reojo a la ultraderecha, y comienza a sonreírle tímidamente. Han brotado movimientos de corte xenófobos en Suecia, los Países Bajos, Noruega o España, y discursos cada vez más radicales empiezan a ser comunes entre algunos políticos otrora respetables. Lo que ocurrió en Argentina a finales de los setenta, o lo que ocurrió en España a mediados de los treinta, podría regresar para atormentarnos una vez más. Depende exclusivamente de nosotros. “Noche y Niebla” es, en definitiva, una elegía a los calvarios que se heredan, la reivindicación de nuestro sentido de la responsabilidad y la humanidad, y una fotografía descolorida que nos recuerda que el fuego con más fuego arde.
Agradecimientos: Quiero darle las gracias a todas y cada una de las personas que han hecho posible que “Noche y Niebla” sea una realidad. A mis Primeros Lectores, Vero (1000Lunas) y Javier, por sus preciosas palabras, a los que han apoyado la publicación adquiriendo un ejemplar (gracias, gracias, gracias), a Bubok, por haberme dado la oportunidad, y a vosotros, que me leéis y soportáis.
Aquí os dejo el enlace a la página en la que podéis adquirir el libro. Tengo que hacerme publicidad, ¿qué esperabais?, ja, ja, ja.
http://www.bubok.es/libros/204943/NOCHE-Y-NIEBLA
Un abrazo y gracias.
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25.11.2012 01:09
Creo que sólo somos responsables de cómo gestionamos nuestra herencia y nuestras vivencias. Te felicito.
23.04.2012 14:04
Espectacular opinión acerca de tu libro ENHORABUENA de VERDAD por tu Éxito en crear este magnifico libro. Ojala saques muchísimos más libros. FELICIDADES.
18.04.2012 21:58
Mucha suerte con la novela, un saludo.