Una de Tarantino

5  29.08.2007

Ventajas:
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Desventajas:
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Recomendable: Sí 

Alas.Doce

Sobre mí:

usuario desde:26.09.2005

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La fuerza de la costumbre.
Me dije, Nota Mental, cuando tengas un rato, piensa en esto.
Antes de salir del restaurante cogí a Lucía de la mano. Según ella, nosotros no éramos nosotros, no estábamos casados, no teníamos hijos. Quizá fuésemos dos desconocidos atrapados en la misma pesadilla. Pero le tomé la mano por la fuerza de la costumbre. Quien lo entienda que levante la mano.

Mientras nos dirigíamos cogidos de la mano hacia la salida, nueve comensales de una misma familia se levantaron a la vez y nos cerraron el paso, demasiado deprisa para estar usando el tiempo correcto. En un primer momento pensé que solo querían pagar la cuenta pero pronto advertí que todos llevaban tenedores y cuchillos y los blandían amenazadoramente, menos la abuela que había cogido una botella de vino vacía y la sujetaba como si fuese un bate de baseball.

- Salgamos por detrás - le dije a Lucía, con la boca pequeña.

Me soltó la mano y echó a correr hacia el patio posterior. Yo arrastré una mesa para cortar el paso a la horda familiar, consciente de que se movían mucho más rápido que nosotros. Una décima de segundo antes de echar a correr tras Lucía vi como los nueve avanzaban a mi encuentro tres veces más deprisa de lo normal, sin esquivar ni rodear la mesa, sino empujándola a su paso.
Dando traspiés alcancé a Lucía, que estaba forcejeando en el patio trasero con un candado.
- ¡Está cerrado! -gritó, frenética.
- Tendremos que saltar. Apóyate en mí.

Antes de que pudiera siquiera prepararme para alzarla una enorme mano me agarró por el hombro y tiró de mí, separándome de Lucía. Comprobé que el que me arrastraba tenía toda la pinta de ser el primogénito. Mientras el fornido muchacho me alejaba de ella inexorable y poco amablemente, la abuela se abalanzó sobre Lucía con la botella en lo alto, dispuesta a dejarla caer sobre su cabeza. Intenté gritar, mas Lucía se me adelantó.
No gritó Puta vieja de los huevos, ni Jodida vetustosidad ni ninguna de esas cosas que le salen con el cabreo. Lo que Lucía dijo, alto, claro y fuerte, tan fuerte que debieron retumbar las ventanas del restaurante y los cristales de las gafas, tintinear las botellas de licor y explotar las vitrinas acristaladas de las ensaimadas, fue VUELVE. Un vuelve que no iba dirigido a mí.

La botella de vino de la vieja asesina se estrelló contra la cabeza de Tony, que había aparecido de la nada justo entre Lucía y su artrítica agresora. Aprovechando la confusión derribé de una zancadilla al primogénito, asesté algunos mamporros a diestro y siniestro y me reuní con Lucía, que había cogido un hierro y le estaba atizando al candado. Tony yacía hecho un trapo contra la puerta de los retretes.

Alguien me golpeó la cadera y me fui al suelo sin remisión. Lo último que vi fue una bota sobre mi cabeza. Bueno, fue lo último que vi antes de escuchar los tiros, claro.
Los nueve que ya no eran nueve sino catorce (se les habían unido más comensales) empezaron a caer como moscas. Y cuando el último tocó suelo entre agonías y estertores, vi a Nena y a Claudia, su socia, en plan ángeles de Charlie, espalda contra espalda, cada una con una escopeta de caza de esas que por lo general adornan una de las paredes de su restaurante.

- Salid por delante, nosotras nos ocuparemos de abriros paso.

Cogí de nuevo a Lucía de la mano y pasamos por encima de aquella carnicería más propia de una película de Tarantino que de un día de verano en la soleada y tranquila Cala San Vicente.
Nena y Claudia apuntaron y amenazaron con patear el culo a unos cuantos que parecían con ganas de levantarse y armar bronca. Antes de salir del restaurante me volví para dar las gracias a Nena y a su socia (y amante) y descubrí que mientras la escopeta de Claudia seguía siendo una escopeta, la de Nena se había convertido en un fáser, el tipo de arma que utilizarían los sufridos tripulantes de la Enterprise de Picard en la Nueva Generación para aturdir a alienígenas irascibles o a seres humanos confusos, inciertos y armados. Ella se encogió de hombros.

- Gracias -musité.
- A ti, corazón. Vuelve cuando quieras. Y hazme publi, necesitamos clientes.
- Claro que necesitáis clientes. Os habéis cargado a catorce.

Pero mientras decía esto, comprobé que la familia al completo volvía a estar sentada a su mesa, y la abuela pedía a Nena otra botella de vino, que se les había terminado.

Ya lejos del restaurante le dije a Lucía:

- Qué rollo.
- ¿Qué rollo que estemos vivos de puro milagro?
- Qué rollo que esos hijos de puta estén ahí sentados, comiendo y bebiendo como si no hubiera pasado nada, pero a mí me siga doliendo la cadera.
- ¿A qué crees que ha venido eso?
- Creo que estamos haciendo lo correcto y alguien se está empezando a…

No pude acabar la frase. Jonás había aparecido de improviso en medio de la carretera. Me resultó extraño verlo fuera de la casa. Hoy vestía un mono de pintor manchado de pintura verde.
Me dispuse a presentárselo a Lucía, pero Jonás adelantó una mano, como para darnos el alto. Después una bola de fuego de color azul empezó a crecer ante sus dedos.

- Cuidado, Lucía -advertí. - Ahora toca una de superhéroes.

(Sigue…)

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Crrono

Crrono

22.01.2008 13:16

Pobre Tonny jajajaja solo sirve como escudo :P impresionante este giro aunque demasiado fantastico lo de las viejas.

maria03

maria03

15.09.2007 14:24

La historia vuelve a coger acción y tomar impulso, bueno más que eso, yo diría vértigo, así son todas tus historias, debí suponerlo, vertiginosas, pero sabes que me encantan :) saludos y buen finde :)

clavelrojo

clavelrojo

31.08.2007 14:03

digo como morexosa... venga niño, a por el final que una no puede estar con este reconcome. besazos

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